«Tercera ola» (II), por Estrella Vega (@EstrellaV2019)

Vamos con la…

Segunda parte

A la mañana siguiente los despertó el sonido del teléfono. Llamaban de la Clínica del Pueblo avisando de que unas pruebas habían salido mal y debían repetirlas. Enviarían a alguien a buscarlos al domicilio. Cuando colgó se dio cuenta de que estaba temblando.

Se vistieron deprisa, sin saber cómo actuar. ¿Debía escapar? Cuando salieron, en el portal, ya los esperaba un hombre vestido de negro que los condujo al vehículo estacionado en la puerta. Tenía los cristales tintados y parecía bien cuidado, aunque tenía unos cuantos años. Sonia notó que a Carlos le sudaba la manita y respiraba agitadamente. Su mente le recriminaba haberse subido a ese vehículo, pero no había tenido alternativa.

La mirada de Sonia se detenía en los anuncios que cubrían las fachadas, aunque ni siquiera los veía. Algunos eran de propaganda del gobierno, otros de la salud y, entre ellos, alertas sobre la facción rebelde que estaba trayendo el hambre al país.

En el trayecto sonó el teléfono del conductor. Aunque él respondía en un tono bajo, era imposible no escuchar la conversación. Su interlocutor al otro lado hablaba nervioso y gritaba.

—Tienes que marcharte cuanto antes —le apremiaba.

—Debo realizar la entrega —susurraba el chofer.

—Pues llévalos allí y huye… Deja el coche… Es lo primero que buscarán. ¡No quieren testigos! Sabes demasiado.

El hombre colgó. Sonia vio gotas de sudor en la frente del conductor y los nudillos marcados apretando las manos alrededor del volante.

El coche entró en el recinto y se detuvo cerca del parking. El chofer salió y les abrió la portezuela.

—Debéis entrar por esa puerta. —Señaló la entrada. Después dio media vuelta y comenzó a caminar rápido hacia el exterior de la reja.

Sonia no tenía ninguna intención de seguir sus indicaciones. Cogió a Carlos en brazos y salió tras los pasos del hombre. Llegó a una puerta metálica por donde el conductor había desaparecido. Dejó al niño en el suelo y corrieron hacia la Zona Social. Una calle repleta de tiendas de segunda mano y puestos callejeros que ofrecían productos de baja calidad. Entraron en un bazar después de comprobar que nadie los había seguido.

Mientras ideaba qué hacer, cogió unos cuantos objetos: una tiza, una tela que antes había sido un hermoso pañuelo y una gorra de segunda mano con orejeras. Entregó unas monedas al dependiente y salieron mirando en todas direcciones. Se dirigió al Parque de los Últimos árboles. Con la tiza marcó un número en el suelo y lo rodeó. Faltaban tres horas para ese momento, pero imaginó que debía dar tiempo a que Enrique lo leyese.

Luego se situaron tras la fuente. Llevaba varias décadas sin funcionar y era utilizada por los jóvenes para reunirse en torno a ella.

Cubrió su cabello oscuro con el pañuelo de cáñamo. La pequeña cabeza de Carlos se perdía dentro de la gorra, pero las orejeras cubrían parte de su cara.

Se encaminaron a la Zona Social para hacer tiempo, intentando pasar desapercibidos entre la gente.

Al llegar la hora marcada a tiza, regresaron al parque. Varias personas se encontraban en los bancos, con la mirada perdida y hablando para sí mismas. Otros, paseaban con aire somnoliento cubriendo su rostro como podían. No era un lugar recomendable para estar a esas horas. Sentado en la fuente, Enrique aguardaba. Con atuendo oscuro y capucha pasaba inadvertido en aquel ambiente. Cuando llegaron a su altura, él los observó sin decir nada. Sonia cogió en brazos a Carlos y se situó a su lado. Le contó lo sucedido con el conductor.

—Hace un año —comenzó Enrique—, trabajé en Industrias Tesa. Su fundador, el doctor en biogenética, Alvaro Tesa, también es director de la Clínica del Pueblo. Entre ambas empresas hay alguna relación, pero mientras estuve allí, observé que había vigilancia muy estricta en ciertos laboratorios. Desapareció una enfermera que hacía muchas preguntas. La habréis visto en los carteles: Patricia Soler. Se le busca por conspiración contra el gobierno. Eso no es cierto. Yo la conocía y era una buena persona. Al poco tiempo me marché. También me estaban vigilando.

—Tesa es internacional. La empresa que sustenta la salud de todos los países, Enrique. Es un gigante. No veo la relación con lo de hoy.

—Ya, Pero mi instinto me indica que también algo huele mal en la Clínica. Habría que ver el expediente de Carlos. Tal vez eso nos aclare algo.

—¿Y cómo demonios vamos a obtenerlo? Estará en las oficinas o en la misma sala de pruebas.

—Pues habrá que entrar y buscarlo.

El portón metálico por donde habían escapado seguía abierto. Sonia se deslizó hacia el interior y caminó agachada entre los coches hasta llegar a la puerta del edificio de pruebas. Si el expediente no estaba allí tendría que dirigirse a las oficinas. Era muy arriesgado, pues debería atravesar todo el perímetro.

