Una cita con @GalianaRgm: «Oler a viejo»

Los olores de la infancia pueden marcarnos la vida.

Oler a viejo

Voy a cumplir cincuenta años. Es momento de tomar decisiones y entre ellas está la de suicidarme. Sí, voy a quitarme la vida porque no quiero oler a viejo.

Recuerdo muy bien cómo huelen las personas llenas de arrugas: es el hedor que marcó mi niñez.

Ahí estaba yo levantando apenas dos palmos del suelo, cargando a la espalda una cartera de cuero cargada de libros de texto con pastas duras, cuadernos de hojas milimetradas, un estuche enorme de cremallera lleno de lápices de colores con las puntas partidas y una pluma que lo llenaba todo de tinta, incluidos mis regordetes dedos de infante. Con la cartera llena de todo eso, vistiendo el uniforme de pantalón corto en pleno invierno, entraba en la habitación de la abuela a darle un beso antes de que mi madre me llevara al colegio.

Ella siempre estaba metida en la cama con el pelo recogido en un moño. Los ojos hundidos y llenos de agua destacaban en una cara llena de arrugas. Una toquilla negra le cubría los hombros y resaltaban sobre la blancura de las sábanas.

Yo accedía allí lleno de miedo. Me acercaba a la cama. Ella me tendía aquella mano huesuda y surcada de marcadas venas para que se la besase. Lo hacía intentando que no se me notase el asco y la repugnancia que sentía al hacerlo.

Salía de allí con la cabeza mirando al suelo, sin haberle dicho nada, ni siquiera buenos días o adiós.

En el pasillo, me esperaba mi madre. Me daba la mano, tiraba de mí y me decía:

—Vamos, hijo, te entretienes demasiado con la madre de tu padre y llegaremos tarde a clase.

Ella nunca llamaba abuela a la madre de mi padre, aunque sí a su propia madre. Con los años, fui descubriendo que la relación entre ellas era de meros cuidados, sin afectividad alguna.

El curso en que el pantalón del uniforme pasó a ser largo, mamá dejó de acompañarme al colegio y yo, ya no tenía la obligación de entrar en el cuarto de la abuela porque nadie lo habitaba.

A la vuelta del verano, me alojé en casa de la hermana de mi madre. El cuarto de la abuela lo habían pintado y se había convertido en mi dormitorio. No pregunté dónde estaba la abuela.

La primera noche que pasé en mi nuevo cuarto, la odié. Por mucho que lo hubieran cambiado con muebles nuevos, incluida una nueva ventana, y por mucho que hubieran arreglado el suelo, allí seguía oliendo como ella: a viejo.

Mi estancia en aquel cuarto fue durante un par de cursos. Luego mis padres decidieron enviarme a un internado. Nadie me preguntó si quería ir: me mandaron y punto.

En el regreso de las vacaciones de Semana Santa la que había sido mi habitación estaba ocupada por mi otra abuela.

Ella estaba metida en mi cama, con la cabeza rapada y el rostro blanquecino. No se parecía en nada a como yo la recordaba. Era como si la hubiesen cambiado por otra. Se me dijo que estaba enferma y, de hecho, moriría en unos meses. Al volver en el verano de nuevo mi cuarto, me lo encontré vacío. Le pregunté a mi madre por ella y, entre lágrimas, trató de explicarme que Dios la tenía consigo en el cielo.

Esa noche, al dormir en mi cama, no pude conciliar el sueño: el olor a viejo que desprendían las paredes me lo impedía. Traté de pensar en mi abuela, en cómo sería estar con Dios. Al final, me dormí pensando que en septiembre regresaría al internado lejos de aquellas paredes cuyo olor me desagradaba.

Por alguna razón que nadie me explicó, no volví al internado al curso siguiente, ni nunca más y, en aquel cuarto tan nauseabundo, llegué a la adolescencia. Fue envuelto en esa pestilencia, como aprendí a tener sexo conmigo mismo y, mucho después , a disfrutar del placer del contacto con una mujer.

Ni siquiera el olor a sexo que flotaba cuando ella se marchaba y que camuflaba abriendo la ventana era capaz de aplastar el aroma a viejo que desprendían las paredes.

Además, descubrir el sexo en ese cuarto me trajo consecuencias. La mujer con la que aprendí se instaló allí después de una ceremonia oficiada por la Iglesia, una mañana de invierno, sin fiesta y con flores de azahar que demostraron, a los escasos invitados, su virtud.

Supuse que su llegada de ella aportaría otro olor a la estancia. No fue así. Ni siquiera el día que al regresar de la fábrica me dijeron que no podía entrar porque estaba con ella la comadrona. Mi hijo estaba a punto de nacer. Una vez producido el alumbramiento, me dejaron entrar. Ella estaba sudorosa con el bebé en los brazos, pero allí seguía la condenada e insoportable fetidez a viejo.

Días después, mi madre me mandó llamar al trabajo: debía regresar a la casa urgentemente. A mi mujer le estaba costando recuperarse del parto, mi hijo dormía con mis padres y yo lo hacía en el sofá de la sala. Al llegar al cuarto, encontré la puerta cerrada. Mi madre tenía al niño en sus brazos y me decía que debía ser fuerte. La puerta se abrió y salió el médico. Nos dijo que ella había muerto.

Tras el entierro, volví de nuevo al cuarto y el niño se quedó en el de mis padres. Mi madre se ocupó de su crianza, alegando que « los hombres, no sabéis de eso».

Seguí solo en ese dormitorio durante los siguientes años viendo cómo mi madre educaba a mi hijo, cómo él crecía, cómo se puso un sofácama en el salón para que durmiese una vez que abandonó el cuarto de los abuelos. Allí me quedé cuando salió de casa para ir al internado, a la universidad; allí recibí la muerte de mi padre y le fui contando las canas del cabello a mi madre.

En breve, cumpliré cincuenta años y unos análisis médicos han confirmado mis peores temores: padezco la misma enfermedad que mi abuela paterna.

He decidido suicidarme. Antes, he hecho el gran descubrimiento de mi vida: mi cuarto no huele a viejo, como siempre he pensado: es a muerte el hedor que su atmosfera desprende.

Galiana

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Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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2 Responses to Una cita con @GalianaRgm: «Oler a viejo»

  1. Avatar de Olga Perez De Martino Olga Perez De Martino dice:

    No era tu abuela eras tu , no era el cuarto , era tu propio olor , siempre fuiste tu , mira el espejo y enfrenta tus miedos , es posible, agárrate fuerte 💪 de Dios , no hay olor más agradable en el mundo que el del agradecimiento por tener la bendición de tener una abuela , y de poder compartir con ella y ver nuestra vida crecer en el ámbito de la edad es una bendición , no una maldición y es increíble ,el olor es bello , ellos huelen a hogar , huelen a raíces , huelen a sabiduría , huelen a lo que huele el amor, y es amor lo qué hay que darles y cuidados y honra, (excepto que sean personas malas y que atenten contra la dignidad de un menor ) y no hay nada de malo en crecer al contrario es espectacular es genial . Bendiciones , y abrazo sincero.

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