CAPÍTULO 35: Flandes: los personajes
Después de situar el contexto la semana pasada, llega el momento de hablar de los personajes. Más en concreto, de los flamencos, toda vez que a don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel y a su majestad filipina ya los tenemos más vistos que el tebeo. O como bien dice Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro, «contaba además la personalidad arrolladora de los grandes miembros de la alta nobleza con su particular ejecutoria. Y en ese sentido sí que el Rey [Felipe II] se había mostrado muy imprudente al orillar a figuras de tanto relieve como el príncipe de Orange o como el conde de Egmont».
Los flamencos. Ole con ole. Comenzamos con Guillermo de Orange, que era «un auténtico peso pesado en el panorama de los Países Bajos», como explica Fernández Álvarez. El puto amo, que diría Pep Guardiola al referirse a José Mourinho en las salas de prensa. Príncipe de la casa que llevaba su nombre, señor de ricos territorios y caballero de la Orden del Toisón de Oro, era lo más en aquel momento. No en vano, el fulano venía de ser el estandarte de la defensa contra las acometidas gabachas contra los Países Bajos en 1553 y 1554. Un símbolo. Carlos V se apoyó en él —literalmente. No estaba ya para muchas coplas— el día de su abdicación en Bruselas en 1555 para entrar en el Gran Salón del Palacio de Coudenberg. Incluso Felipe II lo nombró miembro de la comisión que negoció la paz de Cateau-Cambrésis entre Francia y España; y cuando regresó a los Países Bajos, lo hizo consejero de la gobernadora Margarita de Parma y le concedió el gobierno de Holanda y Zelanda.
En resumen: a pesar de su juventud, de inteligencia iba más que sobrado. Y lo más curioso del asunto si hemos de hacer caso a Fernández Álvarez es que, en estos comienzos del asunto de Flandes, todavía se consideraba católico, si bien un tanto tolerante a lo Erasmo, no tan ortodoxo como el duque de Alba o su majestad filipina. Nada de hostias como panes como preconizaban aquellos dos.
Seguimos con Lamoral de Egmont. Un tipo incluso más brillante que el Orange si cabe. Es decir: dos cabecillas más listos que el hambre y que sabían lo que hacían. En el caso de Lamoral, se trataba del héroe de San Quintín y de Gravelinas. Tonterías, las justas. Que Felipe II confiaba a ciegas en él lo demuestra que, todavía siendo príncipe, lo mandó a Inglaterra para representarlo en el simulacro de boda por poderes con María Tudor en 1554.
Y terminamos con los representantes de la mediana nobleza, entre los que cabe destacar a Luis de Nassau, Philips van Marnix y Hendrik van Brederode, cuya juventud —en torno a los veinte años los dos segundos— pues ya se sabe. Sujétame el cubata, que por mi tierra hago lo que sea, etcétera. Un cacao maravillao precioso, porque Nassau era luterano, Marnix calvinista y Brederode católico. Pero la tierra es la tierra. Luego, cuando acabemos esto, ya tendremos tiempo de liarnos a hostias entre nosotros, etcétera.
Así que, como conté la semana pasada, tras regresar Lamoral de Egmont de su visita a Madrid en abril de 1565 y decir aquello de emosidoengañado, la cosa empezó a tener peor pinta que los tomates de más de una frutería. La pequeña nobleza asumió el llamado Compromiso de Breda, que rechazaba la política religiosa de Felipe II. Incluso un consejero de Margarita de Parma, Barlaymont, le soltó aquello de que nada había que temer de unos “mendigos”. Con dos cojones. De inmediato, Margarita envió un emisario a Madrid para hacerle ver al rey que la cosa estaba malamente tra tra. El tipo en cuestión, Floris de Montmorency, barón de Montigny, no es que tuviera demasiados amigos en la corte de Madrid —en su última visita le reprochó a la cara a Felipe II su enemistad hacia los Países Bajos. Ole con ole—. Aparte que de Granvela le advirtió de que el colega se llevaba de fábula con sus parientes franceses los Châtillon, considerados enemigos jurados de España.
A Montigny le ocurrió lo mismo que a Lamoral de Egmont —«puedo asegurar a V.A que he encontrado en S.M. la mejor afición, amor y voluntad hacia nuestro país», llegó a escribir a Margarita de Parma—. Como ocurrió con el conde de Egmont, también se vino con aquello de “qué hay de lo mío”, que consistía en la petición de suprimir la Inquisición para que los delitos religiosos siguieran bajo la autoridad de los obispos, y la moderación de los edictos regios en aquella materia. Y un perdón general como pedrea.
Felipe II reunió a su Consejo de Estado a principios de julio de 1565 en el castillo de Valsaín, en el que tomaron parte tres ministros flamencos y sus principales ministros españoles —en primer lugar, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel—. El 26 de julio, dijo que sí a lo que pedía Montigny, e incluso se mostró dispuesto a viajar a Flandes cuando el buen tiempo lo permitiera, para la primavera de 1657.
