Comenzando el relato «Tercera ola» (I), por Estrella Vega (@EstrellaV2019)

Este verano voy a estar por aquí hasta el jueves con un nuevo relato; espero que os guste, lleva por título «Tercera ola«

Primera parte

El sol de invierno comenzaba a entrar por las rendijas y Sonia se cubrió con la sábana soltando un gruñido. Intentó recordar el sueño que había tenido: en él se encontraba en la casa de sus abuelos y nada parecía haber cambiado. Estaban celebrando algún evento y veía mesas llenas de distintas clases de comida. Casi podía sentir el sabor de cada plato: jamón con melón, el preferido de su padre; tortilla de patatas; endivias con queso; empanada casera; croquetas variadas con receta de su madre; nachos con guacamole natural; boquerones en vinagre… Luego comenzó con los postres: bizcocho de chocolate, tarta de calabaza y una bandeja de bombones. En el lateral de la misma mesa, un frutero con toda clase de fruta variada y colorida.

Se revolvió en la cama y notó el estómago pesado, como si realmente hubiese estado comiendo durante toda la noche. Se sentía triste. Parecía un sueño bonito, pero en él se recogían todas aquellas cosas que había ido perdiendo en el camino. Sus abuelos habían fallecido hacía muchos años, y sus padres, en la primera ola del hambre. El aumento de las alergias produjo una hambruna generalizada. La gente no podía comer alimentos naturales y empezaron a procesarlos. Desde la segunda ola tampoco se vendían dulces por falta de ingredientes para cocinarlos. A partir de entonces, la alimentación se basaba en productos industriales y tratados genéticamente. Todos fabricados por Industrias Tesa.

Miró la lámpara impersonal que colgaba del techo. No podía quejarse. Era una suerte haber encontrado una habitación económica en la ciudad. Si lograba vender su casa del pueblo podría pensar en arrendar algún pequeño apartamento. Aunque, de momento, tenían que conformarse con ese edificio de habitaciones de alquiler. Había tocado fondo. Sin hogar, sin trabajo, con muy pocos ahorros y con una gran responsabilidad, que dormía a su lado y cuya cabecita asomaba bajo las sábanas.

—Buenos días, dormilón —dijo acariciando el cabello revuelto—. Vete despertando que hoy es un día importante.

—No quiero ir —respondió él sin abrir los ojos—. ¿Por qué no podemos volver a casa? No me gusta vivir aquí.

—Ya no queda nada en el pueblo. La gente se ha ido. Estábamos solos. Aquí tendremos más oportunidades y seguro que harás amigos.

Mientras le ayudaba a vestirse, el pequeño seguía enfurruñado. Cómo echaba de menos a Javier, su padre. Con su sola presencia habría bastado para darle ánimos. También se quedó en el camino.

—Hoy vas a conocer a otros niños que estarán en la clínica como tú. Puedes llevar tus coches por si quieren jugar.

—¿Me va a doler? —preguntó mientras cogía los dos coches de madera que su padre había tallado por su cumpleaños. Los metió en el bolsillo.

—No. Solo son unos análisis y pruebas. Tú ya has cumplido los cinco años. Las Pruebas de la Salud son obligatorias para todo el mundo.

Mientras iban caminando Sonia sacó unas tabletas para desayunar. Carlos escogió con sabor a chocolate y ella, a galleta. Era un pequeño aglomerado rectangular de proteína y nutrientes artificiales que saciaba el apetito. La única diferencia era el aroma que ponían a cada tableta. A Sonia le recordaban a las chocolatinas que tomaba en su infancia, pero con la textura de la avena y con un gusto más artificial.

La Clínica del Pueblo era un perímetro con varios edificios de grandes dimensiones rodeados de una cerca metálica, y en la puerta principal, un vigilante escudriñaba a los visitantes al pasar. Una pantalla gigante, visible desde todos los ángulos, mostraba publicidad del consultorio y de las pruebas que se realizaban. Aparecían niños sonrientes y una voz en off hablando de los beneficios de conocer la salud de los ciudadanos para controlar así la calidad de los alimentos procesados y distribuirlos de forma justa en épocas de hambruna, así como analizar posibles enfermedades y tratarlas en la niñez. En el vídeo insistían en que, con las pruebas, se pretendía evitar una tercera ola de hambre.

En el interior del recinto podían pasar los vehículos para dejar a los pacientes. Únicamente se permitía aparcar en el recinto a los coches de los trabajadores del centro.

Había indicaciones avisando a qué edificio debían dirigirse, dependiendo el motivo de la visita. Los niños que venían a la Prueba de Salud accedían al de la izquierda; las revisiones y anomalías de salud, por el del medio, y las oficinas se encontraban en el edificio de la derecha.

El interior era un lugar frío y gris. Con pasillos interminables, salas en penumbra y con poco personal. En la sala de espera se encontraban varios padres y madres acompañando a los niños. Todos ellos con cinco años recién cumplidos y la misma expresión de miedo en el rostro. Una enfermera, de gesto arisco, salía a por el siguiente pequeño. En ocasiones se juntaban hasta tres o cuatro chavales dentro de la habitación de pruebas.

