Desenlace de este «Cosas que le cuento a mi gato» por Arwen Grey: «Comida para peces» (final)

Parte 4 (Final)

Lucas no se escondió e incluso saludó a los matones de Humberto cuando pasaron a su lado camino a la casita de María.

Desde la muerte de Mancini, la casa ya no estaba oficialmente bajo vigilancia, pero nadie había hecho el papeleo necesario para levantarla.

Los mexicanos le miraron con cara de pocos amigos, dirigiéndole gestos bastante feos, pero Lucas no se enfadó. Era un jueguecito al que jugaban hacía tiempo y si no cumplían las normas, perdería la gracia. Él los saludaba, como todo un caballero, y ellos lo mandaban a tomar por culo. Todo muy civilizado.

Abrió un nuevo paquete de chicles, deseando por enésima vez ese día no tener tanto miedo a morir joven dejando tras de sí un cadáver pintón. Ser consciente de la propia mortalidad era una mierda.

Su mirada se cruzó con la de Humberto Juárez en cuanto éste se bajó de su enorme coche blindado. Él sí lo saludó, con amabilidad incluso, el muy capullo. Si no fuera un psicópata, le caería bien.

En cuanto desapareció tras la puerta de María McKenzie dejándola bien surtida de guardias morenitos, Lucas arrancó su coche y se perdió entre las calles semivacías.

María lo recibió parapetada tras un escudo de belleza. Sin sonrisas ni brazos abiertos que él no creería de todas formas. Él quería dos cosas de ella y no estaba dispuesta a darle ninguna de las dos, al menos por voluntad propia.

—Siempre tan guapa –dijo él en español, plantándole un sonoro beso en la mejilla, rozando la comisura de su boca.

María no se apartó, como quizás él esperaba, buscando una excusa que despertara su violencia.

—Gracias –respondió en el mismo idioma—. Por favor, saluda a tu padre cuando lo veas –añadió, ya en inglés, una frase que invitaba a que la visita fuera corta.

Él chasqueó la lengua e hizo un gesto de pesar con la cabeza. Podían decirse muchas cosas de Humberto Juárez hijo, pero no que fuera idiota.

—Eres muy mala conmigo, y muy desagradecida. Si no fuera por mí, no tendrías nada de todo esto.

María reprimió el deseo de reírse en su cara. Si fuera por él, sería una más de sus putas, gastadas y apaleadas. A estas alturas ya se habría cansado de ella y se la habría pasado a algún amigo o socio. Tal vez estaría muerta o en algún tugurio hasta el culo de drogas para poder sobrevivir al presente.

Si él todavía la miraba con interés era porque solo la había catado una vez, y había sucedido así porque su padre le había pagado muy bien. Probablemente Humberto hijo lo sabía, aunque no quisiera admitirlo. María era un reto para él, lo único que hasta ahora no había podido alcanzar ni con toda su pasta.

Pero ahora la situación había cambiado.

Ella estaba sola y desamparada. Necesitaba un protector, y el dinero de Matt no duraría eternamente. Además, los gustos de María eran caros.

—Hablando de pasta –dijo Humberto de pronto, siguiendo en voz alta el hilo de sus pensamientos, aunque la mirada de María no se alteró por el desliz—. ¿Dónde está la pasta que Matt nos robó?

Ella se apartó para servir dos copas. Dejó la de él sobre la mesa. Las manos le temblaban. Temía acercarse. Había algo depredador en su mirada y en su sonrisa, que se amplió al ver su gesto y conocer, sin duda, su significado.

—No tengo ni idea de lo que hablas –respondió—. Matt jamás traicionaría a tu padre y lo sabes –alzó su mirada, verde y clara.

“Te tenía demasiado miedo”, dijeron esos ojos, y él también pareció comprender eso.

Humberto miró el vino con repugnancia y le quitó la copa de la mano.

María se quedó quieta, casi rígida, esperando que él la tocara. No lo hizo. Se limitó a mirarla, con una sonrisa babosa bailándole en los labios.

