‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «Las vistas de Bayona»

Capítulo 33: Las vistas de Bayona

Hacemos un inciso en el berenjenal cortesano que tenía ante sí don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel y lo que se barruntaba ya en Flandes, donde la rebelión estaba haciendo chup chup cosa fina, para tratar lo de las Vistas de Bayona y así distendemos —el duque de Alba dando palmas con las orejas— un poco el asunto. Empero, la cosa no es que vaya muy desencaminada, porque como diría don Fernando, de aquellos polvos —Bayona y lo que allí aconteció— vienen estos barros —Flandes—. Ole con ole.

Como diría el gran Eugenio, ¿saben aquel que diu que van una reina regente —Catalina de Médici— y un rey-niño —Carlos IX— y se dedican a dar una vuelta por el reino —Francia— para que se conozca a aquel último, y que con la excusa se acercan a la frontera con España? Pues eso ocurrió en 1565 en Bayona. La regente tenía unas ganas que te rilas de mantener un cara a cara —tête à tête, que diría Catalina— con Felipe II porque —defendía— ese encuentro era más necesario que el comer para evitar que el protestantismo arrasara con el catolicismo Pirineos para arriba. Que sí, que sí, hijo mío —así lo consideraba. Recuerdo que estaba casado con su hija. Isabel de Valois—, que la cosa está muy malita aquí, y como no nos veamos tú y yo las hostialidades con los protestantes puede ser épica. O, como expuso la propia Catalina en cita que recoge Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro, «y tened por cierto que la fe católica se ha de asentar muy en breve en este reino, venga lo que viniese». Así que con la excusa de marcarse un viaje con nosotros a mil y un lugar de Francia recayó en Bayona, donde esperaba encontrarse con el que llamaba su hijo.

No es ninguna novedad que a Felipe II el avance del calvinismo en Francia le hacía la misma gracia que a Tebas —de nombre Javier. Presidente de LaLiga de Fútbol— lo de los bares que piratean los partidos. Una Francia calvinista con tentáculos sobre Flandes y todo lo que ello suponía acojonaba hablando en plata. Además, dos años antes —1563— se había dado por concluido el Concilio de Trento, donde se esclarecieron las cuitas religiosas de manera más o menos exitosa. O sea, todo OK, José Luis, que le dijeron a aquel árbitro desde el VAR. A esto hay que añadir que la reina Isabel se dedicaba a tocárselos a Felipe II desde el otro lado del Canal de la Mancha, apoyando en lo que podía a los calvinistas flamencos. Hay constancia de que Diego Gómez de Silva, embajador en Londres, llevaba tiempo dando la brasa a Madrid por carta. Que esta pájara —Isabel I— está azuzando más de la cuenta, ojiiiito, etcétera. Y la nobleza católica francesa tres cuartas partes de lo mismo. Imbert de La Platière, señor de Bourdillon y mariscal de Francia, se lo explicó al embajador español en París, Francés de Álava, en estos términos: «Tenedme por bellaco caballero y publicadme por tal si los Estados de Flandes no están en peligro, estoy por deciros tan grande como Francia…». 

Y sí: los hugonotes franceses estaban metiendo los perros en danza a los calvinistas flamencos. «Porque sé que con gente muy principal de ellos —de los Países Bajos— tienen los herejes y traidores de estos Reynos muy vivas pláticas y aun con los de fuera dél…», le escribió el mariscal a Francés de Álava.la cosa estaba muy malita, que diría el inmenso Gregorio Esteban Sánchez Fernández, pero… Felipe II decidió quedarse en su querida España, esa España suya, esa España nuestra. Que a su padre esos encuentros de altura le pirraban, pero a él como que no. «En realidad —explica Fernández Álvarez en El duque de Hierro—, topamos con una nota muy personal: la del retraimiento del Rey Prudente. De su deseo de ver desde lejos las cosas, de su repugnancia por verse involucrado directamente con los acontecimientos». Así que mandó para Bayona a su esposa, Isabel de Valois, para lidiar con la suegra; encantada no lo siguiente de volver a ver a su madre y a su hermano. «Felipe le dio libertad para planear el viaje tal y como deseaba y ella le tomó la palabra y gastó una fortuna en ropas y joyas»–, apunta Kamen con pelín de mala leche. Y como acompañante, el duque de Alba. ¿Que podía haber mandado Felipe II a Ruy Gómez de Silva, dotado de nuevas condiciones para las más hábiles negociaciones cortesanas y diplomáticas? Pues sí. Pero prefirió mandar al soldado. Gilipolleces con lo que estaba en juego, las justas.

