Parte 6
Por unos minutos, el aroma de la mujer permaneció en la alcoba. Se encargó Juan de anularlo con el perfume de su propia colonia; hombre coqueto a pesar de su trabajo, gustaba de acicalarse antes de salir. Tomó la cartulina sin mirarla y se la echó al bolsillo con intención de deshacerse de ella en la calle.
Nueve campanadas le recordaron que iba tarde, y, maldiciendo la estampa de esa desgraciada, se preparó para la bronca segura de don Ignacio.
Aceleró el paso, casi corrió. La Barcelona de las factorías se recogía y la ciudad burguesa despertaba; carruajes camino de los teatros, de los salones,…
Intuyó la acidez de la ceniza, el dulzor pesado de la carne quemada entre la pesadez del salitre y, después, el griterío y el fuego. Corrió tras los curiosos, tras los que deseaban ayudar,…
La casa ardía como una tea. El hogar de los Pascual se le antojó la puerta del infierno. Apartó Juan con fuerza sobrehumana a los presentes y ahogó un grito de horror, al reconocer en las formas calcinadas del cadáver de la entrada a la menuda y regordeta Marta.
—¿Los demás? —bramó, aferrando a uno de los voluntarios— ¿Dónde está el resto de la familia?
—Ahí dentro no hay nadie…
No escuchó. Nada. Ni los avisos, ni los gritos. A su alrededor tan sólo el rugido de las llamas, el crujido de la estructura, el lamento de las vigas cercanas a quebrarse. Gritó el nombre de su compañero, llamó a Marcela desesperado. Nada en el piso bajo. Ignorando el peligro, subió los escalones de tres en tres…
…un chillido de mujer…
…una risa…
…¿una risa?
Reconoció en el aullido la voz de Marcela.
—¡Marcela! —bramó.
—¡Juan!
Desesperación. Miedo.
Como un loco, atravesó la puerta del dormitorio principal.
Fue ese acto insensato lo que salvó la vida de la muchacha, pues el arma que apuntaba a la frente de Marcela falló el disparo. Se llevó la chica la mano a la sien y cayó al suelo, volviéndose hacia la entrada la sombra negra.
—El que faltaba — escuchó Juan claramente en el tono masculino de la figura.
—Hijo de…
—Perro tonto, ¿no ves que se le va a caer la casa encima a la niña y…
El lobo tomó el control. Supo que le habían disparado, pero la bala pasó de largo. Bajo el capote negro ese cabrón era carne, una carne que desgarró con garras y colmillos.
—¡Juan!
Marcela chillaba su nombre. Un chasquido seco. Un temblor. El edificio colapsó, el mundo se volvió oscuro cuando Juan, o la bestia que era Juan, envolvió a la muchacha con su cuerpo.
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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La próxima semana llega el gran final.













