«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «Pies fríos»

«Pies fríos»

Hospital General, 1637

Madrid

Se decía que la llamaban “Pies fríos” porque todos aquellos que recibían su visita amanecían sin sangre en las venas, con los pies helados y apagada la vida en sus cuerpos; sin embargo, las religiosas más ancianas, aquellas que velaban la oscuridad de los pasillos, acompañadas tan sólo del rumor de sus oraciones y del tintineo de los rosarios de plata en sus dedos, conocían bien la historia de la ladrona de sangre, del ángel misericordioso para algunos, del demonio asesino para otros que se escondía tras aquel apodo.

Los hombres de ciencia, rectos, protegidos por los dogmas de la razón y del saber, sonreían, se burlaban de los consejos de sacerdotes y monjas, de aquellos que recomendaban no deambular por los corredores durante las noches sin luna, hacer oídos sordos al rumor de una risa de mujer, o, bajo ningún concepto, seguir el rastro de un perfume de violetas. Era ese desprecio por lo sobrenatural, esa mofa hacia lo extraordinario, lo que, finalmente, devenía en fortaleza, pues, ¿quién puede temer a lo que no existe?

Así, escudada en la prepotencia de los incrédulos, aprovechándose del temor de los creyentes, solía “Pies Fríos”, como otros de su clase, acudir a los hospitales en busca de alimento; una forma segura de sobrevivir cuando las calles se volvían peligrosas, cuando comenzaban los susurros, el terror de los hombres, cuando las víctimas tornaban cazadores.

Cuando la epidemia extendía sus dedos.

Las fiebres habían vuelto a Madrid. No era la primera vez y tampoco sería la última. Gente sana al alba, agonizaba y entregaba su vida con la puesta del sol. Eso ya no era cosa de ánimas o de inmortales, sino cosa de vida y muerte, cosa de carne y de hueso. Y es que las guerras, las enfermedades, las miserias de los mortales devenían en bendición para los que moran en las sombras.

Nadie había visto el rostro de “Pies Fríos”. La tenían por mujer, o algo que una vez fue tal, por los susurros que los moribundos escuchaban al oído, por el perfume dulce que acompañaba cada una de sus visitas…por la masa de rizos oscuros que, cual nefasto velo de novia, cubría la faz de aquellos elegidos para recibir su beso y el regalo de una muerte indolora.

Se decía que la llamaban “Pies fríos” porque todos aquellos que recibían su visita amanecían sin sangre en las venas, con los pies helados y apagada la vida en sus cuerpos…

Mentira.

La llamaban “Pies fríos” por las palabras de un solo hombre, un hombre en apariencia insignificante, roto en mil pedazos, atropellado por un carro, o apalizado por unos maleantes, decían, pues presentaba su cuerpo mil costuras, una constelación de tormentos que anunciaban horas de agonía y rubricaban una muerte segura. La nada acompañaba a sus labios resecos por la fiebre, pues nada respondía cuando le preguntaron por su nombre, por sus señas…

…la piedad es cosa de Dios, y, tal vez, aquella noche, la muerte habría sido piadosa compañera para el moribundo, pero no se le piden prendas al Altísimo, no al menos de esa clase.

En algún lugar sonaron tres campanadas. Los gemidos de los enfermos, los lamentos de sus pesadillas rompían la quietud de la sala. Pasaron un par de minutos y la rítmica cadencia de una oración se entrelazó con el silencio y los sonidos propios de aquel lugar de muerte. Una luz, un punto diminuto en la distancia, quebraba las tinieblas a su paso: era la llamita de la vela de sebo que la religiosa a cargo de los servicios nocturnos sostenía entre los dedos. Hubiera podido pensarse que era esa llama la única salvaguarda de la mortal contra los peligros de la madrugada, pero era mujer de Fe a pesar de su juventud, y no existían escudo o espada más poderosos para ella que las cuentas del rosario de plata que un rey regalase a su madre. Escondía sus temores la muchacha, pues conocía las historias sobre las ánimas y fantasmas que, con la noche, hacían del hospital señorío; nunca lo diría en voz alta, pero ella, como otras, había visto el perfil de aquella dama maldita, había visto el brillo animal de unos ojos rojos por un instante. Por eso rezaba, deteniéndose al pie de cada catre, dedicando un Padrenuestro a cada uno de aquellos desventurados.

