Entre vecinos
Era un antiguo edificio de pisos en pleno centro de la ciudad, habitado por familias y jubilados, donde la llegada de Elena causó inmediatamente expectación y revuelo. Una tarde de otoño se mudó al tercero, llevaba maletas elegantes y un aura misteriosa que desentonaba con la rutina monótona de los vecinos. Elena era alta, de curvas pronunciadas y largo cabello negro como la medianoche, siempre vestida con prendas ajustadas que resaltaban su figura. Al principio, nadie sospechó nada inusual; nada más veían a una espectacular mujer que vivía independiente en un mundo ajetreado.
Pero pronto las visitas comenzaron. Hombres de todo tipo, edad y condición llegaron a su puerta: ejecutivos impecablemente vestidos, algún joven mochilero, bohemios que frisaban los cuarenta… Entraban por la noche y salían al amanecer, a veces sonrientes con aspecto satisfecho, otras mostrando un evidente agotamiento. El ascensor subía y bajaba con frecuencia inusual, y los ruidos —risas, gemidos amortiguados, puertas que se cerraban— se filtraban por las delgadas paredes. Los vecinos, al alterarse su discreto y familiar rutina cotidiana, empezaron a murmurar. Doña Rosa, del segundo piso, se quejaba de «esa falta de decoro». El señor López, un viudo gruñón, hablaba de «ruido intolerable». Las reuniones de la comunidad se llenaron de quejas formales, y pronto se decidió que el presidente, don Manuel, un hombre de cincuenta años, casado y con reputación de recto, iría a recriminar a la nueva vecina para que cambiase su actitud.
Manuel subió las escaleras con paso firme, ajustándose la corbata. Era un contable jubilado, con gafas gruesas y tripa incipiente y cervecera, orgulloso de su papel institucional en el edificio. Llamó a la puerta de Elena con golpes secos. Ella abrió, envuelta en una bata de seda roja que dejaba ver sus piernas largas. «Pase, presidente», dijo con una voz ronca y seductora, sonriendo como si lo esperara.
Dentro, el apartamento era un discreto oasis de lujo, sencillo a la par que confortable: velas aromáticas, sofás mullidos y un suave aroma a jazmín. Manuel, serio, se aclaró la garganta e inició el discurso que tanto había ensayado y repetido en su cabeza una y otra vez. «Señorita Elena, hemos recibido quejas. Sus… visitas frecuentes están perturbando la paz del edificio. Esto no es un hotel. Debe moderar su conducta o, como presidente de la comunidad, me veré obligado a tomar medidas.»
Elena lo miró con ojos penetrantes, cruzando las piernas mientras se sentaba en el sofá. «Entiendo, Manuel. Pero ¿no cree que la gente exagera? Todos tenemos necesidades.» Se acercó, Manuel sintió un calor inesperado mientras el perfume de la mujer lo iba envolviendo. Intentó mantenerse firme, pero ella le tocó con delicadeza el brazo, guiándolo hacia el dormitorio. «Déjeme mostrarle por qué vienen tantos.»
Allí, en la penumbra, Elena se despojó de la bata, mostrando sus senos perfectos, firmes, grandes y redondeados pero, a la vez, apareció su miembro viril, erecto y dominante. Manuel, sorprendido, instintivamente retrocedió, Elena era un travesti, pero tras el desconcierto inicial, permaneció expectante mientras se abrían paso dentro de él la curiosidad y un deseo reprimido. Ella lo empujó suavemente contra la cama, sus manos expertas desabrochando su camisa. «Relájese, presidente. Esto cambiará su perspectiva.»
Elena lo besó con pasión, sus labios suaves pero firmes, su lengua explorando su boca mientras sus dedos bajaban por su torso. Manuel jadeó, sucumbiendo casi sin resistencia. No se había preparado mentalmente para aquello. Ella lo giró boca abajo y se colocó detrás. Preparó el camino con lubricante que sacó de la mesita, sus movimientos expertos y precisos. Entró en él lenta y cuidadosamente al principio, sintiendo la tensión inicial del hombre, pero una vez aseguró la entrada aceleró el ritmo. Manuel se sintió invadido profundamente, con una mezcla desconocida e inesperada de dolor y placer. Elena lo sujetaba con sus fuertes manos por las caderas, embistiendo con fuerza rítmica y controlada. Él gemía, agarrando las sábanas, mientras ella lo dominaba por completo, sus senos rozando su espalda, los testículos de ella chocando contra las nalgas de él. El acto era brutal, crudo y primitivo: sudores mezclados, respiraciones entrecortadas, carne contra carne. Elena aceleraba, sus embestidas cada vez llegaban más dentro de él haciéndole arquearse. Manuel se rindió, sacudido por oleadas de éxtasis. Finalmente, Elena se corrió derramándose dentro de él, y Manuel la siguió con un orgasmo intenso que lo dejó tembloroso. Permanecieron unidos un momento, exhaustos, antes de que ella se retirara con cuidado, limpiándolos a ambos con ternura.
Al cabo de un rato, Manuel salió del apartamento con flojera en las piernas y una sonrisa levemente estúpida en su boca. En la siguiente reunión de la comunidad, defendió a Elena con disimulada vehemencia. «Sus visitas son asunto privado. No hay ruido excesivo, solo percepciones erróneas.» Los vecinos lo miraron perplejos, pero Manuel, ahora aliado secreto, desviaba cualquier crítica o proponía temas polémicos para la comunidad, como derramas, que sirvieran como cortinas de humo. Elena le guiñaba el ojo en el pasillo, y él sentía un cosquilleo de anticipación. La vida en el edificio siguió su trantrán cotidiano, pero había un nuevo orden: la inquilina reinaba, y el presidente velaba sumiso por su reino. De vez en cuando, Manuel subía a «discutir asuntos comunitarios” y, a la salida, procuraba que su sonrisa bobalicona no le descubriera, si es que todavía alguien ignoraba lo que sucedía. La paz retornó y Elena continuó recibiendo a sus visitantes.













