‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba (incluye el podcast de @ivoox): «Majestad, os daré la corona»

Capítulo 54: Majestad, os daré la corona

En la anterior entrega de este serial dejamos a Felipe II aceptando a regañadientes que Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba, dirigiera el ejército que iba a entrar en Portugal; y este último preparando el hatillo —se llevó su cama, indumentaria y poco más— de cara al viaje hasta Badajoz y sin pasar por Madrid para saludar a su majestad. Católica majestad, vengo a presentaros mis respetos etcétera. Que no, que tires tieso para Badajoz, y allí ya veremos.

El duque marchó para Badajoz con la lección de Flandes bien aprendida. O sea, nada de hostialidades como si no hubiera un mañana y leña al manzano hasta que cayeran todas las manzanas; que, al fin y al cabo, quien habría de llegar iba a ser el rey de todos los portugueses, así que tonterías las justas. Lo que de verdad le preocupaba es de dónde sacar unos 40 000 hombres, hombre arriba hombre abajo, experimentados como pocos, sin tener que traerlos de donde también hacían falta, como Flandes o Italia. La solución final consistió en unir el saber estar de un buen puñado de veteranos con soldados de reemplazo —bisoños, en el lenguaje de la época— y mercenarios italianos y alemanes. A sabiendas de que esta combinación le iba a exigir tirar de disciplina en no pocas ocasiones.

Después de semanas destinadas a preparar el ejército, aguardar la llegada de los rezagados; afinar la logística que comprende una campaña de estas características, con encuentro cara a cara entre Felipe II y el duque de Alba en Badajoz a mediados de mayo de 1580, que diseñaron durante tres días la estrategia a seguir; y realizar una revista de tropas el 13 de junio de 1580 en la Dehesa de Cantillana ante la atenta mirada del propio rey y de su corte, el duque de Alba se dispuso a entrar en Portugal con suficientes provisiones como para mantener a su ejército hasta febrero de 1581, tal y como explica William S. Maltby en su biografía El gran duque de Alba. «Sobre Extremadura cayó una lluvia de oro; gracias a una intendencia entusiasta, pero desorganizada, los víveres llegaron desde todos los puntos. Se vaciaron distritos enteros de Andalucía, e incluso las guarniciones de lugares tan alejados como el Peñón e Ibiza sufrieron racionamientos». Vamos, que iba a conquistar un reino, para qué marear más la perdiz. Y lo que pidiera por esa boquita. «Si Alba necesitaba fondos, éstos le llegaban con frecuencia a los tres días», prosigue Maltby. Y si quería que alguien desempeñara una labor concreta, se cumplía su deseo. Al respecto, lo único que pidió fue que le acompañara su hijo Hernando —el hijo de la molinera, por recordar— como jefe de los arcabuceros montados. El que más se parecía a su padre sin duda alguna.

La campaña fue rápida: poco a poco se fueron rindiendo o cayendo sin tampoco demasiada resistencia —según las circunstancias— villas como Vila Viçosa, Setúbal —donde se encontró con la armada comandada por don Álvaro de Bazán— o Cascáis; y fortalezas como Santiago de Outao o San Julián de la Barra. Tirando en todo momento de disciplina para atajar los desmanes de sus soldados —llegó a decir por carta que no contaba con sogas suficientes para colgar a todos los que se desmandaban, que no eran pocos—, y aguantando los achaques de la edad —que ese hombre ya tenía más de 70 palos de almanaque del siglo XVI. Que ya eran palos— y de la gota, y sorteando una epidemia de peste que se llevó por delante a no pocos de sus hombres, incluida la reina Ana, esposa de Felipe II, en octubre de 1580. Y éste se libró por los pelos. Aunque chungo, chungo, tanto como para temerse por su vida, estuvo un rato. Y mientras, el ejército reclutado a toda prisa por don Antonio de Crato, que incluía un amplio contingente de esclavos negros a los que prometió la libertad en caso de alcanzar el trono, conteniendo como pudo la avalancha hispana hasta alcanzar las cercanías de Lisboa.

Allí, en la desembocadura del río Alcántara en el Tajo—ahora, una carretera. Que lo he visto con estos ojitos—, tuvo lugar el 25 de agosto la batalla del mismo nombre en la que las huestes del duque de Alba arrollaron —la cosa apenas duró unas cuantas horas— a las del prior de Crato, que salió por patas y herido camino del norte del país primero y del exilio después. Luego regresaría con ganas de seguir liándola parda, pero ya no sería lo mismo.

Al oír lo ocurrido en las laderas del río Alcántara, los lisboetas se rindieron sin oponer demasiada resistencia —«aunque la población siguió hostil, Alba no tuvo gran dificultad para imponer su dominio»; y esperaron, como el mismo duque, la llegada del nuevo rey. Que no llegó porque la peste no le dejó. Si bien, como elucubra Maltby, «en semejantes circunstancias se consideraba un despropósito que el rey entrada en la ciudad, aunque la verdad era que el peligro era el mismo en Badajoz», siendo el resultado el ya explicado.

De todas formas, me voy a permitir un Umbral —don Francisco, por supuesto—, y para quien quiera saber más acerca de esta campaña le recomiendo mi novela Hambre de Gloria, editada en 2024 por Edhasa.

A comienzos de septiembre de 1580, Lisboa reconocía a Felipe II como rey de Portugal. Meses después, en otoño de 1581, las Cortes de Tomar coronaron a Felipe II como Felipe I de Portugal. De esta manera, unificó la península y, con ello, los dos grandes reinos ultramarinos, como eran España y Portugal. Una unión que sobrevivió a su realizador un total de 42 años.

¿Y el duque de Alba? Una vez prestado el último servicio a su rey, le pidió regresar a España junto a los suyos.

Ahora, ¿le hizo caso Felipe II?

Eso lo dejamos para la última entrega de este serial, que será la próxima semana. Porque la cosa tiene su miga.

Pero mucha.

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

🎧👇🎙

En octubre nuevo libro en tu librería preferida editado por Edhasa, «Desiderium«

@VictorFCorreas

Deja un comentario