Ruido y pensamiento crítico

La sociedad española por lo general es demasiado ruidosa, con tendencia a alborotar en exceso. Se nos nota sobre todo cuando salimos al extranjero, nuestras voces siempre se escuchan por encima de las del resto.

¿Es esto malo? Nada es ni bueno ni malo, existen las gamas de colores.

Cuando uno está de celebración con amigos, o enemigos, da gusto que el tono sea elevado, es señal que el personal lo está pasando bien. Incluso en algún funeral la risa nerviosa sirve para descargar tensión, para aliviar alguna tristeza demasiado agónica.

Ahora, cuando el ruido es estridente en la calle, en ámbitos como la familia, en temas culturales, la política, asuntos relacionados con la economía, la educación de nuestros hijos, el bienestar de los mayores, la forma de pensar, los medios de comunicación o en las redes sociales, entonces…

La contaminación acústica sobrepasa los medidores a lo bestia y la sociedad, los españolitos de Dios, tenemos un problema estratosférico.

Es aquí donde nos encontramos ahora, inmersos en un ensordecedor ruido que nos está impidiendo discernir la toma de decisiones en un momento tan extraordinario y complicado como el que estamos viviendo.

Ante esta situación hay quienes se colocan unos auriculares lo sumamente potentes como para mantenerles aislados de cuanto sucede. Se marcan “un avestruz sin despeinarse.

Hay quienes hastiados de la situación le dan al coco buscando sus propias conclusiones. Toda una proeza entre tanto ruido pero… Siempre que aparece esta preposición lo siguiente no suele ser bueno. Este tipo de personas al final intentan imponer aquello que ellos creen es lo mejor generando más ruido del existente.

En todo este batiburrillo sonoro hay personas que poseen la suficiente capacidad para aislarse de toda esta barbaridad auditiva. Aportan, sin elevar más el volumen, alguna que otra idea coherente. Hay que buscar mucho para encontrarlas.

Tal vez, solo tal vez, a nuestra sociedad le vendría bien bajar los decibelios y tras esto un minuto de silencio en algún que otro momento. ¿Un único minuto? Parece poco, no lo es. Sin tanto follón es más que suficiente para poder escuchar y entresacar las ideas válidas y comprenderlas. Lo siguiente es más sencillo. Si aún nos queda algo de pensamiento crítico elaborar nuestra propia aportación a la sociedad sin levantar la voz.

El periodista Jesús Quintero era un maestro escuchando a sus entrevistados. Manejaba como nadie el arte de los silencios. Probemos a hacer lo mismo. Escuchar, reflexionar ajenos al ruido, aplicar nuestro pensamiento crítico y hablar sin elevar el tono.

Galiana

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