Páginas mojadas
La mansión olía a madera antigua, cera de abejas y un leve rastro de jazmín quemado en los incensarios. Doce personas ocupaban el salón circular, iluminado sólo por lámparas de pie con pantallas de seda. Alex se sentó en el borde del sillón de terciopelo verde, las manos sudorosas sobre las rodillas. Era su tercera reunión y aún no había participado en la segunda parte. Hasta esa noche.
Patricia estaba frente a él. Treinta y ocho años, cabello negro recogido en un moño bajo que dejaba escapar algunos mechones sobre la nuca. Vestía un vestido negro de cuello alto que se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido cosido sobre su piel. Sus ojos, de un verde casi gris, lo observaban con esa calma depredadora que lo desarmaba.
—Esta noche leeremos del Libro de las Sombras —anunció la anfitriona—. Capítulo siete. Luego sortearemos parejas.
La lectura fue un susurro colectivo. Voces graves y suaves alternándose. Alex apenas escuchaba las palabras; solo sentía la presencia de Patricia al otro lado del círculo, cómo cruzaba las piernas con lentitud deliberada, cómo el tejido del vestido se tensaba sobre sus muslos.
Cuando terminó la lectura, la anfitriona sacó la urna de plata. El nombre de Alex salió primero. El segundo fue el de Patricia.
Ella sonrió apenas, un gesto mínimo que solo él percibió. Se levantó y extendió la mano.
—¿Aceptas, Alex?
Su voz era baja, cultivada, ligeramente ronca. Él tragó saliva y asintió.
—Sí. Consiento.
Subieron al segundo piso. La habitación asignada tenía una cama amplia, un chaise-longue junto a la ventana y una chimenea encendida. La puerta se cerró con un clic suave, Patricia se volvió hacia él mirándolo sin prisa.
—Desnúdate. Despacio. Quiero verte.
Alex obedeció. Cada botón de la camisa parecía más difícil que el anterior. Cuando quedó desnudo, el aire tibio de la chimenea le acarició la piel. Patricia se acercó. No lo tocó aún. Solo rodeó su cuerpo, estudiándolo.
—Tienes una espalda bonita —murmuró—. Y estás temblando. ¿Frío o deseo?
—De las dos cosas —admitió él.
Ella rio suavemente. Se colocó detrás y, sin tocarlo con las manos, sopló sobre su nuca. El contraste entre el calor de la habitación y su aliento fresco le erizó la piel. Luego, por fin, apoyó las yemas de los dedos en sus hombros y los deslizó hacia abajo, siguiendo la columna. Sus uñas pintadas de rojo oscuro dejaron rastros leves de presión.
—Esta noche mando yo —dijo contra su oído—. Y tú vas a pedírmelo todo. Con palabras.
Alex sintió que su miembro se endurecía solo con el tono de voz. Patricia lo guió hasta el chaise-longue y lo hizo sentarse. Se arrodilló frente a él con elegancia felina, sin prisa. Sus manos subieron por los muslos de él, separándolos. El primer contacto de su lengua fue en la cara interna del muslo, húmedo y caliente, subiendo lentamente. Cuando llegó a la base de su erección, se detuvo y lo miró.
—Dime qué quieres.
—Tu boca —susurró él—. Por favor.
Patricia sonrió. Primero lamió la longitud con la lengua, saboreándolo, recogiendo la gota transparente que ya perlaba la punta. Luego lo tomó entero, despacio, hasta que sus labios rozaron el vello de su pubis. El calor húmedo lo envolvió. Alex gimió, una mano en el cabello de ella, sin tirar, solo sosteniéndose.
Ella controlaba el ritmo. Lento. Profundo. A veces se detenía para besarle el vientre, morder suavemente la piel de la cadera, susurrarle lo bien que sabía. Cuando lo sintió cerca del límite, se apartó.
—Aún no.
Se levantó, se quitó el vestido con un solo movimiento. Debajo no llevaba nada. Sus pechos erguidos, pezones oscuros ya duros. Se sentó a horcajadas sobre él y tomó su miembro viril con la mano, frotándola contra su sexo húmedo y caliente sin dejarlo entrar.
—Mírame —ordenó.
Sus ojos se encontraron. Patricia bajó despacio, introduciéndoselo centímetro a centímetro. El interior de ella era ardiente, apretado, resbaladizo. Cuando lo tuvo completamente dentro, se quedó quieta, contrayendo los músculos internos alrededor de él. Alex jadeó.
—Ahora fóllame —dijo ella—. Pero despacio. Quiero sentir cada movimiento.
Él obedeció. Las manos en las caderas de Patricia, subiendo y bajando con control. El sonido húmedo de sus cuerpos llenaba la habitación, mezclado con el crepitar del fuego. Ella le mordió el hombro cuando él aceleró, le clavó las uñas en la espalda. El orgasmo de Patricia llegó primero: un estremecimiento profundo, un gemido bajo y prolongado mientras se contraía alrededor de él. Solo entonces Alex se dejó ir, corriéndose dentro de ella con espasmos intensos.
Después, Patricia no se apartó. Lo abrazó contra su pecho, acariciándole el cabello húmedo de sudor. Besó su frente, sus párpados, sus labios.
—Respiras conmigo —susurró—. Bienvenido al club, Alex.















