Tengo el honor de inaugurar esta nueva temporada y de estrenarme en el blog como escritora, espero que os guste esta sección.
Juan
1ª parte
Juan Gómez era un hombre gris que trabajaba en el rincón más gris del edificio más gris de Madrid.
Estaba rodeado de archivadores de dos metros y diez centímetros, algunos calzados con trozos de cartón arrancados a carpetas viejas, polvo a toneladas y paredes pintadas de lo que en otro tiempo fue color verde, pero él ya no veía nada de todo eso.
Había de manchas de humedad por todas partes, un falso techo por el que a veces correteaban ratas y otro tipo de animales, y un ruido zumbante como un zuuumm zuummmmm, solo interrumpido por una pequeña radio, que emitía a duras penas la programación de Radio Clásica. Y hasta eso llegaba con interrupciones por culpa de los gruesos muros de hormigón, por no hablar de que aquel antro se encontraba a una considerable profundidad, lo que hacía que la recepción fuera dificultosa, y en ocasiones incluso imposible. La mayoría de las veces se escuchaba más la estática que la música o las voces de los presentadores, pero Juan podía vivir con ello.
Lo prefería a otras presencias más… humanas.
Llevaba trabajando en el archivo de Editorial Torres S.A. 23 años, 4 meses, 3 semanas y 2 días y había alcanzado tal grado de mimetismo con su lugar de trabajo que, excepto aquellos que llevaban allí casi tantos años como él, o incluso más, como el portero, Arturo, el editor jefe, don Pedro Robles, o su secretaria, Purita, nadie lo conocía por su nombre. Le llamaban el archivero y solo se dirigían a él para pedirle legajos polvorientos y tanto o más viejos que él.
Y eso en las pocas ocasiones en las que alguien bajaba al archivo.
Entraba cada día por la entrada de mercancías para no tener que atravesar casi todo el edificio hasta llegar al archivo, y no por comodidad, sino para no ver a nadie más de lo imprescindible.
Decir que no era una persona demasiado sociable era ser generoso.
Tras atravesar la puerta exactamente a las 7:30 de la mañana, girar dos veces hacia la izquierda y una hacia la derecha, se encontraba en su reino.
Oscuro, sin comodidades, con olor a humedad y a hongos, y lleno de ácaros, pero suyo, pues todo el mundo en la editorial lo evitaba como la peste.
De hecho, incluso si alguien de arriba necesitaba algo del archivo, se limitaba a enviarle una circular por mail y a esperar a que Juan les enviara la carpeta o los documentos solicitados por el montacargas.
Para evitarse visitas innecesarias, había creado un formulario de lo más completo para que hasta el más idiota, y había muchos idiotas en la editorial, especificara qué necesitaba y no tuviera que bajar después a echarle una bronca diciendo que se había equivocado. En dicho formulario constaban datos tales como autor del artículo o libro, tema, año o editorial. Generalmente, estos datos eran suficientes y la mayoría eran capaces de rellenarlos de modo correcto, pero de cuando en cuando había quien se lo ponía difícil. Afortunadamente, Juan era un tipo con paciencia, una paciencia como la de los santos.
Juan Gómez era un hombre sobrio tanto en su modo de vestir como en sus gestos. También lo era en sus gustos, como no podía ser menos. Nadie le conocía placeres tales como mujeres, restaurantes, cine o teatros. Nadie sabía en qué gastaba su dinero. Sin embargo, como todo ser humano, tenía una debilidad: sus orquídeas.
Aunque era una persona a la que no le gustaba mezclar el placer con el trabajo, había descubierto que la humedad reinante en el archivo y el apabullante calor que siempre hacía allí, tal vez creados por la cercanía de las calderas de la calefacción central, eran muy similares a un clima tropical. Eran las condiciones idóneas para criar cierto tipo de orquídeas que en su hogar no podía mantener. Por ello, con cierto temor en un principio, había ido trasladando sus ejemplares más delicados. Los primeros días temía recibir alguna queja de jefatura, incluso un expediente, pero poco a poco se fue relajando.
Así, Juan pasaba el día trabajando, rebuscando en los archivos cuando alguien le pedía algo y devolvía a su lugar lo que ya nadie necesitaba. Y sus momentos de descanso los dedicaba a sus adoradas orquídeas.
La primera noticia que le llegó de que en poco tiempo ya no estaría solo en su oscuro sótano no le alarmó. No tenía por qué hacerlo. El archivo era lo suficientemente grande para dos personas.
Don Pedro Robles, el editor en jefe, había considerado que había llegado el momento de informatizar los archivos. Eso suponía que tendría un compañero, y que trabajaría allí mismo.
Juan no se preocupó, al fin y al cabo, no era antisocial del todo. Era muy capaz de estar junto a otros humanos y de comunicarse con ellos. Lo había hecho otras veces.
Además, se preguntó, mirando las filas de archivadores de su oscuro sótano iluminado con fluorescentes, ¿cuánto se podía tardar en encriptar e informatizar esos documentos?
Ummmm. Asintió para sí.
Podría sobrevivir a esos dos o tres meses sin problemas, se dijo mientras rociaba su orquídea favorita con un spray de agua. Decidió que se llevaría las demás a casa, pero dejaría esa allí. No podría resistir sin ella.
Ahora dale al podcast en ivoox, puede haber variaciones entre el texto y el audio.
🎙️🎧👇🏻
Nos vemos en 7 días con la segunda parte


