«Tercera ola» (III), por Estrella Vega (@EstrellaV2019)

Encaminandonos al desenlace

Tercera parte

La noche resultó agotadora. El duro suelo y la humedad del ambiente hicieron que el sueño tardase en llegar y no fuese reparador. Carlos parecía ser el único que no sintió las molestias.

Enrique aprovechó que dormía para ir a buscar su coche. Cuando regresó con el vehículo, ya se había despertado.

Se dirigieron a industrias Tesa. Se encontraba en una zona apartada a la que se llegaba por una carretera poco transitada y salpicada de casas bajas en ruinas. El edificio estaba rodeado de árboles. Los únicos supervivientes del lugar. La industria maderera había hecho su parte, diezmándolos, y las plantaciones indiscriminadas habían colaborado. Ya no se encontraban bosques cercanos a las poblaciones. Era necesario que viajar muchos kilómetros y, aun así, eran reducidos.

Dejaron el vehículo escondido entre los árboles y arbustos cercanos. Sonia y Carlos esperarían el regreso de Enrique.

—Si no he vuelto a medio día, coge el coche y marchaos a vuestro pueblo. Al menos allí tenéis cobijo.

—Prefiero que vuelvas y vayamos juntos. Por favor, ten mucho cuidado.

Enrique entornó los ojos, afirmando, y se marchó. Cuando llegó al complejo, se encaminó al edificio de oficinas. Era el más estilizado y alto. El resto se adivinaba que se trataba de fábricas. En la puerta de entrada, un vigilante armado le detuvo.

—Vengo a hablar con el doctor Cavadas. Me está esperando.

El hombre le dejó pasar, aunque le siguió con la mirada hasta la recepción, donde el recepcionista avisó por teléfono al doctor.

Durante la corta espera, observó la zona en donde se encontraba. La puerta principal con la recepción, el ascensor y unas escaleras que subían, varios despachos, un pasillo a la izquierda con más puertas a ambos lados y, a la derecha, un largo pasaje que llevaba a una cristalera que daba al jardín con un acceso cerrado con llave. Era una posibilidad en caso de necesitar entrar sin ser visto o salir a toda prisa.

El doctor se acercó y, tras darse la mano, le hizo un gesto para que le acompañase. Mientras subían en ascensor guardaron silencio. Le condujo a la última planta y allí subieron unas escaleras hasta la azotea. Una vez solos, se abrazaron.

—¡Cuánto tiempo, Pedro! —dijo Enrique, agarrándolo por los hombros—. Aunque sé que es peligroso, te echo de menos.

—Yo también. Incluso cuando hablamos por teléfono corremos un gran riesgo. Este trabajo no me permite vivir libremente. Controlan mis pasos y las relaciones personales. Es un puesto clave para ellos —hizo una pausa—. Estuve buscando la información que me pediste. El ADN Cuarta generación es cómo llaman a los que no fueron tratados genéticamente —viendo la expresión de asombro de Enrique, continuó—. Me explico. Como sospechábamos, nuestro ADN se ha manipulado para darnos caducidad. Creen que el problema es que somos demasiados.

—No. Realmente, el problema es la mala gestión de los recursos y la maldita avaricia de unos pocos. Pero esos pocos son los que sustentan el poder.

El doctor asintió con la cabeza y frunció los labios.

—Lo peor es que eso hizo que también fuésemos intolerantes a los alimentos naturales. Cada vez había más y más alergias hasta que nos fue imposible comer de forma natural. Por eso creamos las tabletas.

—Sí, eso es algo que se sabe. Pero estos niños…

—Hace muchos años, había un departamento encargado de mutar el ADN en los gestantes, pero una doctora consiguió saltarse una centena de pacientes. Esos niños son naturales, no estaban tratados.

—¿Por qué la Clínica del Pueblo los busca?

