«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «La última noche de Martín Padilla» (parte IV)

Cuarta parte

—Sangre, Martín, el precio es sangre.

Balbuceó el chico, en su memoria las palabras de la mendiga. De pronto, la risa de Ernesto sonó de nuevo, franca y alegre.

—Pero…, ¿no te habrás creído el cuento, hijo? ¡Si hasta palideciste! ¡No, hombre, no! Lo único cierto es que se trata de una casa pública, Martín, lo bastante discreta para que la flor y nata de Madrid use sus servicios y alimente sus deseos sin que nadie se entere.

—No soy esa clase de hombre, don Ernesto.

—Hasta mañana a mediodía me da igual la clase de hombre que seas, Padilla —los largos dedos del marqués giraron el papel; en el reverso, una dirección grabada también en plata y un nombre de mujer escrito a mano—. Ah, la Italiana…habría dicho que eras muy joven para ella…

—¡Señor!

—No te ofusques. A la Italiana le gustan los hombres hechos y derechos —. Un gesto lascivo deformó su rostro—. O eso se rumorea. Has debido caerle en gracia…

Martín le arrebató la tarjeta con un tirón seco, tan brusco que, por un segundo, temió romper su particular tesoro. El alcohol se le subió a la cabeza al ponerse en pie; trastabilló y, al punto, recibió el socorro de un par de mozos tanto o más borrachos que él. Con la confianza de compadres, le agarraron de las axilas y le rodearon la cintura para sostenerlo.

—Hay que recogerse compañero, que en un rato estás ya casado. Te metemos en el coche y en diez minutos estás en tu cama.

Pareció don Ernesto reír la gracia, pero guardó silencio. Se limitó a observar el bamboleo del trío, haciendo eses entre los asistentes, con un Martín pálido y rígido dejándose conducir dócilmente.

Suspiró el señor marqués y levantó la mano: reconoció en la joven rubia que acudió a su llamada a una de las invitadas de Martín, una actriz de poca monta, pero mucho lustre y otro tanto trote.

—¿Pido a los camareros algo de beber, señor?

El aristócrata echó una última mirada al trío: si el chico decidía malgastar su última noche de libertad durmiendo la mona, no era su problema. Volvió su atención a la mujer. Sin pudor la recorrió de abajo a arriba, deteniéndose desvergonzado en sus pechos.

—Trae una botella de champaña y siéntate a mi vera, que estoy sediento… y no sólo de alcohol, princesa.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

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No te pierdas la continuación de esta historia la próxima semana.

@PilarR1977

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