«El peso del silencio» por Carmen Navas Hervás (@mcnavas1) para leer y escuchar: «Ya vienen a por mí» ( final)

Ya vienen a por mí

Me comunicaron la sentencia sin solemnidad.

Garrote vil.

La expresión quedó suspendida en el aire como un muñeco colgado de un hilo invisible.

Y, sin embargo, aquella noche dormí profundamente.

Soñé con mi casa. Con mis hijos ya mayores. Con una Granada distinta que apenas reconocía.

Al despertar sentí una calma inesperada.

Como si el cuerpo hubiese dejado por fin de luchar.

Pedrosa vino a verme una última vez.

Sonreía.

—Sabemos quiénes son y vamos a detenerlos. Solo tiene que confirmarme los nombres y podrá volver a casa con sus hijos.

Se acercó demasiado.

—Mariana… ellos la necesitan.

Intentó besarme.

Sentí tal repugnancia que pensé que el garrote sería más compasivo que aquel hombre.

—¡Mía o muerta! ¿Lo oyes?

Sus palabras quedaron vibrando en la oscuridad de la celda.

Y volvió el frío.

El frío definitivo. Ese que aparece cuando ya no queda esperanza y únicamente se espera el final.

No quiero dormir más.

Quiero vivir.

Pienso en todo lo que fui y en lo que nunca llegué a ser. En mis errores. En mis dudas.

Nunca quise convertirme en heroína.

Solo fui una mujer incapaz de mirar hacia otro lado cuando comprendió que el silencio también era una forma de morir.

Ahora lo entiendo.

No me juzgaron únicamente por lo que hice.

Me juzgaron por lo que representaba:

Una mujer joven.

Viuda.

Libre.

Capaz de decidir por sí misma.

Eso era lo verdaderamente imperdonable.

Tengo miedo.

Quien diga que no lo tendría, miente.

El cuerpo tiembla. Suplica. La mente intenta distraerse y no lo consigue.

Pero existe algo más fuerte que el miedo.

La certeza de que mañana podrán matarme, pero no podrán decir que me quebré.

No podrán decir que traicioné a mis amigos.

No podrán decir que me traicioné a mí misma.

Escucho pasos.

Esta vez se detienen frente a mi puerta.

Ya vienen a por mí.

Ya no hay retorno.

Me levanto.

Epílogo

Mariana Pineda fue ejecutada en Granada en 1831. Tenía veintiséis años.

Durante un tiempo, su muerte fue solo un aviso: así terminan quienes no obedecen.

Pero los ejemplos no siempre sobreviven del modo que esperan quienes los construyen.

Su nombre no perduró únicamente por la bandera o por su condena, sino porque encarnó una resistencia silenciosa y profundamente humana.

No gritó.

No dirigió ejércitos.

No escribió tratados.

Simplemente se negó a delatar.

Y, a veces, eso basta para cambiar la historia.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el relato con mi voz, recuerda que alguna cosita siempre cambio.

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@mcnavas1

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