Parte 2
— Salmueras, te la has ganado. Y que no me entere yo que te lo gastas en vicios.
Escuchó Juan Vega el inconfundible tintineo de monedas al cambiar de mano. Envuelto en el capote al final de la calle, ya retirado el cuerpo de la desgraciada, se hizo a un lado para permitir el paso raudo del larguirucho chaval (“Adeu, señor Juan”), la felicidad infantil pintada en el rostro adolescente. Tras él, medido su paso sobre los adoquines, Ignacio Pascual, sereno, agente de la ley y alguna cosa más, un “algo” que le convertía en elemento imprescindible de la noche barcelonesa.
—Nunca me ha contado por qué le llaman “Salmueras”, jefe – preguntó Juan cuando Pascual llegó a su altura.
—No debía de tener ni medio día de vida cuando me lo encontré en el puerto, dentro de una cesta llena de paños tiesos por la sal. Berreaba como un loco, era un crío fuerte…de linaje puro, Juanito – suspiró—; por más que busqué jamás di con los padres. La Doña Roser tenía capricho de un crío y mejor con mujeres de mal vivir, pero buen corazón que sin afecto en un hospicio, ¿no crees?
—Es verdad que no se le ve mal cuidado —admitió.
—No lo está – respondió—. Y el chaval es listo como, que hasta los curas quieren que estudie teología y esas cosas. La Doña lo quiere maestro, pero al final Felipe hará lo que quiera: ¿sabes que anda haciendo recados para Ismael Solana, el banquero?
—Menuda pieza —silbó Vega—. Lo último que supe de ese cabrón malnacido fue que andaba detrás de un sillón de diputado en Madrid: jodido putero ladrón…
—Juan, no se pudo probar nada…
—Si sobornas a media España con el dinero de las viudas y los huérfanos del Cuerpo…
—¡Juan!
El tono de Ignacio no admitía réplica. Fuera ya de la vista de curiosos y de compañeros, el veterano palmeó su hombro.
—Anda, hijo, acompáñame a casa, por favor. Y no te ofusques.
—Si no me ofusco…—. Y bufó Juan al gato negro que se cruzó en su camino—. Lo que nos faltaba: andamos de suerte hoy.
—¿Qué culpa tendrá el minino? —Se aferró Pascual al brazo de su pupilo. Sin una palabra, Vega lo sostuvo, ayudándole a mantenerse en pie.
—Don Ignacio, podemos coger un carruaje si lo prefiere.
—Prefiero caminar mientras pueda, muchacho.
Los temblores habían comenzado meses antes. Primero los dedos, después los brazos y, en las últimas semanas, un bastón acompañaba ya las rondas del veterano agente para evitar que le fallasen las piernas. La enfermedad comenzaba a manifestarse ante el mundo en forma de ocasional espasmo involuntario en los labios o en el lagrimal.
—Jefe, quizás alguna de las muchachas de Doña Roser sepa de ungüentos y pócimas para lo suyo — aventuró el joven tras unos minutos en silencio.
—Déjate, déjate. Es sabio y poderoso el aquelarre de la Doña, Juan, pero lo mío es cosa de años, de muchas lunas y de mucha plata corriendo por mis venas. A todos nos llega la hora; hay que ser hombre para saber vivir y para saber morir.
—Podría ver a ese galeno de Madrid del que le hablé, jefe: dicen que es el mejor en lo suyo…
—Podría, Juan, tal vez lo haga cuando resolvamos lo de esta noche; además, he de ganarme mi apodo, Viejo Blanco, ja, ja—. Alzó la cabeza riendo, buscado algo en el aire—. Se huelen el mar y la sangre…la vida…—suspiró—: pobre muchacha….
—Jefe – murmuró Juan–, no me tome por loco, pero, ahora que dice de olores, esa muchacha yo no sé qué clase de criatura era, pero su olor no era el de un ser humano — confesó.
—Ya pensaba que no te habías dado cuenta. Hijo, este mundo está arrasando los bosques, está alzando la niebla que oculta los secretos de los montes, removiendo hasta el fondo del mar mismo, estos tiempos están arrancando a tantos seres de sus hogares, ¿qué dirías, Juan? ¿Un hada? ¿Algún duende? ¿Un chupasangres?
—Los duendes jamás ocultarían su forma con un disfraz humano. Las hadas no suelen vivir mucho lejos de su hogar y la chica parecía lozana. Y en cuanto a los otros, no los matas a cuchilladas o cortándoles las manos.
—Pobre muchacha…— repitió el veterano. Sintió Juan que envaraba el cuerpo, que soltaba su brazo: brillaba una luz en la ventana de una sencilla cocina, el hogar de Ignacio— ¿Sabes la de veces que le he dicho a Marta que no me espere despierta?
—Unas cuantas —sonrió.
—Qué mujer la mía, ¿te apetece entrar, Juan?
—Otro día, jefe, le doy mi palabra. He de asearme, que no es correcto presentarse en su casa con el capote manchado de sangre.
—Gajes del oficio, hijo —. Cómplice, palmeó el brazo de su compañero—. Sabes que a Marta no le importa y mi Marcela te quitaría la ropa a bocados si tú quisieras…
—Señor, por favor, que no soy esa clase de hombre —. El rubor, la vergüenza, tiñeron de grana el rostro de Vega—. Su Marcela es una loba fuerte, una mujer hermosa, una buena chica; no merece a alguien como yo.
Le constaba a Juan que don Ignacio le quería como al hijo que nunca tuvo, que intuía que la severa fachada que había construido el joven para contener el dolor y la rabia que le consumían por dentro, para ocultar su nombre y su linaje, comenzaba a quebrarse. Bajó Juan la mirada, avergonzado y conmovido por el amor que leía en los ojos cansados de su mentor.
—Muchacho, yo sé, seas quien seas, la clase de hombre que eres.
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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Te espero la próxima semana con una tercera parte que espero y deseo sea de tu agrado.