Por fin llegó el turno a Carlos. A pesar de la sonrisa de su madre, entró de la mano de la enfermera con los ojos húmedos.

Al cabo de una hora salió el niño que había entrado antes que él. Luego la niña que iba detrás de Carlos. Sonia se impacientó. Otros dos críos salieron y su hijo aún no aparecía. Se acercó a la puerta y llamó con los nudillos. La enfermera de rostro agrio la abrió y observó sin decir nada.

—Mi hijo ha entrado hace casi dos horas. Ya han salido niños que iban detrás de él. ¿Ha ocurrido algo? ¿Está bien?

—Ahora saldrá. Tenga paciencia —respondió con tono seco, antes de cerrar la puerta.

Al cabo de quince minutos regresó con Carlos. Sonia lo cogió de la mano y salió sin pronunciar palabra. Tenía la respiración agitada y el labio fruncido, aunque necesitaba tranquilizarse para no transmitirle la ansiedad a él. Miró al pequeño que tampoco hablaba y mantenía el rostro tan serio como había entrado.

Caminaron en silencio hasta llegar al Parque de los Últimos árboles. Estaba complemente solado de cemento y solo contaba con dos árboles enormes y muy viejos. Los únicos de toda la ciudad. Sonia pensó que pronto la gente comenzaría a olvidar el color verde.

—¿Qué tal estás? ¿Por qué tardaste tanto? —preguntó sentándose en el banco—. Los demás niños salieron antes que tú.

—Me sacaron sangre —dijo mostrando la tirita que cubría el pinchazo—, y luego me metieron en un aparato. Pero un señor de blanco me llevó a una sala donde no había ningún niño. Me pinchó otra vez en el dedo, me sacó saliva y me puso cables.

Sonia no sabía de qué pruebas se trataba. No eran las que a ella y a la gente que conocía les habían hecho. Algo le decía que eso no era bueno. Sin embargo, no quería asustar más a Carlos.

A la vuelta, pasaron por el mercado. Era un edificio bajo donde se encontraban los pequeños comercios. En cada uno había una fila de gente esperando a que llegase su turno para recoger la ración de comida. Consistía en tabletas como las que habían desayunado esa mañana, de las que podían elegir el sabor. Cada tienda se especializaba en distintos gustos. Aunque todos sabían que se trataba de simples suplementos alimenticios con aromas artificiales, sentían que eran ellos quienes escogían lo que comer. Una pequeña licencia.

Esperaron en hasta que les llegó su turno. Tras el mostrador había varios cajones con una pequeña apertura. En su interior se encontraban tabletas de distintos tamaños y colores. A la derecha estaban amontonados unos bollos que imitaban a pan y otros alimentos cuya procedencia nadie preguntaba. Sonia entregó su documentación. El dependiente lo pasó por un lector, se giró y cogió las tabletas que Sonia le indicó, dos bollos de colores y tres paquetes de proteínas. Ella guardó todo en la mochila y salió de la tienda. Conforme pasaban los años, el número de tabletas asignadas disminuía. Decían que contenían más ingredientes y nutrientes concentrados, por lo que no hacía falta tanta cantidad. Sin embargo, Sonia cada vez tenía más hambre y Carlos estaba más delgado.

Al llegar al portal encontraron a su vecino. Tenía el pelo rizado y la piel curtida junto a una bonita sonrisa, aunque no era muy pródigo con ella. Sonia calculaba que tendría unos cuarenta años. A pesar de no llevarse mucha edad, era una de las personas más mayores que conocía. Hacía mucho tiempo que nadie llegaba a la vejez. La falta de alimentos y la escasez de medicinas hacía imposible la longevidad.

—¿Esa cara tan larga? —preguntó a Carlos.

—Carlitos, ¿No respondes a Enrique? —el niño bajó la cabeza y Sonia explicó—. Hoy le han hecho las Pruebas de la Salud.

—¡Estupendo! Ya se te puede considerar un ciudadano. ¡Enhorabuena!

—Aunque está preocupado —continuó Sonia—. Algunas eran distintas al resto de niños.

El hombre borró la sonrisa. Sin que Sonia pudiese reaccionar, la agarró del brazo y condujo al interior del edificio.

—Escucha con atención —susurró—. Si ves algo raro, si alguien que os sigue, o cualquier cosa inusual, ¡corred y escondeos! ¿Conoces el Parque de los Últimos árboles?

Sonia afirmó con la cabeza. Su rostro reflejaba la misma preocupación que él.

—Si necesitas ayuda, déjame un aviso en el banco más alejado. El que está pegado a la antigua fuente. Escribe en el suelo la hora a la que nos encontraremos ese mismo día y rodéala. Solo el número, no añadas nada más. Yo acudiré.

Sin dar tiempo a que respondiese, se marchó dejando sus palabras flotando en el aire. Esa noche, a Sonia, le costó conciliar el sueño. Abrazó a Carlos en la cama como si temiese que fuesen a quitárselo. Cuando logró dormirse, sus sueños estuvieron plagados de pesadillas donde a su hijo le hacían pruebas que ella no entendía y la enfermera de rostro antipático cerraba la puerta impidiéndola pasar.

Mñana os espero en la segunda parte de esta aventura, gracias.

@EstrellaV2019

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