«Gana el rojo pasión» por Medussa (@MedussaEros): “Herencia envenenada” (II)

Parte 2: La Rendición Inevitable

Elena pasó el día siguiente debatiéndose en un torbellino interior, mientras tanto, su cuerpo recordaba vívidamente cómo Víctor la había invadido: el dolor inicial de la penetración seguido del intenso placer y el vacío insatisfecho cuando él la había impedido llegar al orgasmo. El hombre la llamó por la tarde: “Ven al local. Los documentos esperan”. Su tono era seguro y autosuficiente, como si ya fuese suya. Elena sucumbió y acudió, atraída por una vergonzosa necesidad morbosa y grata.

El lugar estaba tenuemente iluminado y desierto. Víctor la recibió con papeles ordenados sobre la barra junto a un bolígrafo. “Siéntate, hermanita”. Implacable, reanudó la erosión psicológica: “Tu padre me eligió porque reconoció mi superioridad. Tú eres demasiado emotiva; yo soy el control que necesitas”. Cada frase daba un tajo preciso, sin piedad, en la autoestima y dignidad de Elena.

Se acercó y, sin preámbulos, la besó con un dominio absoluto, despojándola de la blusa. Tomó la mano de la mujer haciéndola sentir su erección formidable bajo el pantalón. “Tócala”, ordenó. Elena lo hizo, fascinada a la vez que intimidada por su tamaño. Víctor la alzó sentándola sobre la barra, apartó su ropa interior y la penetró con una embestida lenta. Elena le rodeó con sus piernas, gimió y se arqueó ante la brutal mezcla de un dolor agudo fundido con un intenso placer.

Víctor movió las caderas con energía y precisión, cada embestida alternaba punzadas de dolor con oleadas de éxtasis. “Firma el primer documento y continuaré”, susurró. Elena, temblando, semidesnuda y sudorosa, rubricó con mano inestable uno de los papeles sobre la barra. Entonces él aumentó el ritmo, intensificando el ciclo de dolor-placer hasta casi romperla provocándola gritos y gemidos.

La llevó a un reservado, se sentó en el sofá circular y la obligó a arrodillarse. “Lo estás deseando. Hazlo”. Elena lo tomó en su boca, luchando entre arcadas por tragar su descomunal miembro, mientras él la miraba sonriendo fríamente. Minutos después, la tendió boca abajo sobre una mesa, penetrándola esta vez por detrás. El dolor inicial fue mucho más intenso, tanto que Elena intentó inútilmente escapar, pero Víctor se lo impidió hasta que un doloroso placer la inundó como un torrente, haciéndola suplicar más. “El ático ahora”, demandó. Ella firmó torpemente entre gemidos y lágrimas de éxtasis reprimido, con el miembro de su dueño aún dentro de ella.

Víctor prolongó el dominio poseyéndola en diferentes posturas una y otra vez en diversos lugares del local, su miembro poderoso demolía el cuerpo de la mujer embestida tras embestida. Frío e implacable, controlaba la situación impidiéndola que culminase hasta que el último documento estuvo firmado. Solo entonces aceleró, llevándola a un orgasmo devastador, su cuerpo convulsionando alrededor de él en una fusión total de dolor y placer.

Mientras Elena yacía exhausta, Víctor se vistió con calma. Recogió los documentos firmados y desparramados por el local y los guardó en una cartera de cuero. Se inclinó sobre Elena, totalmente desnuda, sucia y húmeda junto a la barra, y la habló con voz serena y cruel: “¿Sabes por qué tu padre me incluyó en su testamento, Elena? Lo seduje igual que a ti. Noté que me miraba disimuladamente con un cierto interés y decidí probar suerte”

Elena sintió un escalofrío de humillación y vergüenza al escuchar a Víctor, pero la confesión sólo había comenzado, el hombre siguió despreocupadamente sin ninguna contemplación:

“Busqué el momento y le hice a tu padre lo mismo que ahora a ti, sin escrúpulo ni piedad le causé el dolor y placer que acabas de sentir. Lo sodomicé crudamente rompiendo su cuerpo y su voluntad, hasta que me convertí en su adicción. Lo dominé sexualmente sin cesar hasta quebrarle totalmente. No creas, me costó que firmase el nuevo testamento porque sin duda sospechaba que sucedería lo que ya ha sucedido, pero lo doblegué”.

Elena lo miró con ojos vidriosos, avergonzada. Se sintió traicionada hasta el alma: su padre, el pilar de su vida, denigrado y rebajado a sumiso por el mismo hombre que ahora la había derrotado. Se sentía indigna entre lágrimas calientes de humillación mientras su cuerpo aún palpitaba con ecos de placer. Víctor, ya con los papeles firmados, salió triunfante propietario de todo, dueño de los inmuebles y de los espíritus rotos. La ciudad seguía indiferente fuera.

@MedussaEros

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