Parte 3
La dama le dedicó una sonrisa burlona y una mirada que el galeno no supo cómo interpretar antes de girarse de nuevo y abrir la puerta. Hombre precavido, se persignó conforme atravesaba el umbral para acceder a una estrecha escalera descendente en espiral. Perdió los modos y, usando la lengua de sus padres, maldijo entre dientes. Sus palabras hicieron reír a la mujer, que unos escalones por delante, esperaba con un candil en las manos.
— No maldiga, capitán, no en una iglesia — sonrió, aludiendo a su antiguo título, al nombre que el doctor usaba en aquella época en la que compartían sangre y lecho.
— Me abriré la cabeza, demonio de mujer— bufó aferrándose a la cuerda de la pared que hacía las veces de barandilla—¿Por qué no se busca a otros para sus locuras, joder?
— Le repito, no maldiga — cortó—, que esto es una iglesia.
—O me dice de qué va el encargo, o yo no doy un paso, señorita —estalló.
—¿Desde cuándo un lobisome es tan cobarde? — se mofó ella.
—Desde que el lobisome está cojo y teme partirse la crisma en medio de ninguna parte, señora mía.
Un amago de sonrisa en el rostro pálido y recordó el caballero por qué, en otra época, había caído a sus pies.
—Es usted médico, doctor de cuerpos y de almas. Mi gente necesita esta noche del talento y de los servicios de alguien brillante y práctico —suspiró—; hoy, no sirve un matasanos de mucho nombre y poco arte. Y que es usted discreto lo sabe todo Madrid; callará, guardará el secreto de sus pacientes aunque le pongan todo el oro del Imperio sobre la mesa. — Se recogió la falda y subió el par de escalones que le separaban de él. —Y porque eres la única criatura que holla esta tierra en la que confío — siseó con desesperación.
Sostuvo la mirada de la mujer. Habían pasado los años y, a pesar de su natural hermético, las expresiones de aquel rostro femenino aún le eran familiares: ojos brillantes, labios apretados, tensos, guardando dentro de sí demasiadas cosas, demasiados secretos.
— No es la primera vez que haces esto, capitán. No quiero que sufra, ¿entiendes? Es un caso…complicado…es sólo una niña que no tiene la culpa de nada.
Ya vencido, él se limitó a asentir. La condenada, amable, agradeció con una leve sonrisa.
— Gracias, mi buen doctor. —Aún tibios por la sangre del desgraciado que le hubiese servido de alimento esa tarde, los dedos femeninos le rozaron la mejilla; más, a pesar de la ternura del gesto, de la complicidad del momento, su mirada volvía a ser fría, su tono profesional. — Y, si me permite un consejo de mujer, visite mañana mismo al barbero.
— ¿Desde cuándo a su muy santa Hermandad de chupasangres le interesa el estado de mi barba? — gruñó.
—Desde que le conviene parecer un hombre de bien y no un perro alunado, recuérdelo. Tenga cuidado al bajar y sígame, por favor.
En otras circunstancias, el doctor habría dejado claro, de forma amable, por supuesto, que su labor en la consulta había acaparado su tiempo del amanecer al ocaso durante los últimos días. A inmortales, brujas, inquisidores, demonios encarnados y ángeles caídos, a cualquiera de las criaturas que pisaban las calles madrileñas les traía al pairo el destino de los pobres desgraciados que todos los días le llegaban aquejados de gripe u otras cosas peores. Niños, mujeres, hombres, cuyo único delito para ser despreciados era el mero hecho de su humanidad.
Criaturas de Dios, con sentimientos e ilusiones que otros, como ella, consideraban simple alimento.
El pensamiento le permitió olvidarse de lo trabajoso que le resultaba bajar la escalera, habida cuenta de que la dama no frenó su propio paso en deferencia. Les pudo llevar cerca de cinco minutos descender a un nivel más profundo de lo que el caballero hubiese imaginado a priori, con la luz del candil como única referencia. Conforme se hundían en las entrañas de Madrid, la humedad comenzaba a filtrarse por las paredes de piedra. La luz iluminó trazos marcados que bien podían ser letras: elegantes caracteres del alfabeto árabe ya desgastados y trazos de palabras latinas. Hombre de ánimo curioso, le hubiese gustado detenerse para observar con detalle, pero justo cuando algo llamaba su atención, el candil se alejaba: él aceleraba entonces el paso, siguiendo la llamita, el aroma del aceite quemado, de humedad.
Los escalones acababan frente a una puerta baja de hierro macizo, marcada, sin aparente orden, con símbolos desconocidos para él y un perfume incongruente en aquel lugar: incienso y cera
— Tendrá que agacharse un poco, doctor—, dijo ella volviéndose. La mujer sostuvo el candil en lo alto y se acercó a la entrada. Su voz tornó baja, grave, la voz de una desconocida: aunque no era la primera vez que la escuchaba invocar, siempre le ponía los pelos de punta…
…como si un alma ajena tomase el control del delgado cuerpo de la mujer…
El doctor murmuró un Pater Noster durante el proceso, consciente de que Madrid prohibía esa clase de magia bajo pena de hoguera.
La puerta se abrió con un crujido seco y revelando un pequeño hilo de suave luz dorada. La mujer empujó y entró, sosteniéndola para que él pudiese seguirla.
— Cuidado con la cabeza, por favor.
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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