En #GalianaYCía del 2020 al 2021 con los relatos de @PedroValdes: Confidencias tardías – 2- Atardece

Por hoy es suficiente —dijo sin el menor atisbo de emoción—. Nos vemos a las nueve en el comedor para cenar. Aplastó el cigarro sobre un cenicero colmado de colillas mientras la periodista, ya en pie, doblaba las tapas de su bloc. La oscuridad, rota por la lámpara de sobremesa con pantalla de vidrio verde, se había adueñado del despacho confundiéndose con los muebles de nogal.

— Hasta luego entonces —se despidió la chica dedicándole una sonrisa.

— Hasta luego —respondió el escritor recostándose en el sillón.

Carmen Luengo cerró la puerta tras de sí, atravesó el inmenso vestíbulo para detenerse por un momento frente a la chimenea encendida y extendió las manos para calentárselas, sujetando la carpeta bajo uno de sus brazos. Había calefacción, sin embargo, sentía frío en los huesos. Estaba sorprendida tanto por el episodio de su niñez que acababa de escuchar como por la aparente frialdad del narrador. Este hombre —dedujo— ha tenido que sufrir mucho. Se asomó por uno de los ventanales pero no vio nada más allá de los primeros setos del jardín, apenas iluminados por las farolas. Una espesa niebla rodeaba la casa que parecía atrapada entre muros de gelatina blanca, húmeda y viscosa; la atmósfera en su interior era pesada y de veloz anochecida. Las cinco campanadas del reloj de pared rompieron su ensimismamiento y su impresión de que era tarde.

A los treinta y cinco años no se es vieja, pero una tiene que empezar a plantearse qué va hacer con su vida, guapa, le había dicho su madre que sin embargo, pocos años antes, la vio un día como quería, vestida de blanco y casada por la iglesia. El matrimonio duró oficialmente justo lo establecido entonces para poder separarse legalmente: un año, aunque, realmente, estaba roto a los tres meses de la boda.

Ahora, tumbada sobre la cama de la habitación que le habían asignado con el ruido de fondo de un culebrón sudamericano que emitía la televisión, pensaba que encontrar un tío con el que formar una familia es difícil. Se arrimó al amigo que le había acompañado y le despertó con suaves caricias.

De nada sirvieron los esfuerzos. Inútiles fueron la concentración, los cambios de posición y los solícitos ascensos y descensos. Vano el intento de aferrarse a los duros hierros del cabecero que el tipo tenía ante los ojos.

 —Vete vistiendo que te vas —fue lo último que ella le dijo.

@PedroValdes

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