Parte 3
El funeral de Matt Mancini estaba lleno de gente que decía que le quería. Muchos de ellos solo habían ido para ver si el resto lloraba. Algunos con la curiosidad de ver si la viuda y la amante cruzarían espadas en público. Otros, para comprobar si era cierto que Emma había decidido dejar el ataúd abierto a modo de última venganza.
Al final María McKenzie permaneció en un discreto lugar cerca de la entrada de la iglesia. Emma Mancini hizo acuse de recibo de su presencia con un leve parpadeo, imperceptible a no ser que se estuviera muy cerca de ella para captarlo.
Lucas lo estaba.
De hecho, estaba tan cerca que también María lo captó a él.
—Al menos podrías haber tenido el pudor de quedarte en casa o en la comisaría haciendo lo que quiera que hagas cuando no cumples con tu deber –le espetó con tono frío, clavando en él esos ojos verdes que herían con su belleza helada.
Lucas mascó un par de veces y la miró de arriba abajo tasando su traje negro caro, sus zapatos de tacón infinito que no lograrían sacarla jamás de una altura media baja y esos ojos verdes que eran lo único destacable de verdad, lo único que hacía que alguien pensara en María McKenzie más de dos veces seguidas.
—¿Los reproches que no me ha hecho su viuda me los va a hacer su puta?
Pudo notar cómo ella reprimía con toda su alma las ganas de arrearle una bofetada. Sabía que se arrepentía de haberle hablado, de haberle hecho saber que conocía siquiera su existencia.
—Cuando tengas algo realmente importante que decirme, como cuáles fueron sus últimas palabras o si viste algo extraño esa noche, llámame. Hasta entonces, adiós, bonita.
Lucas le dio la espalda, imaginando esos ojos, duros como piedras, clavados en su cogote.
A pocos metros de donde estaba distinguió a los Estirados Uno, Dos y Tres, muy atentos a la escena. Hizo un globito en su honor y los ignoró.
Comprobó que, en efecto, Emma había decidido dejar el ataúd abierto. Se acercó por curiosidad para ver si de verdad Matt tenía un aspecto tan malo como habían dicho.
Lucas se aproximó y le echó un vistazo al fiambre. Los de la funeraria habían hecho un buen trabajo, rellenando los huecos con algún tipo de plastilina o látex. Incluso parecía más delgado. Firmaría ahora mismo por tener tan buen aspecto cuando las parcas cortaran su hilo.
Un rumor de voces atrajo su mirada.
La mano se le fue a la pistolera sin querer. La iglesia se había llenado de tipos armados hasta los dientes, que no se cortaban a la hora de tomar posiciones estratégicas, a pesar de que estuviera tomada por la policía.
Humberto Juárez hijo, Humbertito, entró y avanzó como si fuera el dueño del lugar, hasta colocarse directamente justo al lado del ataúd. Con las manos cruzadas ante sí, giró la cabeza para mirar el cadáver de Mancini. Lo observó durante dos minutos eternos, mientras nadie a su alrededor se atrevía siquiera a respirar.
—Vaya con Dios –dijo al fin, con un leve gesto de pesar, antes de dirigirse hacia la viuda.
Esta le vio acercarse, quizás pensando cómo debía recibir al que, según todos, era el culpable del asesinato de su marido. Cuando llegó hasta ella, Emma permaneció sentada, un insulto implícito que Humbertito no se tomó demasiado mal, a juzgar por su sonrisa apreciativa. Emma todavía era hermosa a pesar de rondar ya los cincuenta y el leve sobrepeso. El color negro y las ojeras le favorecían.
—Su marido era un buen hombre.
Ella entrecerró los ojos la fracción de un milímetro, tal vez pensando en su marido, corrupto, putero y asesinado por el hombre que tenía ante sí.
—Sí, lo era –respondió, con voz cansada. Cansada de los pésames, de tener que mantenerse entera cuando lo único que deseaba era dejar de fingir que todo aquello le importaba.
—No quedará usted desamparada, en honor a los favores que su marido nos hizo. Aunque…
Ahí estaba, se dijo Emma, el “aunque…”. Nada era gratis, como Matt debería haber sabido.
De pronto él pareció darse cuenta de dónde se hallaba, rodeado de polis, de miradas indiscretas. Sus ojos oscuros recorrieron a la concurrencia y se detuvieron en María. Sintió un involuntario tirón en la entrepierna al pensar que ahora estaba libre y desamparada, que ahora no tendría otro remedio que acceder a sus deseos.
Como si ella hubiera sentido su mirada sobre sí, se la devolvió por unas décimas de segundo, para apartarla enseguida. Pudo sentir su pánico y su repugnancia, sus ganas de escapar. Pero era evidente que no podía hacerlo ahora, no hubiera sido demasiado elegante, y don Humberto no estaría contento de saber que despreciaba a su hijo.
—En fin, la llamaré un día de estos para preguntarle si necesita algo. Reciba mi más sincero pésame.
Emma recibió su fofo apretón de manos, consciente de la mirada que había intercambiado con la puta de su marido, consciente también de la leve amenaza en su última frase, antes de marcharse.
Después del funeral, María decidió no seguir tentando a la suerte y se marchó a casa. Ver a Humberto Juárez allí, sentir su repugnante mirada sobre ella, había terminado de amargarle un día horrible ya de por sí.
Sacó una mano de la espumosa agua que llenaba la bañera y tomó la copa de vino. Matt la había aficionado. Hasta que le conoció, ella siempre había tomado cerveza barata y coca-cola. El vino que había probado antes de estar con él le había parecido meado de cerdo, y no descartaba que lo fuera, teniendo en cuenta las marcas que se podía permitir por entonces. Pero ese Chablis era bastante bueno, tenía la acidez justa para borrar el mal sabor de boca que le habían dejado las miradas de desprecio de los compañeros de Matt en el funeral.
Tras un generoso sorbo volvió a dejar la copa en el suelo y decidió que era hora de ir pensando en prepararse. Al fin y al cabo, esperaba visita de un momento a otro.
Ahora dale al podcast en ivoox, puede haber variaciones entre el texto y el audio.
🎙️🎧👇🏻
La próxima semana el desenlace final


