«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «La última noche de Martín Padilla» (parte VI)

Sexta parte

Oscuridad.

O más bien una cálida penumbra.

Parpadeó un par de veces para acostumbrarse a la luz de las velas que salpicaban la estancia; porque era eso, “salpicar”, ya que habían sido dispuestas de forma caprichosa en el suelo, sobre la alfombra de tonos bermejos, encima del tocador, de las mesitas de noche que custodiaban el lecho abierto. En un último instante de racionalidad y sensatez pensó Martín que parecían llevar esos velones mucho tiempo luciendo, pues cascadas de cera fresca se derramaban sobre antiguas lágrimas ya amarillentas. Años, tal vez por años había llorado la cera, adivinándose su huella en los muebles, sobre el suelo… sobre el lecho incluso.

Ese atisbo de razón se apagó pronto. Al verla. O más bien al intuirla, ¿había entrado tras él o había estado allí siempre? Aquel aroma lo envolvió en un abrazo serpentino, agotando su voluntad y su aliento, más enardeciendo su vientre y su deseo. Se volvió presto, se encontró con ella, una criatura con forma de mujer, vestida con el único ropaje del manto de cabello oscuro que caía hasta sus caderas, cálidos sus destellos a la luz de las velas. Libre su rostro de velos, sólo podría decir el muchacho que era hermosa, esa hermosura propia de un sueño, de un rostro de Madonna sin edad. No era la suya lozanía o tersura de doncella, pues eran sus ojos sabios, antiguos, y, le pareció, fríos e inteligentes.

—Eres C…

—Para ti La Italiana —interrumpió una voz sedosa, sin acento. Posó el índice sobre la boca de Martín; recordaba haberse mordido el labio esa noche, nada grave, pero la sangre aún estaba fresca. Rozó ella su piel y se llevó el dedo manchado de rojo a la boca. Se dilataron sus pupilas al saborear la esencia del chico, lasciva al lamerse la yema. Martín gimió encendido; tembló, y no de frío, con la caricia de la cortesana, con la seda helada de sus dedos en la barbilla.

—Por Dios, Martín, si eres sólo un chiquillo —susurró—, cómo voy a hacerle esto a un crío…

Las mejillas del chico se tornaron rojas de vergüenza y de rabia. Tiró de ella, la arrojó sobre el lecho, y, maldiciendo, se desabrochó el pantalón; era más hombre que niño y, orgulloso, se lo demostró a las claras, pues había descubierto ya los placeres de la compañía femenina y habilidad no le faltaba.

—Ay… eres un encanto, Martín —susurró la Italiana, cabalgándolo despacio, con el arte de siglos de voluptuosidad desinhibida y las ansias desatadas de un súcubo—, pero soy mujer de palabra…

Quiso preguntar el chico, pero andaba ya ardiendo y con un gruñido, llegó al éxtasis. Sus párpados temblaban y Martín vivió la gloria del cielo y el terror del infierno en su propia carne. Ella, un cuerpo de pálido ópalo arqueado, tenso, crispado. Y el largo grito de placer femenino, una dulce agonía que parecía no terminar; la cabeza caída hacia atrás, laxa, rendida… ese cabello que pareció aprisionarle, que se le antojó de pronto vivo, que tal vez estaba vivo. Aún gemía la dama cuando emergió su rostro de nuevo de las profundidades de aquel océano: entre los rizos oscuros sus ojos lucían rojos, inhumanos.

Una sonrisa de dientes afilados fue lo último que vio antes de que el mundo tornase dolor y sangre.

Violetas y… sangre”, pensó, gritando, incapaz de escapar de su sentencia.

Abrazándola gustoso.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

🎧🎙👇

El final en 7 días.

@PilarR1977

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