Sueños
—Cuéntame tu sueño -pidió él—. Te puede ayudar.
No somos médico y paciente. Solo dos conocidos de un bar cualquiera, que se juntan para beber en silencio.
Respiré hondo. Hay cosas complicadas.
—Estoy con mis tíos, bañándome en una piscina. Estamos en un hotel de lujo, de esos que se elevan sobre un mar de rascacielos -lo miro, parece que me escucha-. No tengo ni frío ni calor, pero noto cierta sensación de mareo. Por eso toco el brazo de mi tía y le digo que necesito ir al baño. Ella me dice que vale, pero que tengo que atravesar un restaurante de lujo.
En apariencia no me preocupa. Salgo de la piscina y de repente estoy seca, peinada y vestida para la cena. Y sin necesidad de toallas.
—Envidiable. —responde él—. Continúa.
Asiento con la cabeza, de forma mecánica. Doy un sorbo de la copa, pero tampoco quiero que me vea borracha.
—Atravieso la terraza llena de gente en bañador, me meto en el restaurante y pregunto al primer camarero que veo por donde se va al baño. Me indica la puerta, pero también me avisa que tengo que usar el ascensor para bajar al sótano.
Obedezco y llamo al dichoso armatoste, que resulta ser un ascensor digno de principios del siglo XX. Está tapizado entero de color rojo y hay ochenta botones, pero antes de que pueda tocar alguno, la puerta se cierra sola, el cacharro empieza a moverse y una voz que sale de mi cabeza se pone a informar cual locutor “solo tienes treinta segundos para usar el aseo o los espectros irán a por ti.”
No estoy asustada, me parece un castigo apropiado por no hacer mis necesidades en la piscina. Por fin se abre la puerta, el contador suena y yo voy corriendo. El baño está destrozado, partido a cachos y lleno de sangre. La cabeza me martillea y el miedo se apodera de mi, pero no me detengo. Hago lo que tengo que hacer y regreso al ascensor, pero justo cuando se cierra la puerta, una mano llena de uñas negras con piedras de colores se introduce en medio de ellas. Las puertas se abren y aparece ante mí la bruja de Blancanieves. La vieja de la película de Disney. Siempre he tenido terror de ese ser.
La vieja se ríe de mí y se lanza a atacarme, pero la odio tanto que le meto un puñetazo en el estómago y la bruja se arquea. No me preguntes cómo ni por qué, pero en mi mano aparece un palo de madera que utilizo para pegarle en la nariz. Esa horrible nariz… desgraciada. Cuantas noches sin dormir me dio esa nariz.
Bueno, en resumen. La apaleo una y otra vez hasta que la bruja suplica que la suelte, pero no tengo piedad y continuó y continuo con toda mi rabia hasta que me despierto de golpe. Dime tú, desconocido.
—¿Qué piensas de mí?
El desconocido tiene la cabeza apoyada sobre el vaso de ginebra, dormido.
Espero que la bruja no vaya a por él también.
Tras leer toca la ilustración para escuchar el podcast en ivoox, recuerda hay variaciones en relación al texto.
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