Taxi
La profesora Eva subió al taxi con su habitual porte severo. Cabello negro recogido en un moño apretado, gafas de montura fina sobre ojos fríos, traje chaqueta gris que marcaba su figura esbelta pero rígida. Olía a perfume caro y autoridad.
—Al centro, rápido —ordenó sin mirar al conductor.
El taxista, Miguel, era todo lo contrario: brazos gruesos tatuados, barba de tres días, camisa ajustada sobre pecho ancho y manos grandes que apretaban el volante. Su voz grave resonó ronca.
—Señora, el tráfico está fatal. No me dé órdenes como si fuera su alumno.
Eva giró la cabeza, irritada.
—Limítese a conducir. Pago por servicio, no por conversación.
La discusión subió de tono. Ella criticaba su ruta, él respondía con sarcasmo seco. En un semáforo, Miguel detuvo el vehículo bruscamente en una calle secundaria poco iluminada.
—Bájese. No la llevo más.
Eva cruzó los brazos.
—No me bajo. Siga o llamo a la policía.
Miguel apagó el motor, salió y abrió la puerta trasera con fuerza. Su cuerpo imponente bloqueaba la salida. La tomó del brazo para sacarla, ella se resistió, empujándolo. En el forcejeo, sus cuerpos chocaron. El calor de él la sorprendió: olor a hombre, a sudor limpio y fuerza bruta.
—Suélteme —protestó ella, voz temblorosa por primera vez.
Miguel no soltó. La giró contra el asiento, presionando su espalda con el torso. Sus manos grandes bajaron la falda de Eva con decisión. Ella jadeó cuando sintió la erección dura contra sus nalgas.
—No… Pare… —murmuró, aunque su cuerpo se arqueó ligeramente.
Él no paró. Bajó la cremallera, liberó su miembro grueso y caliente. Con una mano firme en la cadera de ella, guió la punta contra la entrada estrecha. Empujó lento pero implacable. Eva soltó un gemido ahogado de protesta, sintiendo cómo la invadía centímetro a centímetro, abriéndola con esa invasión profunda y prohibida. El dolor inicial se mezcló con un placer desconocido, intenso, que le robaba el aliento.
—Esto es… demasiado —susurró ella, dedos clavados en el asiento.
Miguel se movió con ritmo controlado, profundo, cada embestida rompiéndola un poco más. Su mano libre subió por el vientre de Eva, desabrochando botones, acariciando pechos firmes bajo la blusa. Los gemidos de ella cambiaron. De negación pasaron a súplica.
—Siga… no se detenga —pidió al fin, voz rota por el deseo.
Él aceleró, sujetándola con fuerza mientras la penetraba sin pausa. Eva sintió el orgasmo llegar como una ola violenta: contracciones intensas alrededor de él, piernas temblorosas, un grito ahogado escapando de sus labios. Miguel gruñó, derramándose dentro de ella con pulsos calientes y profundos.
Quedaron jadeando, cuerpos unidos en el silencio del taxi detenido. Miguel la giró con cuidado, quitándole las gafas empañadas. Por primera vez Eva lo miró sin la máscara de autoridad. Sus ojos brillaban.
—No fue como esperaba el día —dijo ella, una sonrisa tímida asomando.
Él acarició su mejilla toscamente.
—Ni yo. Pero no me arrepiento.
Ella se arregló la ropa con manos aún torpes, sin prisa.
—Lléveme a casa… y quédate un rato.
Miguel encendió el motor, ahora con una sonrisa satisfecha. El taxi arrancó hacia la noche. Eva apoyó la cabeza en el asiento, sintiendo aún el calor de él dentro de sí. Por primera vez en años, la rigidez de su vida se había roto en algo vivo, crudo y extrañamente liberador.
Al llegar a su apartamento, lo invitó a subir. Esa noche no hubo más protestas, solo cuerpos entrelazados en la cama amplia, explorando con la misma intensidad y ese mutuo deseo inesperado. Al amanecer, mientras él dormía a su lado, Eva se miró en el espejo: el moño deshecho, las mejillas sonrojadas. Sonrió. Había encontrado, en la rudeza de un desconocido, la pasión que su vida ordenada nunca le había dado. Decidió que no lo dejaría ir tan fácilmente.