En principio…
Porque luego hizo llamar a Pedro de Hoyos, un notario, al castillo de Valsaín, y en presencia del duque de Alba y de varios juristas declaró que del perdón general nada de nada, «porque lo había dado para evitar males mayores», como explica Fernández Álvarez. Pocos días después, Felipe II escribió a su embajador en Roma, Luis Requesens, para advertirle de que se fuera preparando para la que se iba a liar en Flandes, porque no le iba a temblar el pulso. Para el recuerdo, estas palabras: «Podéis asegurar a su santidad que antes de sufrir la menor cosa en perjuicio de la religión o del servicio de Dios, perdería todos mis estados y cien vidas que tuviese, que no pienso ni quiero ser señor de herejes”.
Eeeeeeh, Macarena. Aaaay.
Por esa época, grupos calvinistas asaltaron y quemaron iglesias católicas en Ypres, Courtrai, Valenciennes, Tournai e incluso Amberes; y los principales nobles flamencos empezaron a aliarse con la alta nobleza francesa y alemana, con reparto de territorios incluido: Flandes para el príncipe de Orange, Güeldres para Egmont y —ojo al dato, que decía García— bajo soberanía del rey de Francia; Holanda para el duque de Clèves; Frisia para Brederode; y Overijssel para el príncipe alemán duque de Sajonia.
La rebelión estaba en marcha.
El 29 de octubre de 1566, Felipe II convocó de nuevo en Madrid a su Consejo de Estado al que no asistió el duque de Alba, si nos atenemos a lo que cuenta Fernández Álvarez, por encontrarse en cama desde hacía un par de meses por culpa de un ataque de gota de los de época. Fue entonces cuando recibió el encargo de subir para los Países Bajos y desatar las hostialidades como si no hubiera un mañana. Alguno se frotó las manos, como es el caso de Ruy Gómez de Silva, quien llegó a confesar al embajador francés que «el duque no es nada querido en los Países Bajos, le temen los buenos y los malos», como cuenta Henry Kamen en El gran duque de Alba.
¿Le hizo gracia el nombramiento? Pues gracia, gracia… «Yo no sé qué será de mí», llegó a confesar por carta al cardenal Pacheco. Y remató con esta otra confesión: «Sé que estoy en cama y que no pienso estar jamás para otra cosa según la gota me trata dos meses y medio ha».
«No tenía nada que ganar con el nombramiento y sí mucho que perder», explica al respecto William S. Maltby en El gran duque de Alba. En cristiano: «Alba aceptó tan sólo porque no tenía opción», prosigue Maltby.
Es decir: gracia, la justa.
Y eso con casi sesenta tacos de almanaque, pero un viejales a ojos de los demás. «Un visitante inglés le había calculado en una ocasión ochenta años, y se quedó pasmado al saber que tenía veinte menos», cuenta Maltby a modo de anécdota.
Y con su hijo, don Fadrique, picando de flor en flor tras quedarse viudo por segunda vez. Ahora había puesto sus ojos en una dama de la corte, Magdalena de Guzmán —que había estado casada con un hijo de Hernán Cortés, como apunta Kamen—, a la que le dijo que tú y yo para el altar de verdad de la buena con tal de trajinársela —lo que se llamaba entonces un compromiso o intercambio de promesas, llamado «verba de futuro», según explica Kamen—, para disgusto de su padre, el duque de Alba. Y lo que tenía que pasar pasó: don Fadrique a lo suyo, a seguir picando de flor en flor esperando apuntarse a una nueva campaña militar en el extranjero y si te he visto no me acuerdo, por lo que Magdalena de Guzmán fue con la copla a la reina, Isabel de Valois, cabreada porque Fadrique no había cumplido con la segunda parte, que consistía en repetir los votos contraídos ante un sacerdote —la llamada «verba de presenti»—. Isabel se lo contó al rey, Magdalena acabó internada en un convento en Toledo y Fadrique, desterrado al castillo de la Mota de Medina del Campo. Y don Fernando Álvarez de Toledo mordiéndose la lengua en este asunto. Años después, una vez vuelto de los Países Bajos, no quiso seguir mordiéndosela y aquello acabó como acabó: con su propio destierro.
Con este precioso panorama comenzó a preparar la campaña de Flandes con el apoyo unánime de los suyos y también de sus enemigos, deseosos de que se estampara en los Países Bajos y, cómo no, encantados de verlo lejos de la corte. Y accedió a prepararla «tan sólo bajo la condición de que Felipe prometiera reunírsele a los pocos meses», dice Maltby, pues «si había algo peor que el repudio, era la escalofriante posibilidad de que se le abandonara para recoger personalmente la cosecha de resentimiento de que había de sembrar».
Y a eso se dirigía el duque de Alba.
Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.
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