A casa a descansar
Dentro de su extenso repertorio, Siniestro Total tiene una canción que lleva por título A casa. Viene que ni pintada para resumir lo que fue la vuelta a España de don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba, tras su experiencia flamenca. Por resumir el asunto, que puedes leer aquí, don Fernando se marchó de Flandes echando pestes de aquello y con unas ganas que te rilas de regresar a España.
Atención al comienzo de la letra de la mencionada canción:
Después de larga estancia en el espacio exterior
Vuelvo al fin a casa con muchísima emoción
Allí me espera mi familia, me esperan los míos
Con los brazos abiertos por el hijo perdido
Si aplicamos la letra al ansiado regreso del duque a España, el contenido no tiene desperdicio:
· Para el siglo XVI, regresar de Flandes no era darse un garbeo por el campo. Duro no, lo siguiente. Y en cuanto a estancia larga allí para qué insistir más en el asunto: llegó a aquellas tierras el 28 de agosto de 1567 y dijo aquello de ahí os quedáis el 19 de diciembre de 1573. O sea, seis años. Por aquellos lares todavía lo recuerdan con sumo cariño. Y eso que han pasado casi cinco siglos.
· Que volvía a casa con muchísima emoción se puede comprobar en esta cita de William S. Maltby en su biografía El gran duque de Alba: «Alba estaba contento de volver a su casa». Incluso apunta que «Requesens pensaba que «estaba en mejor ánimo de lo que lo he visto en muchos años». Cómo no lo iba a estar, si tenía unas ganas locas de salir de un percal con peor pinta que los tomates de más de un supermercado. El marrón que dejaba a su sucesor (Luis de Requesens) era hors catégorie. A saber: un ejército que podría rondar entre los 40000 y los 62000 hombres —Maltby tira más por esta última cifra— mal pagados y tarde repartidos en guarniciones por todo el país; el poco dinero de que disponía ese hombre lo tenía ya comprometido para pagar a los acreedores que le acorralaban, que no eran pocos; y para colmo, la Administración no estaba para tirar cohetes, por ser sintético.
· En España le esperaban los suyos —la duquesa mismamente, que llevaba seis años largos sin verle el pelo—, pero también un jari —para los de la LOGSE, un lío de narices—con su hijo don Fadrique como protagonista.
Porque la vuelta del duque a España…
Para empezar, físicamente no estaba como para muchas coplas; que ese hombre puso rumbo a Flandes a punto de rebasar los sesenta palos de almanaque y regresó con los setenta en lontananza. El camino de vuelta fue para verlo. Relata Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro que, al llegar a Namur (actual Bélgica), escribió lo siguiente a Requesens: «Estando para partir hoy de aquí me dio un flujo de vientre, con otros accidentes, que me tiene muy congojado, y no me ha dejado hacer mi camino». Que se iba por la patilla, vamos. Fino filipino no estaba. Tomando el Camino Español, llegó a Barcelona a mediados de marzo de 1574, «y fue llamado a Madrid con gran cordialidad», tal y como escribe Maltby.
Regresaba a España, que no era el paraíso de la tranquilidad del que habla Siniestro Total en su canción. Porque Felipe II lo estaba esperando en Madrid y no con los brazos abiertos precisamente. «El duque regresaba enfermo a España. Enfermo y en desgracia de su rey, una desventura que había ido germinando años atrás», apunta Fernández Álvarez. Hay que recordar que fue Felipe II quien le encomendó ir todo tieso para Flandes y poner las cosas en su sitio en aquellas tierras. En su última etapa, no dudó en echarle en cara tanto rigor y sin misericordia alguna. Ejemplos, como destaca Fernández Álvarez:
- «Jamás tendré dinero bastante para saciar vuestra codicia…»
- «…fácilmente os encontraré un sucesor –le advierte– bastante hábil y fiel que acabe por su moderación y clemencia una guerra que no habéis podido acabar con las armas ni a fuerza de severidad»
- En cuanto al dinero, tendríais bastante para equipar la flota si hicierais de manera que los flamencos amasen mi persona y temiesen mis armas»
Vamos, que ahora le echaba en cara tanto rigor.
Pero Felipe II lo estaba esperando por otro tema al que Antonio Pérez, secretario del rey y camino ya de convertirse en “un auténtico privado, con acceso prácticamente ilimitado al rey”, explica Maltby, había dado candela para no se apagara: la situación de don Fadrique, hijo de don Fernando. Antes de tirar todo tieso para Flandes en compañía de su padre, Felipe II ordenó su destierro a Orán (actual Argel, entonces plaza española) por haber prometido matrimonio a una dama de la corte, doña Magdalena de Guzmán, con el consecuente cabreo de los padres (don Fernando y María Enríquez), que tenían otros planes para su retoño. Ante la premura del padre para llevarse a su hijo consigo —mire su católica majestad, que este hijo mío me viene muy bien para las hostialidades que habré de desatar contra los rebeldes, etcétera—, Felipe II transigió. Pero de herida cerrada, nada de nada.
Porque lo que hizo Fadrique al regresar a España fue casarse con doña María de Toledo, que hacía más tilín a los padres, sin el consentimiento de su majestad. Y para qué queríamos más días de fiesta. «Comportamientos de este tipo no solía consentirlos Felipe II», dice Fernández Álvarez.
Una vez desembarcado en España, como ya he escrito líneas más arriba, apremió al duque para que pusiera rumbo a la corte. Quería verlo cuanto antes. El otro, encantado de la vida, le contestó que menos volando, y porque no podía ni estaba en condiciones, haría lo que fuera menester para llegar cuanto antes —eso le dijo por carta. Otra cosa es lo que pensaba al respecto—. Llegando a Guadalajara, el rey le informó de la intención de mandar a su hijo para la trena. Y claro, el duque se cabreó; pues esperaba poco menos que un recibimiento con el de los caudillos romanos tras regresar de sus gloriosas campañas —Fernández Álvarez dixit—. Aunque una cosa es que Felipe II le tuviera una ojeriza que te rilas y otra es que lo tratara como un pordiosero, que tampoco es eso. La prueba es que lo recuperó para la jornada de Portugal, como ya contaré llegado ese momento. A regañadientes, eso sí.
Y es que el asunto de Fadrique da para mucho. No sólo es el tema de su boda no consentida por Felipe II y el desafío del duque de Alba de marchar a su lado al presidio que decidiera su majestad, sino también las intrigas de Antonio Pérez para dar toda la cera posible al hijo —Fadrique— y así hacer todo el daño posible al padre —don Fernando—. En consecuencia, eso para la semana que viene. Que merece mucho la pena.
Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.
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