«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «Maestra» (Desenlace final)

CUARTA PARTE

Madrid, 17 de diciembre de 1882

Luna creciente

Lavapiés

“…Te enseñaré lo que a mí no me enseñaron: a llamar a puertas como esta.”

Aunque lo hubiese querido, Llara no habría podido moverse: la dama le atrapó la muñeca con una mano y con la otra procedió a golpear la puerta de madera negra, siguiendo una cadencia que poco tenía que ver con un toque al azar.

—¿Has memorizado la llamada? — preguntó la mujer.

—No…yo no sabía…

La recién llegada puso los ojos en blanco por un segundo.

—Empezamos bien, Llara.

—¿Cómo sabe mi…?

Murió la frase en sus labios al escuchar sonido de cerrojos al otro lado de la puerta, al sentir la súbita tensión de la dama Rechinaron los goznes con un gemido largo, un sonido que se impuso al silencio de la noche, a la vigilia y a toda vida. Y entonces, lució apenas un hilo de luz amarillenta, luz de velas, un resplandor apagado que bastaba para dibujar una inconfundible silueta de mujer.

—No eres bienvenida aquí, italiana —. Un tono cuidado, bajo, un acento extranjero que Llara no conocía.

—Me lo recuerdas todos los meses y todos los meses te digo lo mismo, Istara: mi plata es tan bienvenida como la de aquellas que son de tu agrado.

—Puedo pasar sin tu plata.

—Pero no sin mi permiso —, y una sonrisa siniestra descubrió de nuevo esos dientes inhumanos—, ¿no querrás que denuncie tu negocio por tratar con demonios?

—El mío es un negocio decente; el único demonio que ronda estas calles eres tú, desgraciada.

—No te falta razón en dos de tus tres aseveraciones, Istara —. La italiana enderezó la espalda—. Dai!, no tengo toda la noche. Déjanos entrar.

—No conozco a la que viene contigo.

Hizo Llara por esconderse tras la inmortal; giró esta la cabeza y la miró. Brillaba la plata en sus ojos y era indolente su gesto.

—La niña viene conmigo — replicó la mujer—. Yo respondo por ella.

—¿Trae plata?

—Yo…— balbuceó la llobera, pues, temerosa de los peligros de la noche, había dejado sus humildes alhajas en el palacete y con lo único que contaba era con unas pesetas, con unos billetes escondidos en su pecho.

—Te dije que respondo por la niña —sentenció secamente la dama de negro—. En todo.

Hizo Llara por recular, por zafarse. Deseó correr calle arriba, huir lejos; ya encontraría otra manera, otro lugar. Pero aquella criatura que la aprisionaba no era la menuda mujer que aparentaba; tiraba con fuerza, ignorando sus protestas, tiró de ella hasta el interior de la casa. Se cerró la puerta a su espalda y sólo halló negrura a su alrededor.

Comenzó a llorar entonces, a temblar como la chiquilla que era. Suplicó y sollozó, pues dolía cada latido, le faltaba el aliento y temió marearse.

—Es sólo la magia de Istara, Llara. Es una magia pura, antigua, un poder sin pulir, salvaje aún. Siempre duele, no importa las veces que pases por esa puerta; es su mundo, su magia y sus dioses. Escucha mi voz y abre los ojos.

Había olvidado la muchacha esa cadencia maternal, la presión confianza de manos que guían y no empujan. Obedeció y, tal vez lo soñó, tal vez fue sólo un instante pero creyó ver dulzura y preocupación en el rostro pálido de la dama.

—Escucha mi voz y abre los ojos, niña —repitió—. Perteneces al crepúsculo; este es tu mundo: hazlo tuyo. Sé bienvenida al aquelarre, Llara.

continuará

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

🎧🎙👇

El relato de «La Llobera» está inconcluso.

@PilarR1977

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