—Ahora no tengo tiempo para charlas. Otro día me regalarás un par de horas de tu valioso tiempo, ¿verdad, querida?

Su violento beso no la tomó por sorpresa, lo esperaba, pues era más propio de él que toda la conversación anterior. Cuando la soltó, lamió la sangre que goteaba de su labio, mordido en un arrebato.

—Deliciosa –murmuró para sí.

Lucas se preguntaba cuánto tiempo más colearía el tema de Matt Mancini.

Hacía más de dos meses que lo habían enterrado y los de Asuntos Internos se habían aburrido del asunto lo suficiente como para dejar de marear la perdiz. Sabían que no podían achacarle nada turbio, o al menos no tenían pruebas de ello, así que los Estirados Uno, Dos y Tres habían decidido dejarlo estar. No sin antes advertirle que tendrían sus ojillos porcinos clavados en él, atentos por si cometía el más leve desliz. La tenían clara. Si al menos no hubieran sido tan idiotas como para avisarle…

Sin pruebas fehacientes de asesinato (Lucas se reía a carcajadas cada vez que se acordaba del informe interno), sus superiores habían inventado una historia absurda según la cual Matt había salido a navegar, se había caído por la borda y había muerto ahogado. Sus huesos rotos eran explicados por los golpes de las hélices de los motores de los barcos.

Qué más daba que no hubiera rastros de agua en sus pulmones y que la mitad de un clan de narcos se hubiera presentado en su funeral. La memoria de Matt se guardaría blanca como la patena hasta el infinito y más allá.

No era que no se alegrara por su viuda, que así cobraría la pensión íntegra y podría pasar página si no lo había hecho ya.

Francamente, estaba del asunto hasta el gorro, pensó, girando el sillón hacia la ventana, observando el soleado día. Si se tuviera que fiar de los presagios, diría que parecía el comienzo de algo bueno.

María comprobó por enésima vez el número de vuelo, y la puerta de embarque. Era cierto, no había sido cancelado, ni retrasado.

Una última mirada a la pantalla la dejó más tranquila. Allí estaba, París, 17:46. En pocas horas sería libre, o eso esperaba. Una nueva vida, una nueva María McKenzie. Apenas se atrevía a apartar la mirada de la pantalla, como si temiera que el vuelo desapareciera de allí.

Estaba tan absorta que no sintió el momento en que él se sentaba a su lado.

—¿Lo tienes todo?

María sonrió tras un suspiro de alivio. Ahora ya sabía que las cosas solo podían mejorar.

—¿Quieres ver los comprobantes bancarios?

—No será necesario.

—Le di su parte a Emma –dijo ella, volviendo la mirada firme hacia él.

Fue el turno de Lucas de sonreír.

—No esperaba menos de ti, querida.

Ella se sonrojó sin remedio. Lucas tenía una manera de mirarla que la hacía sentirse como nadie antes, querida y hermosa, fuerte…

De pronto él ahondó su sonrisa.

—Pobre Humberto, a estas alturas se debe de estar preguntando quién le tomó el pelo.

Ella se lamió el labio allí donde todavía tenía una cicatriz recuerdo de su último encuentro. Le había costado evitarle desde entonces. Que Lucas se lo recordara en ese preciso momento no era la mejor manera de tranquilizarla.

—No le nombres –le espetó, poniéndose en pie—. No atraigas a la mala suerte.

Lucas le tomó la mano, que temblaba sin remedio.

—Todo irá bien, nena. Dentro de poco estaremos en París y nadie se acordará de nosotros.

—Humberto nunca olvida.

Lucas no pudo mentirle, ella le conocía mejor que nadie. Por ahora estarían a salvo unos meses, unos años, quién sabe. Qué sentido tenía pensar en el futuro.

Antes de embarcar ella apoyó su cabeza en su hombro y le susurró, en voz tan baja que casi le pareció imaginar su voz:

—Dime al menos que Matt no sufrió…

Ahora dale al podcast en ivoox, puede haber variaciones entre el texto y el audio.

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La próxima semana estrenamos nuevo relato ¿cuento contigo?

@ArwenGrey