«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «Noctilucae (II)»

Noctilucae II

—¿Cómo podré amar a ese hijo que te ha arrancado de mi lado? —sollozó—. Dulcísima Livia, te llevaste la luz de mis días y dejaste sólo tinieblas.

Titilaba la llamita de la linterna colocada junto al sepulcro, pues, aunque las noches aún no eran heladas, el viento de noviembre anunciaba la pronta llegada del invierno; estiró Lucio el brazo para proteger la pequeña luz, creyendo, como un tonto iluso, que contenía algo del alma de Livia y, agotado, cerró los ojos.

Dos o tres meses, había perdido la cuenta.

Se limitaba a existir, dormir, comer, respirar y poco más. Apenas se dejaba ver por los baños, descuidaba sus deberes en el Senado y ya comenzaba a rumorearse en las calles de Roma que el antes brillante general Valerio Lucio había perdido la razón.

Ojalá. La locura podría enmascarar el dolor, abrirle las puertas de ese olvido que ni siquiera el vino le proporcionaba.

El niño.

Lucio.

Su hijo.

Tenía los ojos de Livia. El desvaído azul de todos los recién nacidos había tornado ya en el verde oscuro heredado de su madre. Crecía cada día más sano, robusto y ruidoso; muchas madrugadas, la potencia de su llanto despertaba a la casa, pero él ignoraba ese sonido, no lo sentía parte de su existencia. Asentía por inercia cada vez que admiraban al bebé y callaba la cruel verdad, pues, desde su nacimiento, no había tomado a su hijo en brazos. La criatura, inocente, no merecía el desafecto de su propio padre, pero Livia se había llevado con ella todo el amor que Lucio podía dar, incluso aquel que hubiese entregado gustoso a su primogénito.

Frente en tierra, llanto en la mirada, un pensamiento se asomó al abismo de su asolada razón, al desierto de su alma…

Sabía lo que se esperaba de él. Era un hijo de Roma, soldado y patricio, cabeza de familia de un linaje orgulloso que hundía sus raíces en los primeros tiempos de la urbe. A pesar del luto, comenzaban a llegarle propuestas de matrimonio, y su propia gens le recordaba sus deberes como padre, como hombre…ya era consciente de los susurros maledicentes acerca de su cordura…

…no andaban errados; había perdido el juicio.

El mundo se oscureció. Una nube cubrió la luna.

La mirada de Lucio se vació de vida alguna.

Tomó la daga que guardaba en la toga.

La llamita se alzó con viveza cuando Lucio hundió el filo en su muñeca. La sangre goteó hasta el suelo con fulgor de rubíes a la luz de la vela, más negra que roja, más negra incluso que la tierra oscura de la sepultura.

Pronto estarían juntos.

Aunque tuviese que cruzar el infierno para encontrarla.

Bajó los párpados. Se acurrucó junto a la tumba.

El sopor de la muerte llegó presto: sus heridas, mortales, eran profundas; en una hora todo habría acabado.

No había culpa. No sentía remordimiento alguno.

Continuará…

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

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