Serial radiofónico de Marta Caniego: «Tino: La magia oscura» – Capítulo 3

Estamos, mas o menos, por la mitad de la historia.

Capítulo 3

— ¿Una muchacha? —la señora Sofía no daba crédito.

—Supongo que le habrás dado tu chaqueta, ¿verdad Tino? —ese era el señor Gustavo, lo más parecido a un referente paterno.

— ¿Acaso no lo ve? —el aludido soltó los hombros de la temblorosa joven, efectivamente abrigada, para protestar por una acusación tan absurda. Con la mala pata de que en dicho proceso la chica salió corriendo casa adentro, seguro desorientada y tratando de dar con la salida.

—A la señora Marquise no le gustan los invitados —comentó Gustavo, acabando de arreglar la situación.

Fastidiado, Tino iba a ir tras la chica.

—Será mejor que me ocupe yo —intervino la señora Sofía—. Parece muy dulce.

—No se crea. A mí me ha arañado cuando le he propuesto ver a un médico.

— ¿Estás seguro de que te entiende al hablar? —de todos, Gustavo era el que más disfrutaba con las disparatadas situaciones del castillo. Se limitaba a ocupar su silla, tomar el tercer o cuarto café del día y observar.

En la cocina siempre había café recién hecho, de modo que el olor se pegaba hasta a las cortinas. Lo mismo ocurría con las galletas de chocolate y el asado de cordero. No lo digo por decir, sino porque el mejor modo de definir el ambiente del castillo y el tipo de muebles que podían encontrarse en él es definir sus olores. Aromas cálidos que invitan a acomodarse entre cojines, mantas y muebles de madera, pero que también invitan a sentarse en una elegante mesa de piedra a degustar una comida completa a la par que abundante.

Aunque, ahora mismo, como comprenderán, esas cosas traían sin cuidado a Tino.

— ¿Dónde está Marquise? —preguntó al anciano, que seguía a la suya con su bebida caliente.

—En su habitación, si es que aún no se ha dado cuenta de que pasa algo.

Tino entrecerró los ojos.

—Debería ir a avisarla…

—… ¡Tino! Ven aquí.

—Mirando el lado positivo —sonrió Gustavo—. Ya no hace falta.

¿Qué es mejor hacer en momentos como este? ¿Responder a la broma o callarse? La eterna duda.

Tino estuvo tentado de meterse en la cabeza del señor Gustavo y ordenarle que tirase la taza al suelo, pero hacerlo sería un error. Sería cruel. Y aunque a pequeña escala o de apariencia inocente, correría el riesgo de caer en la tiranía.

Se quedó pensando en ello mientras cruzaba la cocina y salía al pasillo. No tuvo que recorrer un gran trecho. Marquise, la señora Sofía y la misteriosa muchacha estaban a pocos pasos de distancia, acurrucadas bajo el marco de una ventana.

Tino tuvo unos segundos para admirar la belleza de la chica, con el cabello salvaje y su abrigo protegiéndola del frío. Las otras dos la habían acomodado en un banco y hablaban con ella, aparentemente serenas. Una conversación civilizada.

La maestra Marquise se disculpó y caminó en dirección a Tino, con el ceño fruncido y la respiración contenida. Sin aviso, lo agarró por el cuello de la camisa y empujó atrás. Quería hablar a solas con su alumno.

—Sé lo que vas a decirme, pero no tengo ni idea.

— ¿Cuánto tiempo llevas viéndote con ella? ¿De dónde ha salido? —al agitarse tanto, las pulseras de Marquise entrechocaban—. Te avisé de que no puedes enamorarte de cualquiera.

—Tranquila querida —Derek, el fantasma del castillo, emergió desde el techo, colocando los vaporosos brazos en los hombros de Marquise—. percibo tu ira desde arriba. Estoy seguro de que Tino recuerda todas tus lecciones.

—Si me dejáis hablar os lo diré —el joven se cansaba de que nadie le dejara explicarse —. La encontré en una de las torres abandonadas y no pude leerle la mente. Al principio la escuché cantar y pensé que se habría perdido, pero luego vi que estaba empapada y tenía una herida en la pierna. Le propuse venir para curarla —se detuvo a tomar aire. Hizo un gesto para que le dejasen terminar—. Pensé que estando aquí podrías analizarla y averiguar por qué no puedo entrar en su mente. Pero se enfadó conmigo y me costó mucho convencerla. Prácticamente la he traído a rastras. Solo sé que se llama Alexia.

—Y con razón —Marquise no ocultaba su malestar—. ¿Te parece buena idea que una intrusa esté bajo nuestro techo?

— ¿Te parece mejor idea que vague por nuestras tierras sin control? Porque te recuerdo que no puedo leerle la mente. No sé qué intenciones tiene. ¿Vas a vigilarla sola?

Preocupada por si Sofía y la joven Alexia miraban hacia ellos, Marquise respiró hondo.

—Yo tampoco puedo leerle la mente. No puedo saber nada de ella ni darle ninguna orden. Permanece cerrada a cal y canto —y sus pupilas se dilataron de repente—. Si no estás enamorado de ella, entonces esto no tiene explicación.

— ¿Estás segura? —inquirió Derek, aun tratando de sostener a su esposa con sus inexistentes músculos—. No existe mente viva que no podáis descifrar.

—Nunca ha existido —completó Tino, cruzando los brazos.

Pero la bruja negó con la cabeza, haciendo esfuerzos sobrehumanos para no excitarse más.

—A mí lo que me preocupa es que sus piernas no tienen ni rastro de la herida que describe Tino.

El muchacho enarcó una ceja.

— ¿Cómo qué no?

—Te invito a revisarlas, mi querido alumno.

—No hace falta.

— ¿Qué significa esto? —Derek tenía más ganas de saber que ninguno.

Marquise miró el rostro fantasmal de su difunto marido. Se esforzó en suspirar, apesadumbrada. —Pues está bastante claro. Si ninguno podemos leerle la mente, pero Tino no está enamorado de ella y las heridas que muestra desaparecen solas, entonces solo me queda recomendar que os leáis El Castillo de los Cárpatos de Julio Verne.

Los dos hombres de la quedaron mirando. Estaban acostumbrados a las excentricidades de Marquise, pero no podían creer que siguiese teniéndolas en momentos de estrés.

—Resume.

—Pues que es mecánica.

— ¿Mecánica? —inquirió Derek.

—Que está hecha de metal —aclaró Marquise.

—Es imposible —Tino se rascó la cabeza—. Cuando la encontré estaba empapada. Si fuese una criatura mecánica como un autómata, un Golem o un ciborg, el agua volvería rígido su cuerpo.

Además, cada vez que Tino miraba a la chica, encontraba más motivos para verla atractiva. Era de cuerpo frágil, delicado. Su piel era perfecta y sus rasgos serenos. Estaba hablando con la señora Sofía y su postura sobre el banco de madera resultaba digna de una dama. Nada que ver con las grotescas criaturas mecánicas de las que hablaba Marquise.

— ¿Estás seguro de que estaba empapada de agua? —la maestra interrumpió sus cavilaciones.

— ¿Y qué sino?

La bruja volvió a encogerse de hombros.

—Solo hay una forma de comprobarlo —y sus pulseras volvieron a chocar cuando Marquise dio una palmada en el aire antes de girarse, poniendo su mejor sonrisa—. Sofía, la muchacha parece cansada. Prepara una habitación para ella y pon agua a calentar. Le sentará bien un baño.

Tras leer toca darle al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones en relación al texto.

🎙 🎧 👇🏻

Esto se va poniendo interesantes, de regreso en 7 días.

Laki

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