Capítulo 43: Éramos pocos… y parió Inglaterra
Pacificado —por ahora— el patio, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel decidió que la población de Flandes debía pasar por caja para pagar en parte a sus soldados. De España sabía que había poco que rascar tal y como estaban las arcas reales —más tiesas que la mojama— tras la quiebra de 1557. Como bien explica Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro, lo que vendría a partir de entonces demostraría a los españoles lo costoso —un cojón de pato, por ser claro— que suponía «poner una pica en Flandes».
Porque esos soldados había que pagarlos sí o sí. De no recibir la soldada prometida podrían dejar aquellas tierras como un solar y para qué queríamos más días de fiesta. Sudores fríos le entraban al duque sólo de pensarlo. Ahora, ¿por cuánto salía la cosa? Fernández Álvarez me ha ahorrado el trabajo, pues lo hizo hace ya unos años, y he aquí las cifras: un tercio viejo con sus tres mil soldados rondaba los 100 000 ducados al año —algo más de veinte millones de euros actuales, cifra esta sí obtenida después de hacer muchas cuentas y conversiones. Ya os lo aseguro—. Y sabiendo que a Flandes llegaron algo más de 10000 soldados… Más el sueldo del duque como gobernador y otros gastos derivados de tal posición, por lo que la cifra final pudo ascender tranquilamente a los 500 000 ducados anuales. O sea, unos 120 millones de euros al año. Un pastizal.
Ese dinero había que sacarlo de alguna manera, y se encontraron dos vías para hacerlo. Una, como ya he apuntado, lo que buenamente llegara de España, y la otra lo que viene a ser la financiación local, o sea, que los naturales pagaran parte de los gastos.
Así que, el duque de Alba reunió a los Estados Generales de todas las provincias de los Países Bajos en marzo de 1659 para obligarles a rascarse los bolsillos. El resultado de la reunión fueron tres nuevos impuestos: el Décimo penique o diezmo, inspirado en la alcabala, el famoso impuesto castellano. O sea, el 10% de las ventas de mercancías; el Vigésimo, que gravaba el 5% sobre las ventas de propiedades; y el Centésimo penique, aplicable una sola vez, que suponía el 1% de la renta y de los bienes. En este último caso la recaudación más o menos fue tirando. Pero en cuanto a los dos primeros…
Grosso modo, los Estados le dijeron que verdes las habían segado. Porque una cosa era cobrar tal impuesto a unos campesinos y otra bien distinta, según Fernández Álvarez, era cargar con tal impuesto «a unas tierras donde florecía el comercio de forma tan espectacular». Y, para colmo, esas tierras venían de soportar las consecuencias de la guerra del norte entre Dinamarca y Suecia, que había cortado el comercio del Báltico, con el consiguiente fastidio —por no decir otra palabra— para la industria de las ciudades flamencas. Una risa, tía Felisa. Aunque, como explica Hery Kamen en El gran duque de Alba, «el duque lanzó amenazas e hizo algunas concesiones en la naturaleza de los impuestos, pero los Estados eran tercos». En consecuencia, no se aplicaron, por lo que ese hombre se las tuvo que apañar con lo que sacaba por el Centésimo peniques. Y consiguió hacerlo hasta 1571, pero a partir de entonces… Ya lo contaremos llegado su momento.
Viendo el percal más relajado vino a decirle al rey que vale ya, que yo ya he cumplido aquí— «Yo no veo otra cosa de que VM tener congoja sino mucha satisfacción y contentamiento», escribió entonces— y que ya iba siendo hora de volver para casa. Que el frío de Flandes lo estaba matando y ya estaba para pocas coplas —«Cuando su magestad no contente sacarme de aquí este invierno [el de 1569] lo ha de hacer Dios», escribió a Felipe II—. Tan buena pinta tenía el percal, que el 16 de julio de 1570 promulgó el perdón al que se había negado meses atrás «con gran contentamiento del pueblo, aunque los que gobiernan lo han tenido porque no quisieran excepción alguna». La ceremonia se celebró en la Plaza Mayor de Bruselas y hubo regocijo general, por resumir.
Así que, con este flanco por ahora tranquilo, determinó viajar hasta Colonia para conocer en agosto a la nueva reina de España, Anna, y acompañarla en su traslado a España para casarse con Felipe II. Hija del emperador Maximiliano II, había nacido en España en 1549 —en Cigales, provincia de Valladolid— y veintidós años más joven que su tío, su majestad filipina, con el que contrajo matrimonio en 1570. Juntos vivirían diez años de felicidad cuando «parecía un matrimonio abocado al fracaso», como refiere Kamen por cosas de la edad, etcétera.
