Capítulo 45: Los años chungos (2)
Chungos no, lo siguiente. Que, vistos desde la distancia, podrían parecer una inmensidad de la cantidad de cosas que sucedieron, y apenas llegó ese periodo a poco más de un año. Y, para colmo, don Fernando Álvaez de Toledo estaba cansado, gotoso, y con la sensación de que se iba a comer un marrón gordo. Porque hasta 1571 la cosa todavía estuvo más o menos tranquila, pero a partir de entonces…
Otra cosa no, pero tranquilo y sosegado el duque… Como que no. Y lo que vendría a partir de entonces son curvas que ni las de Alpe D’Huez. Asegura William S. Maltby en El gran duque de Alba: «Compuesto en partes iguales de la sospecha de haberse negado toda compensación excesivamente, y de la certeza de que sus sacrificios no eran apreciados, le mantenía en un estado de perpetuo furor que, cuando era más productivo, constituía la fuente de su enorme energía. En aquellos momentos, rodeado de herejes y criptoherejes y abandonado, según él, por el rey y la corte, esperaba y aún rogaba que se ofreciera un pretexto para hacer caer sobre las cabezas de aquellos traidores lo que él consideraba el juicio de un Dios justo».
En resumidas cuentas, a partir de ese momento, 1571 insisto, a don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel se las iban a dar por tierra y por mar. Hostias como panes, y él intentando dar respuesta a todas acompañado de hombres que ya son leyenda de la infantería española —Cristóbal de Mondragón, Julián Romero, Sancho Dávila…—, a los que hay que sumar su hijo don Fadrique. Hostias que comenzaron a darle unos corsarios rebeldes con ganas de tocárselos con las dos manos. Los colegas decidieron adoptar un nombre la mar de resultón, de esos que se recuerdan: los Mendigos del Mar. ¿A que da para serie de Netflix? Piratas, porque así hay que llamarlos, sin puerto donde refugiarse bajo el amparo de la reina Isabel de Inglaterra y con patente de corso gracias a Guillermo de Orange; y todo ello para disgusto de Felipe II, al que desde la distancia no le gustaba para nada cómo estaba cazando la perrita. Eso viéndolo él desde España…
Sin puerto donde refugiarse, acabo de decir, hasta que esos piratas encontraron uno: Brielle, en la desembocadura del río Mossa. Como explica Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro, «sería el punto de arranque de un impresionante despliegue de pujanza en el mar, que llevaría a Holanda en poco tiempo a ser una de las potencias marítimas de su tiempo». Pero también, refiere Maltby, «la captura de Brielle fue en muchos aspectos el comienzo de la revuelta holandesa, y Alba, aunque en un principio no lo comprendiera, había alcanzado la crisis de su carrera».
Porque una vez tomado Brielle, los ya famosos Mendigos del Mar pusieron la mirada en un puerto gordo de verdad: Flesinga; la puerta de entrada y salida de la monarquía hispánica en Flandes. Y entonces sí que sí. Palabras mayores, como bien dice Fernández Álvarez. Claro que ellos solitos no podían encargarse de una presa de tanta envergadura, por lo que necesitaban contar con un despliegue por tierra para liársela de verdad al duque. Y a eso se pusieron tanto Luis de Nassau desde la Rochela francesa, donde se había refugiado al amparo de los hugonotes franceses, como su hermano Guillermo de Orange desde Alemania. «Y con un resultado espectacular, pues sus tropas serían miradas como liberadoras por flamencos y holandeses, hartos de soportar a los tercios viejos españoles y a la tiranía del duque de Alba, tanto en lo político y religioso como en lo económico», explica el viejo profesor salmantino.
Resultado: el norte de los Países Bajos también dando palmas con las orejas, que acogió a Guillermo de Orange como su jefe indiscutible, tal y como cuenta Fernández Álvarez. Mientras, Luis de Nassau penetraba en la región de Hainaut y ocupaba sin mayores dificultades plazas de la importancia de Mons y Valenciennes. Se masca la tragedia oé oé…
Y cuando peor pintaba la cosa, con su crédito y prestigio por los suelos, va el duque de Alba y se entera de que, ahora sí que sí, su relevo estaba en marcha. El rebote que se agarró fue de los que hacen época.
«La afrenta era demasiada. Cuando podía haber dejado los Países Bajos como el gran vencedor en 1570, se le había negado. Ahora que tan mal se le habían puesto las cosas, ¿iba a permitir que se le quitase el mando, volviendo escarnecido y derrotado? Eso no lo toleraría el duque de Alba», concluye Fernández Álvarez.
A partir de entonces, en poco más de un año se sucederían episodios que ya son historia: el cerco y toma de Mons tras la ya celebérrima encamisada de Julián Romero, el de Alkmaar, el episodio de Haarlem…
Así que yo no me perdería los capítulos que están por venir…
Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.
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