‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «Oiga usted, señora»

Capítulo 49: oiga usted, señora

Llegados a este punto, es bueno hacer una pausa en el relato ―los modernos prefieren llamarlo kit kat. Tiene narices la cosa― y tratar un tema que podría considerarse anecdótico, pero cuando te enteres de la identidad de la protagonista de este capítulo dirás algo así como, leche, pues sí que merecía la pena. 

El duque de Alba sabía allá por el mes de julio de 1573 que a Haarlem le quedaba menos o nada para rendirse, como conté en la entrega anterior; y que don Luis de Requesens no tardaría en poner rumbo a Bruselas desde Milán, donde ejercía como gobernador, para sustituirlo. Así que decidió tomar cartas en el asunto y encauzar la vida de Bárbara Blomberg, de cuyas andanzas había tenido noticia casi desde el primer momento que puso los pies en Flandes. 

Por resumir la cuestión, esta mujer fue el último amor, por llamarlo de alguna manera, que tuvo el difunto Carlos I de España y V de Alemania. Allá por el verano de 1546, el hombre llegó a Alemania para desatar las hostialidades contra los protestantes alemanes. La cosa acabó con la Batalla de Mühlberg en 1547, que trajo un poco de paz en el asunto y al emperador le regaló un cuadro eterno en el que Tiziano lo inmortalizó subido a un corcel. 

Pero todo iba a ser hostia va hostia viene, y el hombre conoció a la tal Bárbara Blomberg en Ratisbona (Alemania) en aquel verano. Era hija de un comerciante alemán, y de ella se cuenta que poseía una voz privilegiada para el canto. Además, guapa ―dicen las crónicas, insisto― era un rato. Lo que nos importa es que, si nos atenemos a lo que recogen los biógrafos del emperador, se dice, se cuenta, se rumorea que llevaba desde 1539, año del fallecimiento de su amada Isabel, a pan y agua. Con lo que había sido ese hombre antes de casarse. En consecuencia, conoció a Bárbara Blomberg y tralarí tralará, como se explica en El milagro de P. Tinto ―si no la has visto, estás tardando―. Si hacemos caso a lo que explican todos los biógrafos del emperador, de ese tralarí tralará nació un año después, o sea, en 1547, una criatura a la que llamaron Juan. El padre, o sea, el emperador, enterado del asunto, decidió que el crío merecía una crianza como Dios manda, que para eso era su hijo, aunque bastardo, y lo envió para España. Luego, lo conocería en sus últimos meses de vida ya retirado en Yuste; y antes de cerrar sesión, informó a su hijo Felipe de que era hermano suyo y que lo tratara como tal a partir de entonces. Con el tiempo, don Juan de Austria ganaría leyenda eterna en la Batalla de Lepanto, etcétera, etcétera, etcétera.

¿Y Bárbara? Acabó casada con un funcionario imperial llamado Jerónimo Piramo Kegel, que se fue pronto para el otro barrio. Una vez viuda se dedicó a vivir la vida loca. Una reputación que lo flipas según algunos historiadores. Para ejemplo, el que explica William S. Maltby en El gran duque de Alba: «Había sido acomodada en Bruselas, donde su conducta avergonzaba a don Juan, al rey y a sus vecinos, que se quejaban de que no tenía reparos en recibir hombres a todas horas del día y la noche». Otros no llegan tan lejos como Maltby, pero la cosa es que el duque de Alba puso todo de su parte para enderezarla dentro de lo que cabe.

Para empezar, dice Maltby, «introdujo a dos respetables mujeres en su casa», pero Bárbara las mandó a pasear ―por no decir otra cosa― en cuanto tuvo la menor oportunidad. No contenta con eso, decidió sustituirlas por dos mujeres que el duque ―dice Maltby― llamó «alcahuetas» y «ruines mujeres». En definitiva, una vida que a don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel le hacía una gracia que te puedes imaginar. Incluso estuvo tentado de secuestrarla y mandarla a un convento. Cómo estaría de ella.

Finalmente, el duque de Alba regresaría a España a finales de 1573 —esa la contaré en la siguiente entrega— diciendo aquello de ojos que no ven etcétera en lo que respecta a este asunto; que continuó hasta que allá por 1577, y estando preocupado Juan de Austria ―hijo de la susodicha, recuerdo―, decidió enviarla para España. Parte de los historiadores dicen que ella lo hizo poco o nada convencida, mientras que otros insisten en que sabía dónde iba y para qué. 

Sus últimos años de vida te los puedes imaginar: supervisada de aquella manera en tierras cántabras casi en un ambiente conventual hasta que el Señor decidió que ya había pasado bastante en este valle de lágrimas, y se la llevó en 1597. Y sí: supo del fallecimiento de su hijo, don Juan de Austria, en 1578. Hasta llegó a conocerlo dos años antes, en 1576. La primera y única vez en su vida que lo vio prácticamente desde que nació. ¿De qué hablaron? Dicen que de política y de su reputación, que era lo que más interesaba al hijo. Cría cuervos, etcétera.

Esas cosas de la vida.

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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