Galiana te cuenta: La dimisión

Algunas dimisiones son forzadas, otras irrevocables y otras…

La dimisión

El día en el trabajo había sido un completo desastre, tanto como para dar lugar a dejar firmada sobre la mesa de mi jefe mi dimisión. De camino a casa pensé en la manera de decirle a ella que, otra vez, mi mal carácter me la había vuelto a jugar en el terreno laboral. La última vez amenazó con hacer la maleta y abandonarme, con lo que la posibilidad de que la jornada terminase todavía peor se incrementaba por momentos. Discutiríamos. Me llamaría irresponsable. Estaría unos días sin dirigirme la palabra, y nada sería lo mismo hasta que se sentara a tocar el piano, cuando lo hiciera todo volvería a la normalidad. No hablaríamos sobre mi dimisión, como si esta no se hubiera producido, porque para entonces ya habría ido a pedir que de nuevo me volvieran a readmitir y lo habrían hecho.

Saliendo del ascensor escuché las notas del piano que salían de nuestra casa. Avancé por el pasillo con paso decidido. Me detuve ante la puerta antes de introducir la llave en la cerradura. Ella seguía tocando. Dejé que el sonido de la música se apoderase de mí, dicen que amansa a las fieras y en mi caso es verdad que lo hace.

Entré en la casa. Ella me miró, sonrió y continuó tocando sin decirme palabra. Fui al dormitorio. Dejé la cartera sobre la cómoda. Después me quité la ropa y me di una ducha.

Mi oído musical nunca fue muy fino, pero el sonido del nocturno para piano número de 9 de Chopin es inconfundible. Me sentí relajado y hasta había olvidado por completo el tema de mi dimisión.

Me vestí con ropa cómoda, de ésa que nos compran las mujeres para estar en casa porque no soportan que nos sentemos con el traje sobre un inmaculado sofá.

Fui hacía la sala donde ella continuaba al piano. Sobre la mesa estaba el periódico del día junto al costurero y una camisa mía a la que hacía un par de días se le había caído un botón. Me senté a leerlo con detenimiento, tratando de asimilar la información que en el mismo aparecía.

Ella pasó de la relajación de Chopin a tocar algo que empezó a inquietarme. El sonido había pasado de ser dulce a tenebroso en cuestión de segundos. Levanté la vista del periódico. La miré. Tenía la misma sonrisa que al entrar en la casa, pero sus dedos no acariciaban las teclas, las aporreaban con furia, y la ira comenzó a apoderarse de mí.

Quise gritarle que parase de tocar, pero aún teníamos que hablar sobre mi dimisión en el trabajo, con lo que mejor dejar que terminase el improvisado concierto de música espeluznante al que estaba asistiendo como único espectador en el salón de mi casa. No deseaba interrumpirla, la primera y única vez que lo hice se marchó de la casa, estuve toda una semana sin tener noticias suyas, regresó pasados siete días y lo único que dijo fue antes de sentarse a tocar:

—Nunca más vuelvas a interrumpirme cuando estoy al piano.

Me pregunté por qué estaba aporreando las teclas de aquel modo, desconocía el asunto de mi dimisión, debía haber algo que la hubiera hecho cambiar. Aquel odioso instrumento musical, que ocupaba una parte importante de nuestro salón, se había transformado de algo angelical en un demonio brutal. Ella seguía con la misma sonrisa dulce de mi llegada.

Cerré le periódico. Me levanté de la silla. Fui hacia la cocina. Ella giró su cuello para mirar donde iba sin dejar de tocar. Entré. Cerré la puerta. Apoyé mis manos sobre el borde del fregadero. La música de la sala contigua me retumbaba en la cabeza. Por alguna extraña razón la caja con los cuchillos que había junto a la cafetera llamó mi atención. Saqué uno largo y estrecho. Miré la hoja con detenimiento. La maldita música me gritaba:

—Haz lo que tienes que hacer.

No sabía qué era lo que tenía que hacer. Recuerdo que lo único que deseaba mientras tenía el cuchillo en mi mano era que regresara el silencio.

La música cesó. Dejé el cuchillo sobre el mostrador de la cocina. No, no lo coloqué en su sitio. Me dirigí hacía la puerta para volver a la sala. La abrí. Ella estaba allí, inmóvil. Mirándome como nunca antes lo había hecho. Sonreía exactamente igual que cuando del piano salían las notas de Chopin. Sentí un dolor intenso en el abdomen. Bajé los ojos. Descubrí unas tijeras clavadas en el mismo aún sujetas por la mano de ella. Después todo se volvió oscuro, comprendí que mi dimisión era irrevocable.

Galiana

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Escritora
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2 respuestas a Galiana te cuenta: La dimisión

  1. antoncaes dijo:

    Esto si que es dar la nota final. 🙂

    Me gusta

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