Serial radiofónico de Marta Caniego: «Tino: La magia oscura» – Capítulo 2

Nuevo capítulo en este domingo.

Capítulo 2

Marquise era una bruja de cuento. Hermosa, sí. Pero también de pelo prematuramente cano con algunos mechones todavía negros y las vestiduras propias de una mujer que gusta de sentirse cómoda en todo momento, aunque también decorada. Vestidos con mangas acampanadas, chales de lana cálida, pañuelos de colores trenzados en el cabello, pulseras de colores que tintineaban al chocar unas con otras…

Vivía recluida en un castillo a media de derrumbarse en lo alto de una colina, rodeada por un pueblo de casitas con tejados de teja que evitaban mirar en su dirección. Las gentes que vivían en aquel valle lleno de bosques y viñedos preferían fingir que las leyendas sobre la dama tiránica que residía en el castillo no eran reales. Era una especie de pacto sin firmar donde ella los evitaba y ellos la evitaban a ella… por lo menos hasta que llegó Tino.

Ocuparse de un niño pequeño obligó a que Marquise, por primera vez en años, confiase en los humanos.

Ella podía enseñarle mucho sobre poderes para dominar el libre albedrío de cualquier persona, pero no podía darle clases de idiomas, matemáticas y demás saberes formales. Del mismo modo que tampoco disponía de un hogar acogedor con un techo que no corriese peligro de derrumbe. Por eso contrató a dos maestros ancianos de la aldea, Sofía y Gustavo, para que la ayudasen a que Tino no fuese un ignorante. Y también contrató a Luis, albañil acostumbrado a trabajar sin rumbo fijo, pero con gran habilidad para que no se le viniesen abajo los inventos. En pocos meses construyó una acogedora casa de piedra acorde con la estética del resto del castillo. Estaba ubicada en el patio de armas de la antigua ruina y tenía espacio para alojar en ella un total de seis personas. Marquise pagó a todos con el dinero que el padre de Tino le había entregado antes de que ella le ordenase jugar a la ruleta rusa consigo mismo. Y todavía le sobró para comprar muebles de madera bien trabajados, con detalles en plata y dorado tal y como a ella le gustaba. También ordenó colgar la cabeza de un unicornio en la pared, poner una alfombra robada de un antiguo ajuar persa y decorar todos los huecos de la casa con pequeñas cenefas de plantas.

Pero un detalle. La cabeza del unicornio era falsa. Derek se la había modelado en porcelana cuando eran pequeños.

¿Qué quién es Derek? Ahora era un fantasma que habitaba el castillo como un alma en pena por el día y que por la noche recuperaba el vigor y la alegría de su juventud, yendo a visitar al pequeño Tino durante las cenas y quedándose con Marquise hasta la madrugada, cepillando el hermoso cabello de la bruja. En vida fue su marido y el hombre al que ordenó matar un ministro para chantajear a Marquise y obligarla a que le ayudase a ganar las elecciones del país usando sus poderes. La idea de meterse en la cabeza de miles de personas para tomar su libre albedrío y ordenarles votar a aquel señor era sencilla. Uno de los trabajos que mejor sabía hacer Marquise, pero también uno de los que más odiaba. Por eso eligió tomar el albedrío de aquel hombre y ordenarle que se golpease contra una pared hasta el desmayo.

Sin embargo, para cuando Marquise hizo eso ya era tarde. Derek ya se había asesinado.

<<Algunos quieren que los brujos como tú y yo dominemos a los demás. Pero no te engañes. También quieren sentir que estamos a su servicio. Marionetas que obedecen las órdenes de un dueño superior>> acostumbraba a explicar a Tino cuando daban clases de dominio mental. Así pasaron los años en relativa calma. Tino aprendió rápido que sus poderes eran como los de Marquise, pero que tenían su propia personalidad. Mientras que su maestra destacaba en el arte de manipular las acciones de otros, Tino destacaba por la habilidad para conseguir que todos le dijesen la verdad. Nadie podía mentirle. Ni siquiera Marquise. Con frecuencia, cuando sospechaba que ella le estaba ocultando algo, la reacción de Tino era lanzarse a sus brazos para darle un abrazo y preguntarle cuál era su secreto. Ella nunca podía resistirse. Como tampoco pudo hacerlo el albañil que construyó la casa el día que Tino le preguntó si tenía hijos. La esposa de ese hombre quedó tan sorprendida como los demás.

