‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «Cómo iba a subir ese hombre»

Capítulo 40: Cómo iba a subir ese hombre

Hoy toca capítulo corto. Una transición, una pausa, un esto toca de refilón el asunto, pero conviene hacerlo para dejar las cosas claras. Y es lo que me dispongo a hacer. Un respiro, en definitiva, porque lo que viene de ahora en adelante es hors catégorie; como esas etapas alpinas del Tour de Francia en las que los ciclistas no hacen más que subir cuestas —y vengan puertos de categoría especial— kilómetro tras kilómetro hasta acabar hartos de tantas horas sobre el sillín. Que ya hay que tener ganas, insisto.

¿A qué viene el título del capítulo de hoy?, os estaréis preguntando. ¿Recordáis que en el anterior dije que don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel cumplió su parte en el asunto de Flandes esperando la llegada del rey en plan Peace and Love?

Bien: pues esa llegada no se produjo.

Pero ¿cómo iba a subir ese pobre hombre —Felipe II—con el percal que tenía encima?

Recapitulando: un hijo más para allá que para acá y que le traía por la calle de la amargura al que acabó encerrando y muriendo cuando tendría que haber subido para Flandes; los moriscos que se la liaron parda en las Alpujarras; y como remate, va su mujer, Isabel de Valois, y cierra sesión.

Primero, lo del hijo: Carlos de Austria, primogénito de Felipe II. Vino a este valle de lágrimas en Valladolid en 1545. Fue el único hijo que la portuguesa María Manuela dio a su majestad filipina. Cuatro días, cuatro, aguantó la pobre después del parto. No somos nada. Murió sin llegar a ser reina de España. Al crío lo criaron aya va preceptor viene mientras su padre estaba de garbeo por esas tierras de Dios: primero acompañando a su padre Carlos por Flandes para que lo conocieran bien, que para eso era su heredero; y después en Inglaterra con eso de ser rey consorte de la Tudor —María. No penséis que era una pila—. Por consiguiente, se crio de aquella manera e hizo lo que le dio la gana en todo momento: lo mismo asaba una liebre viva que dejaba ciegos los caballos de las caballerizas reales. Ver al padre, poco. Hasta que, como relaté en capítulos anteriores, un día se metió una galleta considerable al caerse por unas escaleras persiguiendo a una sirvienta y quedó más para allá que para acá. Entre eso y que de desarrollo físico la cosa no acabó muy bien —no podía caminar erguido por un desarrollo anómalo de la columna, y para colmo también cojeaba—, el resultado es un precioso cuadro que llegó a su clímax en 1568. Viendo que no lo enderezaba, Felipe II decidió ordenar su arresto la noche del 18 de enero y confinamiento en una torre del Alcázar de Madrid. Lo que siguieron fueron meses en los que su retoño lo mismo se tiraba semanas enteras sin probar bocado como se ponía ciego, o bebía agua helada como si no hubiera un mañana. Total, que cerró sesión en julio, a los 23 años.

Segundo, en paralelo, los moriscos granadinos; que dijeron que hasta ese momento habían llegado después de que el rey les prohibiera su lengua, vestir a su manera o practicar sus costumbres. Y claro, también decidieron liársela parda. Y la cosa no fue de un día para otro, sino que se alargó hasta 1571.

Tercero: ese año, Isabel de Valois se había quedado embarazada. Tras dos niñas —Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela—, Felipe estaba deseando que viniera un crio. El embarazo fue regulinchi y con veintitrés tacos de almanaque ya era su tercer parto. Al final, la criatura nació muerta. Dicen que, a continuación, Isabel agarró una infección de las que hacen época y a los pocos días, el 3 de octubre de 1568, cerró sesión.

Así que, visto lo visto, ¿cómo iba a subir ese Felipe con el cuerpo que se le quedó?

Ahora, ¿tuvo realmente la voluntad de subir para arriba y cumplir su promesa? Esa misma pregunta se la hizo Manuel Fernández Álvarez durante no pocos años, y como tal la dejó plasmada en El duque de Hierro.

Por consiguiente, ¿quién se iba a comer solito el precioso percal en que se había convertido Flandes? En efecto: don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba.

Y entonces sí que se lio gorda. Pero de verdad.

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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