Tercer relato para los peques de la casa
El coleccionista de atardeceres
En un país muy lejano vivía un rey que coleccionaba puestas de sol.
Cada día, se levantaba temprano y desayunaba con muchas ganas. Luego se ponía en camino en busca del mejor lugar para ver el atardecer. Pasaba el día entero buscando el sitio perfecto para añadir una nueva puesta de sol a su colección.
El rey era tan rico que tenía puestas de sol de todas las formas y colores: frías y cálidas, luminosas y nubladas. Las había visto con cielos anaranjados, azules, marrones, turquesas y a veces rayados. Le encantaban las que teñían el cielo de púrpura o rojo. También tenía atardeceres que terminaban en desiertos, océanos, mares tempestuosos y lagos calmados.
Pero había una puesta de sol que nunca había coleccionado: la lluviosa. Cada vez que el sol se iba a esconder y comenzaba a llover, el rey corría a refugiarse para no mojarse su delicada melena imperial. Así, nunca había contemplado una puesta de sol con lluvia.
Un día, mandó a dos de sus más curiosos e intrépidos caballeros a pintar una puesta de sol lluviosa para él. Caminaron errantes durante semanas. Cuando finalmente empezó a llover, sacaron sus lienzos y pinceles para pintar, pero de inmediato los tuvieron que guardar. Todo se mojaba y la pintura se escurría. No pudieron captar nada para su rey y volvieron a él con las manos vacías.
Entonces, el rey envió a la doncella de ojos más hermosos de su castillo a observar una puesta de sol lluviosa y describírsela. Al cabo de una semana, la joven volvió y le contó que, cuando llovía a la vez que el sol se escondía, la luz se descomponía en muchos colores, creando un abanico brillante que no dejaba ver al sol ponerse.
El rey quiso ver esa maravilla por sí mismo y decidió arriesgar su melena. Partió de su castillo en busca de una puesta de sol lluviosa. Al tercer día, estaba mirando al mar cuando el sol empezó a ponerse. Una nube apareció en el horizonte y comenzó a llover. El rey se quitó la melena, se despojó de sus pomposas vestimentas, armaduras y joyas y salió a la playa. Allí, bajo la lluvia, vio el espectáculo de colores y permaneció maravillado por horas.
Tan admirado quedó que invitó a todo su reino a contemplar esa fiesta de colores., y la bautizó con el nombre de “Arcoíris”.
Ahora te lo cuento en verso:
Todo aquel que con esmero
alcanzar riquezas quiere,
desprotéjase primero
y disfrute lo que viere.
A veces nos empeñamos
en tener ciertas riquezas,
que fácilmente alcanzamos
si nos desprendemos de ellas.
Mañana más…


