Una cita extra con @GalianaRgm en agosto 2026: «Desaparecida» (I)

Tras la reforma, solo ha sido chapa y pintura, todo vuelve a la normalidad en esta bitácora.

Regresamos con un relato por entregas que espero os guste: Desaparecida, nos va a acompañar hasta el jueves

Desaparecida I

Mis hombres y yo llevábamos mucho, mucho tiempo con la investigación de aquel caso. Desde el principio teníamos todos y cada uno de nosotros el mismo pálpito de siempre, eso era insuficiente para que la jueza nos autorizara absolutamente nada. La verdad era que no teníamos pruebas para incriminar a nadie, nada que justificase un delito. Ella se vio obligada a declarar que Sara Pumares, esposa de César Fernández, había desaparecido por su propia voluntad.

Nosotros podíamos seguir indagando. Teníamos claro que la mujer no se había marchado voluntariamente y según pasaron los meses fuimos sospechando que estaba muerta. Necesitábamos pruebas sólidas. Habíamos investigado el caso a fondo y se nos habían abierto varias vías, todas nos llevaban a callejones sin salida. Siempre nos faltaba una última pieza para encajar el resto, estábamos convencidos de tener al culpable delante pero no podíamos acusarle absolutamente de nada, tan sólo de esposo fiel y devoto.

Le pedí a su señoría ser yo de forma personal quien le comunicase el dictamen que ella había tomado sobre la declaración de desaparición voluntaria. Me concedió ese favor. En el fondo compartía con nosotros la idea de la presunta culpabilidad del marido. Es una mujer justa, lo ha demostrado en muchos otros casos, pero en este la aplicación rigurosa de la ley nos ataba las manos.

Tal y como había acordado con la jueza me acerqué a comunicarle personalmente a César Fernández la decisión de su señoría, acudía yo con la esperanza de observar su reacción, si es que había alguna.

Durante los meses que había durado la investigación nada había variado en el domicilio familiar desde que puse los pies allí por primera vez. Las fotografías del matrimonio seguían estando en el mismo sitio. Un pequeño altar con velas que jamás vi apagadas junto a la imagen de Sara en un rinconcito en el salón. La pared de la escalera que daba acceso a la planta superior plagada de fotos de ella, de él y de ambos juntos. Llamaba mucho la atención que la cama estuviera tan bien hecha, sin una sola arruga. Los cojines del salón perfectamente alineados, siempre en la misma posición; no había nada fuera de lugar en la cocina, hasta los trapos exquisitamente bien doblados sobre la encimera. Era una casa de esas de exposición que salen en las revistas de decoración que tanto le gustan a mi novia.

Mi equipo y yo hemos visto casas así de perfectas en muchas ocasiones, normalmente nunca pinta bien; suelen esconder demasiada suciedad en los rincones donde nadie mira salvo nosotros.

La casa de Sara y César había sido un regalo de los padres de ella cuando se casaron, hacía más de quince años. Ella entonces tenía 25 recién cumplidos, y él cinco más. Ubicada en una urbanización en la Sierra norte de Madrid, una de esas para familias de clase media alta. Una edificación de 400 m² demasiado grande para dos personas, supuestamente la iban a llenar de hijos, estos nunca llegaron; los espermatozoides eran vagos y ella se hizo la idea sin más. La casa se levantaba sobre una parcela de 3.000 m² que incluían una piscina y un hermoso jardín.

Ella muy integrada en asociaciones culturales y vecinales que ocupaban su tiempo los fines de semana. Trabajaba en Madrid en un estudio de decoración, iba y venía todos los días en su propio coche. Tanto sus vecinos como sus compañeros de trabajo la tenían como una mujer agradable, simpática y muy, muy guapa. De esto último no había más que mirar las fotografías para darse cuenta, si no hubiera sido porque tan solo medía uno cincuenta pudiera haber sido una maniquí.

César trabajaba en la empresa de su suegro de compras y ventas internacionales, lo hacía desde casa, había sido así desde siempre. Su padre había fallecido en un trágico accidente cuando él tenía siete años, la puerta del garaje de la casa se le cayó encima. Su madre falleció en un accidente de tráfico cuando viajaba con su hijo. Ella murió al instante pero César salió ileso. Como ahijado de pila de su suegro pasó a ser tutelado por este, nada más terminar los estudios entró en la empresa. Se hizo novio de su hija (no se le conoce otra relación) y se casaron. César es un hombre bastante retraído, sin apenas vida social salvo acudir al mismo gimnasio a diario desde hace años.

La madrugada que César llamó a la comisaría pidiendo ayuda porque su esposa no había regresado a casa ahora nos parece muy lejana en el tiempo a mi equipo y a mí, pero continuamos con la idea de encontrar a Sara.

A todos aquellas palabras suyas aquella madrugada nos sonaron a relato gastado, a puzzle completo para quien lo narra pero a nosotros nos sobran o faltan piezas y nos toca reordenarlas sin saber por dónde empezar.

Continuará…

Galiana

¡Gracias por este par de minutos de tu atención!

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