Alberto Menéndez Engra y el cine: «La mosca: el peligro de creernos dioses»

¿Cuántas veces hemos pensado que la ciencia podrá resolver todos nuestros problemas como por arte de magia? Esta es la base de uno de los argumentos pertenecientes a una de las películas de culto más famosas: La mosca (1986). Sí, podríamos pensar que los avances científicos han solucionado gran parte de nuestras inquietudes. O no. Aquí es donde entra en juego nuestro protagonista, un auténtico visionario: Seth Brundle (Jeff Goldblum). Aunque no supiera ver las consecuencias de sus actos. Veámoslo.

Obsesionado con la técnica del teletransporte, el bueno de Seth idea una máquina capaz de trasladar materia utilizando dos artefactos llamados telepods, una especie de cabinas cilíndricas simétricas. Más tarde, el científico conoce a la bella periodista Verónica Quaife (Geena Davis), de la que se enamora y a la cual pretende impresionar. Juntos inician una relación romántica. Ella necesita publicar una historia sorprendente y Seth darse a conocer. El científico le va explicando los entresijos de su invención.

Mientras tanto, el editor de Verónica, Sthatis, no es alguien demasiado simpático y fácil de tratar. Además fue el antiguo amante de la periodista. Pero aún queda mucho por hacer. Parece ser que la curiosa máquina en un principio solo puede transportar objetos inanimados. Pero el decidido científico no es alguien que se rinda tan fácilmente. Ahora es el turno de la materia orgánica. ¿Para qué si no se habría dedicado Seth con tanto empeño y esfuerzo? Pero más le hubiese válido dejarlo todo como estaba.

Después de probar varios experimentos con babuinos (nadie sabe de dónde los ha sacado, por cierto) y hallándose algo borracho, Seth decide teletransportarse él mismo. Pero aquí es donde ocurre un evento imprevisto. Junto a él, se introduce en la máquina un ejemplar de mosca común. El artefacto, al no estar programado para trasladar a dos seres distintos a la vez, opta por fusionar ambos ADNs en un mismo organismo. Para cuando Seth sale del telepod, aparentemente todo está bien. “Aparentemente”.

Los cambios en el cuerpo de Seth pronto empiezan a notarse. El científico ve su fuerza y reflejos aumentados. Es como si hubiese “renacido”. Pero algo no parece ir del todo bien. También su carácter ha cambiado y para mal. Y empiezan a brotarle unos extraños pelos en su espalda. Por si fuera poco, ahora consume azúcar por un tubo. Verónica es consciente de ello aunque parece que a Seth no le interesan sus preocupaciones. Hasta que se le empiezan a caer las uñas. Ahora ya no hay vuelta atrás. ¿Qué es lo que ocurre?

Seth descubre con horror que la máquina lo ha fusionado con una mosca a nivel genético-molecular. El desafortunado científico empieza a sufrir una metamorfosis cada vez más grotesca. Partes de su cuerpo se desprenden, mientras que otras nuevas e inquietantes empiezan a hacer acto de presencia. Para alimentarse, vomita unas enzimas digestivas que disuelven la comida y ahora es capaz de trepar por paredes y techos. Y qué decir de su aspecto físico. Pocas veces un maquillaje ha sido tan explícito.

Entre aterrorizada y apenada, la periodista Verónica acude a visitarle y ser partícipe de todo el proceso. En un momento de la película, tiene lugar una conversación de lo más extravagante entre los dos personajes. Seth habla de él mismo como “insecto político”. Un ser que va perdiendo poco a poco la humanidad retrotrayéndose a un estado primitivo, salvaje. Sin sentimientos, solo puro instinto. Para añadirle más dramatismo al asunto, Verónica se halla embarazada de Seth. ¿Pero cuál podría ser el resultado?

«Digo que… soy un insecto que soñó que era un hombre y le encantó. Pero ahora se acabó el sueño… y el insecto está despierto».

(conversación entre Seth y Verónica)

Verónica decide abortar pero Seth la secuestra para intentar un último acto desesperado: fusionarlos a ambos con él para frenar la transformación. Ya casi al final del film, aparece una de las criaturas más espeluznantes y asquerosas que nos haya dejado el séptimo arte: un ser híbrido entre mosca y humano, “Brundlefly”. Algo inhumano pero auténtico. Un monstruo procedente de nuestras peores pesadillas. Sólo la heroica intervención de un mutilado Sthatis logra detener la operación y salvar a Verónica.

En vez de fusionarse con Verónica en su estado de gestación, la mosca-humana (si es que se la puede describir así) queda adherida a parte del telepod por error. No parece que este cambio haya mejorado mucho su estado. Más bien todo lo contrario. A “Brundlefly” solo le queda suplicar que acaben con su vida. Así es como su amada termina con él. El experimento ha finalizado. Para suerte de los estómagos de los espectadores, si es que hemos logrado sobrevivir hasta los créditos.

Aunque La mosca pueda parecer un proyecto de lo más estremecedor (y lo es), encierra un gran mensaje. Al igual que ocurriera con personajes mitológicos como Belerofonte o Ícaro, el hecho de creernos dioses por encima del bien o del mal, tiene sus consecuencias. A Seth le conllevó la conversión hacia algo difícilmente descriptible. Debemos conocer nuestros límites, pues nunca sabemos hacia donde nos pueden conducir. Y un poco de humildad, nunca viene mal. Para todo el mundo, ojo al dato.

Algunos han querido ver en este largometraje un eco de La metamorfosis de Kafka. En esta conocida historia, un ser humano se despierta convertido en un insecto gigante. Ciertamente, guarda muchas similitudes con el personaje de Seth Brundle. Y como es fácil de suponer, en ambos casos la historia no podía terminar bien. ¿De qué forma reaccionaríamos ante un ser semejante? ¿pavor, asco, pena? ¿tal vez todo a la vez? De lo que no cabe duda alguna es que la raza humana no podría asimilar algo así. Todavía.

Hoy en día, tenemos una fe ciega en la ciencia. Todo a tan solo un click. ¿Pero y si un día no todo sale como habíamos previsto? Cualquier error puede resultarnos muy caro. Quizás La mosca nos esté dando una poderosa lección. Un instante puede cambiar nuestras vidas para siempre. Y a veces no somos del todo conscientes. Hasta entonces, nos quedará el género del terror corporal. En muy pocas ocasiones, un relato parecido ha despertado tantas emociones al mismo tiempo. Recomendamos no comer mientras lo disfrutan. Quedan avisados, que conste.

Alberto Menéndez Engra