—Para investigar, por supuesto. Ahora ya no pueden utilizar a los que somos adulterados, por decirlo de algún modo. Necesitan el valor original. Sería una forma de volver al origen. Pero lo mismo no les interesa que todos —hizo énfasis en la palabra— nos recuperemos. Entonces, guardarían el secreto para ellos y la humanidad seguiría en la mayor pobreza y hambruna.

—¿Y qué tiene que ver industrias Tesa?

—Tesa está en todo. Es quien gobierna el mundo en las sombras. Es una empresa de alimentos procesados, pero también tiene muchas otras, bajo cuerda, que controlan la medicina, la industria, las madereras.. Posee cultivos y ganadería en lugares que desconocemos… Son altos cargos de compañías internacionales. Los que manejan los hilos de la sociedad.

—¿Y la Resistencia lo sabe?

—¡Claro que lo sabemos! —Miró satisfecho la reacción de Enrique—. No solo eso. Ya tenemos infiltrados en esos altos cargos. Es cuestión de tiempo. Muy poco tiempo. Pero necesitamos más gente. Siempre he contado contigo y eso ha sido recíproco. Sin embargo, no terminas de pronunciarte.

—Hasta este momento, no tenía un motivo suficientemente fuerte. Ahora sí.

—¿Tu vecina? ¿La que te tiene enamorado como un crío? —bromeó Pedro.

—No te burles, hermano —sonrió—. Tú te enamoraste de tu enfermera. La mujer más buscada por la policía, Patricia Soler.

—Tienes razón. En estos tiempos, el amor y la familia son lo importante. ¿Entonces cuento contigo?

—Sonia y su hijo necesitan ayuda, como te dije ayer. El niño es un ADN Cuarta generación. Primero debo ponerlos a salvo. Hemos comprobado que encontraron otro crío hace tiempo.

—Daniel Ferreira. Lo sé. Estuvieron investigando con él… Son unos monstruos.

A Enrique le vino a la cabeza la imagen de Carlos y no quiso preguntar más.

—Pensaba llevarlos al pueblo de Sonia. Allí ya no queda nadie. Es un lugar abandonado.

—Allí no sobrevivirán solos. Debes llevarlos con Patricia. Con la Resistencia. —Cogió un papel y un bolígrafo de la bata e hizo un croquis—. Vete ya. Que estén seguros, pero vuelve. La Resistencia te necesita. Yo te necesito, hermano.

El resto del día, Enrique y Sonia se turnaron para conducir. Debían llegar al poblado que aparecía en el improvisado mapa sin encontrarse con vigilancia y, para ello, utilizaban carreteras secundarias. Carlos dormía en la parte de atrás.

—¡Tu hermano! El doctor Pedro Cavadas es tu hermano y trabaja en Industrias Tesa —Sonia estaba asombrada—. Para colmo, pertenece a la Resistencia…

—Sí. Y vais a quedaros con ellos. Estaréis bien —dudó un segundo—. No debería decírtelo, pero… En fin, desde hoy, yo también formo parte de la organización. Necesitan toda la ayuda posible.

—Si yo no tuviese responsabilidades, también lo haría. Después de todo lo que me has contado, es necesario derrotar a ese gobierno en las sombras.

—Quiero que os mantengáis a salvo. No confiéis en nadie. Yo volveré a por vosotros.

—¿Cuándo? —Sonia observaba a Enrique mientras él miraba fijamente la carretera.

—Cuando todo esto acabe y haya un nuevo orden social. Antes no.

—¡Pero puede ser que nunca ocurra! ¿No vamos a volver a verte? —la frase quedó flotando en la cabina del vehículo—. ¿No voy a volver a verte?

Enrique apartó la vista del camino y la miró durante un instante. Desde que llegó a los apartamentos de alquiler, había despertado algo en él. Cogió su mano y siguió conduciendo.

—Quiero que sepas algo. Mi hermano me ha dicho la fecha prevista. Llevan años organizándolo. Pronto todo habrá acabado. Para bien o para mal. Pero, en cualquier caso, iré a buscaros. Y ya no me iré.

Mañana os espero en el gran final.

@EstrellaV2019

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