Capítulo 47: el desastre (2)
Como dije en la anterior entrega, los dos duques, el de Alba y el de Medinaceli, llegaron a Mons el 27 de agosto de 1572, donde la cosa llevaba calentándose desde mucho antes con Luis de Nassau y sus hugonotes tocando las narices al primero. Como compañía, llevaron consigo unos 8500 soldados y 36 cañones pesados. O sea, leña al hereje de Luis de Nassau como si no hubiera un mañana y a ver qué sale, debieron de pensar; a los que más tarde se unieron los 4000 que venían con el hijo del duque de Alba, don Fadrique. Gente experta, tenaz, duros y enteros como la madre que los parió, por resumir.
Y por si no bastaba con eso, don Fernando Álvarez de Toledo hizo traer desde La Haya a Rodrigo de Zapata y su contingente de españoles. Zapata y los suyos venían de demostrar en Brielle de lo que eran capaces; hostigando sin descanso a los Mendigos del Mar durante tres meses. Jodiéndoles todo lo que pudieron y más digo yo. William S. Maltby, que es menos lanzado que un servidor, prefiere decir en El gran duque de Alba que Zapata «había librado una guerra de guerrillas, […], rompiendo sus comunicaciones; pero dado que no podían recibir refuerzos, él y sus hombres tenían los días contados y se encontrarían más seguros, al tiempo que serían más útiles, en Mons».
Para completar el panorama, Guillermo de Orange se aproximaba a aquella ciudad con cerca de 20000 hombres tras haber cruzado Brabante al auxilio de su hermano y lo que surgiera.
El duque de Alba comenzó a darle vueltas a la sesera. Algo así como: “Por un lado, me viene el de Orange, que tiene el conocimiento militar justo para pasar el día, porque de haber tenido más hubiera venido para acá directo sin perder el tiempo en zarandajas como asediar el castillo de Weert, defendido por 12 españoles, 30 alemanes y un puñado de valones —apunta Maltby—. Y por otro tengo a los hugonotes franceses aquí en Mons al lado de Luis de Nassau. Y en el peor de los casos, los dos a la vez”.
Y es antes de asentar el campamento delante de Mons cuando al duque le cuentan que en Francia han despachado a cerca de 5000 hugonotes de un día para otro así como quien no quiere la cosa en la llamada matanza del Día de San Bartolomé. La alegría que se llevó ese hombre no fue floja, pero por una cuestión sencilla, nada de disfrutar con el mal ajeno. «En este caso, su alegría era producto tanto del alivio como de la intolerancia», explica Maltby.
Visto con los ojos de la actualidad, dice el profesor norteamericano, lo de aquella matanza sería el último y desesperado intento de Catalina de Médicis para que su hijo se viera arrastrado a una «desastrosa» guerra contra España —que era lo que quería Coligny y, ya de paso, Luis de Nassau, apunta también Maltby—. Todo esto, a oídos de Alba, fue lo más parecido a voces angelicales elevándose al cielo.
Por resumir, el sitio de Mons se inició el 30 de agosto de 1572. Una ciudad con una forma más o menos pentagonal limitada en sus lados sur y oeste por los ríos Haine y Trouille. Una semana de hostialidades importantes hasta que el 8 de septiembre a don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel le informan de que Guillermo de Orange estaba acampado a media jornada hacia el Este.
Después de días de cañonazos entre unos y otros, acometidas e idas y venidas, una encamisada liderada por Julián Romero se encargó de devastar el campamento levantado por Orange. Una masacre sin misericordia, Con decir, como cuenta Maltby tomando como fuente la leyenda, que «el mismo Orange habría sido capturado de no ser por la vigilancia del pequeño perro cuya figura esculpida yace hoy a los pies de sus muchas estatuas», podemos hacernos una idea del asunto.
En consecuencia, con Guillermo de Orange saliendo por patas hacia el Rin, sus soldados más cabreados que una mona por no recibir paga alguna, y su hermano Luis, enfermo, saliendo por las puertas de Mons llevado en una litera, al que acudió a saludar el duque de Medinaceli y envió saludos don Fadrique, tenemos un escenario precioso de cómo acabó el asunto de Mons. ¿Y su padre don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel? «No apareció», concluye Maltby. Punto.
