«Gana el rojo pasión» por Medussa (@MedussaEros): “El final del verano”

El final del verano

Agosto llegaba a su final, empezando a dejar atrás el asfixiante calor del verano, Sara, de 32 años, regresaba a la cabaña familiar en un valle remoto de los Pirineos después de cinco años. El aire fresco y el aroma de los bosques de pinos y abetos la envolvía como un viejo abrazo cargado de recuerdos. Dejaba atrás la ciudad y su matrimonio, haciendo un paréntesis en su estresante trabajo como ejecutiva de marketing, durante un tiempo necesitaba cambiar de entorno tras su complicado divorcio y que la distancia la ayudase a pasar página.

Lo que no esperaba era volver a ver a Marcos, su primer amor. En su adolescencia habían compartido un intenso romance entre árboles y riachuelos, pero ella marchó a estudiar a la ciudad y nunca volvieron a hablarse.

Marcos, ahora de 34, seguía allí. Trabajaba en una serrería industrial de madera, entre el rugido de las sierras y el olor a resina fresca y madera. Era un hombre robusto, con anchos hombros y manos callosas fruto de años manejando troncos pesados y ásperos. Una cerrada barba negra enmarcaba su varonil mandíbula y su voz, grave como el eco de un trueno, aún resonaba en la memoria de Sara.

El reencuentro fue casual, al atardecer en un sendero boscoso. Sara caminaba sobre la hojarasca húmeda, recolectando bayas silvestres como en su juventud. Marcos apareció de improviso, con su perro lobo, cargando un hacha al hombro después de un día en la serrería. Sus ojos se cruzaron: incredulidad, una sonrisa torpe. «¿Sara? ¿De verdad eres tú?» murmuró él con voz ronca mientras un escalofrío le recorría la espalda. Ella asintió, sintiéndose de improviso pequeña y vulnerable por la presencia imponente del hombre. Charlaron breve y torpemente porque el aire se había cargado de una tensión palpable. El olor a madera y sudor en él la embriagaba levemente, recordándole momentos íntimos bajo los árboles.

En los días siguientes, los encuentros se sucedieron. Marcos le llevó un tarro de miel que había recolectado, sabiendo que de niña le encantaba. Sus dedos rozaron los de ella al entregárselo, un toque eléctrico que duró un segundo de más. Sara lo invitó a la cabaña para arreglar una ventana rota; él llegó con sus herramientas, la camiseta ajustada revelando músculos tensos bajo la tela. Mientras trabajaba, ella observaba cómo sus brazos se flexionaban, el sudor empapando su cuello, y sentía un calor creciente en su vientre. Siguieron por el bosque: el crujido de las ramas bajo sus botas, su mano tocando accidentalmente la de ella, enviando ondas de deseo. La angustia y la zozobra provocadas por el divorcio se iban esfumando día a día

Una noche de tormenta, con los truenos retumbando sobre las montañas, Sara llamó a su puerta aterrorizada. «No soporto los relámpagos sola», mintió. Él la dejó entrar, su casa olía a leña quemada. Se sentaron junto al fuego; un abrazo reconfortante se prolongó, su pecho firme contra el de ella, respiraciones sincronizadas. Sara sentía su calor masculino, la fuerza de sus brazos. Por primera vez, hablaron del pasado, los besos apasionados junto al río, las promesas incumplidas, el dolor de la separación… Lágrimas rodaron por las mejillas de Sara; Marcos las secó con su pulgar calloso, su toque firme pero tierno. «Nunca dejé de pensar en ti», confesó él con voz grave y vibrante. Se besaron entonces, lentamente al principio, explorando sus labios ya conocidos que recordaban el sabor del otro. Las masculinas y recias manos se enredaron en el pelo de ella, el cuerpo de Marcos apretando con una urgencia contenida durante años.

El fuego crepitaba en la chimenea, aquella noche era fresca. Marcos la levantó fácilmente con sus brazos fuertes como troncos. La llevo hasta la cama y la desnudó con sensual lentitud, sus manos ásperas rozando su piel suave, enviando temblores por todo su cuerpo. Besó su cuello, bajando por sus pechos, su boca cálida y exigente, succionando un pezón hasta que ella arqueó la espalda con un gemido. Sara exploró su torso, sintiendo los músculos duros bajo sus dedos, el vello áspero en su pecho, la evidencia de su excitación presionando contra su muslo. Él descendió más, besando su vientre, separando sus muslos con manos firmes. Su lengua la encontró, cálida y persistente, lamiendo con precisión, haciendo que oleadas de placer la recorrieran. Sara jadeaba, sus caderas elevándose hacia él, perdidas en la intensidad de su masculinidad dominante y enérgica.

Marcos se colocó sobre ella y la penetró despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. Sus ojos se encontraron, una conexión profunda mientras las caderas se movían con ritmo constante, profundo. Sara envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo cada embestida como una reclamación, su fuerza controlada llevándola hacia el éxtasis. Aceleraron, cuerpos sudorosos chocando, respiraciones entrecortadas. Él gruñó suavemente, su voz ronca susurraba «Eres mía, siempre lo fuiste», mientras sus manos aferraban sus caderas. Sara alcanzó el clímax primero, un estallido de placer que la hizo gritar su nombre, contrayéndose alrededor de él. Marcos la siguió momentos después, derramándose dentro de ella con un gemido gutural, derrumbado sobre aquellos pechos firmes y suaves. Se quedaron así, entrelazados, corazón latiendo fuerte contra corazón, besos suaves en la frente mientras el fuego iluminaba sus siluetas unidas.

No era un final definitivo. Sara volvería a la ciudad pronto, pero algo había cambiado. Acostados desnudos bajo las mantas, ella le acarició una cicatriz en el hombro, recuerdo de un accidente en la serrería. «¿Y ahora qué?», murmuró. Marcos la besó. «Esta vez, te quedas hasta que yo diga.» El viento en los pinos sellaba la promesa abierta.

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