‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «El plan»

Capítulo 38: el plan

Dice el aforismo motiano —de José Mota, su autor— que, si hay que ir se va, pero ir pa na es tontería. El duque de Alba sabía a qué iba a Bruselas. Vamos si lo sabía. Para una tontería no, desde luego; él, que se había metido el Camino Español entre pecho y espalda, como conté en anteriores entregas. Una pechada de narices. Pues eso, para andarse con tonterías. Ahora, cuándo comenzó a poner en marcha lo planeado es harina de otro costal. Lo que canta Luis Fonsi. Y sin prisas. 

Como recordaréis, la anterior entrega acabó con la instauración del «Tribunal de los Tumultos» —de la Sangre para los locales. Tampoco se rompieron la cabeza— el 5 de septiembre con el propósito de juzgar a los implicados en los sucesos acontecidos en meses anteriores. Tres días después, el 8, Margarita de Parma pidió audiencia al duque de Alba. Que se largaba. Allá tú y mi hermanastro lo que hagáis. Y lo resultante, os lo coméis con patatas. Eso vino a decirle. Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel se limitó a escuchar, y ya. «De otros negocios muchos aún no trato, porque espero brevemente despachar un correo con quien avisaré a V. M.», escribió ese día tras la reunión. De la que iba a montar al día siguiente, ni una palabra. A fuego lento, como canta mi admirado Robe.

El plan, decía. 9 de septiembre. Objetivo del duque: atrapar sí o sí a los principales rebeldes. Guillermo de Orange ya se había largado a Alemania, pero los demás… O todos a la vez, todos o ninguno, como canta también Robe en Islero, shirlero o ladrón. Cinco detenciones, cinco. Y que no escapase ninguno. Los condes de Egmont y Hornes y sus respectivos secretarios seguían en Bruselas. Así que, sus y a por ellos etcétera. Para llevarlo a cabo requería de gente templada, acostumbrada a esas lides. De una pieza. Y leales a más no poder. Consigo había traído la creme de la creme del momento: el maestre de Campo Julián Romero y los capitanes Sancho Dávila, Salinas, Salazar y Marcos de Toledo. Cada uno con una misión concreta, como explica Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro. Salazar se encargó de la detención de Bakkerzeel, secretario del conde de Egmont; de la del secretario del conde de Hornes se encargaría el mismo secretario del duque, Juan de Albornoz; mientras, el capitán Marcos de Toledo se encargaría de vigilar la mansión en la que convocó a aquellos condes y a sus respectivos secretarios al mando de la guardia del duque. La orden era clara: que todos entraran «con la mayor reverencia» —explica Fernández Álvarez— y luego que ni Dios saliera, cerrando las puertas; a Julián Romero se le encomendó que ni una mosca se oyera ni se moviera en Bruselas una vez se conocieran las consecuencias del plan. 200 arcabuceros escogidos, listos para ir de un lado a otro por si se desataban las hostialidades en las calles; por último, Sancho Dávila y Bernando de Salinas debían echar el guante a los condes de Egmont y Hornes, respectivamente. Meses y meses preparando el plan. Todo atado y bien atado. 

Ahora, a esa gente había que engatusarla con algo. ¿Con qué excusa los reunió a todos en el mismo lugar? Vénganse vuestras mercedes, que es bueno ponernos al día, etcétera, vino a decirles el duque. Como esas quedadas de ex compañeros de la universidad tropecientos años después. Si estás sin pelo, pues tú estás más gordo, menudas bolsas que tienes bajos los ojos, y todo eso. Además, don Fernando quería construir una ciudadela en Amberes y necesitaba de su consejo. Que si miren estos planos, que qué les parecen, etcétera. Y de esto último el conde de Egmont sabía la tira. De aquí a Lima. 

Era una leyenda. 

Se puede decir le pudo la confianza. Tal cual. O el valor. Cuenta Henry Kamen en El gran duque de Alba que más de uno y de dos le avisaron de las intenciones con las que subía para Flandes don Fernando Álvarez de Toledo. Incluso —prosigue Kamen—, un noble que había vuelto a Bruselas ese verano de 1567 se fue a verlo nada más llegar y le vino a decir que en Madrid le caían hostias como si no hubiera un mañana daba igual el corrillo o lugar de reunión. «Cuando Egmont se rio de él —relata Kamen— este noble repitió: «Los pájaros del campo cantan con más dulzura que los que están en las jaulas». En román paladino: sal de aquí echando hostias, que como no te largues te van a caer como panes. Recuerdo, como conté en el capítulo anterior, que el de Egmont salió a recibir al duque de Alba cuando llegó a Bruselas. Ay, la confianza… Incluso hubo gente —refiere Kamen— que hizo todo lo que pudo por salvarle el cuello. Gente leal, que lo consideraba de los suyos. Uno di noi. Que Egmont era el héroe de San Quintín y de Gravelinas. Pocas tonterías. Así, recoge el historiador birmano de nacimiento y británico de nacionalidad el testimonio de la esposa del conde, según el cual la noche anterior un oficial español acudió a su residencia de manera furtiva para pedirle que se fuera de Bruselas a la de ya. La condesa juró y perjuró —según Kamen— que ese oficial fue Julián Romero. Y ese mismo día, don Hernando de Toledo, hijo del duque de Alba —el fruto del desliz con la molinera, recuerdo— invitó a almorzar a Egmont y también al conde de Hornes y nobles de diverso pelaje. Estando en ese almuerzo les llegó la invitación del duque para acudir a su residencia para estudiar lo de la ciudadela. Refiere Kamen que Hernando de Toledo, sentado al lado de Lamoral de Egmont, le dijo al oído: «Váyase ahora mismo, conde; coja el caballo más veloz de su establo y huya sin perder un momento». Y, claro, a Lamoral de Egmont le dio por pensar en ese momento algo así como: joder, primero anoche Julián Romero y ahora el hijo del duque con lo mismo. A ver si van a tener razón…  Tardó cero coma en ponerse en pie y seguir el consejo, marchándose a una sala contigua. Para su desgracia, en ese almuerzo también estaba presente Philippe de Sainte-Aldegonde, señor de Noircarmes. Un hooligan de Felipe II, por sintetizar. Como dato, meses antes rindió Valenciennes tras un asedio y no le tembló el pulso lo más mínimo a la hora de castigar a los calvinistas. Fue verlo marcharse y salir tras él cagando leches. Que se escapa uno de los pájaros, pensaría entonces. Que dónde vais, fue a decir. Nada, nada, eso son habladurías. ¡Cómo va a haceros eso el duque de Alba! Virgen santa del amor hermoso.  

