«Gana el rojo pasión» por Medussa (@MedussaEros): “Herencia envenenada” (I)

La herencia envenenada

Parte 1: El Legado Sombrío

Elena tenía 29 tiernos años y una sólida carrera como diseñadora gráfica cuando su padre falleció dejando un considerable legado inmobiliario: apartamentos elegantes en el barrio de Salamanca, un ático imponente con vistas en La Castellana, y algún local comercial próximo a Gran Vía. El testamento, sin embargo, incluía inesperadamente como heredero también a Víctor, hijo de un matrimonio anterior de la segunda esposa de su padre. Elena, dolida y desconcertada, lo veía como una injusticia; No había tenido jamás mucho trato con Víctor, un hombre de 32 años al que conocía y con el que nunca se había imaginado tener que compartir la herencia.

Víctor se presentó en la notaría con una sudadera y unos vaqueros que marcaban su físico fuerte y poderoso, su sonrisa cínica disimulando una frialdad absoluta. La abrazó con fingida empatía, y Elena notó la presión sutil de su cuerpo contra el suyo, una insinuación de poder que la inquietó. Al leer el testamento, la discusión se volvió un duelo verbal. Elena defendía preservar el ático como recuerdo; Víctor, con voz calmada pero cortante, insistía en la venta. “Elena, eres idealista, pero esto requiere cabeza. Tu sentimentalismo puede hacernos perder dinero”. Cada palabra era un dardo preciso, con el que él minaba la autoestima de ella con crueldad calculada .

Esa noche, la invitó a uno de los locales heredados, un restaurante íntimo en Gran Vía, cerrado para ellos. “Para negociar en paz”, dijo con tono amable pero que no admitía réplica. Elena acudió, ingenua, anhelando un acuerdo. Después de un poco de comida y vino tinto, Víctor inició su asedio psicológico. “Tu padre te adoraba, pero sabía de tu vulnerabilidad. Me incluyó porque vio en mí la fuerza que a ti te falta, él sabía que yo sería una ayuda para ti”. Sus dedos rozaron los de ella, provocando que su piel se erizase agradablemente.

Después, la convenció para visitar el ático desierto. El Madrid nocturno se extendía luminoso a sus pies. Víctor se colocó detrás de ella, poniendo descarado y decidido sus manos en las caderas de la mujer. “Ríndete a la evidencia, hermanita”. La besó con deliberada lentitud, primero el cuello, después su boca, su lengua entró los labios de ella explorando con dominio absoluto. Elena, envuelta en el duelo, se rindió sin resistencia, dejando que él la desnudara sabiamente. El vidrio frío contra su piel desnuda intensificaba el contraste con el ardor de las caricias masculinas.

Cuando Víctor desabrochó su pantalón, Elena ahogó un gemido al ver su miembro: enorme, grueso, venoso y erecto con una arrogancia natural. Él lo apretó contra su vientre, frotándose con ella mientras sus dedos la preparaban, llevándola al umbral del placer. “Siente esto”, murmuró con voz grave. La penetró despacio, centímetro a centímetro, y Elena sintió una mezcla aguda de dolor y placer: al principio como si la desgarrara partiéndola en dos, pero pronto se transformó en un gozo profundo, abrumador, que la desataba un oleaje de placer. Cada embestida era controlada, hasta dentro, inundándola con un éxtasis que la hacía jadear.

“Dime que cederás en los papeles y te dejaré correrte”, exigió con una sonrisa serena pero cruel. Elena, confusa, embriagada, consiguió negarse, lágrimas de frustración brotando. Víctor se retiró entonces, sacando su miembro húmedo y dejando que Elena cayese al suelo rota, palpitante e insatisfecha, el dolor residual mezclado con el anhelo.

“Reflexiona. Mañana más. Pero no te confundas, no te he dominado con esto -le dijo Víctor agarrándose su miembro- . Te he dominado con la mente”, y salió con esa sonrisa autosuficiente, sabiendo que su poder físico y mental ya había dominado a Elena. 

@MedussaEros

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