Galiana te cuenta: El empotrador

Es un buen día para conocer al…

El empotrador

Lo mío con las mujeres fue siempre una relación muy especial, diferente a lo que viene siendo el uso normal de las mismas, pero a la vez más común de lo que parece.

Ellas veían en mí al empotrador perfecto. El hombre por excelencia que las hace desear ser empotradas en base a un poder que emana de un no saben muy bien qué. El juego entre ellas y yo era sencillo: querían sentirse en brazos de un empotrador y a mí me apetecía la propuesta. Una vez que ambas partes cumplíamos con nuestro cometido, si te he visto no me acuerdo.

Hay quien no entiende esta forma de vida pero, sinceramente, eso siempre me la ha traído al pairo porque quienes más pegas le han puesto a mi forma de vida son quienes más han deseado ser empotradas por un servidor.

Durante años ese fue el rol al que ajusté mi vida. Había nacido para ello como otros nacen para ser médicos o ingenieros. Todo funcionaba a la perfección hasta que llegó ella.

Ella. Salió de la nada con su aparente inocencia y su aparente sencillez. Solo tuvo que realizar una caída de párpados tan increíblemente natural como terriblemente estudiada para erigirse en la reina de todos mis males, para provocar en mi vida un cataclismo capaz de quebrar todos y cada uno de los pilares en los que estaba asentada.

La deseé desde el primer momento como nunca he deseado a una mujer. Ese movimiento de caderas al andar que me llevaba de cabeza; esa melena al viento siempre cuidadamente despeinada era mi perdición; esa boca seductora que pedía a gritos ser besada.

Reconozco que utilicé mis mejores armas para conseguirla, pero mis esfuerzos fueron infructuosos. Nada parecía atraerla lo suficiente, mi magnetismo encantador con el que había seducido al resto parecía haberse esfumado. Ella era inmune a mis dotes de empotrador profesional, ésas con las que había sido dotado por genética y que con los años había perfeccionado haciendo uso de ellas no me sirvieron en absoluto.

Tras muchos esfuerzos y pensando ya en asumir la derrota hice recuento de lo ganado. Mis victorias se reducían a miradas despreciativas, frases hirientes pronunciadas con la mayor de las dulzuras y un montón de citas que terminaban con un estrepitoso fracaso.

Deseaba llevármela a la cama cada vez que nos veíamos, y con las ganas me quedaba cada vez que ella se introducía en un taxi para decirme un “hasta mañana” con la mano mientras me dejaba eclipsado con el cruce de piernas que realizaba para subirse al mismo.

Probé a ignorarla, como he hecho con las mujeres que en un principio han tratado de resistirse a mis encantos, y fue peor el remedio que la enfermedad. En ese momento asumí que dependía emocionalmente de aquella mujer, que estaba obsesionado con ella por el hecho de ser inalcanzable.

¿El más famoso de los “empotradores” vencido y humillado por una mujer? Ahora que no nos oye nadie, así fue, pero la historia no estaría completa sin contar el final.

Después de meses de estar donde tenía que estar, por fin pude llevarla a la cama. Sí, lo conseguí, ya lo dice el dicho, “la paciencia es una virtud”. Al amanecer ella me echó de allí como quien arroja ropa vieja por la ventana porque depositarla en el contenedor ya sería darle una importancia que no tiene.

Aquello hizo que siguiera tocando su puerta, que mi relación con ella se base en que quiera abrirla, lo que viene siendo “ven cuando yo diga, a la hora que yo quiera, y cuando me parezca bien”.

En este tiempo he dejado de ser un empotrador. Es cierto que otras mujeres me siguen viendo así, pero no les hago caso, no me interesa ese juego ya, salvo que ella me insinúe que lo haga, y entonces recupero el papel que antaño tuve hasta que ella dice basta.

Entonces me hace regresar a su cama, y me olvido que una vez fui poderoso, porque lo único que quiero es sentirme como un gato mimoso entre sus brazos.

Un día, hace no mucho, me atreví a preguntarle mientras le llevaba el café a la cama, qué sentía por mí, y su respuesta fue:

—No hagas preguntas estúpidas. Quédate con que elegí estar contigo. Lo demás, nada puede importarte.

Galiana

Acerca de Galiana

Escritora, creativa
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3 respuestas a Galiana te cuenta: El empotrador

  1. antoncaes dijo:

    Esto parece el cuento del domador domado.😉

    Me gusta

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