4ª Parte
Roberto se aburría.
En su vida laboral había tenido compañeros simpáticos, cómplices, aburridos… Y luego estaba Luís.
Dentro de la categoría de tipos raros, él tenía un grado especial.
Si no supiera que eso era imposible, estaría convencido de que tenía un rollito extraño con esa planta moribunda. Y no lo entendía, la verdad, porque esa cosa empezaba a tener un aspecto espeluznante, con esas hojas marrones y mustias, esas varas finas y amarilleantes, y esa única flor roja y carnosa, cada día más lánguida y pocha. Juraría que incluso empezaba a oler mal.
De entre todas las flores del mundo, las orquídeas eran las más repugnantes con diferencia. O tal vez solo se lo parecía porque le recordaban a Olga, su ex, que tenía toda la casa llena de plantas de esas, y las cuidaba más que a sí misma. Siempre con esa obsesión por la temperatura, la luz, el agua, los jarrones transparentes para que las raíces hicieran la fotosíntesis… Ya era mala suerte que siempre topase con amantes de orquídeas, los más raros entre los raros de entre los fans de lo verde.
Mientras metía el dinero por la ranura de la máquina, pulsaba el botón de café solo azucarado y esperaba que se preparase su bebida, Roberto se preguntaba si Luís estaría casado.
Se le escapó la risa al darse cuenta de lo absurdo de ese pensamiento.
¿Quién iba a soportar a un tío raro como ese? Lo más probable era que viviera solo o rodeado de gatos, atento a sus plantas, y pendiente de cada mota de polvo que entrase por la ventana. Porque de lo que estaba seguro era de que ese era el único polvo que conocía.
Juan se planteaba dejarlo.
La primera vez que se le ocurrió la idea, durante la cena de un miércoles, le tomó tan de sorpresa que, para cuando se quiso dar cuenta, la sopa se le había enfriado en el plato y el apetito había volado como el canario que tenía en la jaula cuando era niño.
Era una idea tan extraña en él como la de irse de viaje a Cuba, la de comprarse una moto o la de dejarlo todo para irse a vivir una aventura en la jungla. Porque, al fin y al cabo, llevaba trabajando en el archivo de Editorial Torres S.A. 23 años, 7 meses, 3 semanas y 23 días, toda su vida laboral, y él era una persona de costumbres fijas. Plantearse siquiera un cambio mínimo le suponía meses de pensarlo y repensarlo. ¿A qué había venido esa idea tan excéntrica?
Por suerte, ese pensamiento tan peligroso no volvió a manifestarse en los siguientes días, por lo que siguió con su rutina habitual, a trancas y a barrancas, a disgusto, y cada vez con más esfuerzo.
Le dolía que su otrora tranquilo archivo, a excepción del ruido de la estática de su radio, fuera ahora un lugar casi de encuentro para los jóvenes de la editorial, que iban a pasar sus ratos libres con Roberto Muñíz. Por no hablar de su nuevo equipo de música, que atronaba a todas horas con una música átona y sin melodía, mientras él y sus amigos la acompañaban con movimientos compulsivos de sus greñudas cabezas o con golpecitos de los pies contra el suelo.
La luz de led no parecía molestarles, tal vez porque sus ojos, todos ellos, iban cubiertos por cristales antireflectantes. Hasta ahora no se había dado cuenta de que hubiera tanta gente con problemas de vista en la editorial. Claro que hasta hacía poco no sabía ni que hubiera tantos trabajadores en las plantas superiores. No conocía ni a la décima parte de ellos.
Cuando su sótano amenazaba con llenarse de gente indeseada, se refugiaba en su rincón, tratando de aislarse del ruido externo, sin conseguirlo del todo. Sus voces eran como una vibración que hacía que todo temblase de un modo incómodo a su alrededor.
Y siempre había alguno de ellos que se acercaba para darle consejos indeseados para su orquídea… como si él no hubiera probado ya hasta lo imposible para intentar revivirla.
La única flor que le quedaba pendía ya, mustia, en precario equilibrio, a punto de desprenderse de la vara. En cuanto cayera, algo cambiaría definitivamente para él, y a Juan nunca le habían gustado los cambios.
Luís había salido para comer y tal vez para comprar algún nuevo potingue para su asquerosa planta. Le ponía enfermo con todas esas manías de la luz, el agua templada, el jarrón transparente y mil bobadas más. Si realmente estaba tan convencido de que la luz y el aire frío estaban matando su jodida planta, que se la llevara a su casa, como le había dicho mil veces.
Pero, no, cuando le hablaba, se le quedaba mirando con esos ojos oscuros y grandes, fijos como los de un pez muerto.
A veces, no estaba demasiado seguro de que fuera del todo normal. Le recordaba a Dustin Hoffman en “Rainman”, un tío muy listo para unas cosas, pero totalmente gilipollas para otras. Así era Luís.
En todo el tiempo que Roberto llevaba en la empresa, no había tenido ni una conversación normal con él. No le gustaban el fútbol, ni las mujeres, ni los hombres, ni la música. No conocía su tendencia política, no hablaba ni bien ni mal de los jefes… Debía ser el único español que nunca criticaba a nadie.
Si tuviera que elegir al compañero perfecto basándose en la poca guerra que daba, lo escogería a él sin dudarlo, porque era manejable como un cachorrito. No se quejaba de que le cambiaran el horario, de que le quitaran su mesa de siempre… Si no fuera por esa puñetera planta y las cosas raras que hacía con ella, Luís sería ideal. Inquietante, pero ideal.
Se estiró para relajar la espalda y miró el reloj para ver si había llegado la hora de comer.
Se suponía que no podían dejar el archivo abandonado por si alguien acudía a hacer alguna consulta, pero sabía que nadie bajaría a esas horas. Le dejaría una nota a Luís para decirle que volvería en un par de horas y listo.
Su mesa estaba tan ordenada que daba hasta cosa buscar un bolígrafo por temor a mover algo del sitio y que lo notara. Buscó por la despejada superficie, pero no vio nada para escribir, así que tendría que arriesgarse a echar un ojo en los cajones. Tiró del de más arriba. Estaba atascado y tuvo que forcejear para conseguir abrirlo. Al hacerlo, el jarrón transparente donde estaba la orquídea se tambaleó hasta caer al suelo, rompiéndose en mil pedazos. La única flor que todavía conservaba se desprendió de la vara sin hacer un solo sonido.
Roberto la contempló conteniendo el aliento.
Tal vez debería hacer algo, se dijo. Al fin y al cabo, esa planta era algo así como la cosa que más amaba Luís.
El sonido del teléfono le libró de tener que planteárselo siquiera.
Cuando dejó el sótano, unos minutos después, ya no recordaba ni la planta ni a su compañero.
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Nos vemos en 7 días con el gran final



