Cerrando temporada en ‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «Ahí te pudras»

Capítulo 50: ahí te pudras

Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel sabía que su sucesor, Luis de Requesens, estaba al caer. Lo que tardara en llegar desde Milán, donde ejercía la labor de gobernador, hasta Bruselas. Conocerlo lo conocía bien Felipe II toda vez que se habían criado juntos en la corte. Manuel Fernández Álvarez lo pinta de esta manera en su biografía El duque de Hierro dedicada al duque de Alba: «Hombre de gran cultura, un cortesano si se quiere, un diplomático, que por lo tanto parecía el hombre adecuado para cambiar las cosas de los Países Bajos». A partir de entonces, menos hostias y más diplomacia, por resumir.

Y a Bruselas llegó Requesens el 17 de noviembre de 1573. Si hacemos caso a lo que explica William S Maltby en El gran duque de Alba, lo de ir para Flandes le hizo tanta gracia como una patada en los cojones, para ser claros. Maltby, que de finura y tacto va más servido que el que escribe estas líneas, prefiere explicarlo de esta manera: «Nunca deseó ir, durante algún tiempo se había negado rotundamente a hacerlo hasta que hubiera recibido la absolución del Papa». Felipe II le vino a decir esto son lentejas. De manera más documental, le escribió las siguientes palabras: «Ni he de admitir excusa, ni vos por ninguna razón me la deis, ni dilación alguna, y quiero que me sirváis en esto sin otra réplica». Pues eso. Las lentejas.

¿Cómo fue la primera toma de contacto? El duque de Alba no estaba para muchas coplas —«gota, fiebre y fluxiones en el pecho», describe el historiador norteamericano—, pero tiró de cortesía y ya veremos cómo se da la cosa. Y ésta, pues así así. Para empezar, Requesens quiso poner distancia entre el padre —el duque— y el hijo —don Fadrique— debido a la que habían liado en Flandes. Las órdenes recibidas, insisto, eran tirar de diplomacia en todo momento. Nada de hostias. De haberlas, las justas. Vale que Requesens se mostrara alejado de las hostialidades que mantenían las distintas facciones en torno al rey, pero es que el duque de inmediato también vino a decirle algo así como ahora te comes esto, que para eso has venido aquí. Yo me voy de rositas, que esto ya no va conmigo. Allá tú.

Dice al respecto Maltby que este proceder de don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel era debido a que «temía que el tiempo o algo más siniestro, pudiera retenerle en Bruselas durante meses, y que su régimen —el de Requesens— quedara indeleblemente marcado por su asociación». Que te hagas cargo de esto ya, le insistía el duque. Punto. Prueba de ello es que don Fernando comenzó a mandarle a todo aquel que le venía por lo que fuera y para lo que fuera. ¿Has visto el meme de Novak Djokovic pegando voces raqueta en mano por algo que no le ha salido bien? Pues ahora imagina en su lugar al duque. Que yo ya no soy el gobernador. Tonterías, las justas. Requesens se los devolvía. A mí no me vengas con este hueso y tal. Entonces, lo que el duque hacía era pedir a sus secretarios que escribieran «que el señor Comendador Mayor —Requesens, insisto— ordena esto en todos los documentos importantes». Y el otro, con la mosca detrás de la oreja, que nones.

Los primeros días decidió mantenerse firme y no tomar las riendas del asunto tan pronto. No le quedó más remedio que jurar su cargo cuando los males que padecía impidieron trabajar a don Fernando.

Total, que el 19 de diciembre, aún enfermo y bien entrado el invierno, el duque de Alba se marchó de Flandes. Lo hizo a lo grande, incluso quejándose de que Bruselas se había esmerado más en el recibimiento que le habían dado a Requesens de lo que lo hizo con él. Las ganas locas de volver a España eran evidentes, aunque sabía que lo que le esperaba en Madrid era canela fina. Si bien Ruy Gómez de Silva, el príncipe de Éboli, había cerrado sesión meses antes, sabía que lo que le aguardaba era un recibimiento más frío que el abrazo de algunas suegras; y a don Fadrique, su hijo, la cárcel por haber dado promesas de matrimonio a una mujer y no haberlas cumplido.

En Madrid lo aguardaba Felipe II.

Lo que vendría después fueron años de decepciones, de conflictos con su rey, de reafirmación de su orgullo y legado, de destierro, de recuperación de su honra por medio del último servicio a su rey a sabiendas de que aceleraría su marcha de este valle de lágrimas. Quedan por delante capítulos en lo que veremos al duque de Alba en estado puro, sin dobleces. Tal y como fue siempre.

Pero todo eso a la vuelta de vacaciones.

¡Buen verano, y disfruta de las tuyas!

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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