«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «Sentencia»

Sentencia

Madrid, 1880

Ssssh,…no lo hagas, no intentes moverte.

Puedes gritar, no te impediré hacerlo; es lo lógico, pues te desangras y te mueres en los brazos de una desconocida.

Porque, efectivamente, al menos seré honesta contigo, te estás muriendo.

Dulce niña, no llores. No me supliques tampoco; mira mis ojos, ¿ves piedad alguna en ellos? ¿Odio? ¿Ves algún sentimiento? Míralos, alza la mirada…Oh, los tuyos comienzan a apagarse…,y, aún así, sólo ves el vacío, pues tras mis actos sólo se esconden el hambre y una Sed de siglos que busco saciar cada madrugada.

La vida y la muerte son meras casualidades. Nacemos, a veces, contra la voluntad de quienes nos engendran y, a veces, dejamos este mundo cuando menos lo deseamos; cuestión de casualidad y de suerte. Hoy no brillaba tu estrella, y, sin embargo, el orbe maldito que guía mi existencia, me regaló esa casualidad, la de tu presencia donde menos lo esperaba.

¿Puedes sentirlo? Es tu corazón rindiéndose, bombeando inútilmente; es tu derrota y mi triunfo. Abro la herida de tu cuello, te crispas entre mis brazos y tu lucha sin sentido derrama borbotones de sangre en mi boca. Aunque no lo creas, soy una dama, desgarrar tu piel, devorarte, son acciones impropias de mi persona. No tengo disculpa, lo siento, tan sólo diré que tu sabor, tu inútil resistencia encienden mi deseo, mi hambre.

¿Qué susurras? Mi dulce tesoro, mi niña, ¿rezas? Déjame acompañarte, “Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum…”, ¿qué ocurre? ¿es sorpresa lo que muestran tus ojos? ¿horror acaso? ¿Creías que apelar a la Santa Madre te salvaría? ¿Crees que tu Dios no es el mío? Supongo que aún eres joven,…,tan joven y deliciosa,…,joven, una muchacha que cree el Altísimo es incapaz de cobijar bajo Su ala a criaturas como la que te atormenta: recuerda “factorem caeli et terrae, visibilium ommium et invisibilium”, “creador de todo lo visible y lo invisible”: yo soy “lo invisible”, yo también rezo a mi Creador.

Tus latidos son cada vez más lentos. Aún hay sangre en tus venas; algunos apuran demasiado, esperan al último latido para soltar a su presa: si el corazón se para, la sangre se agria y el noble acto de alimentarse se convierte en deleznable necrofagia. Puedes estar tranquila: no profanaré tu cuerpo sin vida, no devoraré carne y sangre cuando seas ya un pellejo inerte. Sólo déjame un par de sorbos, que, te confieso, ya son más lujuria que necesidad.

Lo sé, sé que tienes frío. Ya no puedes hablar, también lo sé. Ahora eres una niña buscando los brazos de su madre; ven, te acunaré, susurraré en tu oído la canción de cuna que, hace mucho, cantaba a otra niña, pues mi abrazo no siempre fue muerte, pequeña, y mis manos, estas manos que ahora sostienen tus dedos helados, aún recuerdan lo que es confortar a un hijo. No tengas miedo, cierra los ojos y duerme tranquila sobre mi pecho; me has dado tu calor esta noche y no dejaré que te marches sola.

Un último latido y después, silencio.

Prometí honrar tu muerte y soy mujer de palabra.

Cierro tus ojos, abiertos y, a mi pesar, desorbitados. Lo entiendo, no te culpo. Eras bonita y joven, quizás ni habías cumplido los veinte. No te abandonaré sobre la calzada; reposarás en un portal, a la vista del sereno de estas calles, hombre honrado, me consta, que hará lo posible por encontrar a los tuyos…si los tienes.

Ha sido una caza limpia. Un par de gotas rojas manchan el nacimiento de mis senos; pienso por un instante en mantenerlas, en lucirlas como medallas ante los míos, pero, cosas de este siglo, esta noche me mezclaré con mortales ignorantes e inmortales envidiosos.

Dejó la Injurias atrás y vuelvo a la calle Toledo procurando no manchar mi vestido de gala. Será un crimen más, pues todos los días muere gente en los arrabales y me he cuidado de cerrar tus heridas; la discreción es vital entre los míos. Mi carruaje me espera en la esquina, negro, sin blasones, lo bastante discreto como para no llamar la atención, lo bastante elegante como para poder asistir a una cena en Palacio. Saludo al cochero con un gesto y este, cortés, se señala la boca: aún llevo sangre fresca en los labios. Sonrió agradecida, sin molestarme en ocultar los colmillos y me relamo despacio, deleitándome de nuevo en el placer de tu sabor. El cochero, un inmortal menor, gimotea, tontamente excitado con un gesto tan simple: desprecio a esas criaturas deprimentes, mas sus servicios y su fidelidad son imprescindibles para mantener el disfraz que algunos nos hemos dado, para mantener nuestra posición entre los mortales. Así que finalizo mi actuación mordiéndome los labios, sonriendo insinuante y lanzándole una moneda antes de subir al coche.

La berlina traquetea por las calles, cada vez más vivas, cada vez menos oscuras gracias a las farolas de gas. Me ajusto la capelina de piel alrededor de los hombros, piel de lobo gris que contrasta con el azul de mi vestido, una prenda poco corriente, lo sé, pero le tengo afecto y siempre prefiero dejarla en el carruaje.

Oh, no te olvido, pequeña. Rezaré por ti mañana, al alba, cuando las iglesias abran sus puertas. Una vela y un Avemaría.

Y no malgastes la eternidad atormentándome. Mis pesadillas, dulce niña, ya tienen dueños.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

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@PilarR1977

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