«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «La última noche de Martín Padilla» (parte V)

Quinta parte

No recordaba Martín las señas del hotel donde paraba, pero, por fortuna, sus compañeros balbucearon la dirección al chófer. Tras un breve forcejeo y un par de billetes de los buenos, empujaron y colocaron al futuro novio dentro del carruaje.

Molesto por el traqueteo del coche, se llevó el muchacho las manos a la cabeza.

—Me caso mañana… —murmuró.

—Pues mira qué bien, zagal —respondió el conductor, más que acostumbrado a los clientes de madrugada.

—Me caso mañana… —repitió.

Con un movimiento convulso Martín se palpó la chaqueta; ahí estaba, la tarjeta negra. Violetas y oscuridad inundaron el interior del vehículo.

—Lléveme a esta dirección —ordenó. Y su voz sonó aguda, ansiosa cuando leyó las señas—. Le pagaré lo que sea.

—Ya me han pagado.

Enfiló el chófer hacia Recoletos, desfilando las mansiones, los hoteles de la nobleza y la burguesía madrileña a ambos lados de la calle, residencias de aire parisino y elegante a pocos kilómetros del arrabal y de los restos de la ciudad que aguardaba el nuevo siglo. El espacio entre las construcciones aumentaba a medida que se alejaban del centro. Pronto las edificaciones parecieron agazaparse altivas tras verjas y jardines.

Se aflojó el cuello Martín, maldiciendo el calor de la noche… o tal vez era otra clase de fuego.

Piafaron los caballos al detenerse el coche junto a un enrejado de hierro, un portal discreto, ni más ni menos lujoso que los demás.

—¿Es aquí?

—Es aquí.

Casi saltó. No escuchó el “Allá usted” del conductor antes de arrancar y dar la vuelta. En trance, Martín se acercó a la entrada. Los ojos del joven se hundieron en la negrura del jardín. Alzó la tarjeta frente a esa nada y su invocación empujó el forjado. La verja se abrió entonces sin el particular quejido del metal, antinaturalmente silenciosa. Martín no caminaba, volaba, empujado por un tirón en el pecho, un ansia que le urgía a atravesar a ciegas aquel jardín; no vio, no sintió, la compañía de las presencias sombrías que habían hecho de aquel lugar ajeno a la luz, al tiempo, su hogar, fantasmas, criaturas del crepúsculo, …quién sabe.

Pudo haber transcurrido un minuto o la noche entera.

Las tinieblas comenzaron a disiparse. El tenue resplandor de la luz de gas se filtraba a través de las vidrieras de un edificio, un palacete surgido de la nada. Lo observó, fascinado, y entendió que era la fachada negra la responsable de su aparente invisibilidad desde el exterior. Apenas pisó la escalinata de entrada el portón de madera crujió y, con el primer atisbo del interior, llegó hasta él una promesa intangible de dulces risas femeninas. Y ese maldito perfume.

—Buscó… —susurró, tendiendo la tarjeta a la mujer de cabellos rojos que se reveló en el hilo de luz de la entrada.

Unos dedos enguantados tomaron con delicadeza la cartulina, unos ojos verdes de demonio leyeron el nombre del reverso.

—¿Ella?

—Ella —gimió Martín.

—Observa, hombre mortal, … —y el gesto de su mano tornó una invitación sin palabras—, tengo criaturas mil veces más hermosas…

Tras un parpadeo las vio, siete bellezas que podrían rivalizar con la luz del Sol: un par observándole desde el diván, otras desde la escalinata principal, …otra bocabajo, una pálida trapecista que, colgando la lámpara, reía con picardía.

—La Italiana —murmuró—. Puedo pagarla.

—Sin duda. Por eso te ha elegido —comentó enigmática la madame—. Aún eres libre para marchar —advirtió—. Por la mañana, esto sería tan solo un mal sueño…—. Esperó, tal vez por una respuesta que nunca llegó—. Sea pues; sígueme.

Otra vez el tiempo y el espacio jugaron con su razón. Los pasillos forrados en brocado rojo le parecieron eternos, iguales, largos, puertas de caoba a los lados que apenas podían ocultar los sonidos del deseo… y, ¿por qué no titilaban las llamas en los candelabros? ¿por qué esas risas dulces y pícaras a su espalda?

Su guía se detuvo: tres golpes largos, tres golpes rápidos contra la madera.

—Te espera.

La mujer se alejó, vibrando el aire a su alrededor de forma física, visible. Martín apenas prestó ya atención a lo inexplicable…

…empujó la puerta.

Y firmó su sentencia.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

🎧🎙👇

Queda poco para el final.

@PilarR1977

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Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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