Melodía de sumisión
Diego era un compositor bohemio de mirada profunda y sonrisa torcida. Su última canción, un himno transgresor sobre libertad y deseo, necesitaba el empujón definitivo. Laura, directora de la discográfica más influyente, era la que podía posicionarla mejor en las listas. Pero ella era inalcanzable. Su marido, Carlos, alto y hercúleo, de traje impecable y modales conservadores, actuaba como su escudo silencioso. Nadie llegaba hasta su mujer sin su permiso y no era fácil conseguirlo.
Diego lo supo desde el primer encuentro casual en un bar del centro: Carlos imponía; mientras compartían el café, algo indicó al músico que tras esa fachada fuerte y autoritaria podía haber algún flanco vulnerable. Esa misma tarde, después de la jornada laboral, el compositor se presentó inesperadamente en el despacho de Carlos en la discográfica.
Diego cerró la puerta del despacho con un clic decidido. Las luces de la ciudad entraban por los ventanales, bañando la estancia en un resplandor tenue.
—Diego, ¿qué haces aquí? Estaba a punto de marcharme —protestó con voz firme aunque sorprendido Carlos, incorporándose tras su escritorio.
Diego avanzó con calma, invadiendo su espacio personal. Su mano atrapó con firmeza la entrepierna del desconcertado ejecutivo.
—Desnúdate. Lentamente. Quiero ver cómo te rindes aquí mismo.
Carlos dudó, el rubor tiñendo su cuello. —Pero… Alguien podría entrar… Mi posición…
Sin embargo, la mirada intensa de Diego disolvió pronto su resistencia. Se quitó la chaqueta y la camisa, revelando un ancho torso ancho. Diego rozó con los dedos sus pectorales firmes y pellizcó un pezón, arrancándole un gemido bajo.
—Arrodíllate.
El hombre alto cayó de rodillas sobre la alfombra. Diego enredó los dedos en su cabello y guió su boca hacia su miembro erecto. Carlos lo acogió con devoción creciente, lamiendo y succionando el calor sedoso. Diego empujaba con ritmo controlado, saboreando el calor húmedo y los sonidos guturales.
—Más profundo —exigió.
Carlos obedeció, sin objeción alguna. Diego lo incorporó después, lo inclinó sobre el escritorio y lo penetró con lentitud exquisita. Cada embestida profunda sacudía el cuerpo fuerte de Carlos, quien jadeaba contra la madera pulida. Cuando Diego se derramó dentro de él, Carlos se derrumbó exhausto, temblando de placer.
—Mañana llevarás mi demo a Laura —susurró Diego, acariciando su espalda sudorosa—. Y no dirás una palabra de esto.
Al día siguiente, Carlos cumplió. Entregó la demo y, con voz temblorosa, concertó una cita privada en la oficina de su esposa.
Laura, de estatura mediana, delgada, de cabello recogido en un moño severo que acentuaba sus pómulos enérgicos. Vestía falda lápiz y blusa de seda que marcaba sus pechos pequeños y firmes. Entró en la sala de reuniones con paso seguro, fue detenida por la mirada de Diego.
—Cierra la puerta —dijo Diego sin levantar la voz.
Laura arqueó una ceja, acostumbrada a mandar, algo en el tono del compositor la hizo obedecer. Él se acercó, invadiendo su espacio personal.
—Quítate la blusa.
Ella titubeó solo un segundo. Sus dedos delgados desabotonaron la seda, dejando al descubierto la piel pálida y los pezones ya endurecidos. Diego los rozó con el dorso de la mano, luego los pellizcó suavemente hasta que ella soltó un suspiro entrecortado.
—Sobre el escritorio. Boca abajo.— Ordenó.
La directora se inclinó sobre la madera pulida. Diego levantó la falda con deliberada lentitud, bajando las bragas de encaje hasta los tobillos. Sus manos recorrieron los muslos esbeltos. Se arrodilló y su lengua encontró el centro húmedo de su deseo, lamiendo con precisión experta. Laura mordió su propio brazo para no gemir alto.
—Más fuerte —suplicó sin querer.
Diego se levantó, liberó su erección y la penetró de un solo movimiento fluido. Empujaba con ritmo implacable, una mano en su nuca sujetándola contra el escritorio, la otra deslizándose entre sus piernas para acariciar el punto más sensible. Cada embestida era profunda, controlada, robándole el aliento. Laura, siempre dominante en su mundo, se deshacía en gemidos suaves y temblorosos. El placer crecía como una melodía ascendente.
—Dime que vas a promocionar mi canción —exigió Diego sin detenerse.
—Sí… —jadeó ella, las uñas arañando la madera—. Sí, la promocionaré… todo lo que quieras…
Diego aceleró, llevándola al borde. Cuando el orgasmo la atravesó, intenso y prolongado, Laura se contrajo alrededor de él, gritando su nombre en voz baja. Solo entonces él se dejó ir, corriéndose dentro de ella con un gruñido grave.
Se incorporaron en silencio. Laura se arregló la ropa con manos temblorosas y sus ojos brillando con una nueva luz.
—Tu canción estará en rotación la próxima semana —dijo, la voz aún ronca—. Y quiero volver a oír esta… melodía.
Diego sonrió, besó sus labios con suavidad y salió de la oficina. La canción subió al primer puesto en la primera semana.















