«Gana el rojo pasión» por Medussa (@MedussaEros): «Cárcel de mujeres»

Cárcel de mujeres

En la húmeda penumbra de la celda 13, el aire cargado de olor a desinfectante y sudor, doña Rosa, funcionaria de prisiones de cincuenta y tres años, cumplía su ronda nocturna. Era una mujer de complexión fuerte, cabello recogido en un moño severo y mirada cansada por años de lidiar con la dureza del sistema penitenciario. Aquella noche le tocaba cachear a La Pelirroja, una interna de veintidós años conocida por su carácter indomable y su lengua afilada.

La joven, de pelo corto teñido de un rojo intenso como sangre fresca, labios carnosos y una actitud provocadora que intimidaba incluso a las veteranas, la esperaba sentada en la litera inferior. Cuando Doña Rosa entró y cerró la puerta tras de sí, La Pelirroja esbozó una sonrisa torcida, cargada de desafío.

—Jefa, ¿vienes a meterme los dedos o ya te mojas sola? —soltó con descaro.

Doña Rosa intentó imponer autoridad, pero la interna se movió con la rapidez de una gata callejera. En un instante la empujó contra la litera, le abrió la camisa de un tirón y se abalanzó sobre ella con una mezcla de hambre y dominio. Sus manos callosas recorrieron el cuerpo maduro de la guardiana sin piedad, mientras sus labios y lengua exploraban con avidez. Dos dedos se hundieron con decisión en la intimidad de Doña Rosa, que jadeó sorprendida y excitada a la vez.

—Joder, qué apretada estás para ser tan vieja —gruñó La Pelirroja, marcando un ritmo implacable.

Doña Rosa, con las rodillas temblando, se dejó llevar por la oleada de sensaciones prohibidas. La joven se bajó los pantalones y, sin darle tiempo a reaccionar, se sentó sobre su cara, restregándose contra su boca con exigencia.

—Lame, zorra. Y mañana me traes el consolador que escondo en la ducha… o te denuncio por hacértelo con una interna.

El placer fue tan intenso que Rosa se corrió con un grito ahogado, sabiendo en ese mismo instante que acababa de cruzar una línea sin retorno. La Pelirroja, con una sonrisa victoriosa, la miró desde arriba mientras la funcionaria aún recuperaba el aliento. Desde ese momento, la joven de pelo rojo sangre tenía a la veterana guardiana completamente bajo su control. Había dejado de ser Doña Rosa.

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