Negociación colectiva
En la penumbra de la oficina ejecutiva, sólo el resplandor de la lámpara de escritorio iluminaba los cuerpos entrelazados. Jaime, un cincuentón compacto y macizo, con el cabello canoso revuelto por el esfuerzo, dominaba por completo la escena. Sus manos fuertes, endurecidas por décadas de mando, sujetaban las caderas de Elena con posesión absoluta. Ella, de treinta y ocho, melena legra alborotada, lucía un pequeño piercing en la ceja y otro en el labio inferior que brillaba cada vez que jadeaba. Entregada por entero, arqueaba la espalda sobre el sofá de cuero, recibiendo cada embestida profunda y rítmica con un abandono total.
Jaime la penetraba con potencia controlada, su miembro grueso y firme abriéndose paso en su interior ardiente. Una mano le aferraba la nuca, obligándola a mirarlo a los ojos mientras la otra recorría su torso, pellizcando con precisión los pezones erguidos. Elena gemía quedamente, las uñas clavadas en los hombros de él, el cuerpo temblando bajo el peso masculino. “Así, entrégate, eres mía”, murmuró Jaime con voz ronca, acelerando el ritmo mientras el sofá crujía bajo sus embestidas feroces. Ella se retorcía debajo, perdida en oleadas de placer intenso, los muslos abiertos y temblorosos.
Sin pausa, Jaime la levantó como si no pesara nada. La depositó boca abajo sobre la amplia mesa de roble, barriendo papeles con el antebrazo. Elena quedó expuesta, las piernas colgando, el vestido arrugado en la cintura. Él se hundió de nuevo en ella con una estocada poderosa, rompiéndole el trasero, sujetándole las muñecas por encima de la cabeza. Sus caderas chocaban con fuerza, el sonido húmedo y carnal llenando la habitación. Elena se retorcía, entregada a cada envite, el piercing en su labio brillando mientras su boca se abría en éxtasis silencioso. Jaime dominaba por completo: manos que marcaban su piel, miembro que la llenaba sin piedad, ritmo implacable que la llevaba al borde una y otra vez. Ella alcanzó el clímax con un grito ahogado, contrayéndose violentamente alrededor de él, y Jaime la siguió poco después, derramándose en lo más profundo con un gruñido grave y satisfecho.
Exhaustos y jadeantes todavía, Jaime se incorporó. Era el dueño de la empresa, el hombre que decidía el futuro de cientos de familias. Elena, la sindicalista presidenta del Comité de Empresa, se ajustó la ropa con dedos temblorosos, el cabello revuelto y los piercings brillando sobre su piel sudorosa.
Después de un instante la chica se levantó, se acercó a una mesa sobre la que había un par de vasos y una botella de whisky, bebió un sorbo y tomó su móvil. Su voz apenas temblorosa, impostada para aparentar serena y profesional, llenó el silencio: «Sí, he revisado personalmente las cuentas que nos presenta la dirección. Los números son irrefutables: las pérdidas han aumentado un dieciocho por ciento en el último trimestre. No hay margen de maniobra; debemos aceptar los recortes salariales que nos proponen si queremos evitar despidos. Lo explicaré con detalle mañana a los trabajadores en la asamblea. Todo está en orden. Confía en mí».
Colgó, miró a Jaime con una sonrisa cómplice y, caminando sinuosa hacia él. susurró servicial y gatuna: «Misión cumplida, jefe».













