Este septiembre «Cosas que le cuento a mi gato» por Arwen Grey: «Juan» (Final)

5ª Parte

Juan había decidido tomar el toro por los cuernos.

No le gustaba usar abonos artificiales, pero comenzaba a pensar que era la única solución para salvar su orquídea, visto que nada más había funcionado.

Volvió a toda prisa junto a su mesa, dispuesto a aprovechar los últimos minutos que le quedaban del descanso para abonar la planta y seguir los consejos que le había dado la florista. No estaba demasiado convencido de que fueran a funcionar, pero quién sabía. Ese día se sentía optimista.

Ya antes de entrar supo que no había nadie. A esa hora, lo más probable era que Roberto Muñíz hubiera salido a comer. Eso significaba que tenía un par de horas de tranquilidad por delante. Dos horas sin música estridente. Dos horas sin visitas incómodas. Casi sintió deseos de sonreír. Otra vez él y su vieja radio a solas en divina paz.

Todavía estaba en ese estado de gracia cuando entró en el sótano y lo vio. Los primeros cristales en el suelo, las piedras y la tierra esparcidas por todas partes. Y finalmente su adorada orquídea rota y muerta, abandonada como la víctima de un naufragio. La flor roja separada de la vara parecía mirarle, pedirle venganza.

Estaba mirando el desastre, sin comprender del todo lo que veían sus ojos, cuando sintió una mano sobre su hombro.

—¿Qué carajo ha pasado con tu planta, Luís?

Juan no podría explicar qué ocurrió en su interior (no podía explicar muchas cosas), solo supo que de pronto se vio agachado, recogiendo un trozo de cristal que había pertenecido al jarrón transparente de la orquídea, uno afilado y largo como un estilete, y que lo estaba clavando en el cuello de Roberto Muñíz.

Él nunca se hubiera planteado algo semejante, pero, de haberlo hecho, le habría sorprendido comprobar que la carne humana fuera tan dura. Había tenido que hacer un esfuerzo real para clavar ese cristal en el lateral del cuello de ese mequetrefe. También le sorprendió que la sangre no brotara en un chorro constante, como en las películas, sino en chorros cortos, al ritmo de los latidos de su corazón, empapando su polo rosa, creando un contraste pictórico curioso. Era hermoso, como ver crearse un mapamundi con un mar rosa y una tierra de color rojo oscuro, creciente y creciente por momentos.

Vio la mano de Roberto trepar hasta la herida, tratar de arrancar el cristal, pero algo dentro de Juan hizo que apartara esa mano de un golpe, como quien aparta una mosca molesta. Roberto le miró con algo cercano a la sorpresa. Casi juraría que había más sorpresa que dolor, aunque era evidente que le dolía, a juzgar por sus gemidos.

Escuchó sus borboteos durante unos segundos, hasta que al fin lo vio caer, pálido y rojo a la vez.

No pudo decir que se sintiera satisfecho ni feliz. Juan no era un tipo expresivo.

La ambulancia no tardó demasiado en llegar.

Los sanitarios todavía lo encontraron vivo, gimoteando sin parar una única palabra, que más tarde, cuando al fin murió, transmitieron a la policía.

Juan volvió a una agradable rutina que creía haber olvidado.

Retomó su antiguo horario, su mesa junto al tragaluz y tenía una nueva orquídea, más resistente a la potente luz de los leds y al aire acondicionado.

Los primeros días después de la muerte de Roberto Muñíz había recibido muchas visitas que trataban de indagar sobre lo que había ocurrido. Pero ¿qué podía contarles él, que había llegado en sus últimos estertores y justo a tiempo para llamar a la ambulancia? Por desgracia, los sanitarios no habían podido hacer nada por él y había muerto camino del hospital.

—Debe de haber sido todo tan traumático… —le habían repetido una y otra vez compañeros que antes apenas le saludaban, compañeros que incluso habían achacado a ese trauma que no acudiera al funeral de Roberto Muñíz.