Una corriente de aire hizo vibrar su pequeño lucero. Bajó la mirada y protegió con la mano libre la llama sin detener sus pasos. Fuera, en el mundo, los toques de la media hora en las campanas.

Era aquel el lecho del desconocido que llegase la noche anterior, un pobre hombre que era ya más pulpa y huesos que hombre mismo. El galeno, piadoso, le había regalado el consuelo del láudano, seguro de que, por la gravedad de sus heridas, la muerte era cosa de horas.

Murió una oración naciente en sus labios y tembló la vela en su mano.

Pensó quizás que un retazo de oscuridad se había desgajado de la madrugada misma y se acurrucaba junto al enfermo. Parpadeó, se persignó, temblando…y, con un tintineo metálico, la palmatoria se estampó contra el suelo de piedra.

Eran ella y su respiración entrecortada en el vacío.

Crujido de maderos, el murmullo de un cuerpo al alzarse.

Su aliento helándose.

Roce de tela sobre el suelo de piedra.

Frío.

Sangre y flores marchitas.

Y una voz, un susurro que no fue soñado.

Vivirá, mal que me pese.”

Un silencio y la caricia de un dedo helado en su mejilla.

Maldita condena el amor, Luisa, maldito tormento”

El roce de unos labios en su cuello…

Trastabilló la joven, tropezó con el hábito. Cayó al suelo con un chillido, sosteniendo en alto el rosario frente a ese peligro innombrable. Aún aterrada, instintivamente se supo sola.

—¡Luisa!

Unos brazos gentiles la recogieron del suelo. Se aferró temblando la joven a los ropajes de su compañera, desencajado su rostro a la luz de una vela.

—Luisa, por Dios, ¿qué tenéis?

Farfulló sinsentidos, vívido el roce tibio de unos labios ajenos sobre la piel, real aún el perfume de la aparición en torno suyo.

—Un demonio, Teresa —susurró—, …un demonio…ahí…

El resplandor siguió a su índice tembloroso. El hombre roto dormía; pálido, sí, pero se alzaba su pecho con la regularidad del sueño, no con la agonía del enfermo.

—Os lo juro — sollozó—. Estaba ahí, se acercó a mi…ella…

Sus palabras se diluyeron en un llanto convulso, sostenida, consolada por la otra novicia: esta calló, sabedora de los engaños de la noche, pues conocía las historias, los cuentos, pero había hecho la ronda muchas veces, con la única compañía de una vela y de un rosario, sin incidentes o aparecidos.

—Marchemos, hermana, marchemos: al alba, esto será tan sólo un mal sueño.

Se dejó llevar Luisa, mordiéndose la lengua, conteniendo el deseo de gritar que no había perdido el juicio, que no había sido cosa de sueño, sino tal vez de pesadilla, …que ese demonio disfrazado de mujer no era producto de su fantasía, que esos ojos rojos que la seguían eran tan reales como los toques de campana que anunciaban las cuatro.

El hombre roto despertó al alba.

Los rayos del sol arrancaron vetas ambarinas de sus ojos color miel oscura al parpadear para adaptarse a la luz del día.

¿Dónde estaba?

Recordaba el tormento, su carne desgarrada, el calor de la sangre en las heridas, el frío que anuncia el final,…

Se incorporó con un gemido; puede que los huesos hubiesen soldado, que sus músculos se hilasen de nuevo, pero, conocedor de su maldición, sabía que un dolor atroz le acompañaría aún durante mucho tiempo.

—¿Dónde estoy? — balbuceó.

Le sabía la boca a bilis.

Le sabían los labios a sangre.

—¡Dios misericordioso! — dijo una voz de mujer.

A los pies de su lecho, las dos jóvenes novicias se persignaron. El rubor tornó granas las mejillas del hombre, pues se descubrió desnudo frente a las muchachas. Con brusquedad, azorado, tiró de la tela que hacía las veces de sábana para cubrirse; olía la pieza a sudor, a enfermedad…

…a violetas, a perfume de mujer.

Vivirás, mal que me pese”

Una mujer, helada, buscando el calor de su piel.

El recuerdo de sus palabras al oído. La dulzura de un beso. El consuelo de un cuerpo familiar tendido junto al suyo.

El caballero suspiró: un brillo febril en su mirada prendida en la nada, en la memoria de un anhelo que le partía el alma.

—Es un ser sin corazón, hermanas, pero, cuando sus pies están fríos no busca más calor que el mío para templarse…

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

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