Los rebeldes se marcharon para la residencia del duque sobre las cuatro de la tarde. Tres horas después, tras plano por aquí plano por allá, ingenieros diciendo esto y lo otro y el duque preguntando al de Egmont, Hornes y compañía como lo veían, finalizó el encuentro. Sancho Dávila pidió al primero que se quedara, que tenía que hablarle a solas. En ese momento le pidió su espada y le informó de que estaba detenido. A continuación, una compañía de mosqueteros lo rodeó. De seguido, Hornes fue arrestado en el patio. 

Si os dais cuenta, había dicho cinco detenciones. O sea, que faltaría una. A falta de un Guillermo de Orange que echarse a la cara, el objetivo era su principal aliado, el burgomaestre de Amberes Antón de Stralen, defensor de las libertades municipales. Las huestes del maestro de Campo Sancho de Londoño lo prendieron en su residencia de Bruselas.

Durante dos semanas, los condes de Egmont y Hornes estuvieron encerrados en la misma casa sin contacto exterior alguno; y nueve meses, nueve, transcurrieron hasta que fueron ejecutados. Si hacemos caso a Manuel Fernández Álvarez, remordimientos del duque todos lo que queráis y más. «El rey apremiaba al duque y Alba pedía más tiempo», refiere. ¿Que los apreciaba? Un huevo y parte del otro. En especial, a Lamoral de Egmont. «Dos tales señores, a quienes yo he amado siempre y estimado como a mis propios hermanos», aseguró al señor de Chantonay, en la corte de Madrid; y que tendrían todas las facilidades para su defensa. Palabrita del niño Jesús, pues quería que se defendieran con todas las de la ley. 

Aunque…

En esa misma carta, el duque de Alba ya da por sentado de que iba a quedar como el malo de la película y no tendría problema alguno en comerse todo el odio de Flandes entero si con ello salvaba el culo de su majestad; al que recomendaba que no subiera hasta la primavera del año siguiente para repartir perdones, besos y abrazos. Peace and love, etcétera. Lo demás corría por su cuenta. Porque sangre iba a correr y no poca. Fue enterarse de unas coplillas del secretario del conde de Hornes «tan bellacas y desvergonzadas y escriptas de su mano» y pillarse un rebote de tres pares de narices. «Yo acabé mucho conmigo no mandalle luego a sacar y quemar en esa plaza».

A todo esto, Guillermo de Orange, en Alemania, ya era plenamente consciente de que la única manera de recuperar los Países Bajos era con un ejército. Hostialidades a manta y que salga el sol por Antequera. Por eso dio orden a su hermano, Luis de Nassau, para reclutar hombres «en nombre del rey a fin de defender «la libertad e independencia de religión y conciencia de todos» y los «privilegios» de su país frente a la «esclavitud, el pesar y la desgracia que habían llevado los españoles». Desde abril de 1568 se sucedieron las escaramuzas, sofocadas en todo momento, pero el duque de Alba ya temía allá por mayo que la cosa tenía peor pinta de los tomates de algunos supermercados. Y Luis de Nassau desde Alemania pidiendo a voces que tanto él como su hermano prometían «liberar la religión y derrocar a la Inquisición y al Gobierno españoles».

Rebelión a la vista.  

El 28 de mayo, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel promulgó un edicto de destierro de Guillermo de Orange y sus seguidores y confiscó sus propiedades; el 1 de junio, dieciocho nobles fueron ejecutados en la Plaza del Mercado de Bruselas; y el 5 de junio por la tarde, y con la Plaza Mayor de Bruselas cercada por 3.000 soldados por lo que pudiera pasar, los condes de Egmont y Hornes fueron decapitados. Cuenta Kamen que el duque de Alba presenció la ejecución desde la ventana del palacio del gobernador. «Según un testigo, derramó lágrimas grandes como guisantes», explica.

«El castigo se hizo como V. M. verá en los despachos que van con ésta. V. M. queda hoy señor de estos Estados», fue el escueto informe que el duque hizo llegar al rey para explicarle el percal.

Y lo que tenía que pasar pasó.

El polvorín que era Flandes reventó.

Ahora, antes de ahondar en las hondonadas de hostias, que nos van a llevar capítulos, ¿a cuánta gente mandó para el otro barrio el ya famoso tribunal? ¿Fue tanta como se ha hecho creer? 

Lo trataremos en la próxima entrega.

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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