Silencio
Enarcó una ceja, fumando como estaba delante de la persona con la que compartía una copa. Aquélla, con ganas de hablar. Demasiadas. Y eso le había despertado un dolor de cabeza que amenazaba con transformarse en insoportable.
—¿A qué suena el silencio?
A bocajarro. Una pregunta capaz de devastar cualquier línea de flotación por segura o reforzada que estuviera. Y sabía, porque la conocía, que la de la persona que tenía delante no lo era; que aquel cañonazo lo dejaría boqueando como un pez recién sacado del agua, pugnando por agarrarse a la vida a sabiendas de que su tiempo estaba a punto de agotarse.
La persona que tenía ante sí se encogió de hombros. Va, tío, una copa, que hace tiempo que no nos vemos y tal. Se encontraron en la calle una hora antes. Sí, hacía tiempo que no se veían. Por algo sería, pensó decirle el otro, pero decidió aceptar la invitación por razones que sólo él conocía.
—Entonces ¿no sabes a qué suena el silencio? —volvió a preguntarle al que le había invitado.
El silencio. Nadie le daba una respuesta. Unos se encogían de hombros, otros miraban al cielo e incluso algunos silbaban y le dejaban allí, plantado en medio de la nada, donde la nada era un espacio que la marabunta diaria amenazaba con engullirlo en cualquier momento.
Pasaba el tiempo, aumentaba el silencio. Uno quería una respuesta que el otro no le iba a dar. Se trataba de una copa, de un encuentro fortuito, y uno y otro se dieron cuenta de que no buscaban lo mismo, de que sus miradas caminaban por caminos distintos. El otro, contrariado, se encogió de hombros, se despidió con un gesto y abandonó el local. Confundido. Incluso estafado. Menudo gilipollas. Él, por invitar al otro, y éste, por ser siempre un tipo extraño, un tanto huraño y huidizo.
El que había abandonado el local lo hizo masticando la maldita pregunta todavía durante un buen tiempo. «¿A qué suena el silencio?».
—¡Jodida pregunta! —regruñó antes de encender un cigarrillo y perderse por las callejuelas del centro de la ciudad.
El que permanecía en el local, mientras apuraba su copa, se dedicó a examinar la fauna que había a su alrededor: parejas jóvenes comiéndose a besos, cincuentañeras con ganas de jarana, algún solitario como él. Y una solitaria que le observaba desde que se quedó solo. Leía un libro mientras tomaba un café. Más que mirarlo, le radiografiaba. Un examen de interior, de sentimientos. Dejó el libro sobre la mesa, se levantó con calma y se sentó frente a él.
—¿A qué…? —volvió a preguntar él.
No pudo terminar la frase. Los ojos de la chica, grandes y de color miel, le dieron la respuesta que andaba buscando. Eso era el silencio. Y lo comprobó al cambiar ella de asiento sin más gestos entre los dos que varias sonrisas. Sonrisas que anunciaban cosas que el silencio nunca podría explicar.
Una vez leído te invito a escuchar. Recuerda, siempre hay diferencias
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