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Lo que encontré al otro lado de la cascada me dejó con la boca abierta. Era como si hubiera ido a parar a otra dimensión de la realidad.
Intenté regresar, sin embargo, cuando me di la vuelta, había desaparecido. A mi espalda solo había una roca transparente. La toqué con la esperanza de que mi mano se filtrara a través de la misma. Era dura y no dejaba traspasar nada, a pesar de que a través de ella podía contemplar mi mundo. Me asusté, creo que por primera vez en mi vida.
Comencé a caminar en dirección contraria a la cascada y, frente a mí, descubrí un inmenso castillo con cuatro torreones. No podía ser real, nunca había visto nada tan perfecto.
Comencé a oír como se acercaban unos caballos. No sabía qué hacer así que opté por esconderme. Me metí tras unos arbustos situados al lado del camino y levanté la espada con la esperanza de que me sirviera de protección.
─No te escondas, te estábamos esperando.
Esa voz la conocía, era la misma que me había atraído hacia la cascada.
─No vamos a hacerte daño.
Eché una ojeada a través de la hojarasca y le vi por primera vez ¡Era tan hermoso! Nunca había visto a nadie tan guapo. Así me imaginaba yo siempre a los príncipes de los cuentos de hadas: altos, fuertes, rubios o morenos (e incluso algunas veces pelirrojos) y siempre seguros de sí mismos.
─Vamos Ariadna, sal de ahí.
Conocía mi nombre, ¿Cómo era posible? Yo pensaba que esa voz había salido de mi cabeza, sin embargo, le pertenecía a él.
Miraba hacia los arbustos donde me había refugiado. Estaba claro que sabía dónde me escondía. Bajó del caballo con lentitud, para no asustarme y se fue acercando despacio, como si fuera contando cada paso que daba.
─No tengas ningún temor.
Me levanté con la improvisada espada en alto. Ante este gesto, sonrió y me ofreció la mano. Cuando me levanté tuve una sensación rara: era como si viera el mundo desde otra altura.
─Será mejor que te cubras con mi capa.
Miré hacia abajo y me di cuenta de que no era la misma: era yo, pero más mayor. La ropa me quedaba diminuta y se ajustaba a mi cuerpo ¿Qué estaba pasando?
─No te asustes, nos pasa a todos cuando cruzamos la cascada.
Cogí la prenda que me ofrecía con brusquedad y me la eché sobre hombros.
─Vamos, hemos de llegar a casa antes del anochecer.
Los soldados montaron en sus caballos y mi interlocutor me ayudó a subir a su montura. Era una animal precioso, de color negro azabache. Cabalgamos lo que me pareció una eternidad dirigiéndonos siempre hacia el castillo.
─Mi familia nos está esperando.
─ ¿Vives ahí? ─oír mi propia voz me sorprendió porque ya no era tan cantarina ni tan infantil, ahora era dulce y suave, como si estuviera acariciando las palabras.
─Ese va a ser tu hogar a partir de ahora.
─De eso ni hablar, yo quiero volver con mis padres y con mi hermana. Estará llorando. No me he portado bien con ella. Necesito volver.
Y dicho esto salté como pude del inmenso corcel.
─ ¿Qué haces? ¿Te has vuelto loca? ¿Podrías haberte matado?
Eché a correr intentado regresar. Tropezaba a cada paso que daba, sin embargo, no podía parar. Necesitaba volver a ver a María y pedirle perdón. No pude llegar muy lejos porque me alcanzaron con sus veloces caballos y me cortaron el paso.
─Es peligroso permanecer de noche en el bosque ─dijo tomándome del brazo con delicadeza.
─No me asustas, esos son cuentos para asustar a los niños.
─Puede que así sean al otro lado, sin embargo, en mi mundo es distinto. Ni siquiera yo, con todos mis guerreros, me atrevería a pasar una noche fuera del castillo. Las sombras lo inundan todo y se llevan a los incautos que no han buscado refugio.
─Ja, solo quieres asustarme para que vaya contigo. Yo tengo mi espada y no le temo a nada ─cuando fui a levantar el arma imaginaria, me di cuenta de que no era tal. Era una espada de verdad, con unas letras grabadas en el filo.
La noche comenzó a caer lentamente, un manto de oscuridad fue cubriendo todo el paisaje. Los caballos comenzaron a resoplar, nerviosos y los soldados se miraban unos a otros con temor.
─ ¡Vámonos! ─sin mediar más palabra me subió nuevamente al caballo y comenzamos un rápido galopar. Esta vez me había subido delante de él para evitar que volviera a saltar.
Fui a protestar de nuevo cuando el rugido de un animal salvaje me hizo cambiar de idea. Era como si todo el bosque hubiera temblado.
─ ¿Qué ha sido eso? ─por primera vez sentí no miedo, sino pánico.
─Es mi hermano, sabe que te hemos encontrado y nos quiere impedir llegar a casa. Cuando lleguemos, te enseñaré el espejo y lo entenderás todo.
El puente levadizo estaba bajado, esperando nuestra llegada. Cuando entramos, comenzaron a levantarlo con rapidez. Giré la cabeza, mirando detrás de nosotros y le vi. Eran como dos gotas de agua. Me miró y sonrió con maldad:
─Pronto serás mía ─a pesar de la lejanía había escuchado claramente sus palabras.
─No le mires.
─ ¡Sois idénticos!
Me condujo hasta una habitación donde había un gran espejo: era precioso, redondo y con un brillo que se irradiaba a toda la habitación. Me acerqué y lo que vi me dejó sin palabras: al otro lado del espejo se veía mi mundo. Vi el dolor de mis padres al descubrir mi vestido ensangrentado y el llanto de mi hermana. Intenté gritarles que estaba viva.
─No te oyen, eso pasó hace ya mucho tiempo.
─Necesito volver a su lado.
─Eso es una quimera. Atrás has dejado ya tu infancia y eso es algo que no se puede recuperar. Ahora te doy la bienvenida a la adolescencia, con lo que ello significa: inseguridad, rebeldía, temores, retraimiento y, sobre todo, el descubrimiento de tu propia identidad.