‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «El Camino Español»

Capítulo 36: el Camino Español

Emosido engañado. Esta celebérrima frase encontrada en 2016 en la pared de un edificio ocupado de Alcalá de Guadaira —Sevilla—, como queja de las familias desahuciadas que lo ocupaban, resumiría el sentir del duque de Alba al afrontar la campaña de Flandes; pues ya que no le quedaba más remedio que subir tal y como se analizó en el capítulo anterior. 

Cuenta Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro que el plan urdido por su majestad filipina y el propio duque consistía en someter los Países Bajos en dos etapas: «Una primera de represión pura y dura a cargo del duque de Alba, que pusiese así en cintura a los rebeldes» —a sangre y fuego, por sintetizar—; y una segunda encabezada por Felipe II, que desplazaría al duque para llegar allí en plan Peace and Love para conceder un perdón general y, de ese modo, «atraerse el amor de sus súbditos». Es decir, atenuar el odio provocado por las hostialidades como si no hubiera un mañana que se disponía a desatar el duque —que se comiese él ese odio—, «para que resplandeciese más la magnanimidad del rey». Entonces, ¿cómo no van a asustar todavía en los Países Bajos a los tiernos infantes con aquello de que viene el duque de Alba si no se comen las coles de Bruselas? 

De lo expuesto y de lo que sucedió se concluye —se atisba desde Estocolmo como poco— que el duque sí cumplió con lo que se le ordenó. Es decir, por su parte, nada que rechistar. Reprimió como si el mundo se fuera a acabar mañana. 

Objetivo cumplido.

¿Y por la parte de su majestad filipina? NO. 

Ni por asomo. 

¡Ah! Y en Flandes todavía pueden dar gracias, que hubo otra persona que se postuló al cargo de subir a los Países Bajos y ancha es Castilla según cuenta Fernández Álvarez: el príncipe don Carlos, primogénito de Felipe II; que, recuerdo, cinco años atrás se metió una galleta de consideración —estuvo más para allá que para acá tal y como expliqué en su momento— que lo dejó de aquella manera. Fernández Álvarez explica que el embajador francés Fourquevaux juró y perjuró que don Carlos trató de influir sobre los consejeros de Estado para ser él el propuesto por su padre como el idóneo para la jornada de los Países Bajos. Sólo con decir que, una vez enterado del mando puesto en manos del duque de Alba, don Carlos lo quiso despachar de una puñalada del ataque de ira que le entró —se dice, se cuenta, se rumorea—, nos podemos hacer una idea. 

Pues eso, que todavía den gracias allá arriba.

Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel abandonó la corte a mediados de abril de 1567 camino de su destino, pero también de aquella manera. Para empezar, no recibió su nombramiento como capitán general del asunto hasta el día 26, estando ya en Cartagena a punto de embarcar para Italia. Para continuar, lo hizo atado de pies y manos. Las instrucciones no podían ser más precisas: esto son lentejas. Como para no imaginárselo tras leerlas… «No me he portado antes tan mal en ahorrar hacienda a S. M., y en la disciplina de los soldados, para haber sido menester darme por primera vez Instrucciones tan precisas sobre todo lo que he de hacer», se desahogó con Francisco de Eraso, secretario de su majestad filipina, el mismo día que recibió las mencionadas instrucciones. 

¿Que cómo eran esas instrucciones a ojos del duque de Alba? Enojosas no, lo siguiente, e imposibles de ejecutar: «…y en algunas cosas de inconveniente para el servicio de S. M., como es la orden de no librar cosas extraordinarias sin consultarle, orden acertada si estuviera en su ejército para poderlo comunicar cada caso urgente, pero imposible a tanta distancia».

Sí, sí, con el secretario sí tenía cojones de decir lo que pensaba, pero ¿y con el rey?, estaréis pensando? A ver, un tipo bregado, con sesenta palos de almanaque a cuestas y con los huevos ya pelados… No se cortó ni un pelo. Lo primero que hizo fue agradecer a Felipe II el nombramiento como capitán general; y después, tras pedir la venia, se quedó a gusto. Pero muy a gusto. Las hostias volaron como panes en forma de carta no sólo contra su majestad, sino que también el padre —Carlos— se llevó alguna de pedrea. Ahí van algunos extractos que cita Fernández Álvarez: 

«Y dándome V. M. licencia le diré que es la primera que se me da en mi vida en cosas de esta cualidad en cuantas veces he servido…».

«Ni pienso haberme gobernado tan mal en desperdiciar la hacienda de V. M., ni en la disciplina de la gente y las órdenes que se habían de dar en sus ejércitos…».

«Que fuese ahora menester darme orden tan precisa como en todo se me da…».

