«Gana el rojo pasión» por Medussa (@MedussaEros): «Naufragio»

Naufragio

El mar los escupió en la arena blanca de una isla perdida. Valeria emergió primero, el agua salada resbalando por su piel bronceada, sus curvas firmes y plenas marcadas bajo la ropa empapada. Alta, de hombros rectos y mirada de acero, exudaba una autoridad natural que nadie cuestionaba. Martín llegó después, tosiendo, el pecho agitado. A sus cincuenta y dos años, era un hombre corriente: complexión media, cabello gris en las sienes, ojos que bajaban al suelo cuando alguien lo miraba demasiado tiempo.

Juntos reunieron lo poco que el naufragio les concedió: latas de conserva, galletas duras, dos botellas de agua y una manta raída. Contaron las raciones. Diez días escasos si se repartían con justicia. Valeria sonrió con esa sonrisa lenta que prometía tormentas.

Los primeros días fueron duros. Construyeron un refugio de hojas y ramas. Martín cazaba peces con paciencia torpe; ella recogía frutas y lo observaba. Por las noches, el hambre apretaba. Valeria se acercaba al fuego, se quitaba la camisa mojada y dejaba que la luz jugara sobre sus pechos. Hablaba poco, sus gestos decían todo: una mano en el hombro de él, un roce accidental en la cadera, una risa grave cuando él tartamudeaba.

Martín sentía el calor subirle por la nuca. Nunca había estado con una mujer como ella. Su timidez lo ataba, el deseo lo desataba.

La sexta noche, bajo un cielo sin luna, Valeria decidió que era el momento.

Se arrodilló frente a él junto al fuego. Sus dedos largos desabotonaron la camisa de Martín con lentitud deliberada. Él tembló.

—Tranquilo —susurró ella, la voz ronca—. Solo quiero que sientas.

Lo empujó suavemente hasta tumbarlo sobre la manta. Se desnudó sin prisa, revelando cada centímetro de su cuerpo espectacular: senos pesados y altos, cintura estrecha, caderas anchas, piernas largas y fuertes. Se sentó a horcajadas sobre él, las manos firmes en su pecho. Martín jadeaba, el miembro ya duro contra su vientre. Valeria se inclinó, mordió su labio inferior y lo besó con posesión.

Deslizó una mano entre sus cuerpos, guió el miembro erecto hasta su entrada húmeda y caliente. Bajó despacio, centímetro a centímetro, envolviéndolo por completo. Un gemido escapó de la garganta de Martín. Ella sonrió, victoriosa, y empezó a moverse.

Sus caderas rodaban con ritmo implacable, subiendo y bajando, apretándolo dentro de sí. Cada embestida era profunda, controlada. Martín intentaba agarrarle las caderas, ella le sujetó las muñecas y las clavó contra la arena.

—Mírame —ordenó, la voz baja y firme—. No cierres los ojos.

Él obedeció. Los pechos de Valeria rebotaban sobre su rostro mientras ella aceleraba. El sudor brillaba entre sus senos. Ella se inclinaba, rozaba sus pezones contra los labios de él, lo obligaba a chuparlos. El placer era brutal, casi doloroso. Cada vez que Martín estaba cerca del clímax, Valeria ralentizaba, lo dejaba al borde, temblando.

—Dime que me darás tu ración de mañana —exigió sin dejar de montarlo—. Dímelo mientras te corres dentro de mí.

Martín negó con la cabeza, débil, pero su cuerpo lo traicionaba. Ella apretó más fuerte, contrayéndose alrededor de él, girando las caderas en círculos lentos y profundos.

—Entrégamela —susurró contra su oído, mordiéndole el lóbulo—. Toda.

El orgasmo lo golpeó como una ola. Martín se arqueó, gritó, derramándose dentro de ella en pulsos largos y calientes. Valeria no se detuvo; siguió cabalgándolo hasta exprimir la última gota, su propio placer estallando en un gemido ronco que resonó en la noche.

Cuando ambos temblaban, ella se inclinó y le besó la frente sudorosa.

—Buen chico —murmuró—. La ración es mía desde ahora.

Martín, exhausto y vacío, solo asintió.

Los días siguientes fueron una rendición lenta. Cada noche Valeria lo reclamaba. Lo montaba contra un árbol, lo hacía arrodillarse y lamerla hasta que ella temblaba de placer, luego lo penetraba de nuevo y le exigía otra ración. Él entregaba. Siempre.

Las latas de Martín se agotaron primero. Su cuerpo adelgazó. Los pómulos se marcaron, las costillas asomaron. Valeria, en cambio, brillaba. Sus curvas se mantenían plenas, su piel dorada por el sol. Caminaba por la playa con paso seguro, comiendo la comida que él ya no tenía.

Martín yacía bajo la sombra de una palmera, débil, la vista nublada. Ella se acercaba, se sentaba a su lado y le pasaba los dedos por el cabello gris.

—Todavía me necesitas —decía con ternura cruel—. Y yo te necesito a ti… para que sigas entregando.

Él ya no protestaba. Solo cerraba los ojos y esperaba la próxima noche, cuando el cuerpo dominante de Valeria lo borraría todo menos el placer y la entrega.

La isla los había cambiado. Ella era la reina. Él, su ofrenda voluntaria. Y el hambre, dulce y constante, solo hacía más intenso el juego.

@MedussaEros

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About Galiana

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