Galiana te cuenta: Femme fatal

Toca cerrar este ciclo de relato, sí ya han pasado siete días.

Te dejo con…

Femme fatal

A mis amigos les atraen las rubias de escotes vertiginosos que hablan con un huevo en la boca, y que sólo callan cuando la tienen ocupada con ya sabes qué.

A mí en cambio me gustan las mujeres de cabellos y ojos oscuros, muy oscuros, no tienen por qué ser negros pero casi; de piel y dientes blancos, labios y uñas rojas, pezones sonrosados y grandes pechos; cara y dedos finos y delgados como su cuerpo, nada de cadavéricas, que no soy dado a la necrofilia; marcando las caderas lo justo para que el pantalón tenga su curva.

No son el prototipo de belleza fácil de encontrar, lo sé, a caballo entre lo salvaje, la voluptuosidad y la ferocidad, el arquetipo legendario de la femme fatal.

Mujeres que con una mirada me desarman, o simplemente con morderse el labio inferior, con una leve e insinuante caída de párpados o un tocarse suavemente el pelo, con… Antes de pronunciar siquiera la primera palabra, con cualquier gesto suyo ya me han absorbido todo lo que tengo dentro, incluida el alma si es que existe.

Con toda probabilidad cuando les pregunto el nombre nunca se llaman Lilith, pero siempre actúan como la famosa vampira, porque eso es lo que son. Mujeres lujuriosas, despiadadas, que se alimentan de mi existencia y de todo lo que tengo. No soy capaz de resistirme a ellas.

Son el demonio metamorfoseado en sinuosas mujeres serpiente que me envuelven como hacían las mitológicas lamias con los escritores que buscaban la fama y el éxito. Yo no me dedico a ninguna actividad creativa, pero ellas me licúan el cerebro y cuanto más me exprimen mejores resultados profesionales alcanzo.

Estas mujeres no son sombrías ni melancólicas pero son crueles, practican la traición como entretenimiento diario, desayunan la deslealtad en el café de la mañana, son malévolas por divertimento y peligrosas para no aburrirse.

Por supuesto nada tienen en común con las rubias explosivas y de vertiginosos escotes que se follan mis amigos, esas que apenas les duran tres meses en la cama pero de las que presumen todo un año. Mis mujeres suelen permanecer a mi lado largo tiempo, y no tengo necesidad de exhibirlas porque no son mi trofeo, más bien es al revés, yo soy el suyo.

Obtienen de mí todo lo que quieren hasta que me doy cuenta que ya lo único que pueden quitarme es la vida. Entonces suelo presentarles a otro incauto como yo, al que puedan exprimir todavía, y a mí me dan boleto.

Una cosa es que me atraigan las femme fatal, otra es que quiera morir joven. No quiero pertenecer al club de los 27, aunque, ¿quién sabe?, si alguna de ellas merece la pena… tal vez me lo piense.

Galiana

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