«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «Maestra» (parte III)

TERCERA PARTE

Madrid, 17 de diciembre de 1882

Mañana

—Discúlpeme, hermana.

—¿Qué quieres, muchacha?

“¿Muchacha?”, se dijo Llara. La novicia no podía ser más mayor que ella y, sin embargo, algo en su porte, hizo que la llobera se encogiese sobre sí misma. Reculó, por puro instinto, y apartó la mano que había extendido para llamar su atención con un toque en el brazo.

— ¿No ves que va a empezar el oficio? —, siseó más que habló la religiosa Señaló entonces hacia el interior de la Encarnación con un gesto de la cabeza —. Entra de una vez o no molestes.

Tomó aire Llara y le ofreció el papel que una desconocida le entregase poco antes en una botica de Antón Martín al escuchar su extraña petición (Busco acónito, señores”) y la disculpa posterior de los boticarios al no poder atenderla.

Pregunta en la Encarnación por esta mujer, chiquilla.”, había susurrado la peculiar mujer de ojos acuosos, “necesitas la ayuda de Dios sin duda”.

La novicia enarcó las cejas rubio oscuro con extrañeza, más tomó la nota, sosteniendo su mirada. A su alrededor repicaban las campanas llamando al oficio de mañana; se apartó Llara para ceder el paso a los feligreses, mujeres en su mayoría, viudas por las trazas, la ausencia de color y la severidad de las telas y los cortes de los vestidos: varias ancianas, una joven menuda, …

Se endureció el rostro de la religiosa conforme leía. Sin mediar aviso, se abalanzó sobre Llara; agarró su antebrazo y la atrajo con violencia.

—Niña estúpida. El nombre de la hermana De Ance es sagrado. No sabes dónde te estás metiendo…

—Sólo necesito…

—¡Déjate de brujerías en sagrado! — susurró.

—No soy…

Tiró de Llara, la aferró con cercanía de abrazo de hermana y murmuró con voz gélida.

—¿Sabes cuántas como tú se pudren en las entrañas de estos muros? ¿Sabes cuántas brujas han caído en la misma trampa que tú?

Olía la joven novicia a rosas. A rosas, incienso y sangre. Hizo por zafarse, pero los dedos que le sujetaban el brazo tornaron hierro helado.

—Hay una casa, en la calle de la Cabeza, una casa con un portón de madera negra, una casa cuyos cimientos son más antiguos que la misma ciudad…— siseó de nuevo, en esa voz baja y grave que sólo usan los amantes o los conspiradores—… ¡lárgate miserable! — gritó empujándola—. Vete y déjate de pamplinas.

Hubiese jurado Llara que un lucieron rojizos los ojos de la otra. Espantada, asustada por sus palabras, corrió hacia la verja abierta, sin mirar atrás…

…la religiosa contempló la loca carrera de Llara. Escondía en el puño la nota, las palabras que hubiesen supuesto la condena de esa desgraciada de haber seguido las instrucciones de la misma…

—¿Era necesario tanto teatro, Catalina?

No habló. Se giró y ofreció el papel arrugado a la dama apostada a su espalda, una de aquellas mujeres de negro que habían entrado al servicio poco antes. Esta, sin descubrirse, lo rechazó con un gesto de sus dedos enguantados.

—Quémalo. Conozco su contenido.

A pesar del velo, la conocía lo bastante bien Catalina como para asegurar que a sus palabras tranquilas le acompañaba, seguro, aquel familiar gesto desdeñoso de su rostro.

— Si llega a ser cualquier otra la que está en la puerta, señora —dijo— ,…si llegan a llevarla frente a la hermana De Ance…

No pudo ocultar un leve temblor en su voz. Aquella cría era sólo una humana, poco más que alimento para los suyos, pero, no hace tanto, Catalina había sido como ella: poco más que una niña asustada y perdida en una realidad en la que no encajaba.

—Pero estabas tú, querida, como estas todas las mañanas —. La voz de la dama la devolvió a este mundo—. Y si no hubieses estado, mala suerte… per la miseria!, no me mires así, sabes que llevó varios días tras ella. Sólo quería comprobar si era yo la única interesada en su persona o si el aquelarre de esa zorra ciega de…

—…señora, por Dios, que estamos en sagrado.

—Es una zorra y está ciega, no veo dónde está el problema: a Dios le son indiferentes diccionarios o gramáticas mortales, Catalina —se defendió con calma helada—. No habría dejado que la tocasen, guarda cuidado, más aún cuando parece lo bastante importante como para quitársela de en medio antes siquiera de que florezca su magia: ¿la has mandado al local de la Persa?

—Como usted me indicó, señora.

—Bien hecho, querida —. La dama inclinó la cabeza a modo de saludo—. Voy ya tarde al oficio.

—Señora —. No respondería. Sabía la joven que su respuesta era solo la mirada brillante intuida tras el velo—. Señora…— balbuceó—, ¿piensa tomarla bajo su protección?

—¿Estás celosa, Catalina? —. Sonó jovial, casi divertida.

—Usted ya tiene una aprendiz — murmuró, dolida por la pulla, pero haciendo por ignorarla.

—Una aprendiz que ya es casi maestra. Una aprendiz de la que estoy orgullosa. Una aprendiz que sabe todo eso, ¿verdad?

Tenía Catalina rostro de niña y, sin embargo, eran las suyas alma y sabiduría de anciana. No era la dama proclive al cumplido, siendo como era distante y reservada, amén de estricta mentora y, tal vez por ello, la religiosa inclinó la cabeza para ocultar la turbación de su faz, al tiempo que la mujer de negro empujaba la puerta para regresar al servicio.

—Agradezco sus palabras, maestra.

Lo dijo en voz baja, consciente de que sólo la criatura con forma de mujer que le había salvado de la muerte casi un siglo antes podría escucharla.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

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La próxima semana el final de la continuación de la historia de «La Llobera»

@PilarR1977

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