En #GalianaYCía del 2020 al 2021 con los relatos de @PedroValdes: Confidencias tardías -3- La periodista

Hay cinco hombres en la sala de espera, que, sentados junto a sus respectivas mujeres, les sujetan la mano. Cuatro tienen una estúpida sonrisa dibujada en la cara, el quinto tiene un gesto contrito. Les observa mientras, distraídamente, pasa una a una las hojas un Hola de hace tres meses. Cuatro embarazos y un problema de infertilidad —infirió—Le molestan los acompañantes de las mujeres panzudas, se sentía observada por ellos. Nunca se había planteado tener hijos. Descartado, cada vez lo tiene más claro, no quiere ser madre. ¿Cómo voy a educar a un niño si no soy capaz de educar a mi perro? —solía decir cuando le preguntaban—.

Trompo era un coquer malcriado que últimamente pasaba más tiempo en casa de su madre que con ella. Esa misma mañana ha pasado a verles —a su madre y al perro— y ha salido al jardincillo del adosado a recibirla. 

Muérete, Trompo, ¡muérete! —le ha ordenado, como siempre—, y el perro se ha tumbado sobre su espalda con las piernas Hacia arriba sin dejar de mover lo que le queda de cola. Es la única gracia que ha conseguido que aprenda, y no del todo bien, porque —se dice—, si está muerto, ¿por qué diantres tiene que mover el rabo?

— ¿Doña. Carmen Luengo? —preguntó mecánicamente la enfermera tras acompañar a la pareja estéril a la puerta.

— Sí

— Pasé usted, señora —le disparó la veinteañera de voz metálica a bocajarro, hiriéndola en la vanidad.

— Buenos días —saluda algo aturdida al ginecólogo, no por rubor, sino porque

el olor a desinfectante siempre le ha mareado.

— Buenos días. Pase ahí detrás del biombo y desvístase.

Si te van a ver como Dios te trajo al mundo —piensa—, no tiene mucho sentido lo del biombo, salvo para eliminar todo el sesgo erótico que el acto de desnudarse ante alguien pueda tener. “No te desnudes todavía, espera un poco más… que la verdad no es lo evidente, sino su mitad” tararea mentalmente mientras se coloca la minúscula bata verde que le ha tendido la enfermera.

Bueno, vamos a ver, túmbese, así, abra las piernas… —le indica el doctor— y ella obedece si poder evitar que sus muslos comiencen a temblar. ¡Pero bueno, Carmen!, que no es novata en esto, relaja, así, relaja… Entonces, instintivamente, piensa en el falo del bombero del último video porno que le habían mandado y sus piernas dejan de moverse, se abren más sin que ella les haya dado orden alguna. Evadida, no presta atención al resto de la exploración.

— Incorpórese —le indica ahora—. Ya está, ya puede vestirse.

Salió de detrás de la mampara anudándose el pañuelo del cuello y se sentó en uno de los confidentes que había junto al escritorio.

— Está todo en orden, ¡enhorabuena!

La tarde gris en que despidió a su acompañante con cajas destempladas de la casa del escritor se proyectó en su mente a cámara ultra rápida.

@PedroValdes

Acerca de Galiana

Escritora
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