«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «Maldito» (parte 5)

Parte 5

…no había piel en la palma, no piel humana al menos. Era, si, un miembro que intentaba asemejarse a una mano de mujer, más era negra, de brillo sedoso, rematados los dedos en garfios afilados de brillante plata: no había líneas de vida, muerte o amor en ella, sólo un vacío incoloro, un abismo sin fondo cuyo pretil era la misma carne cercenada.

—No mires dentro, hijo de luna: tus pesadillas aún no se han asentado —murmuró cerrando la mano en un puño nebuloso—, aunque hayan calmado mi hambre, aún siguen siendo tuyas —. Siento el dolor que te causé y las manchas que he dejado en su lecho; nunca lo hago, soy cuidadosa…no soy como los vampiros, aunque me tomen a veces me tomen por una — añadió con hastío y desprecio en su voz—. Me disculpo, pero tus pesadillas me resultaron…

—¿Qué demonios eres?

—…adictivas. Disculpa —. Como pudo ajustó el flexible guante de cuero a la forma inhumana de su mano—. Prefiero desnudarme a tenerla descubierta más tiempo —. Alzó el índice derecho para acallar al joven— ¿Qué soy, dijiste? En absoluto bruja o demonio, ni felino, aunque vista la forma de uno para alimentarme: ignoro qué nombre tengo en tu tierra, pero aquí nos llaman “pesantas”.

—¿Eres algún jodido duende?

—Nada tengo en contra de los duendes, pero si vuelves a tomarme por uno esperaré a que duermas de nuevo para devolverte pesadillas propias y ajenas —advirtió—. Mi gente vivía en los bosques, aún viven algunos a los pies del Pirineo, pero la mayoría marcharon a las ciudades en busca de sueños y de pesadillas, especialmente de estas.

—He perdido el juicio…— siseó Juan aferrándose las sienes—. Tú no estás aquí, no existes…

—Tampoco tú entonces, hijo de luna, cambiapieles— respondió ella con una risa—, ¿no crees?

Admitió por un instante Juan lo acertado de sus palabras: él era también para los hombres una quimera, una leyenda. Asintió secamente (“Hay que joderse”), los labios apretados y buscó su mirada.

—Tampoco te aconsejo mirarme largo a los ojos, lobisome: no quiero atrapar tu razón.

Él bufó y rio ella coqueta. Por un segundo fueron sus rasgos dulces, sólo eso, un segundo antes de asentarse graves de nuevo 

—¿Me dirás ahora qué le hicieron a mi hermana?

Una certeza se coló en los recovecos de la cabeza del caballero. Enderezó el cuerpo, y aún consciente de hallarse en paños menores, no hizo ademán de cubrirse: y si, sostuvo insensato la mirada de la dama.

—Lo sabes, has hurgado en mis sueños.

Ella torció el gesto.

—Tal vez lo sé, tal vez no quiero saberlo…

Tomó aire Juan, buscando mantener la calma.

—¿Qué buscas entonces? ¿Escucharlo a viva voz? ¿Qué quieres de mi, criatura? ¿Que te diga que le cortaron las manos y la acuchillaron? ¿Quieres que siga? Escucha pues…

No obvió detalle Juan. Y, mucho después, en otras calles, bajo otro cielo, le reconocería el caballero la elegancia, la compostura de dama a pesar de la crudeza de sus palabras.

—Mi pobre niña –. Se alzó el pecho de la joven al tomar aliento–. Lo hecho ya está hecho, que Dios le abra las puertas del Paraíso. Te diré entonces qué quiero de ti: quiero el olfato del lobo y el talento del hombre que se oculta en su piel.

Le llegó a Juan un eco de perfume, rosas y una base de cuero, aromas fuertes, tal vez demasiado para una mujer y que, sin embargo, parecían equilibrados por un delicado recuerdo de margaritas frescas. 

—Si el Viejo Blanco te cobija bajo su ala es porque no eres tonto. Ni un solo dedos se moverá en Barcelona —continuó ella—para encontrar al asesino de una “costurera” sin nombre. Ningún mortal hará nada, pues ese cabrón que ha emboscado a Lidia, ese cabrón y los suyos sólo cazan crepusculares.

—¿Cazadores? —replicó extrañado—; sandeces y cosa de…

—Llegaron con el Corso —la dama prosiguió ignorando sus palabras—, hechiceros, brujos, algunos humanos…otros…no…–. Su voz se apagó un instante– Criaturas como tú, como yo, como el aquelarre de brujas inmortales de Roser Mercader no estamos a salvo mientras esas alimañas campen a sus anchas. Las manos de mi hermana fueron su trofeo esta vez, como otras veces lo han sido los caninos de un Sangre Pura o el pellejo de uno de los tuyos.

Se incorporó Juan por fin. Tiró del gastado batín de seda colgado en el respaldo de la silla y se cubrió con un rápido floreo de la prenda.

—Sandeces —repitió.

—Te pagaré bien. Te pagaremos, Juan Vega.

—¿Tú y quién más? 

—No te importa.

—Mira, guapa, no me gustan estas cosas: encontraré al desgraciado que ha asesinado a esa chiquilla, no por conspiración alguna, sino porque es mi trabajo— espetó.

La mujer se encogió de hombros. Colgaba de su cinturón una limosnera de seda y de su interior extrajo un pliego doblado que tendió al joven. Él lo abrió con dedos crispados; un nombre de mujer en el reverso, una lista conformada por una serie de trazos que le eran extraños, y, a modo de firma, una media luna creciente cruzada por tres líneas horizontales en la parte central.

—¿Tengo que saber qué es esto? ¿Y Lidia? ¿Quién es Lidia? —, inquirió encogiéndose de hombros

—De madrugada interceptamos este mensaje en la frontera, camino de París —explicó —, parece tratarse de una lista de próximas piezas a cobrar, nombres bastante cotizados, apuesto mi mano izquierda; sin embargo, no conocemos el cifrado. …y Lidia… —murmuró. La voz le tembló—, mi hermana, ella tenía ese don, podía leer con sus dedos no sólo sueños, sino los deseos y los anhelos escondidos en los símbolos que llamamos “palabras”: llegué tarde.

Tal vez esperaba Juan que continuase; ella calló, cabizbaja. Sus dedos, de nuevo protegidos por el cuero de los guantes, devolvieron el mensaje al bolsito. 

Ocho campanadas.

—Tengo que ir a trabajar, señora. A mi las historias no me llenan ni el buche, ni el bolsillo.

—Podemos hacer de ti un hombre rico —insistió.

—Lo sería de quererlo, y sin tantas complicaciones.

La joven se levantó, hinchándose la falda al hacerlo, pareciendo de pronto una niña que jugaba a disfrazarse con los vestidos de su madre. Acomodó la prenda con un par de toques expertos y enderezó el cuerpo.

—Pregunta por la señora de esta casa— dijo, dejando una tarjeta de visita sobre la colcha—. Si cambias de opinión, Diego — y acentuó el nombre propio—, te estaré esperando.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

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El desenlace final se va acercando.

@PilarR1977

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