Esta semana nos acordamos de los más peques de la casa, traemos relatos para ellos, están de vacaciones y seguro hay tiempo para leer.
El dragón apagado
Había una vez un dragón. Bueno, mejor dicho, una dragona: se llamaba Martina.
Vivía feliz y tranquila en un país lejano donde nunca pasaba nada ni venía nadie. Martina no podía jugar al pillapilla, ni a las cartas, ni siquiera al escondite, a no ser que jugara consigo misma, lo cual era un rollo: siempre se encontraba… y siempre perdía.
Un día pasó por delante de su casa un grupo de niños en bicicleta que iban a buscar musgo para adornar sus árboles de Navidad. Martina los vio por la ventana y salió corriendo a su encuentro con una sonrisa y un «¡hola!» que, en los oídos de aquellos pequeños, sonó aterrador.
Todos se cayeron de la bici y, desde el suelo, miraron espantados al dragón que se acercaba dando grandes zancadas.
—¿Estáis bien, chicos? —preguntó Martina, corriendo a socorrerlos.
Uno de ellos interpuso la mano y gritó:
—¡Vete de aquí, bicho inmundo!
Martina se quedó perpleja:
—¿Quééé? —preguntó.
Y sin querer, soltó una bocanada de fuego que abrasó el gorro del muchacho.
Otra niña, aún en el suelo, recogió una ramita y la increpó con valentía:
—¡Atrás! ¡No te acerques más!
Martina quiso explicarle que no pretendía hacerle daño, pero, al abrir la boca, otra llamarada salió disparada. La ramita quedó hecha cenizas y la niña terminó con la cara tiznada y negra de humo.
Otros dos amigos se levantaron e intentaron detener a Martina con las manos extendidas.
Martina trató de explicar que tan solo quería jugar con ellos, pero su voz ardiente chamuscó los guantes de los chicos, que empezaron a sacudirse las manos para quitárselos.
Entonces la dragona dejó caer las orejas y, con el rabo entre las piernas, regresó triste a su casa. Los niños recogieron las bicis a toda prisa, pero uno de ellos —el del gorro quemado— se quedó mirando desde lejos cómo Martina se alejaba. No quería marcharse aún.
De pronto, Martina tuvo una idea brillante. Voló hasta el estanque y bebió no una, ni dos, ni tres, sino hasta cuatro bocanadas de agua. Sintió cómo su bola de fuego interior se apagaba y un hilito de humo salía entre sus dientes y por los orificios de la nariz.
Ya sin fuego que temer, salió de nuevo al encuentro de los niños.
Primero se acercó al del gorro chamuscado:
—¿Quieres jugar conmigo? —le preguntó.
Él retrocedió un poco, tapándose la cara con las manos. Pero al ver que el dragón ya no echaba fuego, bajó los brazos y sonrió. Llamó a sus amigos, que regresaron sorprendidos al verlo comunicándose con un dragón.
—Solo quiere jugar con nosotros —les dijo.
Y así empezaron a jugar al escondite, luego al pillapilla y más tarde al bote botero. La mañana se les pasó volando y lo pasaron en grande.
Pero al llegar la tarde, el frío se hizo intenso y la nieve dejó de ser divertida. Los amigos juntaron ramitas, palos y hojas para encender un fuego, pero no tenían con qué prenderlo.
Todos miraron a Martina. Ella bajó la cabeza con tristeza: había apagado su fuego interior aquella mañana, bebiéndose medio estanque. Ahora era un dragón apagado.
El niño del gorro quemado miró a sus amigos y luego a Martina. Sentados alrededor de los palos, dijo con voz serena:
—Dragoncito amigo… No debiste apagarte por dentro. Nadie debería cambiar su identidad para agradar a otros.
—¡Yaaa! —afirmó otro—. ¡Y ahora podríamos encender el fuego!
El del gorro chamuscado continuó:
—En lugar de eso, nosotros tendríamos que haber aprendido a jugar contigo sin quemarnos.
Los amigos asintieron. Entonces añadió:
—Pero tengo una idea: abracémonos unos a otros. La unión hace la fuerza, y juntos nos protegeremos del frío.
Los niños se agolparon en torno a Martina y la abrazaron. Aquella calidez encendió el corazón del dragón. Sintió cómo su fuego interior regresaba, chispeando en su pecho.
Esta vez, no quiso apagarse. Había aprendido la lección: no debía dejar de ser ella misma, pero tampoco dañar a sus amigos.
Se alejó un poco, levantó el hocico y lanzó una ráfaga de fuego al cielo.
Los niños entendieron la señal y se apartaron de las ramas. Entonces Martina sopló suavemente: un suspiro bastó para encender la hoguera. La lumbre los mantuvo calentitos toda la noche.
Martina no volvió a apagarse nunca más. Aprendió que los demás tenían que respetar quién era, y que ella, a su vez, debía tener cuidado de no quemar a nadie con su aliento de dragón.
Mañana prometo regresar con un nuevo relato, ¿Me acompañarás?


