«Gana el rojo pasión» por Medussa (@MedussaEros): «Para parar un tren»

Para parar un tren

En el primer AVE de la mañana hacia Barcelona, el vagón apenas murmuraba. Laura y Sofía, dos mochileras de treinta y pocos, ocuparon los asientos enfrentados junto a la mesita de cuatro. Frente a ellas se sentó un matrimonio maduro: él, Carlos, de cincuenta y cuatro años, corpulento y sereno; ella, Elena, de cincuenta y dos, con el cabello recogido y una sonrisa amable. Apenas arrancó el tren, la mujer madura reclinó la cabeza y se durmió con el balanceo suave.

Las miradas comenzaron enseguida. Laura, de cabello corto y negro, ojos verdes audaces, cruzó las piernas y dejó que su rodilla rozara la de Carlos. Sofía, rubia y de curvas suaves, sonrió con timidez. Carlos respondió con una ceja alzada y un leve movimiento de su pie contra el de Laura. El aire se espesó. Sin palabras, ella se inclinó hacia delante y susurró:

—¿Te apetece estirar las piernas?

Carlos asintió. Se levantaron con naturalidad y caminaron hacia el aseo del final del vagón. Laura cerró la puerta con pestillo y lo empujó contra la pared. Sus manos fueron directas: desabrochó el cinturón, bajó la cremallera y liberó su miembro ya endurecido. Se arrodilló con autoridad, lo tomó entre los labios y lo succionó con lentitud profunda, saboreando cada centímetro mientras sus ojos no se apartaban de los de él. Carlos jadeó, sujetándole la cabeza con suavidad, pero ella marcaba el ritmo. Se incorporó, se subió la falda, se quitó las bragas y se sentó en el pequeño lavabo, abriendo las piernas.

—Ven —ordenó.

Carlos se acercó. Laura guió su miembro hasta la entrada húmeda y caliente de su sexo y lo hizo penetrarla de un solo empujón. Él la llenó por completo; ella arqueó la espalda y clavó las uñas en sus hombros. Empezaron a moverse con fuerza contenida, el tren amortiguando los golpes. Laura lo rodeó con las piernas, controlando la profundidad, apretándolo dentro de sí mientras sus pechos subían y bajaban bajo la camiseta. El placer crecía intenso, eléctrico. Ella susurraba órdenes al oído: más rápido, más hondo. Carlos obedecía, embistiendo con precisión hasta que el orgasmo la atravesó como un relámpago, contrayendo su interior alrededor de él. Segundos después, él se derramó dentro, temblando, llenándola con calor espeso. Se quedaron unidos un instante, respiraciones agitadas, antes de recomponerse y volver a sus asientos como si nada hubiera pasado. Elena seguía dormida.

Llegaron a Barcelona-Sants. Al bajar al andén, Elena despertó fresca y sonrió:

—¿Os apetece un café antes de seguir? Invito yo.

Las mochileras aceptaron. Se sentaron en la cafetería de la estación. Conversaban con ligereza cuando Sofía se levantó:

—Voy al aseo.

Carlos se puso en pie al instante.

—Te acompaño, está un poco escondido.

Desaparecieron por el pasillo. Elena miró a Laura con calma y sin inmutarse le expetó:

—No estaba dormida. Sé perfectamente lo que ha pasado en el tren… y lo que está pasando ahora. Mi marido y yo cogemos este AVE a menudo precisamente para esto. A veces soy yo quien elige, a veces él. Hoy era su turno. Y vosotras… unas más, querida.

Laura la miró, sorprendida, excitada. Elena sonrió con complicidad.

Mientras tanto, en el aseo de la estación, Sofía se apoyó en el lavabo, nerviosa. Carlos cerró la puerta y se acercó despacio. La besó en el cuello, bajó las manos por sus caderas y le subió la falda con delicadeza. Ella temblaba, menos segura que su amiga. Carlos deslizó los dedos entre sus muslos, acariciando la humedad que ya brotaba. La giró con suavidad, hizo que se inclinara hacia delante y se bajó los pantalones. Su miembro, aún sensible del encuentro anterior, se endureció de nuevo. Entró en ella lentamente, llenándola con ternura firme. Sofía gimió bajito, entregándose. Carlos la sujetó por las caderas y empezó a moverse con ritmo profundo, constante. Cada embestida la hacía jadear más fuerte; sus pechos se mecían contra el lavabo. Él deslizó una mano hacia delante y acarició su clítoris con precisión, acelerando el placer. Sofía se dejó llevar, menos dominante, más receptiva, recibiendo cada golpe con gemidos ahogados. El orgasmo llegó en oleadas suaves pero intensas, contrayéndola alrededor de él. Carlos la siguió poco después, derramándose dentro con un gruñido contenido.

Se arreglaron en silencio, compartiendo una sonrisa cómplice. Al volver a la mesa, Elena ya había pedido otro café. Miró a las dos mochileras y levantó su taza.

—Por los viajes inesperados —dijo.

Laura y Sofía unieron sus tazas a la de Elena, sabiendo que la mañana acababa de empezar de verdad.

@MedussaEros

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