Capítulo 1: el hijo de su padre
El joven que fue hijo del viejo. Don Álvaro de Bazán y Guzmán, el primogénito de don Álvaro de Bazán y Solís. El hijo y el padre, el mar dando a ambos una nueva esperanza como el dormir les dio sueños. Así dicen que lo dejó escrito Cristóbal Colón, que antes que los dos Álvaro supo a qué olía el mar, a qué sabían sus olas. Tuvo los santos cojones de embarcarse en unos cascarones de nuez vistos con los ojos de hoy y hacer camino vete tú a saber nadie más que él. Que así es como se hace camino. Y los sueños. Y la esperanza.
A lo largo de los próximos meses nos embarcaremos en una nave imaginaria y surcaremos el Mediterráneo y el Atlántico de la mano de un grande entre los grandes. Grande porque lo era. Descendiente de Íñigo López, sexto señor de Vizcaya. Perteneciente al antiguo linaje navarro de los señores del valle del Baztán. Y grande porque se lo ganó. Ninguno de sus barcos se llamó Libertad, pero también descubrió gaviotas como el del velero de Perales. Es posible que pintara estelas en el mar. Pero también encadenó gesta tras gesta desde que fue nombrado alcaide perpetuo del Castillo de Gibraltar, base de las galeras de su majestad, con apenas 9 años. Bajo supervisión paterna, eso sí, hasta tener la edad y el juicio para demostrar ser merecedor de tal honor. Algo se olería Carlos I de España y V de Alemania, quien consignó en la cédula de concesión que premiaba los méritos heredados del hijo por el padre «acatando vuestra suficiencia y habilidad y los muchos y leales servicios que el dicho vuestro padre nos ha hecho, y esperamos que vos nos haréis […]».
El padre de Felipe II, o sea, Carlos, pocos servicios vio del hijo del viejo, o sea, Álvaro de Bazán y Guzmán. El de Muros, en 1544, en compañía de su padre, derrotando a la flota francesa con apenas 17 años. Que si apuntaba maneras el bicho. En esto recuerda a aquel alocado joven que, con la misma edad, puso rumbo a Fuenterrabía, sitiada entonces por los franceses, para demostrar su valía. Sin saberlo, daba comienzo a una carrera militar que lo convertiría en el mejor general que han conocido estas tierras en los siglos pasados ni esperan ver los venideros. El mismo que, hasta hace un par de semanas, fue el protagonista de este serial con el nombre de Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. Sí, el tercer duque de Alba. El gran duque de Alba.
17 palos de almanaque tenía, como digo, Álvaro de Bazán y Guzmán cuando unió fuerzas con su padre para darle para el pelo a los gabachos. Luego vendrían gestas gordas. Pero gordas de verdad. Vélez de la Gomera, Lepanto, Isla Terceira, las Azores… Páginas de gloria, pedazos de la historia de este reino de muros si un tiempo fuertes, ya desmoronados de la carrera de la edad cansados; episodios de agua y fuego, de cañonazos y cortes de quilla, de abordajes de hierro.
Y siempre con esa pregunta sin respuesta que ronda una y otra vez: ¿y si hubiera sido él quien dirigiera los destinos de la grande y felicísima armada?
Pues de él, de la vida de don Álvaro de Bazán y Guzmán, primer marqués de Santa Cruz, hablaremos aquí, en el blog de Galiana y Cía, a partir de la próxima semana.
Si gustáis, claro.
Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.
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