Adiós con el corazón
El principio del fin lo marcó el 6 de junio de 1554. Ese día, Carlos V decidió hacer testamento. Hasta los huevos de todo y de todos. Un testamento que dividió en tres partes: la religiosa, la dedicada a la política interior, y el apartado que recogía la política exterior; al que añadió un codicilo el 9 de septiembre de 1558, pocos días antes de su muerte, con todo aquello que quiso añadir o lo que faltara por recordar. Un testamento en latín y en castellano, como curiosidad. Eso, en Bruselas, lugar donde lo redactó. Españolear, españolear, que cantaba Luis Lucena.
Cierto es que ya había pedido que le redactaran otros testamentos a lo largo de su vida, siendo el penúltimo el firmado también en Bruselas el 19 de mayo de 1550 pensando que su churumbel recibiría la corona imperial. Esfumadas esas esperanzas, se imponía uno nuevo, el que firmó la fecha con la que comienza este artículo.
Claro que una cosa es firmar testamento y otra bien distinta coger la puerta de salida y decir ahí os quedáis, que yo me largo. Eso no ocurrió hasta la primavera de 1555 —12 de abril—, cuando una pobre anciana cerró sesión en un pueblo de Castilla. La muerte de esa pobre anciana que no era otra que la reina Juana, su madre, le dejaba la potestad de hacer lo que quisiera con su futuro, toda vez que él y sólo ya era el único rey de Castilla y de León, de Aragón, de Valencia, etcétera. Que ya podía decidir por sí mismo sin necesidad de contar con nadie. Suma a esto que dejaba el imperio en manos de su hermano Fernando y allá se las compusiera; que Italia estaba asegurada y los Países Bajos bien defendidos; y que podía presumir de una buena alianza con Inglaterra. Para qué más, debió de pensar.
El 25 de octubre de 1555, a eso de las cuatro de la tarde, dijo que vale ya, que me largo para Yuste y ahí os quedáis, lo que se tradujo en su abdicación en el Palacio de Bruselas rodeado de toda la Corte, con el collar de la Orden del Toisón de Oro destacando en su atuendo negro negrísimo, y ayudado de Guillermo de Orange —cabecilla de la posterior rebelión de Flandes contra su hijo Felipe—. En medio de un silencio en el que no se oía ni el vuelo de una mosca, el emperador leyó un discurso en francés —que estaba en Bruselas, hay que recordarlo— en el que repasó su vida y milagros; confesó por qué considera —según él— que su madre estaba más para allá que para acá —«desde la muerte de mi padre quedó con el juicio destrozado, de manera que nunca tuvo salud para gobernar», recoge Manuel Fernández Álvarez en su obra Carlos V, el César y el Hombre—; y analizó los que fueron los momentos más importantes de su vida como rey y emperador. Con eso se despachó el colega.
Un discurso algo lacrimógeno, en resumidas cuentas, para cerrar una etapa en su vida y abrir otra, sin duda la más corta de todas, pues apenas duró tres años desde la lectura de aquel discurso: su retirada al Monasterio de Yuste.
Era el momento de agarrar el petate, que se iba de viaje. El último, pero no definitivo. Ese llegó el 21 de septiembre de 1558.
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