«Hombres buenos, hombres mejores» (II), por Valle Ulla (@atelierdelavida)

Vamos con la segunda parte, dicen que es la más interesante.

Parte II

Carlos, entonces ostentaba al cargo de rector de la universidad. Al quedar viudo, empleaba su tiempo libre en escribir construyendo un mundo en cada obra. Cambió su forma de ser, se volvió arisco, poco cercano… se encerró en sí mismo.

Había rumores entre sus alumnas, que Carlos pertenecía a una “sociedad esotérica” de difícil acceso, y sí… él era el “Ungido” con la potestad de dejar entrar al grupo. Todos los electos, los doce, tenían como punto de partida, ser de un alto nivel económico y haberse leído un libro, el mismo y único ejemplar que pasó de mano en mano con sumo cuidado. Conscientes del contenido y con las ideas afines, escrito por el mismo Carlos Medina. Eran convocados a verse todos los jueves; los integrantes eran antiguos alumnos del seminario con ideas contrarias a la iglesia católica, fundamento que era llevado en secreto. Eran empresarios cuyas vidas y rentas estaban ligadas a la sociedad cristiana. Dentro del grupo de los doce, tenían unas reglas escritas donde quedaba constancia en el libro del fundador, del 1979. Llevaban una doble vida. Sin darse cuenta los miembros, y ajenos a ello, Carlos los dogmatizaba. Desde dentro de esas reuniones, viviendo en la antítesis de la vida que llevaban de cara a la sociedad, en comunidad con Dios. Combinaban sus rectas vidas de médicos, empresarios, funcionarios del arzobispado, abogados con actividades vinculadas al ocultismo; se regían por unas leyes. Uno de los componentes era Eduardo, su cuñado, que siempre le había admirado y seguido en todo. El lema de “Los doce de la estrella de oriente” era: Hacer de hombres buenos, hombres mejores. Un código de ideas tolerantes y una fraternidad infinita.

La sede estaba debajo de la ermita del cigarral de Carlos. Su orientación estaba situada con la cabecera al oriente, de trazado rectangular con los lados dirigidos hacia los cuatro puntos cardinales y su suelo era como un tablero de ajedrez; la armonía de los contrarios que simbolizaba el principio del libre pensamiento. Cuando estaban congregados, proclamaban la existencia de un ser supremo del principio creador al que llamaban “Gran arquitecto del universo” icono de la letra G presidiendo la cabecera de la sede.

Entre ellos había grados: aprendiz, compañero, maestro… Invocaban al espíritu y practicaban espiritismo para la comprensión de sus almas con el tormento social de vida. En su caso, invocaba al espíritu de su difunta mujer.

Dale y escucha.

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Hemos llegado al ecuador del relato, ¿me acompañarás mañana?

@atelierdelavid

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