Noctilucae IV
El llanto de un niño quebró su sueño.
Lucio se incorporó con un gemido de dolor.
Reconoció el espacio familiar de su cubiculum, los sencillos frescos de vides y enredaderas que adornaban las paredes.
Un niño lloraba en algún lugar de la casa.
Se llevó las manos a las sienes, descubriendo que sus muñecas estaban ceñidas por vendas de lino blanco.
—¡Amo!
—Demetrio…— murmuró, reconociendo la voz de su esclavo más cercano.
—No te levantes, mi señor. El galeno indicó que necesitas descanso; los asaltantes no pudieron contigo — continuó, orgulloso su tono—, pero sus armas te alcanzaron y los cortes aún sangraban cuando te trajeron.
—¿Asaltantes? —musitó Lucio.
—Mi señor, ¿es que no recuerdas? Fuiste a visitar la tumba de la señora Livia…como acostumbras…— explicó con tristeza—. De regreso, unos maleantes te atacaron, más tú plantaste cara y tu defensa alertó a un grupo de soldados que acampaban cerca. El centurión al frente, Marco Druso, sirvió a tus órdenes en Hispania y te reconoció al punto: nos contó que te hallaron en el camino, herido, pero no vencido. Te trajeron a la casa con premura y su medicus atendió tus heridas — El joven carraspeó—. Mi señor, eran hombres honestos y, si bien no contábamos con tu permiso, les ofrecimos un refrigerio caliente mientras…
Lucio había dejado de escuchar. No había asalto alguno en su memoria, pues sus únicos recuerdos eran unas formas de mujer, piel blanca inmaculada contra la tierra oscura, el cabello azabache aprisionando sus miembros y su cordura.
—La colina Vaticana no es un lugar seguro. Bandidos y mujeres de mal vivir, esas bustiare de los cementerios. — prosiguió Demetrio con desdén—. Amo Lucio, eres un buen hombre, portas un buen nombre: no permitas que las lenguas viperinas de esta ciudad lo ensucien, pues ya se dice que buscas la compañía de…
El llanto infantil se había intensificado. Lucio graznó una maldición y salió del lecho, ignorando las protestas de Demetrio. Vacilante, pero decidido, atravesó el atrio hasta la zona de la casa donde moraban las esclavas.
Hasta el rincón de la domus al que había relegado a su hijo.
—¿Qué le ocurre? — preguntó con sequedad de soldado.
Dos de las tres mujeres se pusieron en pie: la cocinera volvió a sus quehaceres y la que fuese nodriza de Livia la imitó. Sólo Galia, el ama de cría del niño, permaneció sentada, los senos descubiertos y el bebé sobre su hombro.
—Llora porque acabo de quitarle el pecho, amo —saludó la esclava, carente de pudor alguno—; mama muy deprisa y he de tener cuidado no se atragante.
—¿Es sólo eso? ¿Está bien entonces? — inquirió Lucio.
—Si, mi amo —. La joven meció al niño—. Es muy despierto. Gana peso cada día y su llanto es robusto.
El pequeño abrió los ojos. Y algo se removió en el pecho de Lucio.
—Dámelo, Galia — ordenó.
Las mujeres se miraron.
—Dame a mi hijo, esclava.
¿Leyó acaso miedo en la expresión de la joven? Buscó esta las miradas de las otras y sólo la nodriza se limitó a asentir.
—¡Mi hijo! — exigió.
Galia apartó al bebé. Lo tomó con cuidado y, trémulas sus manos, lo entregó al padre que jamás lo había tomado con afecto de tal entre los brazos.
A Valerio Lucio no le había traicionado el pulso al hallarse frente a la muerte o al sostener el peso de su espada. Por primera vez temblaron sus manos y se humedecieron sus ojos, pues con su abrazo cesó el llanto del bebé y su hijo le regaló unos gorgoritos sin sentido.
Una de las mujeres dijo algo sobre “no dejar caer al pequeño”; Lucio no la escuchó. Salió al patio, cubrió al niño con un pliegue de la toga y buscó un rayo de Sol otoñal. El bebé arrugó la nariz con la claridad, molestos sus ojos verdes.
Los ojos de Livia.
El legado de vida de la mujer que había amado.
Valerio Lucio alzó al bebé en brazos, frente a los dioses, frente a su casa y a su linaje.
—Mi hijo, Valerio Lucio El Joven.
En 7 días el desenlace
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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