Poco a poco todo el mundo fue pasando página. Todos retomaron poco a poco también el viejo formulario para pedir los archivos y las visitas fueron disminuyendo hasta desaparecer casi por completo.

Pero Juan esperaba una visita.

Eran dos y no se parecían a los policías de la televisión. Eran corteses y parecían gente normal, no distintos a un oficinista o un médico. Si acaso, eran más amables que un oficinista o un médico, más cuidadosos en las formas y en el modo en que usaban las palabras.

Entraron en el iluminado y frío sótano como quien entra en territorio hostil, como Juan había hecho durante meses. Parecieron pararse a escuchar la radio, con sus interferencias y sus voces entrecortadas, antes de detenerse junto a la mesa de Juan enfrente del tragaluz.

Uno de ellos hizo amago de tocar la nueva orquídea, pero, por algún motivo, pareció arrepentirse en el último momento.

—Es bonita. Mi mujer tiene una y la trae por la calle de la amargura.

Juan asintió, comprensivo.

—Son plantas complicadas.

El policía asintió a su vez.

—Como las personas, supongo.

Juan se preguntó si debía responder a eso, si era un chiste acaso. Nunca había comprendido demasiado bien las ironías. Pero el policía no sonrió, ni le miró fijamente esperando su respuesta, así que supuso que así estaba bien.

Le explicaron que habían venido a comprobar los detalles de su declaración y para preguntarle si recordaba algo más que pudiera ayudarles en la investigación. Juan se preguntó si en sus preguntas había segundas intenciones, pero ni siquiera le miraron, como si todo fuera un aburrido trámite más, algo que cumplir para poder poner sello final al expediente.

Por su actitud, nadie diría que allí mismo se había cometido un crimen. De hecho, si no supiera que había sido él el justiciero, apenas recordaría lo que había sucedido hacía apenas unas semanas.

—Tenemos entendido que había un tal Luís con el que el señor Muñíz tenía problemas.

Como tenía la mirada baja, Juan no sabía cuál de los dos había hablado, así que no supo a quién mirar. Sintió que una risa inconveniente afloraba a sus labios, así que miró hacia la orquídea, que florecía, hermosa y salvaje, a pesar de la brillante luz de los leds.

—¿Ha oído hablar de él? —preguntó el otro policía, acercándose un poco. Debía de ser aquel cuya esposa era amante de las orquídeas, pues tomó un bote de abono que él tenía sobre la mesa, junto al jarrón transparente, y se dedicó a leer atentamente las instrucciones de uso, como si no le importara en absoluto su respuesta.

—Hablaba de él todo el tiempo —respondió Juan, sin mentir del todo.

Tal vez hubo algo en su tono, porque el policía que tenía el bote de abono en su mano alzó la mirada y la clavó en él.

—¿Y qué decía?

¿Qué decía? Era tan difícil de explicar que no sabía por dónde empezar, así que permaneció en silencio. Cuando al fin hizo algo, fue encogerse de hombros. Cómo decir que le hablaba como si fuera otra persona.

—Su nombre fue la última palabra que pronunció en la ambulancia, antes de morir. El de ese tal Luís —aclaró el policía, al ver la mirada fija y tal vez de extrañeza de Juan.

De modo que era eso. Ni siquiera en el último momento de su vida había recordado su verdadero nombre. Lástima.

Cuando los dos policías se fueron al fin, después de asegurarles que les informaría de cualquier novedad que supiera acerca de Luís, o cualquier cosa sobre Roberto Muñíz, Juan sonrió.

El caso se cerró poco después. O tal vez no. Se dice que los casos sin resolver nunca se cierran del todo.

Pero la vida volvió a ser normal, las habladurías cesaron, Roberto Muñíz fue justamente olvidado, y Juan recuperó su rutina.

Nada como recuperar la rutina para ser feliz. O casi.

Por si acaso, solo por si surgía algún otro problema, Juan guardaba el trozo de cristal en un cajón.

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Nos vemos en 7 días con un nuevo relato

@ArwenGrey

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