Nuevo relato de «Cosas que le cuento a mi gato» por Arwen Grey: «Comida para peces» (I)

Comida para peces

Parte 1

Son curiosos los regalos que puede traer un día de marejada. Los restos de un naufragio que harán las delicias de los coleccionistas. Comida extra para los peces. Un trauma para los niños que juegan en la playa. Un problema con los de Asuntos Internos.

Matthew Mancini había salido de casa de su amante, María McKenzie, el lunes después de medianoche. La siguiente vez que le vieron, el sábado por la mañana, era un fiambre medio podrido tirado en la playa.

Los peces se habían dado un festín con sus ojos y parte de su cara, tenía casi todos los huesos del cuerpo rotos, y los que no lo estaban del todo estaban astillados. Apenas quedaba nada de sus dedos, así que su mujer tuvo que reconocerlo por la ropa y por las marcas de nacimiento y los tatuajes de la marina.

No lloró, al menos delante de los agentes que la acompañaban. Se limitó a fruncir los labios en un gesto de asco, quien sabe si por el pésimo gusto de los jefes de su marido al ofrecerle semejante estampa de un compañero, o por el sempiterno olor a productos químicos que presidía la morgue.

Ella se limitó a apretar el bolso con fuerza, a girar un par de veces la alianza alrededor de su dedo anular, como quien conjura el mal, y a asentir con la cabeza una sola vez.

—Es él –dijo con voz átona, grave.

Lo que quedaba de Matthew Mancini fue cubierto nuevamente y desapareció tras una puerta metálica de tamaño diminuto, en una cámara de la que exhalaba un frío helador.

Emma pensó por un absurdo segundo que a Matthew, como a buen italiano, jamás le había gustado el frío. Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios finos. Sus manos se relajaron y el bolso colgó de ellas casi con descuido, un ligero golpe hubiera podido hacerlo caer.

—Espero al menos que tuviera al día los pagos del seguro –murmuró para sí, para sorpresa del agente que la acompañó hasta la puerta del anatómico forense.

Lucas Stalker se recostó en su silla hasta que ésta chirrió y se fijó en la posición apropiada, algo más que ligeramente inclinada hacia atrás.

Masticó con rabia el chicle de fresa ácida que perdía el sabor por momentos, reprimiendo el deseo de encender un pitillo. Dios, se moría por un poco de humo…

Su mirada se paseó por el lúgubre despacho, pasando por alto los ausentes motivos decorativos tales como cuadros o plantas, y se posó sobre la carpeta con el expediente de Mancini.

Dejó que sus ojos resbalaran sobre él y giró la silla hacia la ventana. El asiento acompañó el forzado e inesperado movimiento con un sonido desconcertante y similar al llanto de un bebé.

Llovía y hacía frío. Un tiempo de mierda para ser California.

Hizo un globito con el chicle.

Ese gordo estúpido de Mancini se había dejado matar y le había jodido el fin de semana. Y quién sabía cuánto tiempo más duraría el asunto estando los jefazos de por medio husmeando con un poli muerto de por medio, por manchado que estuviera.

Y vale que quizás debería sentirse un poco culpable, porque él era el encargado de vigilarle. El muy capullo había tenido que desaparecer la noche del lunes, justo la noche en que él había tenido que ausentarse, por lo que no sabían qué le había ocurrido a Matt al salir de casa de su putita.

Los de Asuntos Internos habían encontrado esa casualidad demasiado “casual”. No se tragaban que le hubiera surgido algo personal. Y que no hubiera dejado a nadie en su lugar tampoco era un punto a su favor.

Esperaba su visita de un momento a otro. Había tenido un chivatazo de un colega que trabajaba con ellos y él le había avisado de que de un momento a otro vería asomar sus encorbatados caretos por allí.

Si creían que le verían sudar la gota gorda la tenían clara.

Al fin y al cabo, Matt Mancini no era más que otro poli podrido más. ¿A quién le importaba que hubiera terminado con los pies por delante?

María terminó de delinear un ojo de increíble color verde y comprobó que había quedado maquillado igual que el otro.

Su reflejo le devolvió la mirada desde el espejo trillizo. Una mirada verde tan clara y extraña en contraste con su piel morena llamaba la atención de cualquier varón entre los 6 meses y los 125 años.

Borró de su teléfono móvil el último mensaje de texto que Matt le había enviado el lunes apenas traspasar la puerta de su casa. “Ya te echo de menos, nena”. Hacía apenas unos segundos se había despedido de ella como si jamás fuera a volver, con una sensibilidad que él llamaba “típicamente italiana” que la hacía sentirse francamente incómoda, llena de besos, abrazos y promesas.

Su “Papi”, como a él le gustaba que le llamara, aunque ella odiaba tener que usar un acento mexicano que no tenía en realidad porque era tan estadounidense como él, no daba señales de vida desde hacía casi una semana.

—No te preocupes, mi niña –solía decirle, chapurreando las últimas palabras en español—, volveré.

Y María asentía, bajando la verde mirada, fingiendo una tristeza que no sentía.

Sin embargo, no podía decir que no se preocupara por el viejo. Sobre todo teniendo en cuenta que ella ya no era tan joven y era él quien pagaba las cuentas. Se preguntó si tendría que ir buscando a otro que lo hiciera mientras su mirada aún pudiera fingir amor, o al menos pudiera guardar el asco tras un velo de indiferencia.

Ahora dale al podcast en ivoox, puede haber variaciones entre el texto y el audio.

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Nos vemos en 15 días con la segunda parte, la semana que viene es el Puente del Pilar y me voy de vacaciones

@ArwenGrey