Y esto en Cartagena; arrastrando un ataque de gota del copón; esperando perras para afrontar los gastos de la campaña y para las levas que tenía pensando realizar en Italia y Alemania; y sin la compañía de su hijo Fadrique, al que consideraba su sucesor, y que quería a su lado durante la campaña. Le cayeron tres años como tres soles de servicio militar en Orán por orden filipina debido a sus devaneos amorosos mencionados en el capítulo anterior. Sí lo acompañó, en cambio, don Hernando, aquel que fue fruto de sus ardores juveniles con una molinera. No obstante, y por insistencia del duque, Felipe II consintió que Fadrique cumpliera el castigo en Flandes, como bien explica Henry Kamen en El gran duque de Alba.

¿Se acojonó?

Pues no. Que era el duque de Alba.

Y eso que mar tranquila, lo que se dice tranquila, no tuvo en buena parte del viaje. Para imaginarse aquellas galeras comandadas por Gian —Giovanni— Andrea Doria, sobrino del gran Andrea Doria, «entre levantes y tramontanos tan recios» a la altura del Cabo Creus, como escribió el duque a bordo. Y con la gota dándole por donde uno se puede imaginar —«y de la larga navegación me ha dado la gota en un pie, de manera que me ha tenido con harto trabajo».

Ya en Italia, se encontró con un reto mayúsculo: conducir todas aquellas tropas que traía consigo hasta los Países Bajos. Y todo esto sin poder atravesar tierras francesas ni tampoco las del Sacro Imperio Romano Germánico. Algo impensable hasta entonces, porque cuando Carlos subió años atrás para dar los buenos días, buenas tardes y buenas noches a sus paisanos de Gante lo hizo atravesando Francia, que en ese momento se encontraba en paz, amor y comandita con Francisco I; y cuando subió para Alemania como lo hizo Alfredo Landa engañado por José Sacristán, era el emperador. Tonterías, las justas.

Francia no quería ver aquel contingente militar ni en pintura, y por Alemania tampoco se podía pasar. ¿Solución? Bordear aquella primera por el noroeste sin pisar la segunda atravesando los Alpes Occidentales gracias a la alianza en el momento con el duque de Saboya, por lo que las tropas pudieron transitarlo de manera pacífica tras solicitar autorización Felipe II. Y es así como don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel se sacaba de la manga, por consejo del cardenal Granvela al rey pocos años antes y también al mismo duque de Alba, que siguió la ruta desde Italia hasta Países Bajos —apunta Kamen—, una de sus grandes creaciones: el Camino Español, que partía de España como punto de partida natural —Puerto de Cartagena—, desde donde zarpó con las levas de soldados realizadas; que, una vez llegadas a Génova, fueron enviadas a Nápoles y Sicilia o bien siguieron camino hasta el Milanesado, siendo sustituidas por los veteranos tercios acantonados en la Península Italiana comandados por Sancho de Lodiolo (Lombardía), Gonzalo de Bracamonte (Cerdeña), Julián Romero (Sicilia) y Alfonso de Ulloa (Nápoles). «Nadie había imaginado que todo un ejército podía trasladarse por esa ruta; desplazar un gran contingente de soldados por unas regiones potencialmente hostiles planteaba problemas evidentes», explica Kamen.

En el verano de 1567, con sus sesenta palos de almanaque, insisto, a cuestas, el duque de Alba atravesó los Alpes por el Mont-Cenis para entrar en el ducado de Saboya, penetró en el Franco-Condado, llegó a Luxemburgo —con los franceses al mando del mariscal Tavannes vigilando desde el otro lado de la frontera porsiaca, como apunta Kamen—, y entró en los Países Bajos al mando de aquellos tercios viejos y de 1.300 soldados italianos, a los que acompañaba una gruesa impedimenta entre las que se hallaban lo que Fernández Álvarez prefiere llamar «cortesanas», porque el duque «quería tener esa cuestión bajo control e impedir así la que podría ser una brutal agresión de sus soldados contra las mujeres de los pueblos que transitasen». En total, cuatro meses de viaje desde la partida de Cartagena. 

Una ruta que, de ahora en adelante y durante al menos medio siglo —hasta que el duque de Saboya lo cerró en 1622—, trasladaría a los viejos tercios españoles de manera periódica a los Países Bajos. Como dice Geoffrey Parker, «… así pues, España consiguió a base de ingenio y tenacidad que su sistema de expatriación militar funcionara y con un gasto sorprendentemente pequeño. A pesar de los problemas de la distancia, reunió, como por control remoto, un gran ejército a cientos de millas del centro político de la monarquía».

El 28 de agosto de 1567, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel puso los pies en Bruselas con cerca de diez mil quinientos soldados a sus órdenes.

La represión, tal y como le había ordenado su rey, estaba a punto de comenzar. 

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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