En no pocas ocasiones, hemos podido disfrutar del cine ambientado en alguna época histórica. Sin duda, una de las etapas más socorridas es la Edad Media. Para que nos hagamos una idea, se ha solido abarcar este periodo desde la caída del Imperio de Occidente (476) hasta la caída de Constantinopla (1453) o el descubrimiento de América por Cristóbal Colón (1492). Y una de las películas más recordadas por méritos propios, es El nombre de la rosa (1986). Pero para poder entender dicha temática, primero hemos de retroceder al lejano año de 1327. Agárrense, que vienen curvas.
Ahora nos hallamos en la Baja Edad Media. En esta aventura, hemos de acompañar al fraile franciscano Guillermo de Baskerville (un magnífico Sean Connery) y a su joven novicio Adso de Melk (Christian Slater) en la investigación de una serie de muertes ocurridas en extrañas circunstancias en una abadía italiana. Todo un thriller policial adaptado a la época. Pronto se sucederán intrigas, maquinaciones, crímenes y hasta escarceos amorosos. Y todo ello, ante los ojos del mismísimo Dios. Cualquiera diría que se avecina el tan “añorado” apocalipsis que muchos quieren adelantar al precio que sea.
Los monjes del lugar no parecen tenerlas todas consigo. Uno a uno, van cayendo como chinches. El sabio Guillermo y su joven ayudante deben emplear la lógica, la ciencia y la razón para dilucidar quien se halla detrás de todo. Una vez hechas las pertinentes deducciones, parece ser que el origen de los fallecimientos se halla en la biblioteca. ¿Sí? Concretamente entre las páginas envenenadas a propósito de un libro considerado prohibido. Tras el aciago hallazgo, la abadía sale en llamas tras un encuentro final con el villano (siempre hay alguno), un anciano bibliotecario invidente, Jorge de Burgos.
Esta película está basada en la novela homónima de Umberto Eco, publicada en 1980. ¿Pero es todo fidedigno? Este es uno de los más encendidos y apasionados debates entre los aficionados al cine y la recreación histórica. Es cierto que cualquier persona que se llame a sí misma creador; añade, elimina o altera elementos para añadirle más emoción e interés a las historias narradas. Lo hemos podido comprobar en clásicos y no tan clásicos a lo largo de toda la historia del cine. Y siempre pueden existir “gazapos” de última hora, los cuales suelen ser motivo de meme a posteriori. Veamos algunos.
Recuerdo particularmente un momento bastante gracioso de uno de aquellos épicos errores. En un largometraje del cual no revelaré el nombre, un cáliz supuestamente medieval (y otorgador de facultades sobrenaturales, por otro lado) tenía engarzada una tuerca que conectaba sus dos piezas. Solamente si uno es muy observador nos podremos dar cuenta. Pero no es el único. En esa misma cinta, por avatares del destino, un caballero medieval domina un perfecto inglés del siglo XX. Por lo visto, no debieron de contar con alguien especializado en la materia. Eso sí, muy recomendable la película.
Aquí es donde trataremos de desmentir algunos de los mitos más frecuentes sobre la Edad Media que aún se siguen contando una y otra vez. Aunque en el séptimo arte se haya representado tantísimas veces de esta manera, no es cierto que la higiene personal fuera inexistente en la Europa medieval. Es decir, no disponían de cuartos de baño relucientes por supuesto, pero desde luego no iban cubiertos de roña de los pies a la cabeza. Otra leyenda popular es la creencia generalizada de que todo el mundo creía que la Tierra era plana (algo, por cierto, cada vez más común en los tiempos actuales).
La gente erudita en la Edad Media sabía perfectamente que nuestro planeta poseía una forma esférica. Incluso a pesar de no tener pruebas fotográficas como en nuestros días. A modo de curiosidad, en la actualidad aún hay mucha gente que considera que el hombre jamás pisó nuestro satélite. Increíble pero cierto. Pero volvamos a los tiempos “oscuros”, como muchos han calificado a este período. ¿Cuántas veces hemos oído hablar del Renacimiento? Posiblemente muchas. Pues bien, el verdadero “renacimiento” como tal, tuvo lugar precisamente en los siglos inmediatamente precedentes. ¿En serio?
Hablamos, como no, del románico y del gótico. Estos estilos artísticos levantaron algunos de los templos más bellos jamás concebidos por la mente humana. Pero todavía hay más, damas y caballeros. ¿Qué hay de las universidades? A lo largo y ancho del continente fueron apareciendo grandes centros del saber aún activos hoy en día: Bolonia, París, Oxford, Cambridge, Salamanca, Padua…Así mismo, algunas interesantes innovaciones hicieron acto de presencia en este período: los molinos de viento, la herradura, la brújula, la pólvora, el reloj mecánico, las gafas o la imprenta.
Y con la Iglesia hemos topado. Pues sí, pero quizás no como podríamos imaginar. En primer lugar, fue esta longevísima institución la que preservó la cultura y el saber clásicos tras la caída del Imperio romano. ¿Y cuántas se nos ha representado a un inquisidor con aspecto siniestro, decrépito y con mala leche? De hecho, la Santa Inquisición (y la española no fue la única que existió, que conste) ofrecía muchísimas más garantías legales que los tribunales civiles de la época (repito, de la época). La expresión “me acojo a sagrado”, no era algo baladí. Podías tener bastante mejor suerte.
Eso no quiere decir que justifiquemos para nada todos los procesados por el Santo Oficio, ojo. Solo por ofrecer un dato, murieron bastantes más personas durante el llamado Terror revolucionario (1793-1794) que por la Inquisición española en toda su historia. Sí, como lo leen. Quizás podríamos concluir con una conocida frase de los comediantes Monty Phyton, pero algo modificada: ¿qué han hecho los medievales por nosotros? Realmente casi todo. No nos engañemos, la Edad Media no fue una época tan “oscura” como nos la han querido pintar. Que hubo dificultades, sí. Pero también luz y conocimiento. Sin duda, Guillermo de Baskerville estaría muy orgulloso de nosotros.
Alberto Menéndez Engra


