Este septiembre «Cosas que le cuento a mi gato» por Arwen Grey: «Juan» (II)

2ª Parte

Roberto Muñíz sentía que había sido castigado con unas vacaciones en el averno.

Ese archivo decrépito y con olor a pis de rata era, con diferencia, el más oscuro y triste en el que había trabajado. Ni siquiera en Valencia, su anterior destino, había estado peor. A esa editorial de cuarta no había llegado algo tan de este siglo como la fibra óptica o la luz de led. Solo había una conexión a internet prehistórica, unos fluorescentes que parpadeaban a cada paso que daba y un compañero que parecía parte del paisaje.

Cuando se había presentado, hacía unos instantes, se había limitado a parpadear un par de veces y a apartar la vista para seguir con lo suyo, como si el contacto con humanos de verdad no fuera con él. Y además ocupaba el único rincón bueno de todo el sótano, donde había un pequeño tragaluz por el que entraba la luz grisácea procedente de un patio interior. En el poyete había una planta de flores rojas de aspecto carnoso y ligeramente repugnante, como de esas que se comían a los bichos.

Miró la espalda del otro y después se giró para mirar el desolado aspecto de lo que sería su lugar de trabajo durante meses. Ese antro era lo peor que había visto en su vida: sucio, oscuro y caluroso como pocos. No llevaba allí ni cinco minutos y ya estaba sudando como un cerdo. ¿Cómo podía resistir ese tipo allí sin quejarse?

—Hay que joderse —murmuró para sí, mientras se dejaba caer en la mesa que le habían preparado, tan gris y triste como todo lo demás. Por un instante tuvo la sensación de que, si no salía pronto de allí, se volvería majara.

Juan trataba de concentrarse en su trabajo, siguiendo sus pasos habituales, su conocido y tranquilizador ritual, sin conseguirlo. Era difícil hacerlo cuando Roberto Muñíz silbaba, tarareaba, chasqueaba los dedos, carraspeaba o hacía todo tipo de ruidos molestos sin parar.

—¿No puedes poner algo más marchoso en ese aparatito tuyo, Luís?

Juan tardó un rato en darse cuenta de que le hablaba a él.

Creía recordar que le había dicho su nombre cuando se había presentado al llegar. Juan Gómez.

Levantó la vista de la carpeta que estaba reorganizando y miró a Roberto Muñíz, pero era evidente que le hablaba él, porque le miraba con insistencia, como esperando una respuesta por su parte.

—Los muros dificultan la recepción —respondió al fin.

Roberto frunció el ceño, como si no comprendiera muy bien sus palabras. Finalmente echó la cabeza hacia atrás y asintió.

—Ya veo. Estamos exiliados en las catacumbas, ¿eh, Luís?

Otra vez ese nombre. Pensó durante unos instantes que tal vez debería corregir su error, pero luego no le pareció tan importante. Lo más probable era que apenas compartiesen nada más que meros saludos de cortesía. Sin embargo, una parte rebelde de su mente osó pronunciarse.

—Me llamo Juan.

Pero Roberto ya había apartado la mirada y seguía canturreando, como si no hubiera escuchado nada.

Juan no era de esos que aprovecha cualquier ocasión para ausentarse de su puesto de trabajo: no fumaba, solo tomaba café después de comer e incluso se tomaba la comida en su mesa, contemplando su amada orquídea, abonándola, y dándole los cuidados que algo tan delicado necesitaba.

El primer día descubrió que Roberto se parecía bien poco a él, y no solo en lo físico, con esos polos de brillantes colores, su olor a colonia cara y su manía de no permanecer en silencio ni un solo instante. Salía cada poco tiempo con la excusa de tomar aire fresco, fumaba como un carretero y, cada vez que salía para comer, tardaba al menos dos horas en regresar. Juan agradecía la calma que le proporcionaban sus salidas, porque devolvían a su sótano al sempiterno silencio que le caracterizaba y que tanto añoraba desde que el otro había llegado.

Sin embargo, hasta él era humano, y en un momento dado, durante la primera semana de Roberto Muñíz allí, tuvo que salir. Al regresar a su puesto, vio Roberto rondaba su mesa, toqueteando sus carpetas y sus cosas. Sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

—Si este antro tuviera buenas vistas, diría que tú las tienes, Luís.

—Gracias —respondió, por decir algo.

Roberto le regaló una sonrisa de depredador antes de volver a su puesto, alejado de la luz grisácea que entraba por el tragaluz.

—Tienes bien montado tu chiringuito aquí, te envidio.

Juan sabía poco de convenciones sociales, así que no supo qué responder. Se limitó a regresar a su rincón y a ponerse a trabajar, ajeno a la mirada de franco desprecio de su nuevo compañero.

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Nos vemos en 7 días con la tercera parte

@ArwenGrey