«El peso del silencio» por Carmen Navas Hervás (@mcnavas1) para leer y escuchar: «El juicio»

El juicio

Mi mente volvió a la bandera extendida sobre la mesa.

El silencio fue largo.

El hombre de la puerta me miró entonces con una satisfacción casi íntima.

—Despídase de sus hijos.

Aquel gesto aparentemente humano fue lo peor de todo.

No existen palabras para explicar a unos niños que su madre ya está condenada.

Cuando abandoné la casa, el sol comenzaba a salir y Granada seguía igual. Las calles, las fachadas, los vendedores… La ciudad continuaba respirando como si nada hubiese ocurrido.

La primera noche en prisión no dormí.

No por miedo.

Por incredulidad.

El cuerpo tarda en aceptar que ya no le pertenece a una misma. Que ya no puede levantarse para comprobar si los niños duermen. Que otros han decidido incluso cuándo respiras.

La cárcel no es violenta constantemente. Eso sería más sencillo.

La cárcel es repetición.

Los mismos sonidos.

Los mismos pasos.

Las mismas preguntas.

Me interrogaron una y otra vez. Querían nombres. Lugares. Fechas.

Pedrosa aparecía siempre.

—Piense en sus hijos.

¡Como si pudiera pensar en otra cosa!

Hubo un momento —solo uno— en el que estuve a punto de ceder.

No porque me convencieran.

Porque estaba cansada.

El cansancio es más peligroso que el miedo. Te hace creer que cualquier cosa sería preferible a continuar contando días interminables dentro de una celda.

Pero entonces imaginé la vida que me ofrecían.

Una vida larga, sí.

Y vacía.

Una existencia vigilada, construida sobre la traición y el silencio.

No.

Eso no era vivir.

El tiempo comenzó a deformarse. Pensaba en cosas pequeñas: cómo entra la luz por una rendija, el sonido de una gota al caer, el peso insoportable del silencio.

A veces la bandera me parecía absurda.

Solo un trozo de tela.

Otras veces me parecía lo único verdaderamente importante que había hecho jamás.

—No soy una revolucionaria —declaré durante el juicio—. Esa bandera era masónica, como lo era mi marido. La bordé añorando su recuerdo.

No escucharon nada.

Solo oyeron “liberalismo”.
Solo oyeron “rebelión”.

No siempre fui fuerte.

Hubo días en los que odié al rey, a los jueces, a todos aquellos hombres que podían proclamarse valientes porque jamás pagarían el precio que pagábamos las mujeres.

Incluso me odié a mí misma.

Hubo días en los que deseé traicionar mis principios y huir con mis hijos lejos de todo aquello.

Pero la duda nunca permanecía demasiado tiempo.

Porque siempre terminaba haciéndome la misma pregunta:

¿Qué clase de madre sería si enseñaba a mis hijos que la dignidad puede venderse para salvar la vida?

Y entonces comprendía que ya no había vuelta atrás.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el relato con mi voz, recuerda que alguna cosita siempre cambio.

🎙🎧👇

Mañana tendremos el gran final, te espero

@mcnavas1

Publicado en "...Y Cía", Carmen Navas Hervás, El peso del silencio, Relatos | Etiquetado , , , | Deja un comentario