«El peso del silencio» por Carmen Navas Hervás (@mcnavas1) para leer y escuchar: «La bandera»

La bandera

Llegaron al amanecer, cuando todavía permaneces atrapada en ese duermevela inocente en el que la mente continúa torpe y el cuerpo vive suspendido en un limbo extraño.

Siempre vienen a esa hora.

No gritaron ni golpearon la puerta. No fue necesario. Entraron con calma, con esa tranquilidad arrogante de quien sabe que ya ha vencido.

Registraron la casa sin prisa. Tocaban mis cosas sin pudor: vestidos, cajones, joyas, cartas. Uno de ellos observaba desde la puerta. Sus ojos inexpresivos eran más peligrosos que las manos que hurgaban entre mis pertenencias.

Y entonces encontraron la bandera.

La sacaron lentamente y la extendieron sobre la mesa. Las palabras bordadas quedaron desnudas ante todos:

Libertad, Igualdad y Ley.

Durante un segundo pensé que quizá no le darían importancia.

Me equivoqué.

Pedrosa no lo iba a permitir.

Todavía siento asco cuando recuerdo su nombre.

Ramon Pedrosa Andrade, alcalde del crimen de la Chancillería.

Lo conocí en varias veladas celebradas en casa de amigos comunes. Desde el principio fijó sus ojos en mí: una viuda joven, independiente, con una hija nacida de una relación posterior a la muerte de mi marido.

Pensó que sería fácil.

En cada reunión aparecía con esa falsa cortesía que ocultaba algo oscuro. Besaba mi mano demasiado tiempo. Sonreía demasiado cerca.

Recuerdo especialmente una tarde en el teatro. Yo ocupaba uno de los palcos laterales cuando él subió sin ser invitado y se sentó a mi lado. Durante toda la representación mantuvo una mano sobre mi pierna, inmóvil, posesiva, como una garra escondida bajo la tela del vestido.

Tres días después me pidió matrimonio.

Yo lo veía como lo que era: un enemigo de la libertad.

Cuando comprendió que jamás me entregaría a él, decidió perseguirme.

Si no era suya, no sería de nadie.

Por entonces España vivía conteniendo la respiración. Tras la guerra con Francia, el rey Fernando VII había prometido respetar la Constitución, pero aquella promesa se pudrió pronto.

Los liberales comenzaron a reunirse en secreto. Las logias masónicas se convirtieron en objetivos. Bastaba con pensar distinto para terminar encarcelado, exiliado… o muerto.

Granada entera vivía vigilándose a sí misma.

No era justicia. Era obediencia.

Mi delito nunca fue bordar aquella bandera. Mi delito fue creer que este país también pertenecía a quienes soñaban con algo mejor.

Y quizá, sobre todo, haber nacido mujer y negarme a callar.

Por eso ayudé a escapar a Fernando Álvarez de Sotomayor, mi primo, condenado a muerte por colaborar con el levantamiento liberal de Rafael de Riego. Entré en prisión con unos hábitos de monje y conseguimos sacarlo engañando a los guardias.

Después alguien nos delató.

Nos procesaron.

Pero Pedrosa no logró demostrar nada.

Y eso lo enfureció todavía más.

Porque cada vez que yo escapaba de sus manos, el deseo y el odio crecían dentro de él hasta confundirse.

Hasta convertirse en algo mucho más peligroso.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el relato con mi voz, recuerda que alguna cosita siempre cambio.

🎙🎧👇

Mañana tendremos la tercera parte, te espero

@mcnavas1

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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