En resumidas cuentas, se trataba de una vida serena rodeada de libros de filosofía, analizando los algoritmos de las redes para aprender el efecto que tenían en el grueso de la población, pociones mágicas, experimentos y paseos por el bosque y las columnas a medio derruir del castillo. Quince años después, Tino se convirtió en un joven de veinte años capaz de llevar toda la casa, realizar todo tipo de triquiñuelas mágicas y ayudar a que tanto Marquise como Gustavo y Sofía pudieran librarse de las tareas más pesadas.

Así es como llegamos al momento presente, con Tino talando madera para encender la estufa de casa. Marquise no quería saber nada de calefacciones modernas. Decía que el olor de la leña la ayudaba a concentrarse.

El joven quería a su maestra, pero agradecía tener ratos para sí mismo, alejado de todo el mundo. No se le daba muy bien hablar con la gente y tampoco le interesaba hacerlo si no era estrictamente necesario.

A veces se dedicaba a la vida contemplativa de la naturaleza del lugar y se preguntaba cómo habría sido su vida de haberse quedado con su padre. Otras, intentaba ver si podía dar órdenes a los pájaros o las arañas. Le venían a la mente antiguos debates sobre si los animales tenían alma o no. Sobre si tenían capacidad de decisión o se movían por puro instinto.

Luego también se preguntaba por los humanos. Pero cuando llevas tantos años estudiándolos y aprendiendo cómo meterte en su cabeza para hacerte con el control de su voluntad, dejan de tener halo de misterio. Al final las personas siempre tienen los mismos problemas. Solo cambia el modo de vestir y la tecnología de que disponen para enfrentarse a ellos.

Por eso le sorprendió tanto escuchar ruido procedente de una de las torres que se mantenían intactas. Era ruido de música. Era la voz de una joven cantando.

Extrañado por no haber percibido que había un alma humana cerca, Tino se acercó a la entrada de la torre y miró arriba. Había luz en la escalera de caracol y salía humo de la ventana de lo alto. Alguien acababa de instalarse en el castillo y ni Marquise ni él lo habían detectado. No se habían dado cuenta de que un alma extraña caminaba por ahí.

— ¿Quién va? —la orden retumbó por el eco. Por poco se desploman las paredes de piedra. La voz dejó de cantar. Las luces se apagaron de repente. Se hizo un silencio sepulcral.

—Es inútil esconderse.

De normal esa frase implicaba que Tino ya había sentido la presencia del intruso y que se disponía a atacar, deslizándose por el olor a miedo que desprendería su presa. Poco a poco comprendería la naturaleza de las emociones de la persona, de donde venían, que podía aliviarlas y cómo podía hacerse con el control. Luego ordenaría que la persona se mostrase, ella obedecería sin más opción y vería que hacía con ella.

Pero en este caso no sintió nada. No veía a nadie. No detectaba ninguna emoción en el aire. Silencio y pisadas nerviosas es todo lo que recibió. Por eso, unido a la inconsciencia propia de la edad, se lanzó a la caza furtiva. Subió los peldaños de la escalera de caracol haciendo el menor ruido posible hasta encontrarse con la única puerta de madera que había sobrevivido al paso del tiempo. Estaba medio podrida, pero aún cumplía la función de ocultar algo detrás de ella. Algo que, nervioso y torpe, se revolvía al otro lado.

Tino observó que la puerta estaba suelta y decidió empujarla.

Marquise solía advertirle que lo más peligroso para gente como ellos era no detectar nada en el ambiente, pero la curiosidad lo empujaba a actuar. Tino no pensaba en que debía regresar cuanto antes, sino en que esa torre ocultaba un secreto. Un residente desconocido.

Lo que no se esperaba era que, al abrir la puerta, se encontraría con una silueta femenina de proporciones perfectas y cabello mojado que trataba de cubrir su cuerpo con una fina tela blanca que, lejos de servir para ocultarla de la vista de Tino, acentuaba todavía más lo bello de su imagen.

La muchacha permanecía de espaldas a Tino, acurrucada en un rincón bajo la ventana de la alcoba y no pudo evitar gritar cuando lo vio entrar. Lo miraba de reojo, desconfiada y sonrojada a la vez, sosteniendo un palo entre las manos.

Tino, criado por dos mujeres como Marquise y Sofía y por un hombre adorable como Gustavo, solo pudo pensar en que era una mujer, que era bonita, que se había colado en su castillo sin avisar, que no podía manipularle la mente y que quizá debería cederle su abrigo.

Tras leer toca darle al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones en relación al texto.

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Laki

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