Cruzó los pasillos desiertos y llegó a la sala de espera. Había acabado la hora de atención a los pacientes y ya no quedaba nadie. Guardó silencio intentando escuchar algo en el interior de la habitación en la que realizaban las pruebas. Unos pasos se acercaban. Se situó tras una columna y esperó. Oyó la puerta abrirse y las pisadas dirigirse al pasillo. Se asomó y reconoció a la enfermera de rictus severo.

Procurando no hacer ruido abrió la puerta y entró en la zona de pruebas. El corazón parecía querer salirse del pecho. Si la encontraban allí, tendría problemas. Solo esperaba que Enrique se responsabilizase de Carlos en caso de que algo le ocurriese. No le permitió que se arriesgase a venir, a pesar de su insistencia. Consideraba que el problema era de ella y él únicamente la estaba ayudando. Pero al menos, consintió en que cuidase a Carlos. No tenía otra opción.

Dentro de la sala encontró una puerta que le condujo a otra estancia llena de archivadores metálicos. Abrió uno de ellos y la vista se le perdió con todas las carpetas que contenía. Iba a ponerse manos a la obra cuando se percató que un archivador estaba apartado al final de la habitación. Decidió comenzar por él, aunque supuso que tendría que buscar el expediente entre un centenar de documentos. Sorprendentemente, allí solo había dos. Uno era el de Carlos. No se detuvo a leerlos. Los cogió y regresó tras sus pasos tan pronto como le permitieron los pies y las temblorosas piernas.

Una vez en el parque, Enrique y ella revisaron la documentación mientras Carlos dormía tumbado en el banco.

—Este expediente es el de Carlos, pero este otro es muy antiguo. De la primera ola.

—Daniel Ferreira —leyó Enrique—. Tiene todas las pruebas habituales y han añadido un adjunto con otras adicionales. Seguramente las mismas que le hicieron hoy a Carlos.

—Así es —respondió Sonia abriendo el expediente de su hijo—. Es la misma hoja con resultados escritos a mano. ¡Vamos a compararlos!

Tras ver uno a uno los resultados de los análisis y pruebas de los niños, algo les llamó la atención.

—En ambos, han escrito en rojo: ADN Cuarta generación —anunció Enrique.

—¿Qué será eso? No me suena de nada.

Enrique movió la cabeza. Tenían que averiguar de qué se trataba.

De pronto el teléfono de Enrique sonó. Era una alarma del gobierno. Se buscaba a dos fugitivos por motivos de salud. Una mujer llamada Sonia Correa y a su hijo Carlos Guevara.

—Tenéis que esconderos. Pero no podéis volver a vuestra casa. Ese mensaje lo ha recibido todo el mundo. —Como si se diese cuenta en ese momento, le agarró la mano—. ¿Y tu móvil?

—Me deshice de él. No te preocupes —le tranquilizó—. Nos iremos al Puente del Hambre. Allí no nos buscarán.

—Es peligroso, pero es la mejor opción. Os acompañaré y, mientras, pensaremos qué debemos hacer —respondió Enrique.

El puente del hambre era una antigua construcción que antaño atravesó el río. Tras la sequía el cauce no volvió a llenarse y en su lugar, los indigentes y personas sin techo habían tomado como hogar. Allí había negocios turbios, se movía material de estraperlo y drogas. A menudo aparecía algún cadáver entre los escombros. Alguien por quien nadie preguntaría. Mientras, la basura se acumulaba en los márgenes por dónde trascurrió en su día el río.

Buscaron un lugar entre tiendas de campaña y una pequeña chabola construida con trozos de madera, uralita de otras construcciones y desechos de obras. Enrique cogió unos cartones y se acomodaron sobre ellos.

—Tengo un contacto en Industrias Tesa. Puedo preguntarle sobre el ADN Cuarta generación. Necesitamos saber de qué se trata. Es lo que tienen en común Carlos y ese crío, Daniel Ferreira.

—Yo intentaré averiguar algo sobre el niño en la Biblioteca del Pasado. Pero los medios de comunicación estarán haciendo eco del aviso del gobierno. Vamos a salir en la televisión. Será difícil pasar inadvertidos.

—Sí —dijo Enrique mostrando un artículo en su móvil donde aparecían los rostros de Sonia y Carlos—. Aunque… tal vez podríamos ponerlos de nuestra parte. Si descubrimos algo, podemos hacerlo público. Eso podría cambiar las cosas en este país.

—Si hay algo que Tesa esconde, puede que haga mucho daño sacarlo a la luz o tal vez hagan cualquier bestialidad para evitar que salga. Es muy peligroso, Enrique.

Él afirmó con rostro pensativo. Tenía algo en la cabeza que tal vez les diera la solución.

—Tenemos que descansar. Mañana nos espera un día movidito.

Sonia había tenido la precaución de mantener la comida en la mochila, aunque habrían agradecido algo caliente.

Mañana espero y deseo que estéis ahí, gracias.

@EstrellaV2019

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