Bien, y tras este precioso contexto a modo de introducción, ¿para qué iban a servir las Vistas de Bayona? Pues para poca leche, que dicen en mi pueblo —Valverde de la Vera, Cáceres. Precioso no, lo siguiente—: promesas del yerno —Felipe— a la suegra de apoyar al catolicismo francés lo que hiciera falta siempre y cuando Catalina de Médici actuara con firmeza —sin misericordia, vamos— contra los herejes del reino. «No conseguiría de ella el compromiso que deseaba», explica Fernández Álvarez. Y Catalina tampoco es que estuviera dispuesta a marcharse de Bayona echándose unos bailes, pues hubiera preferido más hechos —por concretar, más alianzas matrimoniales, que el príncipe Carlos ya estaba en edad de merecer. O casar al futuro Enrique III de Francia con la princesa Juana de Austria— que arreglar lo de la cuestión religiosa. En fin, Pilarín.

Ganas de vistas, lo que se dice ganas Felipe II, poquitas. «No confiaba en obtener ningún beneficio», escribe Henry Kamen al respecto en El gran duque de Alba. Preguntado por su parecer, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel vino a decirle que la suegra era poco menos que una lianta. Ojo al dato, que decía el gran García: «Si a estas vistas fueran Príncipes muy poderosos y bien intencionados, yo las tuviera por muy santas y entendiera ser la puerta por donde se había de entrar al remedio de los males presentes…Pero hacerlas con la Reina de Francia que se tiene entendido su ánimo, para el remedio de lo que se pretende remediar…». Y don Fernando sabía perfectamente que los reyes no tenían la fuerza suficiente en Francia para controlar los movimientos heréticos en el reino; y también que, sin su santidad ni el emperador proclives a apoyar a su majestad filipina, lo mejor era darle largas a la suegra. Y se lo dijo con estas palabras: «Y por esto yo, no viendo otra cosa que lo que hasta aquí veo y entiendo de los negocios, no me podría persuadir que en ninguna manera del mundo fuesen buenas tales vistas». De buenas tenían poco, más bien al contrario: «Y aun el tratarse de ellas lo tengo claro por de grandísimo inconveniente». Pero como grandes personajes de la corte francesa de probado fervor católico escribieron a Felipe II apretándolo para que hubiera vistas —que eran buenas por el bien de la cristiandad—, las hubo. 

En consecuencia, Isabel de Valois partió de Madrid el 8 de abril acompañada de un par de prelados —don Juan de Quiñones, obispo de Calahorra, y don Diego Ramírez Sedeño de Fuenleal, obispo de Pamplona—, y no llegó a Bayona bien entrado el mes de junio, con el duque uniéndose a la expedición desde Hernani. Desde el 15 hasta el 29 de junio, don Fernando estuvo informando por carta —hasta ocho. Y larguísimas, especifica Fernández Álvarez— a Felipe II. Que tampoco es que confiara mucho en el resultado, como digo, pero para eso le encargó que «apartara a los bellacos de los buenos», y que Carlos IX diera caña como si no hubiera un mañana a los herejes del reino. Estando allí, y tras recabar información de los católicos, el duque empezó a tener claro que lo mejor sería dejar las cosas claras O sea, cortar las cabezas de los líderes hugonotes Condé, Coligny y Gramont. Por suerte para ellos, las cosas transcurrieron más por el lado diplomático. Ya se desquitaría años después en Flandes. 

Sin embargo, viendo don Fernando lo aleccionado que el rey-niño estaba por la madre y que no iba a sacar nada de él —«como le descubrí lo que tenían predicado pasé a otras materias y después dejelo»—, fue Isabel de Valois la que se encargó de tratar el asunto religioso con la seriedad que requería. Y lo hizo en un cara a cara con su madre. Un vamos a dejarnos de tonterías, sino aquí va a haber hondonada de hostias a lo Manuel Manquiña. Viéndole el afán con el que expresó la cuestión, Catalina llegó a decirle «muy española venís», por lo que decidió tener otra entrevista en persona con el duque de Alba, al que convenció no sin esfuerzo de que sí, que estaba dispuesta a repartir mandobles contra los protestantes. «Me parece, a cuanto alcanzo, que está muy resuelta a hacerlo», llegó a decir el duque.

Por consiguiente, a vistas de Europa quedaba claro que Catalina de Médici quería contentar a Felipe II como fuera. Incluso Isabel I había seguido las vistas con interés y decidió no liarla demasiado en cuestiones religiosas tanto dentro de su casa como lejos de ella, no fuera a cabrearlo. Sin embargo, Kamen lo resume mejor con estas palabras: «Felipe II no había sacado nada de aquella reunión aparte de palabras vagas y gastos considerables. Incapaz de confiar del todo en la monarquía francesa, estaba obligado a llegar a sus propios acuerdos políticos con aquellos nobles franceses con cuyos intereses coincidía».

Mientras, el chup chup de Flandes tenía una pinta de exquisitez que te rilas.

Y estalló, como no podía ser de otra manera.

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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