‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba (incluye el podcast de @ivoox): «Me tenéis ya hasta las narices»

Capítulo 52: me tenéis ya hasta las narices

Como adelanté la semana pasada, el destierro de don Fadrique, hijo de don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba, se puede decir que casi fue un ajuste de cuentas de aquellos que se las tenían tiesas con el padre, aunque también hay que decir que el hijo puso de su parte para que Felipe II lo mandara desterrado a Tordesillas. Que su majestad había decidido atar a la nobleza en corto y no quería que nada ni nadie se le desmandaran.

Lo del ajuste de cuentas. Antonio Pérez, secretario de Felipe II, y Ana de Mendoza, princesa de Éboli, no podían ver ni en pintura al duque. Y eso que la primera lucía un parche en un ojo. Así que, desde que don Fernando decidió volver para España harto de Flandes y de sus flamencos, se lo curraron por activa y por pasiva para desprestigiarlo ante el rey y darle la puntilla que tanto ansiaban.

Desde Flandes ayudó lo suyo su sustituto, Luis de Requesens. En una larga carta fechada el 19 de septiembre de 1574, se despachó a gusto responsabilizando al hijo de liarla parda tanto en el ejército enviado allí como en la administración de aquellas tierras entre 1568 y 1573. La cosa puede cuadrar si tenemos en cuenta que don Fernando entregó a su hijo el mando efectivo de las tropas durante la campaña de Holanda de 1572-1573 por eso de decir “ahí, ahí, fiera. Ese es mi hijo”. 1572-1573, recalco. Justo cuando la resistencia holandesa más le tocó los cojones y don Fadrique respondió repartiendo hostias como panes. Requesens sabía que ir a por el duque, querido a más no poder por sus soldados y encarnación de los ideales más preciados de la España del siglo XVI, era como pegarse un martillazo con saña en la entrepierna. Por consiguiente, mejor mostrarlo como «un gran capitán cegado por su afecto paterno», dice Maltby. Las hostias al hijo. Como si no hubiera un mañana.

Después, Antonio Pérez, secretario de Felipe II, y Ana de Mendoza, princesa de Eboli, se las apañaron para malmeter a Felipe II contra don Fadrique y, de esta manera, acabar con el duque de Alba, que era lo que realmente pretendían. Lo que hicieron fue reavivar el asunto de doña Magdalena de Guzmán, a la que don Fadrique habría propuesto matrimonio antes de irse para Flandes. Convencida y enterada del particular, ella se fue para un convento sin rechistar esperando el momento de la boda hasta que en 1578 decidió escribir al rey preguntándole por lo suyo. Y no lo hizo con palabras suaves, no. Cuenta Maltby al respecto que Ana de Mendoza mantuvo contactos con Juan de Guzmán, hermano de la susodicha, durante unos cuantos años…

Total, que Felipe II designó una comisión para esclarecer los hechos y ver los méritos de doña Magdalena. Eso sentó a la Casa de Alba como el martillazo de Requesens, pues el resultado sería una boda con una mindundi de la vida —Maltby lo describe mejor así: «Era perfectamente posible que se obligara al heredero a casarse con alguien que no iba a proporcionar ni riqueza ni influencia a la familia»—, o bien prohibirle casarse con nadie.

Claro que don Fadrique también puso de su parte en todo este embrollo. Cuenta Maltby que aquél «no era especialmente agradable o persona que supiera despertar simpatías». Tampoco ayudaban su aspecto físico —«por su retrato sabemos que era más bajo y más grueso que su padre, con ojos muy abiertos y casi protuberantes, y un aire que es un tiempo de dandi y algo inquietante», explica— y el hecho de que no había heredado la pericia y la perspicacia de su padre en lo tocante a los temas de guerra. Que sí, que conocía sus aspectos técnicos y tal, como reconoce el historiador norteamericano, pero tampoco la cosa fue para tirar cohetes. Vale que ni en Harlem ni en Mons, sus únicos mandos independientes fuera del calor de su padre, la liara parda —«en ninguno de los dos casos se le puede acusar de incompetencia», acuerda Maltby—, pero tampoco existen indicios de que dejara constancia de una habilidad rayando la paterna ni por asomo. Más otro aspecto que tampoco ayuda: «Para un hombre de tan prominente posición y con tan poderosas conexiones, parece haber carecido del todo de amigos o defensores, expone el historiador.

En consecuencia, mientras el duque pudo permitirse ser lo que fue porque él lo valía —«durante décadas enteras había sido prácticamente indispensable»—, Fadrique como que no. Y tampoco es que cayera muy regulero entre los aliados de su padre, refiere el historiador. Así que, como concluye, «su incapacidad para hacer amigos, junto a la franca antipatía del rey, le convertían en la carta perfecta para debilitar a Alba». O sea, leña al manzano, que ya caerán las manzanas. Y a cascoporro.

Viendo el percal, la Casa de Alba decidió casar a don Fadrique con doña María de Toledo, hija de don García, marqués de Villafranca. El asunto no era nuevo, pues ya se planteó la posibilidad en 1569, pero se abandonó para no cabrear más de la cuenta a Felipe II y también por las peticiones de dote establecidas por don Fernando. Resuelto lo de la dote y a sabiendas de que la boda era necesaria sí o sí para asegurar el linaje, don Fadrique abandonó Tordesillas en secreto rumbo a Madrid para casarse con doña María de Toledo. Adelantándose a la tormenta, don Fernando redactó una cédula privada concediéndole permiso para casarse, más que nada como justificación ante quienes preguntaran por el particular. Felipe II, por ejemplo. Un “se casa porque a mí me sale de los cojones” en toda regla.

Una vez casado, don Fadrique regresó a Tordesillas también en secreto, peeeero… Juan de Guzmán —padre de doña Magdalena, recuerdo— se enteró del asunto y le fue con el cuento a Antonio de Pazos, responsable de la comisión encargada por su majestad a la que me referí líneas más arriba. ¿Qué cómo se enteró De Guzmán? Porque se lo había cascado la princesa de Éboli —tal cual se lo confesó—, que otra cosa no, pero tenía oídos en todas partes —Maltby elucubra conque tuviera espías dentro de la Casa de Alba—. Pazos llamó a capítulo a don Fernando para que le contara su versión de las cosas, y éste le salió por peteneras. Enterado de su parecer, informó a Felipe II, y su majestad se pilló un rebote de tres pares de narices. Insisto: había decidido atar en corto a la nobleza, y con esas le salía ahora el duque de Alba.

El resultado fue la recomendación de encarcelamiento para don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, emitida el 22 de diciembre de 1578 y sancionada por el rey el 1 de enero de 1579. El lugar elegido fue Uceda, en la actual provincia de Guadalajara. Entonces, donde dio Cristo las tres voces. Para allá se marcharon el duque y la duquesa con visos de no regresar nunca más a la corte —un ahí te pudras de manual—de no haber fallecido Sebastián I, rey de Portugal, el 4 de agosto de 1578 en la batalla de Alcazarquivir.

Pero eso ya queda para la siguiente entrega.

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas