«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «Doctor de cuerpos y almas (4)»

Parte 4

Accedieron a una pequeña capilla excavada en la roca viva. El techo bajo, apenas levantaba dos cabezas sobre él; acostumbrado a espacios abiertos, el doctor sintió un agobio que procuró disimular con la contemplación de las paredes: los muros aún mostraban los restos de lo que parecían ser deslucidos y antiguos frescos. Se acercó a uno de los murales y frunció las cejas: ¿le engañaban sus ojos? ¿No era un Cristo Crucificado a cuyos pies una figura sostenía una copa que recogía la sangre que caía de…?

— Doctor.

La dama señaló hacia el fondo de la sala, hacia un tosco retablo de madera, una pieza que, sin duda, había conocido días mejores. Se trataba de una obra curiosa en la que destacaba una profunda hornacina tallada en la parte central; su interior cobijaba la imagen impoluta de una Virgen románica vestida de luto. Una Virgen de negro, sin Niño en sus brazos.

A los pies del retablo, sobre el altar de tosca piedra de granito reposaba una figura menuda, femenina por las formas que su desnudez cubierta de sangre oscura revelaba. De vez en cuando temblaba, se estremecía, se arqueaba inhumanamente toda ella, naciendo un largo gemido raspado de su pecho. Otra criatura, otro desatino con forma de mujer sostenía entre sus brazos a la figura doliente con el cariño y la desesperación de una madre.

— Lucía — murmuró la compañera del galeno.

Alzó la mirada la llamada Lucía, arrasados sus ojos verdes con lágrimas de sangre, ajeno el rostro de gata a la habitual sensualidad que lo adornaba. Bajó del altar, arrastrando la cola del vestido de gala, las manos abiertas como una ofrenda y se arrojó a los pies del hombre.

— Gracias por su piedad, doctor.

Dicen que basta la mordedura de un no muerto para tornar mortalidad en inmortalidad, dicen que basta una noche para dejar de lado toda humanidad y despertar en plenitud a la naturaleza vampírica.

Tonterías.

No dejaba de ser una infección, una enfermedad de la sangre. Muchos eran los infectados y pocos los que conservaban la efigie y la cordura tras las siete primeras noches. Si el trance no se superaba, los desgraciados se convertían en gusanos esqueléticos, hambrientos, en las criaturas que pueblan las pesadillas de los niños, en los responsables de los crímenes que nunca se aclaran. Por un inconcebible código de honor entre aquellos que existen a través de la sangre y de la muerte ajenas, se castigaba con el fuego y el acero el asesinar a otro inmortal, incluso si se trataba de acabar con el sufrimiento de uno de ellos…

…pues, es bien sabido, “sangre no derrama sangre”.

Para ello, para borrar errores fatales, existían los galenos de cuerpos y de almas, aquellos que lo mismo sabían bajar la fiebre de un recién nacido del vientre de mujer viva como de consolar la primera luna de un lobisome.

Para eso estaba él.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

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