«Cosas que le cuento a mi gato» por Arwen Grey: «Comida para peces» (II)

Parte 2

Los de Asuntos Internos, a los que Lucas llamó interiormente Estirado Uno, Estirado Dos y Estirado Tres, eran exactamente como los había imaginado. Llevaban trajes negros de corte idéntico, corbatas del mismo color y camisas blancas baratas planchadas por sus esposas amargadas. Los tres tenían un gesto aburrido y la boca torcida en un rictus de repugnancia, como si lo que hubieran comido les estuviera repitiendo.

Lucas hizo un globo con el chicle y los esperó en la puerta de su despacho, sabiendo que les molestaría tanto la descortesía de verle mascar como el hecho de que no hubiera acudido a recibirles, habiendo tenido ellos la “cortesía” de haberle avisado cinco minutos antes de su llegada.

Debía reconocerlo, aunque luego le jodieran, ver esa cara de fastidio por triplicado valdría la pena al menos durante un par de minutos.

Se presentaron, pero olvidó sus nombres al instante, para él seguirían siendo para siempre Estirado Uno, Dos y Tres. Se parecían tanto que seguramente iban a mear juntos y se sacudían la última gota los unos a los otros.

—Supongo que sabe a qué se debe nuestra visita, sargento Stalker –dijo Estirado Uno, tras tenderle una mano que pretendió ser dura, aunque luego estaba demasiado húmeda como para resultar lo bastante varonil.

Lucas se secó la suya en la pernera del pantalón sin disimulo y los guió al interior.

—Lo de Mancini es ya de dominio público, hay fotos de su bonito cadáver hasta en el grupo del colegio de mi hijo.

Estirado Dos frunció aún más los labios, preguntándose quizá si sabía ese dato por haberlo filtrado él mismo. Después miró a su alrededor, buscando algún sitio donde sentarse. No lo había, la única silla era la destartalada butaca de Lucas, y ya estaba ocupada. No le importaba perder la supuesta ventaja de su altura superior. Estaba en su terreno y esos capullos no tenían nada que hacer allí.

Estirado Uno, el que parecía llevar la voz cantante, retomó la batuta para soltarle una retahíla de preguntas: ¿Dónde había estado el lunes, la noche de la desaparición de Mancini? ¿Por qué no había anunciado su ausencia? ¿Por qué no había puesto a ningún agente en su lugar? ¿Estaba realmente justificada esa ausencia?

La última pregunta la hizo clavando en él una mirada profundamente oscura que seguro que acojonaba a más de uno. Lucas se la mantuvo, preguntándose por unos segundos si no le traería más a cuenta fingir algo de humildad. Pero su carácter pudo con él. Dos segundos después se estaba riendo en su cara.

—Para empezar, creía que la vigilancia de Mancini era secreta. Díganme cómo iba a poner a otro agente en mi lugar sin explicarle qué cojones hacía allí. Con respecto a dónde estuve, por qué y si mi ausencia era justificada, creo que mi hoja de servicios debería hablar por mí. Nunca hasta ahora he faltado a mi deber. Que los malos eligieran esa noche para ir a por Mancini fue una triste casualidad. Pero no me hagan jurarles que lo siento en el alma. Mancini era un poli corrupto y un pésimo detective. El cuerpo sale ganando con su muerte.

Estirado Dos parecía a punto de sufrir una apoplejía cuando Estirado Tres se acercó a Lucas, tanto que al hablar le llenó la cara de salpicaduras de baba.

—Es usted un bocazas, Stalker. Espero que no tenga que atragantarse con sus propias palabras acerca del honor del cuerpo.

Lucas hizo un globo lo suficientemente grande como para que Estirado Tres temiera que le estallara en la cara.

En cuanto salieron de su despacho, Lucas se giró en la chirriante silla hacia la ventana para observarles gesticular como idiotas en el aparcamiento antes de largarse en su cochazo negro, tan insustancial como ellos.

—Siempre haciendo amigos, colega –se dijo, tirando el chicle insípido y buscando otro en el bolsillo de la chaqueta.

María McKenzie se enteró oficialmente de la muerte de Matt Mancini por su primo, Alberto Pérez.

Alberto era el correo del clan de los Humbertos. Precisamente había sido quien le había presentado a Matt.

Se lo había señalado en una fiesta y le había dicho:

—A Don Humberto le gustaría que tuvieras al gordito contento.

Y desde esa noche María se había dedicado a tener contento al gordito Matt Mancini.

Sexo no demasiado raro, algo de coca y sobre todo mucho escuchar sus quejas sobre los compañeros de trabajo y la parienta. No había sido el peor trabajo que le había encargado Don Humberto. Desde luego, aguantar el mal humor y los brotes violentos de su hijo Humbertito era decididamente peor.

Matt no le había pegado nunca y le había gritado en muy contadas ocasiones, siempre cuando se pasaba de vueltas con la bebida o las drogas. Y siempre le pedía perdón después. María no sabía cómo mirarle en esas ocasiones. Se limitaba a dejarse abrazar y follar, con torpeza y con un toque de dulzura, como todo lo que hacía Matt.

No se merecía morir así.

No se merecía que lo encontraran así.

No se merecía que nadie lo viera así.

Era… indecoroso.

Se santiguó como hacía años que no lo hacía.

Su madre se avergonzaría de verla hacer aquello. Una puta rezando.

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Nos vemos en 7 días con la tercera parte

@ArwenGrey

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