Doctor de cuerpos y almas
Parte 1
Madrid, octubre de 1868
La noche amenazaba tormenta.
Con un gesto animal, el hombre del bastón se detuvo un instante a olisquear el aire cargado de electricidad; sobre su cabeza, las nubes corrían deprisa, impulsadas por el viento, disipando, por el momento, cualquier posibilidad de chubascos.
Una parte de él se alegró: lo que menos necesitaba aquella noche de octubre madrileño era un temporal. Dos lunas llenas habían llenado el cielo aquel mes y las criaturas que se movían entre el crepúsculo y el alba bullían revolucionadas. “Nada extraño en Madrid”, se dijo el doctor, doblando Bailén, caminando todo lo deprisa que le permitían su pierna destrozada en un viejo lance de guerra y el pesado maletín de galeno.
“Debería estar en cama, a cobijo, sin meterme en más líos”, pensó. Sus planes se habían torcido cuando un billete se coló bajo la puerta de su casa: apenas acababa de llegar, ni siquiera se había quitado el abrigo…y un ascenso de cuatro pisos, amén de un largo día de trabajo, comenzaban a pasarle factura.
Reconoció la letra. Una nota educada pero imperiosa conminándole a acudir a la Encarnación pasada la medianoche. Una sola inicial a modo de firma.
La primera letra de un nombre de mujer mil veces más peligroso que una sentencia de muerte…
…mil veces más tentador que la manzana del Edén.
El doctor sintió el aire vibrar conforme se acercaba a la verja del convento. Moraban en su piel hombre y lobo y algo sabía de esas cosas que se escapan a lo terrenal, de esos seres que viven al filo de un parpadeo. La oscuridad no le era ajena y podía sentir su presencia tras los muros de la Encarnación…una oscuridad demasiado familiar en un Madrid plagado de puertas y bocas infernales, invisibles a los mortales.
Sonaban los cuartos previos a medianoche cuando llegó a la reja y tocó con cuidado la campanilla, sin querer llamar la atención, sabiéndose observado. “Madrid, ese gran mentidero”, bufó para sí, conteniendo las ganas de encararse con las sombras guarecidas en los portales…o con aquellos que espiaban sus pasos desde el interior del carruaje detenido en la esquina de Bailén.
— Sea bienvenido, doctor.
Ni siquiera había intuido la llegada del ánima de la infortunada novicia que guardaba la entrada; una mano blanca y huesuda pareció desprenderse de la madrugada y, sin llave alguna, con un leve toque, abrió la verja. Guardó silencio y se mordió la lengua, consciente de que esa clase de magia estaba prohibida en la ciudad, más aún en suelo sagrado, “en ocasiones, se dijo, es mejor callar y seguir vivo para contarlo”, pues, la Encarnación, como otros templos, era un mundo regido por sus propias normas.
— Sígame. Es usted desgraciado…puedo sentir su dolor…, ¿necesita algún remedio para su pierna?
— No se preocupe, hermana, que estoy bien —contestó con aplomo.
—La suya es una herida maldita. —La etérea figura de la novicia caminaba por el patio delante de él—. ¿Sabe que hay…antídotos que podrían ayudarle a soportar ese veneno que corre por sus venas, doctor?
El caballero se disponía a responder que no creía demasiado en la efectividad del unto de crío o de la sangre de cabrito para sus males, cuando el espectro se desvaneció ante sus ojos con una suave risa: no era hombre medroso, pero tragó saliva para contener el escalofrío que se deslizó por su espina dorsal hasta la nuca…
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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