Una vez vuelto a Flandes, el duque de Alba tomó la determinación de arreglar lo del norte de Europa para los intereses de España. Francia estaba como estaba, con sus hugonotes, sus guerras civiles van guerras civiles vienen, y los lazos de amistad que surgieron entre aquéllos y Luis de Nassau y Guillermo de Orange; e Inglaterra…
Vamos a ver cómo explico este caso particular. Volátil es poco. Por resumir, María Estuardo, reina de Escocia, fue despuesta y huyó a Inglaterra, donde su prima segunda, Isabel I, la metió en el trullo —no dejaba se ser una competidora al trono—. Tonterías, las justas. En este escenario, algunos nobles católicos franceses estaban deseando provocar una rebelión en favor de María contra la reina Isabel. Felipe II no tenía ni intención ni ganas de meterse en ese avispero.
Pero en noviembre de 1568, aprovechando que cinco pequeños barcos-correos españoles cargados con 450 000 ducados para el ejército del duque de Alba —un respiro gordo, desde luego— se refugiaron en las costas inglesas ante la amenaza de temporal en el Canal de la Mancha, Isabel dijo esta es la mía y confiscó la carga por sus santas narices. De seguido, la corona española embargó todas las propiedades y los barcos ingleses en España y Países Bajos, golpe que Inglaterra también devolvió. En consecuencia, guerra a la vista, como informó Felipe II por carta al duque, que veía la cosa chunga de verdad. Unamos a todo esto los corsarios ingleses haciendo de las suyas y la bula de excomunión promulgada por su santidad contra la reina inglesa y el patio, ahora sí que sí, tenía mucha peor pinta que los pollos de esos supermercados que ya conocéis.
En sí misma, «la bula era, sencillamente, una invitación a los católicos ingleses para que se rebelasen contra su soberana, una posibilidad que Alba consideraba tan reprobable como peligrosa», escribe Kamen al respecto. Don Fernando Álvarez de Toledo pidió prudencia y moderación en este asunto para «no echar a Isabel en manos de los franceses». Jaleos con los franceses ninguno, como quería Felipe II.
En este escenario surgió un aventurero italiano llamado Roberto Ridolfi que causó más de un dolor de cabeza al duque de Alba. Aquel colega pretendía derrocar a Isabel, poner en el trono a María Estuardo y enviar un ejército a Flandes para apoyar a los nobles católicos. «Las cartas que a lo largo de julio y agosto envió [el duque] al rey insistían en que Ridolfi no era de fiar y en que su plan sólo servía para empeorar la situación y no resolverla. Todo desembocaría en una guerra de desgaste que no solucionaría nada», explica Kamen en El gran duque de Alba. Pero ¿qué paso? Que mientras el duque insistía en que el tal Ridolfi era poco menos que un cantamañanas, en la corte había consejeros más calientes que el palo de un churrero deseosos de llevar adelante ese plan. Entre ellos, el duque de Feria, máximo defensor de la conspiración, y alguno más de su cuerda. Y el duque, erre que erre con nada de complicarse la vida con Inglaterra y mucho menos azuzar el avispero francés, que podría en peligro lo conseguido en Flandes. Claro que, como siempre, la última palabra la tenía Felipe II…
Al final, el complot del tal Ridolfi fue descubierto y María Estuardo se quedó compuesta y sin esperanzas de llegar al trono que ocupaba Isabel I; y el principal noble de la nación —el duque de Norfolk— fue arrestado por su aparente complicidad con el complot y después le obligaron a cerrar sesión por las bravas. Y si bien no se rompieron del todo las relaciones entre ambas naciones sí quedaron muy tocadas, pues empujó a Isabel I a una alianza con Francia y confirmó el apoyo decidido del Consejo Privado a los protestantes en política exterior. Dos años después, el duque de Alba estaba convencido de que el complot de Ridolfi había motivado que la reina Isabel I aumentase su ayuda a los rebeldes flamencos en 1572. Precisamente, «cuando la situación en el norte dio un fatal giro a peor», como concluye Kamen.
En definitiva, más frentes abiertos.
Por si no tenía bastantes ya.
Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.
🎧👇🎙














