Una tarde tranquila y soleada
Se lleva la taza de café a los labios, y tras dejarla encima de la mesa se ajusta las gafas de sol. Tarde tranquila, soleada. Niños persiguiéndose, abuelos a la expectativa, un trío de ancianas que departen en un banco. Ríen, se carcajean en ocasiones. Aparentan felicidad. A la persona que se llevó la taza a los labios la acompañan en una terraza que atiende un chico espigado y de mirada lánguida dos parejas y un ávido lector —no despega la vista del periódico—; la misma languidez con la que toma comandas y regresa al interior de la cafetería. Un músico en el centro de la plaza. Toca el violín. Los niños pasan pordelante de él. Ni se inmuta. Más que tocar, se deleitan él y quienes quieran escucharlo. Por ejemplo, la mujer que se tocó la gafas de sol. No despega la mirada del músico. Decenas de preguntas. Edad, situación, expectativas… Por qué alguien como él, con la destreza que demuestra manejando el violín, ha acabado en aquella plaza dejándose el alma por unas pocas monedas.
«Tuve que marchar / porque soy un músico loco /volveré a por ti / y tú / lo sabes muy bien», le viene a la cabeza una de las estrofas de una canción de El Último de la Fila. Quién sabe. Tantos porqués.
El violinista termina de tocar. Gritos de niños, las risas de las mujeres, algún claxon perdido de coche; los ecos de la vida, que callaron mientras la magia se deshacía en notas musicales, llenan una atmósfera fría sin el calor del violinista. Nadie se le acerca para animarlo con unas monedas. Compone un gesto de resignación, pero no se desanima. Tiene su violín, la compañía que más ama. A él se entrega con pasión una vez más. Cuando acaba de tocar la pieza elegida, la misma reacción, el mismo silencio, parecida indiferencia. Con una diferencia: delante él, una mujer morena que oculta los ojos tras unas gafas de sol. No la vio acercarse por tocar con los suyos cerrados, ni mucho menos la oyó llegar. Ella esboza una media sonrisa que puede decir muchas cosas, todo depende de la interpretación. Se agacha y le deja un billete dentro del estuche que descansa a los pies del violinista. Luego lanza miradas a su alrededor y después vuelve a dirigirla al violinista:
—«Es lo que hay / es lo que hay / tarde o temprano / vuelvo a por ti» —le dice cantando.
El violinista no puede reprimir la risa. Cincuenta años, más o menos, calcula ella. Dentadura perfecta, bien alineada, y lustre más que aceptable. Quizás el pelo, demasiado largo y grasiento, admite también; y una mirada intensa, penetrante. Repuesto de la sonrisa, se lanza con algo que la sorprende:
—«Volveré a por ti, un domingo / de invierno / bajo el cielo gris sonreirás / al verme llegar».
Ella también ríe por lo inesperado de la respuesta. Con la mirada busca la terraza, donde dejó abandonado el café. Una propuesta atractiva que él acepta. Y sin decirse nada, en silencio, hacia allí encaminan sus pasos. Siguen los niños con su pilla-pilla, hablando sus abuelos entre ellos, riendo las ancianas. Una tarde soleada y tranquila.
Una vez leído te invito a escuchar. Recuerda, siempre hay diferencias
👇🏻🎧🎙️



















