Alberto Menéndez Engra y el cine: «Rocky, una historia de superación»

Cuando nos viene a la mente una ciudad estadounidense por antonomasia, lo más probable es que esta sea Nueva York. Otras igualmente importantes serían Los Ángeles, Chicago, San Francisco, Washington D.C. (la capital), Miami… Pero hay otra que parece que siempre pasa algo desapercibida. Esa es Filadelfia y es donde tiene lugar esta historia. Para que nos hagamos una idea, fue en esta ciudad donde se proclamó la independencia de los Estados Unidos el 4 de julio de 1776.

Después de este pequeño repaso histórico en el que no me detendré, nos centraremos en uno de los personajes más icónicos de la historia del séptimo arte, interpretado por el veterano actor Sylvester Stallone. Este no es otro que Robert “Rocky” Balboa, originario de Filadelfia. Algunos lo considerarían un héroe hecho a sí mismo. Veamos el porqué de esta afirmación. Perteneciente a la clase humilde, Rocky es un joven boxeador no demasiado conocido que trabaja como cobrador de un prestamista.

A priori, podría parecer un personaje sin demasiada sustancia o metas en la vida, ¿verdad? O quizás no tanto. Como no podía ser de otra manera, nuestro querido protagonista se halla enamorado de la tímida dependiente de una tienda de mascotas de su barrio llamada Adrian. Entre combates y encargos, la vida de este boxeador transcurre sin demasiados sobresaltos hasta que ocurre un hecho inaudito. Un evento que cambiará su vida de la noche a la mañana, de forma literal. Pero, ¿de que se trata?

El campeón de los pesos pesados, Apollo Creed (Carl Weathers), no tiene contrincante para revalidar el título. Entre los muchos aspirantes posibles, acabará eligiendo al desconocido Rocky. ¿Y por qué? Tal vez porque se le habían acabado el resto de opciones. O a lo mejor le llamó la atención su apodo: “el potro italiano” (o “el semental italiano” en la versión de Hispanoamérica). O puede que solo quisiera burlarse de este humilde boxeador a sabiendas de que jamás podría derrotarle.

Esta elección por parte de Apollo Creed supone una oportunidad única para Rocky. Si consigue ganar a Creed, ganará fama mundial, algo hasta entonces impensable. Para ello, contará con la ayuda de Mickey, el veterano dueño del gimnasio donde suele entrenar Rocky. Y por supuesto, del apoyo y amor incondicional de Adrian. Aquí es donde tienen lugar algunas de las secuencias más famosas del film, con Rocky entrenándose golpeando reses en un frigorífico, corriendo y subiendo escaleras,…

Por fin llega el gran día. En un combate colosal contra el portentoso Apollo Creed, Rocky logra aguantar estoicamente hasta 15 asaltos contra todo pronóstico. Aunque no consigue el ansiado título de campeón de los pesos pesados por decisión de los jueces, el boxeador de Filadelfia ha conseguido algo mucho más valioso. Una victoria moral. El triunfo ante sí mismo. Ni siquiera el mejor boxeador del mundo puede arrebatarle algo semejante. Contra todo y contra todos, Rocky ya ha hecho historia.

¿Cuántas veces nos hemos sentido identificados con Rocky? Un personaje proveniente de la clase baja, casi condenado a ser un “don nadie” (como le espeta durante el combate de forma humillante su rival Apollo Creed) atrapado en un sistema que le da la espalda. Hasta que ocurre la ocasión de su vida. Y no la deja escapar, a pesar de sus dudas y recelos. Aquí es donde la película nos trasmite una gran lección de la vida: no desaprovechar nada. Ni aún cuando parece que las tenemos todas en contra.

Y otro de los mensajes de este largometraje, quizás no tan carismático. Y es como algunos personajes tratan de sacar tajada de la oportunidad de Rocky, como su “amigo” y cuñado Pauline Pennino, el cual trabaja en la cámara frigorífica donde entrena Rocky. ¿En cuántas ocasiones, al cambiar nuestra suerte repentinamente, se transforma la actitud de muchos de los que nos rodean? Así es, por suerte o por desgracia. O incluso del entrenador Mickey, aunque sus intenciones sean las mejores.

A lo largo de nuestra vida, nos encontraremos con todo tipo de situaciones y personas. Algunas mejores y otras peores. Pero lo que nos quiere enseñar Rocky, es que nunca debemos tirar la toalla (nunca mejor dicho). No rendirse. Pase lo que pase. Esa es quizás una de las muchas razones por las cuales dicha figura logró conectar con el gran público y hacerse tan popular. Puede que a algunos les parezca algo simplón el planteamiento y la trama de Rocky, pero los hechos hablan por sí solos.

Esta película ha pasado a ser una de las más renombradas de la historia del cine. En 2006, fue seleccionada para su conservación por el National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos al ser “cultural, histórica y estéticamente significativa”. Por otro lado, el personaje de Rocky ha dado lugar a múltiples continuaciones: Rocky II (1979), Rocky III (1982), Rocky IV (1985), Rocky V (1990), Rocky Balboa (2006), Creed (2015), Creed II (2018) y Creed III (2023).

Semejante trayectoria nos da una idea de hasta puede llegar una historia contada con sinceridad y cercanía. Quizás una metáfora del llamado “sueño americano”, algo que parece inalcanzable en nuestros días para un buen porcentaje de la población. Aun así, siempre nos quedará soñar. Alcanzar nuestras metas. O al menos dejarnos la piel en el intento, como le pasó al bueno de Rocky. Incluso si eso significa enfrentarnos a un todopoderoso contrincante contra el que pocas posibilidades disponemos.

Y para terminar, quisiera quedarme con una escena de lo más enternecedora. Al acabar el dramático combate, Rocky solo buscar reunirse con Adrian. Con la cara y el cuerpo empapados de sudor y sangre y en un estado lamentable, él solo quiere abrazar a su amor. Aquel que nunca dudo de él. Ya sea un boxeador de poca monta de las calles de Filadelfia o el campeón honorífico de los pesos pesados, ahí estaba siempre Adrian. Otra gran lección de una película que ya nunca olvidaremos.

Alberto Menéndez Engra