En definitiva, Mons fue perdonado —aunque con sus cosillas, que de todo hubo. Una capitulación un tanto benigna, por sintetizar—, pero el duque de Alba se lanzó a partir de entonces «a una política de terror que oscurecería aún más su reputación y haría pedazos la tenue esperanza aún viva de reconciliación entre el rey y sus súbditos», dice Maltby.
Ahora sí que sí, leña al manzano, que el duque de Alba consideraba ya más que maduro. ¿Que qué hizo? Por resumir, castigar de manera ejemplar a algunas de las ciudades del norte para que las demás supieran lo que les esperaba si no se unían a su causa; porque se sentía abandonado por el rey y la corte y rodeado de herejes de toda clase, por lo que no deseaba otra cosa que «hacer caer sobre las cabezas de aquellos traidores lo que él consideraba el juicio de un Dios justo».
Y a por Mechelen que se fue creyendo como creía, y de aquí no lo sacaba ni Dios, que sus habitantes habían incitado a Guillermo de Orange para que invadiera los Países Bajos. Aquella ciudad era sede de la real fábrica de artillería, por lo que no se le ocurrió mejor cosa que prometer a sus hombres el botín de la ciudad. Así que imagínate esos hombres, mal pagados y tarde, con las tres cerezas de la especial de las máquinas tragaperras en los ojos… Los mismos coros celestiales que escuchó el duque de Alba líneas más arriba. El 30 de septiembre exigió a la ciudad que se rindiera con los cañones apuntando a sus murallas. O matáis a los mercenarios de Guillermo de Orange o nos los dais y ya nos encargaremos de ellos, vino a decir a sus rectores.
«Sin esperar la decisión de los ciudadanos, la guarnición huyó protegida por las sombras, dejando la ciudad virtualmente indefensa», explica Maltby. Al no recibir respuesta, tras un breve e incruento asalto, Mechelen fue sometida a tres días de «asesinatos, violaciones y pillaje sistemático», refiere el historiador norteamericano. La promesa hecha a sus soldados.
La guerra, sus normas.
Con el territorio al sur de los ríos pacificado, el duque de Alba estableció su cuartel general en Nijmegen. Enteradas Lovaina y Termonde de lo ocurrido en Mechelen, dijeron sí, bwana a don Fernando Álvarez de Toledo y lo que fuera menester; y otras ciudades más allá de los confines de Brabante no tardaron en hacer lo mismo. Tenía cristalino que Gelderland y el noroeste pronto serían suyos. Después, «si Dios quiere, tomaré medidas para retomar Holanda y Zelandia», como dejó escrito de su puño y letra.
Ahí apareció Zutphen, puerta de entrada a Alemania y, por lo tanto, para contener a Guillermo de Orange. Para allá mandó a su hijo, don Fadrique, que la dejó como un solar. Como ocurrió en Mechelen, la guarnición hizo tres cuartas partes de lo mismo y fue sometida al mismo castigo. Con una diferencia: «Para mayor demostración de la futilidad de resistir, Fadrique, por orden de su padre, quemó gran parte de la ciudad después de que sus soldados hubieran satisfecho su avaricia y su lujuria», explica Maltby al respecto. No hace falta más explicación, ¿verdad? De nuevo, una ciudad tras otra se rindió rogando que se les perdonaran los pecados del pasado.
Hacia finales de noviembre de 1572, sólo Holanda y algunas porciones de Zelandia seguían siendo fieles a Guillermo de Orange. Cristóbal de Mondragón se había hecho con Goes vadeando unas aguas que a él y sus compañeros le llegaban a la barbilla; y Naarden fue la siguiente, con todo tipo de controversias acerca de la rendición y el posterior saqueo.
Hasta que don Fadrique, por órdenes de su padre, se dirigió a Harlem.
A partir de entonces, la vida ya no sería igual para el duque de Alba.
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