Noctilucae (final)
Luna llena
Era un hombre de palabra.
La razón y la salud habían vuelto a él en pocos días y, sin embargo, los cercos de oscuridad que rodeaban sus ojos indicaban que sus noches no eran tranquilas. Extrañas pesadillas se acomodaban tras sus párpados cerrados: el rostro de Livia era la máscara que ocultaba la faz de una mujer pálida, de un fantasma.
Vestia Nuctina.
Llevaba el par de áureos de oro encerrados en el puño. Y el mango de una daga en la otra mano.
Pronto amanecería. El cielo comenzaba a lucir ese azul casi oscuro que el manto negro de la madrugada, ese tono que aún no es luz y anula, por algunos minutos, el brillo de las estrellas. En lo alto, majestuosa, la luna reinaba en la helada noche de invierno.
Había dudado. Había vacilado.
Pero era un hombre de palabra.
Sus pasos eran silencio sobre la tierra húmeda. Apartó la mirada de la tumba de Livia, pues era ya aquel un lugar no sólo de llanto, sino de condena y lujuria. Tal vez un día, con el Sol en lo alto, podría volver a ella, hablarle del niño, de lo mucho que la había amado…tal vez…
Buscó infructuosamente: jóvenes, ancianos, ricos y pobres, historias ya acabadas se revelaron a sus ojos a través de las lápidas, más ninguna era la suya.
Vestia Nuctina.
Se detuvo. Roma estaba tan cerca que era capaz de percibir su aroma: humanidad, vida y muerte, pero lo mismo podría haberse hallado en el corazón mismo del Hades, tan oscura era la noche, tan extrañamente silenciosa, pues supo, por instinto, que ninguna criatura viva palpitaba en aquel rincón del mundo.
—Estás perdido.
La criatura de sombra se perfiló con las formas de una niña pequeña cuando Lucio parpadeó. Podría rozarla con sólo extender el brazo.
—¿Qué eres? —preguntó la chiquilla vestida de niebla.
—Un hombre que viene a pagar una deuda.
—Un hombre. No es tiempo, ni es tampoco lugar para los tuyos —susurró—. Es nuestro momento —. Sonrió y, al hacerlo, su boca mostró dos hileras de dientes afilados y ennegrecidos.
Contuvo Lucio su horror y habló con firmeza.
—Tengo una deuda con Vestia Nuctina.
La criatura hizo un mohín.
—Ah, vienes a ver a nuestra ama. Todos venís a verla a ella. Todos la buscan desde la noche de los tiempos. A veces la escuchamos cantar en un idioma que ya antiguo cuando Babilonia era grande y su dolor nos parte el corazón: busca el abrazo de su madre, anhela el afecto de un hijo, el amor de un esposo y sólo halla el deseo de los mortales.
—¿Sabes dónde descansa? —. Y abrió la palma para mostrar las monedas.
—Regálame la bendición de los dioses de tu casa para mi próxima noche y te lo diré.
No habría tenido más de siete años en vida, se dijo Lucio, “si es que alguna vez hubo vida en ella”, pensó. Soltó el pomo de la espada y puso la mano sobre la coronilla de la niña: su cabello negro, rizado, crespo, se enredó entre sus dedos.
—Dioses de mis antepasados, guardad sus pasos cuando el sol se ponga y la luna se alce — declamó formal, buscando las palabras adecuadas para bendecir a aquella infeliz moradora del crepúsculo.
—Existiré al menos un día más, hombre vivo. Te lo agradezco —. Y, por un instante, fue sólo una niña de ojos grandes y alegres —. Sigue sólo mis pasos y no escuches las voces que pueden sacarte del camino: ah, ten cuidado, no pises mi sombra, pues…mejor no la pises — susurró.
Obedeció Lucio. Clareaba ya al este y a su alrededor crepitaba el mundo. Tal vez los vio, tal vez los soñó: lamentos, promesas y hasta el sonido de su nombre en la voz de Livia; no apartó la mirada y sus pasos avanzaron al filo de una sombra imposible sin Sol en el cielo hasta un calvero vacío.
—Aquí descansa, hombre vivo— anunció la criatura antes de volver a convertirse en un jirón de niebla —. Ve en paz.
Lucio, sin miedo, avanzó hacia el pequeño claro abierto entre las lápidas y la maleza.
Y la vio.
La halló tendida sobre una losa de mármol con sólo dos palabras grababas en la base, “Vestia Nuctina”, sin sudario o vestidura alguna que la cubriese, tan sólo vestida con su cabello negro, enredado en torno suyo como si de un siniestro capullo se tratase. Su piel, blanquísima y perfecta, mostraba un leve rosado en las mejillas.
Un capullo de sangre roja manchaba el arco de sus labios.
¿Puede un hombre sentir celos si el objeto de los mismos es un demonio? ¿Si el causante de los mismos es la sangre de otro hombre?¿Puede un hombre anhelar un beso de muerte?
Lucio se agachó sobre ella y besó su boca con dulzura, anhelante.
—Te has llevado mi dolor, pero ahora reinas en mis sueños. Nos veremos ahí si es tu deseo.
Las monedas ardían en el refugio de su puño apretado. Las colocó con cuidado sobre los párpados helados.
El primer rayo de Sol acarició el mundo; Lucio entrecerró los ojos, deslumbrado por la luz pura y brillante del amanecer.
Cuando volvió la mirada al sepulcro de Vestia, sólo halló una losa agrietada y polvorienta.
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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