3ª Parte
La comunicación de dirección le sorprendió. Tanto, que tuvo que leerla varias veces. Y todavía estaba en ello cuando Roberto llegó.
—¿No te lo han dicho, Luís?
Se lo estaban diciendo por escrito. A partir de ese momento Roberto Muñíz ocuparía su mesa, su rincón… No era que le importase perder su sitio. Si no fuera por la luz para su orquídea, le daría igual trasladarse a cualquier lugar de ese húmedo sótano.
Roberto esperaba una respuesta airada, que le pidiese explicaciones, pero su compañero tomó sus escasas pertenencias (su radio, su bote con los bolígrafos, y esa horripilante planta metida en su jarrón de cristal transparente), y se trasladó a la que había sido su mesa de trabajo hasta el día anterior. Sin rechistar, sin decir esta boca es mía. Francamente, ese hombre era una ameba.
Roberto se instaló en la nueva mesa y colonizó el espacio ajeno cual agente enemigo, sintiéndose triunfante y un poco malvado, creyéndose odiado y envidiado, deliciosamente satisfecho por eso mismo.
Decidió salir a tomar un café y a fumar un cigarro para celebrarlo.
Primero fue su mesa y su ventana.
Luego cambiaron el horario de trabajo de Juan para que «no interfiriera” con el de Roberto.
Más tarde vino el cambio de instalación de internet y de luces. Y lo último fue el aire acondicionado, la gota que colmó el vaso. De pronto en su sótano ya no hacía calor ni había humedad, sino que era necesario llevarse un jersey al trabajo, porque el aire frío se introducía en los huesos.
Y fue entonces cuando empezó a ocurrir…
Juan lo notaba cada mañana cuando comprobaba el estado de las hojas y las flores. Su adorada orquídea se estaba marchitando y muriendo poco a poco por culpa de las potentes luces de led y del aire seco y frío.
Trató de hablar con don Pedro sobre el asunto, pero él no comprendió qué le quería decir. Cuando intentó hablarle sobre su orquídea, se aturulló, moviendo las manos espasmódicamente. Su voz se entrecortó en mitad de una frase y don Pedro se le quedó mirando, preguntándole si deseaba algo, porque tenía mucho trabajo pendiente. Juan no tuvo más remedio que volver a su iluminado y frío rincón a contemplar cómo su planta moría poco a poco.
Así fue como Juan empezó a odiar el momento de levantarse y tener que ir a trabajar, algo que jamás había pensado que podría suceder.
Cada día retrasaba un poco más la salida de casa y llegaba un poco más tarde a su sótano, hasta que un día empezó a llegar tarde.
No es que hubiera nadie allí para notarlo, porque Roberto siempre llegaba mucho más tarde que él, con su charla intrascendente sobre fútbol, baloncesto, ciclismo o fuera cual fuese el deporte que hubiera en cada momento en la televisión… O sobre mujeres, un tema sobre el que Juan jamás sabía qué decir, porque las únicas mujeres con las que tenía o había tenido algún tipo de relación en su vida, habían sido su madre, la señora que le vendía el pan y las cajeras del supermercado de la esquina.
Sin embargo, un día, al llegar, Roberto estaba allí, mirándolo desde la que había sido su mesa con fingido pesar.
Juan se detuvo al verle chasquear la lengua y negar con la cabeza.
—La gente como tú es una lacra para la empresa, Luís —dijo con tono burlón (que Juan no supo comprender), antes de darle la espalda para comenzar a teclear con furia.
Juan sintió que enrojecía. Lo que más le entristecía era que, por culpa de un impresentable, había dejado de cumplir con sus quehaceres en contra de su propio criterio.
—Tranquilo, que no le diré nada a Pedro —añadió Roberto Muñíz, como añadiendo más clavos a su ataúd.
Si sus mejillas ya estaban rojas antes, ahora alcanzaron un tono incandescente.
Juan Gómez ya no era feliz, ni nada que se le pareciera.
Había perdido el placer por su trabajo, había perdido a sus compañeros, si es que había tenido algo de eso antes, y estaba perdiendo a su amada orquídea, que languidecía día a día ante sus ojos.
La planta ya había perdido una de sus largas y brillantes hojas verdes y tan solo conservaba una de sus antaño hermosas y sensuales flores rojas. Se mantenía todavía, con aire desafiante, en lo alto de la vara amarilla, pero Juan sabía que no duraría viva mucho tiempo más con aquella cruel luz castigando sus pétalos y bajo aquella temperatura que a veces rozaba el frío polar.
Ya no funcionaban ni las vitaminas ni ninguno de los trucos que corrían como la pólvora por los foros de internet. La estaba perdiendo sin remedio.
—Creo que tu plantita está palmando, Luís.
Juan se volvió hacia Roberto, que fumaba tranquilamente tras él.
Le había dicho en varias ocasiones que en el archivo no se podía fumar. Un incendio allí, un lugar de difícil acceso y abarrotado de papeles, podía ser mortal, pero Roberto Muñíz parecía contar con una especie de inmunidad diplomática que le permitía fumar, ausentarse durante horas e incluso traer visitas femeninas al archivo, por no hablar de que ahora los empleados de la editorial ya no utilizaban el consabido formulario para pedir los documentos, sino que aprovechaban las visitas a su compañero para pedírselas en persona y a viva voz.
—¿Por qué no te la llevas a casa? Es que tiene una pinta que da asco.
¿Por qué no lo hacía? Juan tenía el íntimo convencimiento de que, en esos momentos, lo único que le unía a su antaño amado puesto de trabajo, era su querida orquídea. ¿Acaso, si se la llevaba a su apartamento, no sentiría el impulso de quedarse allí para no volver a salir, como no fuera por necesidad?
Antes de que tuviera la oportunidad de responder, o supiera siquiera qué decir, sintió que Roberto abandonaba la habitación, probablemente camino a la máquina de café. A solas otra vez, Juan se volvió hacia la flor, la última de todas, y alzó un dedo tembloroso para acariciarla. En el último momento no osó hacerlo, por temor a perderla definitivamente.
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Nos vemos en 7 días con la cuarta parte




