Ascensor
En el ascensor del edificio antiguo, Elena y Rodrigo se encontraron una tarde cualquiera. Ella era una mujer de curvas generosas y mirada reservada que ocultaba deseos que llevaba tiempo reprimiendo en silencio. Él tenía una presencia fuerte y segura que siempre la ponía nerviosa cuando se cruzaban en el pasillo.
El ascensor subía despacio mientras hablaban de rutinas cotidianas: el calor sofocante que no daba tregua estos días, las obras interminables en el portal que lo llenaban todo de polvo, los vecinos ruidosos del cuarto que ponían música alta a cualquier hora… Elena nerviosa tocaba el dobladillo de su falda ceñida. Rodrigo la miraba con atención creciente, observando cada gesto de ella.
De repente, las luces se apagaron por completo y el ascensor se detuvo bruscamente entre dos pisos. La oscuridad era total y absoluta. Solo se escuchaban sus respiraciones cada vez más rápidas. Tocaron el botón de alarma del ascensor, sonó rebotando en la escalera pero nadie respondió.
Los minutos pasaban lentos y pesados. La conversación banal dio paso a un tenso silencio. Rodrigo se acercó más, su cuerpo casi rozándola a ella en tan reducido espacio.
—Llevo mucho tiempo queriendo estar contigo, Elena —dijo con voz ronca, sin rodeos.
Ella sintió un calor intenso subir por su vientre. Sabía que esto estaba mal y que nada más eran vecinos, pero su cuerpo traicionaba a su voluntad.
—No deberíamos hacer esto… —susurró sin mucha convicción, con la voz temblorosa.
La mano de Rodrigo encontró su cintura y la atrajo con firmeza hacia sí. Sus labios se unieron en un beso profundo y hambriento. Elena cedió al instante, respondiendo con la misma urgencia, sus lenguas enredándose con pasión.
Él subió la falda con manos decididas. Sus dedos recorrieron la piel suave y tibia de sus muslos hasta llegar a sus bragas, ya húmedas. Las apartó y acarició su sexo hinchado y mojado, metiendo un dedo en su interior apretado. A Elena se le escapó un gemido bajo mientras desabrochaba sus pantalones liberando un pene erecto, grueso y rígido, que apenas cabía en su mano. Lo acarició sintiendo cómo palpitaba con potencia.
Rodrigo la levantó contra la pared del ascensor. Elena envolvió con sus piernas la cintura del hombre. La punta gruesa de aquel poderoso miembro presionó contra su entrada resbaladiza y se hundió lentamente, abriéndose paso dentro de su vagina tibiamente lubricada hasta llenarla por completo. La sensación era intensa.
Comenzó a moverse con ritmo firme y profundo. Cada embestida producía un sonido líquido y carnoso. Sus manos apretaban sus nalgas, sujetándola mientras la poseía contra la pared. El sudor hacía que sus pieles se deslizaran. El olor a sexo llenaba el espacio cerrado. Elena sentía cada centímetro entrando y saliendo.
Aceleró el ritmo, hundiéndose más fuerte y rápido. Ella clavaba las uñas en sus hombros, gimiendo sin control. El deleite crecía en oleadas intensas.
El clímax la golpeó de repente. Su vagina se contrajo con intensidad alrededor del pene de Rodrigo en potentes espasmos. Gritó de goce mientras su cuerpo temblaba.
Rodrigo siguió moviéndose con fuerza hasta alcanzar su propio orgasmo. Eyaculó dentro de ella con chorros abundantes, gimiendo contra su cuello mientras su cuerpo se tensaba.
Quedaron abrazados, jadeantes y cubiertos de sudor en la oscuridad.
Poco después, entre voces en la escalera, la luz volvió y el ascensor se movió de nuevo.














