Capítulo 42: Me merezco una estatua
Mundial de Italia 90. José Miguel González del Campo, más conocido como Míchel, marcó tres goles a Corea del Sur en el segundo partido de la primera fase. Tras conseguir el tercer tanto, decidió celebrarlo gritando «me lo merezco» a la prensa española presente en el estadio Friuli de Udine, que le había dado más palos como si no hubiera un mañana después de un debut de aquella manera —0-0— contra Uruguay y los charrúas fallando un penalti. Para chulo yo. Que se fue para arriba el muchacho.
Tras despachar a Guillermo de Orange y su ejército en noviembre de 1568, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel había determinado regresar a Bruselas. Y qué mejor manera de celebrar las hazañas logradas —derrotas del de Orange y su hermano Luis de Nassau— que ordenando que se erigiera una estatua para mayor gloria suya en la ciudadela de Amberes. Ole, ole y ole. Ahora, ¿había decidido el duque de Alba marcarse un Michel? La cosa tiene muchos matices y aristas, así que vamos con ello.
Primero, los hechos: una vez entró en Bruselas a lo grande —«una entrada triunfal que recordaba a la de Carlos V en Milán», explica William S. Maltby en El gran duque de Alba—, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel decidió encargar una estatua suya que debía ser erigida en la ciudadela de Amberes. Toma ya. Ojo a la descripción de la estatua que hace Maltby. Sin desperdicio alguno: «Este increíble monumento, que exhibe gran parecido a la estatua de Carlos V que hiciera anteriormente Pompeo Leoni, le representaba vestido con armadura aplastando las figuras de la Sedición y la Herejía. La inscripción le describe como «el más grande servidor del rey». Forjada con los cañones capturados en Jemmingen y ejecutada con cierta destreza por el escultor Jonghelink, ofendió a todo el mundo». Con dos cojones.
Ahora, a los naturales de los Países Bajos les sentó como una patada en los huevos por resumir, pues les recordaba quién les había puesto la pierna encima como aquel concursante del primer Gran Hermano. Y a los españoles, pues tres cuartas partes de lo mismo, a quienes les sentó como otra patada al interpretarlo como una apropiación de la gloria que debía recaer única y exclusivamente en el rey.
Sobre el origen de estatua existen varias hipótesis al respecto. Una, recogida por Maltby, apunta al humanista Benito Arias Montano, enviado por Felipe II a Flandes para supervisar la Biblia de Amberes, rastrear libros heréticos y encontrar los que merecieran la pena para la biblioteca de El Escorial. Total, que durante su estancia en Flandes trabó buena amistad con el duque de Alba y le dio por idear lo de la estatua. Entonces, le fue con la idea a Jonghelink. Así que «es muy posible que fuera él quién sugiriera la obra en primer lugar», refiere Maltby. Que sí, Arias Montano admiraba al duque y tal, pero de oportunista tenía poco, por lo que se desprende que, más que un homenaje a la persona del duque, más bien lo era «a la idea de la monarquía cristiana que representaba», explica aquel biógrafo del duque.
Otra hipótesis, defendida por el conde de la Roca tal y como sostiene Maltby, es que Felipe II estaba al tanto del asunto. La hipótesis es la siguiente: que el duque de Alba se llevara todas las hostias habidas y por haber en lugar de que lo hiciera el rey. Hipótesis cada vez más aceptada, aunque suscite el siguiente dilema como dice Maltby: «¿Que Alba hubiera cometido semejante insensatez frente a la desaprobación regia, o que el rey hubiera accedido a un gesto «tan pueril y ridículo», como apunta [Antonio] Ossorio?».
De todo esto el duque de Alba nunca ofreció aclaración alguna.
Pero, claro, algo no cuadra: vale que se considera Dios en su correspondencia privada por todo lo que hacía, que en lo tocante a sus privilegios no consintiera que nadie le tocara los cojones, y que pudiera tratar en ocasiones a los «pobres mortales como mal disimulado desdén», como dice Maltby. Pero de ahí a ordenar que se erigiera una estatua suya, algo que desafiaba las normas de conducta que nunca había cuestionado…
Pasa que, al regresar a Bruselas, con sus críticos dándole hostias como si no hubiera un mañana y sufriendo los rigores de una enfermedad que, pensaba entonces, le iba a mandar para el otro barrio más pronto que tarde, conoció la decisión de Felipe II de no viajar a Flandes y que ya conté en anteriores capítulos.
Ni rechistó, pero sus peores temores se habían hecho realidad: abandonado en una tierra hostil, sólo y preso de todo lo que había hecho nada más llegar a Flandes. En consecuencia, ¿cómo iba a dar marcha atrás ese hombre después de la que había organizado? A comértelo entero y a ver cómo sales de aquí, Fernando. Si es que sales, llegaría a pensar. Las pasó de aquella manera durante los primeros meses de 1569, con una depresión que te cagas y la dolencia de la enfermedad a la que me he referido antes. Cuando se recuperó, pidió que le sustituyeran a sabiendas de que ni Dios iba a aceptar el percal en el que estaba metido. Voces sin nadie que lo escuchara, y ya.
Y por eso lo de la estatua.
Así que, como bien cuenta Maltby, «los enemigos de Alba explotaron el asunto al máximo en su momento, y desde entonces ha servido como evidencia de su vanidad, su arrogancia y su falta de sensibilidad».
Y eso lo sabía Alba.
Y para qué queríamos más días de fiesta.
Y lo peor es que el mismo duque sabía que la catástrofe era inevitable estando como estaba la situación.
Por cierto, a Michel en particular y a la selección española en general tampoco le fueron demasiado bien las cosas en ese mundial de Italia 90. En octavos de final se cruzó Yugoslavia en su camino —para los de la LOGSE, de aquel país salieron las actuales repúblicas de Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia y Montenegro—, y para casa. Lo de siempre en aquella época.
Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.
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