«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «Maestra» (parte I)

Maestra

Madrid, 17 de diciembre de 1882

Luna creciente

Lavapiés

—Así no se llama a las puertas, niña.

Porque, ciertamente, era poco más que una cría. Bonita, admitió la inmortal con cierta envidia femenina, de rasgos aún redondeados, aniñados, que, sin embargo, anunciaban esa clase de belleza que un pintor desearía plasmar.

—¿No sabes hablar? —continuó cortante la Dama —¿Qué hace una criatura tan preciosa por estos lares? — añadió, conteniendo el deseo de acariciar la vena azulada que palpitaba en la sien de la muchacha.

—Si, señora. No, no señora. Verá usted, necesito…— vaciló la chiquilla—, …necesito comprar unas hierbas.

La Dama señaló con la cabeza el portal

—Busca una botica pues —espetó.

—Tengo un pariente enfermo — comenzó la muchacha—, y no tienen lo que busco en la botica de mi calle.

Mentirosa de carita de ángel”, pensó la Dama, conteniendo una sonrisa.

—¿Qué clase de mal? —cortó con malicia— ¿No serás acaso una ragazza imprudente que busca enmendar uno de esos errores que acaban engrosando cintura y tobillos?

Hubo de reconocer la Dama dignidad y orgullo en la reacción de la joven. A pesar de los humildes ropajes, del miedo, se irguió esta con dignidad de reina tras entender la insinuación escondida en sus palabras.

Altiva y desafiante; cuidado, bambina, no me conoces.

—Soy pobre pero decente, señora, no soy ninguna…

—Eres una bruja —interrumpió la Dama—, hueles a bruja. Y, per favore, no me pongas esa cara de pasmo, muchacha —Con un giro ágil de pulgar, índice y corazón, se alzó el velo, buscando revelar su rostro pálido, sus ojos claros, ya casi plateados; la muchacha se persignó frente a ella, la sangre abandonando sus mejillas—: sé reconocer a una hermana de un vistazo, … abilità che vengono con l’età, cara mia…—. Reveló entonces una sonrisa burlona que no ocultó la visión de sus dientes afilados. El horror se apoderó de las facciones juveniles. Le pareció a la Dama que las palabras latinas del Ave María surgían espantadas de su boca, quizás ya comprendiendo que no moraba ya nada vivo en la criatura vestida de negro. La Dama no se inmutó; tan solo se humedeció los labios con la lengua y los frunció con infantil impaciencia. Seria, continuó—. La Madre de Dios no está para estas cosas; vieni qui y déjate de rezos. Te enseñaré lo que a mí no me enseñaron: a llamar a puertas como esta.

Madrid, principios de diciembre de 1882

—Hay una bruja buscando acónito, señora, una niña tonta que lo mismo pregunta en la Farmacia de la Reina como en las cuevas de Pío.

​La Dama no contestó. Era su trabajo saber qué ocurría en Madrid y, dentro de sus posibilidades, intentar que algunos “qués” no trascendiesen más allá del alba. Sus patrones pagaban bien: plata y la promesa de salvación de aquel par de almas inocentes que fueron carne de su carne antes de convertirse en cenizas.

—Para donde los Revoa, señora, donde moraba ese mal bicho de Amalia…

No movió apenas la cabeza, sólo un suave giro del cuello, el brillo de sus iris colándose furioso entre las pestañas y ese gesto tan suyo, ese leve temblor del labio que unas veces anunciaba una sonrisa, otras, fastidio y, algunas, presagiaba furia y desastre. La criatura vestida con la piel de un niño muerto retrocedió un paso cuando ella estiró el índice enguantado a modo de aviso; tropezó el intruso con el reclinatorio y a punto estuvo de caer al pasillo. El estruendo reverberó en la iglesia, casi vacía a esa hora de la tarde, más lo bastante llena como para llamar la atención de un par de feligreses, que, hasta entonces, no habían reparado en la presencia de la dama.

Y, en esta ocasión, la inmortal no hubiera deseado revelarse.

Suspiró. Colocó el pulgar bajo índice y corazón, apenas rozando las primeras falanges; frente, pecho, hombro derecho, hombro izquierdo, la variante veneciana del gesto, una costumbre difícil de olvidar a pesar de los siglos, a pesar de sí misma. Murmuró la gastada fórmula, más súplica que propia oración, por el alma de sus hijas, mirando a los ojos de la Madre de Dios, buscando si no su perdón, su comprensión de madre.

Andiamo —. Y se alzó con presteza.

No resonaban sus pasos sobre el suelo de piedra. Dirían que se deslizaba, que levitaba casi, más sus pies, como los de una mujer viva, si tocaban el suelo; tan solo se movía con la fluidez de la cazadora que era.

En la calle de Álcala la recibieron los últimos toques de ámbar y oro del crepúsculo madrileño. Se acercaba la Navidad y la ciudad sonaba a pandereta y jolgorio. Ignoró la maldición de la mendiga que se apostaba en la escalera de San José y, seguida de cerca por la sombra infantil, giró hacia Recoletos.

—Señora.

Se detuvo. Había casi olvidado a su pequeño chivato.

—Toma —. Brilló la plata en el aire antes de desaparecer entre los dedos tumefactos de la cosa que no hace mucho era un niño vivo—. Y hazme el favor de buscarte un pellejo que no se caiga a pedazos. Eres un demonio; compórtate como tal.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

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Descubre la segunda parte de la historia de Llara, «La Llobera«.

@PilarR1977

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