Segundo día de esta aventura infantil
El día que Peppa se puso en huelga
Era sábado. Al ver la luz entrar por la ventana, bajé las escaleras lo más deprisa que pude. Casi me tropiezo con un peluche que había tirado por el suelo: mi hermano siempre deja todo revuelto la noche anterior; no piensa en las consecuencias.
Los días que no hay cole, mamá nos deja ver la tele a primera hora de la mañana: nunca nos perdemos el show infantil de las nueve.
A Lucas le cuesta más trabajo bajarse de la litera, así que llegó un minuto más tarde. Yo ya estaba tendida en el sofá, con el control remoto en la mano, y la televisión a punto de emitir su primer sonido. Después llegaría la imagen. No sé por qué es así, pero siempre ocurre en ese orden.
Se me fue la sonrisa cuando no vi a Peppa Pig en la pantalla. En su lugar había rayas verticales de colores y un sonido impertinente. Era un silbido constante, y más molesto que el hecho de no haber dibujos en la tele aquel día.
Como empezamos a hacer ruido, mi papá bajó enseguida. A Lucas le faltó tiempo para decirle:
—No hay Peppa Pig hoy.
Mi padre no tardó en responderle:
—Pues poned otra cosa. ¿Qué más da?
—No hay nada más en la tele —le expliqué yo—, solo canales con círculos arcoíris y pitidos molestos. Y noticias, también hay noticias.
Papá miró extrañado. Se sorprendió aún más cuando mi mamá le gritó desde su habitación:
—Poned la televisión, rápido, mirad lo que dicen: ¡Peppa Pig está en huelga!
«¿¡PEPPA PIG EN HUELGA?!» pensamos todos sin acabar de creerlo. Lo cierto es que yo no tenía ni idea qué era estar en huelga. Luego me lo explicaron, claro.
Resulta que, cansada de trabajar los sábados y domingos, Peppa había decidido no hacerlo aquel día. Además, le fastidiaba tener que terminar todos los episodios riendo y tirada por los suelos. Una vez vale, pero ¿siempre?
Las noticias no paraban de comentar cómo su queja se había extendido al resto de personajes animados. También Ryder y su Patrulla Canina se quedaron en casa aquel día. Bluey llamó a Bingo y se sumaron a la revolución: ¡ya está bien de trabajar los fines de semana!
Pero nuestros problemas no acabaron ahí.
Fue entonces cuando los teléfonos de casa empezaron a sonar: el móvil de papá, el de mamá, el fijo… hasta llamaron al timbre de la puerta.
La cosa era que, los tres hijos de la vecina, que eran muy pequeñitos, no dejaban de llorar. Como no había dibujos animados aquel día, no sabía qué más hacer con ellos. La vecina nos llamaba para ir a la calle a jugar juntos.
Le explicamos que no podíamos salir porque papá y mamá tenían reunión por el ordenador. Papá con sus alumnos de español, y mamá con el pesado de su jefe, ese que no dejaba de escucharse a sí mismo –como dice ella–. Siempre aprovechaban el sábado por la mañana, mientras veíamos los dibujos animados, para tener sus reuniones.
¡Anda!
¡Ahí va, pensé yo!
¡No se pueden ver los dibujos!
¿Entonces, cómo harán? ¿Quién nos entretendrá para no molestarles?
Mamá sabía que empezaríamos a pelearnos tan solo diez minutos después de estar jugando solos; papá no se arriesgaría ni a su primera clase, sabía que nosotros saltaríamos detrás de él, haciendo muecas a sus alumnos.
Por eso los teléfonos no dejaban de sonar. Ahora lo entiendo todo.
A todo el mundo le sucedía lo mismo que a nuestros padres. Así es que todos tenían problemas para controlar a sus pequeños mientras hacían las tareas del sábado. ¡Una insignificante Peppa había conseguido paralizar a todo un pueblo! ¿Qué digo un pueblo?, ¡a un país! O incluso más, al mundo entero. ¡Qué poder!
Acabo de descubrir la solución a todos mis males: cuando Eva me obligue a jugar a su estúpido juego de memoria; cuando Andrés me mande ponerme de portera; o, incluso, cuando la señorita Juani me haga hablar delante de toda la clase en uno de esos aburridos diálogos de francés. Ya sé lo que haré. Lo tengo claro. ¡Yo también me pondré en huelga!
Cuento incluido en el libro «Jim & Tina y el trébol de cuatro hojas» publicando por Serendipia Editorial en 2025.
Mañana nos volvemos a leer.


