Duende
Erika abre el grifo, lava las patatas y las seca. Busca el pelador y no lo encuentra. Juraría haberlo dejado sobre la encimera pero ya no está.
Supone que es un despiste. Eso será.
¿Qué otra respuesta hay?
Al final lo encuentra encima de la otra mesa. No entiende cómo ha llegado allí, pero su cerebro le dice que es despistada.
Sigue cocinando. Pela las patatas, las vuelve a lavar pero de repente el agua quema.
¿Acaso giré el grifo hacia el agua caliente? El cerebro de Erika no encuentra el archivo de ese recuerdo. Será que la neurona encargada lo perdió.
Por fin seca las patatas, prepara la sartén con el aceite y las pone a freír. Poco a poco toman color dorado, textura ligeramente dura y las fosas nasales de la joven se abren, ansiosas por ver el resultado final.
Pero ay… cuanto tardan las patatas en freír. Pasan cinco, diez y quince minutos cuando empiezan a estar preparadas y las ganas se hacen incontenibles.
De repente, Erika me ve junto a ella, mirando la sartén con una sed incontrolable. Se asusta y da un salto hacia atrás.
¡Ups! Me temo que me ha visto.
Pero por suerte, cuando se frota los ojos y vuelve a mirar, yo ya no estoy.
Con un poco de suerte, su cerebro le dirá que debe limpiar las gafas.
No es la verdad, pero suena más lógico que aceptar a un duende como completo de cocina.
Y menos mal. Así nunca creerá que alguien le está robando las patatas fritas.
Tras leer toca la ilustración para escuchar el podcast en ivoox, recuerda hay variaciones en relación al texto.
🎙 🎧 👇🏻

