Mi balcón

Mi balcón

Maldita sea, tengo tal borrachera encima, que no sé si tengo las llaves encima o las dejé en alguno de los bares por los que he estado a lo largo de la madrugada. Y claro, con las horas que son y la noche que llevo, como para ir preguntando uno a uno. Si ya lo decía María, que no saliera solo con el pantalón corto, que con estos bolsillos, iba a perderlo todo…

—¡Hostia! —exclamo—. ¡El móvil!

Me palpo el pantalón por todos lados. En la parte superior solo voy vestido con un polo, ni chaqueta ni nada. Las noches son calurosas y no se baja de los veinte grados.

Pienso, que menos mal que grabé en los contactos, el teléfono de mi mujer con el nombre «AA» para localizarla en caso de cualquier percance.

—¡Hostia! —exclamo por segunda vez sintiendo que el alcohol sube por mi esófago. Me doy cuenta de que si la llama alguien y recoge mi teléfono… ¡Puede descubrir lo que no quiero que descubra!

Miro hacia arriba, hacia el balcón de nuestra habitación, y pienso que es rarísimo que tenga una luz tenue encendida. Son las dos de la mañana y no suele aguantar tanto despierta. ¿Insomnio? Últimamente está a la orden del día en los dos. Cada uno, con nuestros problemas.

Sigo buscando las llaves. Nada, solo encuentro una servilleta con trazos de bolígrafo. La tiro al suelo.

De repente, la luz del piso se hace más fuerte al encenderse la lámpara del techo. Veo su sombra tras la cortina del balcón. ¿Desnuda? ¿En la ventana? Si ella siempre ha sido, y es, muy recatada con esas cosas. Pero sí, lo borroso que veo, distingo perfectamente sus curvas superiores e inferiores y su pelo rizado suelto. Otra cosa que me cuestiono. Para dormir se lo recoge.

Parece que habla por teléfono.

Siento que la sangre se quiere agolpar en mi entrepierna, pero con tanto alcohol, será empezar, para nada.

Se va de la ventana y enciende la luz del baño.

—¿La habrá llamado alguien? —me pregunto el alto, aterrorizado.

La luz se apaga y se enciende la de la escalera unos segundos más tarde. Unos críos borrachos pasan cerca de mí y se ríen llamándome «guiri».

Bueno, yo soy rubio y bastante blanco de piel.

Me escondo tras una columna cuando vislumbro sombra tras la puerta del portal. Y no una, sino dos.

Los veo salir y se me quita la borrachera de repente. Ella… Ella está con él. Nuestro mejor amigo recién divorciado. Mi amigo de la infancia. Ese al que en su día le presenté como «uña y carne».

El alcohol que hay dentro de mí puga por salir. Aguanto las arcadas con una mano mientras los veo alejarse caminando cada uno en una dirección.

Me dan ganas de ir tras ella, agarrarla e insultarla… Pero luego pienso, ¿qué pasaría si ellos se enteraran de que nuestra amiga recién divorciada es el contacto del que más llamadas recibo y al que más hago?

—María, María… Ya te dije en su día, que el intercambio de parejas podría traernos estos problemas. Nos hemos vuelto demasiado liberales.

Me encojo de hombros y meto las manos en los bolsillos. No sé cómo, encuentro las llaves en uno. Me dirijo a mi casa y me voy a la ducha para quitarme el olor a sudor y alcohol. Supongo que regrese pronto.

Menos mal que tenemos claro que nos amamos de verdad y que lo que hacemos es solo disfrutar de nuestros cuerpos.

Para cuando llegue, disfrutaré de su cuerpo. Es fin de semana, fin de intercambio de parejas, cuando podemos hacer lo que queramos.

@AlexFlorentine

Acerca de Galiana

Escritora
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4 respuestas a Mi balcón

  1. Santiago dijo:

    Alcohol… alcohol… alcohol… podríamos pensar que fue él el culpable, pero la verdad es que cambiar de vez en cuando es una liberación, pero que conste que es solo por pura diversión, lo que yo nunca haré es cambiar de blog, en este me lo paso en grande… emoción tras emoción…

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  2. antoncaes dijo:

    Vaya cambio, de actitud, casi na lo del ojo, lo llevaba en la mano… Las llaves en el bolso. Jajaja. 😉

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