‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: Los años chungos (1)

Capítulo 41: Los años chungos (1)

Una vez liada parda con las ejecuciones de los condes de Horn y Egmont, y siendo cada vez más consciente de que Felipe II no iba a subir a Flandes ni a la de Blas como ya conté en la entrega anterior, a don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel no le quedó más remedio que hacer de tripas corazón y que salga el sol por Antequera.

Se puede decir que ese verano de 1568 comenzaron las hostialidades de verdad, que salvo un paréntesis benigno para el tercer Felipe se alargaron durante más de tres cuartos de siglo. Para empezar, el duque tenía claro que debía atar en corto a sus dos grandes dolores de muelas una vez ejecutados los demás, que no eran otros que los hermanos Luis de Nassau y Guillermo de Orange; que habían hecho como Johnny —tomar el fusil, no quedar como el pobre soldado de la película de Dalton Trumbo—y decidieron liarse a hostias contra los efectivos comandados por el duque.

Fueron dos las campañas que don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel dirigió en persona aquel mismo 1568, que le permitieron controlar el asunto, esto es, los Países Bajos. La primera fue contra Luis, que entró en aquellos al frente de un ejército que Henry Kamen cifra en cerca de 12000 soldados, acampados en la zona de Groningen allá por el mes de julio. El duque de Alba se presentó en el lugar con cerca de 15000 hombres, y ya de primeras la cosa empezó a tener para Luis de Nassau peor pinta que los pollos de más de un supermercado. En el primer encontronazo perdió 300 hombres, por lo que decidió tomar posiciones en Jemmingen —la actual Jemgun—, en la ribera izquierda del río Ems, en una estrecha península, y a ver por dónde salía el asunto. Él solito, como explica Kamen, «había cometido un error al encerrarse entre las tropas españolas y el río Ems».

Viendo el percal, o sea, rodeados y con unos enemigos con unas ganas que te rilas de dar matarile, sus soldados intentaron abrir los diques del mar para dejar pasar sus aguas, pero ya era demasiado tarde. La artillería soltó una salva para acojonar y gracias; y entre las diez de la mañana y la una de la tarde aquello fue una carnicería, por resumir, muy parecida a la de Mühlberg, con la que la compara William Maltby. Cuenta Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro que «allí [en aquel estuario], los veteranos tercios viejos dieron buena cuenta de aquellas tropas apresuradamente reclutadas por Luis de Nassau, hasta el punto de que perecieron casi todos, con escasísimas bajas de los tercios viejos; se cuenta que el duque de Alba sólo tuvo siete bajas frente a siete mil de sus enemigos», cifra que también acuerda Maltby. Tanto éste como Kamen elevan a 80 la cifra de muertos entre las huestes del duque de Alba, si acaso. Una miseria, vamos.

Lo que se desató en el camino de regreso a Groningen fue Sodoma y Gomera a lo bestia: «Los soldados victoriosos —explica Kamen— se lanzaron al pillaje; el cielo se volvió rojo con las llamas de las casas que incendiaban. A Alba, que cabalgaba a retaguardia de su ejército, le enfureció la indisciplina de sus hombres. Dio instrucciones para que se ejecutara a los culpables y, poco después, ordenó la disolución de la unidad responsable: el tercio de Cerdeña, que lo había acompañado desde Asti». Esto fue así, como explica Maltby, porque «puesto que los hombres implicados en ello eran un simple remanente de la fuerza original, y la unidad había tenido serios problemas de disciplina desde la salida de Italia, Alba resolvió sencillamente disolverla y distribuir sus restantes fuerzas entre otros tercios». Y a otra cosa, mariposa.

¿Y Luis de Nassau?, os estaréis preguntando. «Tras intentar reunir a sus hombres valerosamente, escapó nadando hasta que fue recogido por un bote y puesto a salvo», escribe Maltby en El gran duque de Alba.

Por su parte, Guillermo de Orange se presentó en Brabante en octubre de 1568 con un ejército formado por 30000 hombres. Venía con ganas de decirle dos cosas bien dichas al duque de Alba. Dos meses antes de la invasión emitió una proclama con estas palabras que recoge Kamen en El gran duque de Alba: «Sólo cuando hayamos acabado con la actividad sanguinaria de Alba podrán las provincias tener la esperanza de recuperar su pureza en la justicia y la prosperidad». Para chulo yo.

El 20 de octubre de 1568 se produjo una escaramuza a manos de don Fadrique, el hijo del duque de Alba, y Chiappino Vitelli, que hicieron trizas la retaguardia del ejército de Guillermo de Orange. Pero entre que su ejército era grande no, lo siguiente; que de instrucción andaba justo; que sus soldados no habían visto hasta entonces ni un chavo y estaban a un paso de la rebelión; y que las ciudades no se atrevieron a apoyarlo, se lo pensó mejor y, a mediados de noviembre, decidió retirarse hacia el sur, a territorio francés.

Contento y feliz, el duque de Alba puso rumbo a Bruselas. Lo que vino después fueron tres años de control de la situación en los Países Bajos gracias a los tercios viejos. Pero, claro, a esos tercios había que pagarlos, que esos soldados no vivían del aire. Y perras pocas, por no decir ninguna.

Y ahí empezaron los problemas del duque de Alba. Como dice Henry Kamen, «los tres años que siguieron quedarían asociados para siempre a lo que los neerlandeses aún recuerdan hoy como la «tiranía de Alba».

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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