Juana «La loca» parte 3, por Marta Caniego

Estamos en la tercera parte

Juana “La loca” 3

Continuamos con la historia de Juana la Loca, Juana I de Castilla, y en esta ocasión vamos a hablar más de cerca sobre lo que fue su reinado en Castilla, como digna heredera de Isabel la Católica.

Isabel falleció a finales de 1504 en Medina del Campo. Cuentan las versiones de los historiadores que, si bien en un principio había dejado en el testamento que su hija Juana fuese la heredera, también se dice —o mejor dicho, se rumorea— que en determinado momento decidió desheredarla, en parte por todos los disgustos que Juana le había dado durante el viaje que emprendió con su esposo, Felipe.

En 1502, Juana y Felipe habían sido jurados como herederos ante las Cortes. Ya entonces Juana había dado muestras de cierta inestabilidad, de complicaciones al razonar y, sobre todo, de oposición frente a su familia y las órdenes de su madre. Cuando Felipe quiso marcharse y regresar a Flandes en 1503, Juana, que estaba embarazada, decidió quedarse en Castilla a petición de sus padres. Pero cuando nació el niño, al que nombraron Fernando, Juana quiso regresar junto a su marido.

Aun así, sus padres seguían considerando que era mejor que se quedara en Castilla. Hay quien dice que fue para que conociera mejor a sus súbditos, a las Cortes y al entramado político del reino, ahora que iba a ser efectivamente reina en muy poco tiempo. Y hay quienes piensan que fue para apartarla de la influencia —bastante dañina— de su esposo. Al parecer, Isabel nunca confió demasiado en el borgoñón; no le hacía ninguna gracia el hombre con el que había casado a su hija, aunque tuvo que aceptarlo. Qué remedio.

Por lo visto, Juana montó un numerito bastante llamativo en el castillo de La Mota, donde Isabel intentó retenerla. Finalmente, en 1504, Juana regresó a Flandes y su madre murió en Castilla. El problema estaba servido… o no tanto.

En un principio, Fernando el Católico decidió apoyar el reino de su hija y sencillamente respaldó que ella fuese reina, ya que —según él— así lo había querido su esposa. Eso sí, con la letra pequeña de que Fernando siguió gobernando hasta que Juana regresara.

Antes de que ella llegase, en 1505, se firmó la Concordia de Salamanca, donde se acordó una suerte de gobierno colaborativo entre Fernando, Felipe y Juana. Pero este acuerdo no duró mucho. Cuando los esposos —ya no tan jóvenes— llegaron finalmente a Castilla, no lo hicieron de una forma que agradara al rey. En lugar de desembarcar en Laredo, el puerto de Cantabria donde se esperaba su llegada, Felipe decidió desviarse.

El borgoñón, astuto, optó por desembarcar en A Coruña, donde tenía una serie de nobles que le apoyaban —o eso se suponía. La cuestión es que finalmente consiguieron deshacerse de Fernando y enviarlo de nuevo a Aragón. Esto sucedió el 27 de junio de 1506, cuando Fernando el Católico firmó la Concordia de Villafáfila, un acuerdo por el que decidió dedicarse a los asuntos de Aragón, Nápoles y Sicilia, y en general a las guerras italianas… y de vez en cuando, a pactar paces —y nuevas guerras— con los franceses.

Recordemos que, para 1506, Fernando ya llevaba un año casado con la sobrina del rey francés, Germana de Foix, con la que esperaba tener un hijo que pudiese heredar sus territorios en la Corona de Aragón. Podemos ver, por tanto, de qué manera se esperaba —ciertamente— que Felipe y Juana no llegaran a reinar en los territorios de Fernando. Una forma sutil de decir: «Te dejo con la herencia de tu madre y que tú y tu esposo os apañéis… pero mis tierras las hereda quien yo decida».

Recordemos también que Fernando, el hijo de Juana y Felipe —aquel que quedó en Castilla cuando Juana dio a luz y luego partió a Flandes— estaba ahora bajo la tutela de su abuelo, quien realmente fue quien lo crió y lo formó.

Pero la suerte es caprichosa. Poco después de ser nombrado rey de Castilla por las Cortes, Felipe murió sin haber cumplido un año de reinado. Hay quienes dicen que fue envenenado, y hay quienes cuentan que fue por unas fiebres tras haber jugado a la pelota y bebido agua excesivamente fría. Que cada cual crea lo que quiera, de acuerdo.

La situación se volvió crítica. Tras la muerte de Felipe, los nobles no se fiaban del reinado de Juana e intentaron establecer una regencia durante la minoría de edad de Carlos, su hijo. Algunos pensaban que debía regresar Fernando desde Aragón —al fin y al cabo, era el esposo de la difunta reina Isabel y aún tenía legitimidad. Otros defendían que debía ser Maximiliano, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y padre de Felipe el Hermoso, quien se encargara de la regencia. Incluso se cuenta que hubo quienes intentaron buscar un nuevo matrimonio para Juana… pero nada, nada, nada.

Finalmente, a pesar de las reticencias de Juana, el cardenal Cisneros consiguió que Fernando regresara a Castilla y se entrevistara con su hija en 1507. Poco después, aceptó ser el nuevo regente de Castilla, recuperando el trono que había compartido con su esposa.

Tal vez Maximiliano de Habsburgo habría tenido algo que decir al respecto, pero sus intereses estaban centrados en Italia, donde participaba en la guerra de la Liga de Cambrai —una guerra en la que también estaba implicado Fernando. Tal vez sus caminos se cruzaron allí, pero esa es otra historia.

Lo cierto es que, a fin de cuentas, fue Fernando quien quedó como único regente. Y poco después, en 1509, decidió encerrar de forma definitiva a Juana en Tordesillas. Un encierro que duraría hasta su muerte… en 1555. Es decir, Juana pasó más de 40 años encerrada en Tordesillas, con distintos carceleros y vigilantes, siempre acompañada por su hija pequeña, Catalina, a quien había dado a luz tras la muerte de Felipe y a quien arrastró con ella en esa especie de procesión oscura que fue el funeral de Felipe, durante ocho meses por toda Castilla.

Ni siquiera tras la muerte de su padre, Fernando, Juana recuperó la libertad. Su hijo, Carlos I, decidió mantenerla allí encerrada también, para evitar problemas con el gobierno. Durante todo ese tiempo —todo el reinado de su hijo y durante la regencia de su padre— Juana fue reina titular de Castilla. Una de las soberanas que más años duró… pero también una de las que menos papel tuvo.

Y eso sí: durante la revuelta comunera, ya en el reinado de su hijo, Juana tuvo la oportunidad de recuperar su libertad. Los rebeldes que se oponían a su hijo fueron a liberarla… y ella decidió estar con su hijo. Decidió defender los derechos de ese. Tal vez se vio venir que la revuelta no duraría mucho y prefirió no arriesgar su propia integridad.

Pero la historia es la que es. Y si queréis saber más acerca del funeral de Felipe el Hermoso y de las condiciones de su entierro… escuchad el siguiente programa. ¡Nos vemos!

Una vez leído te espera el podcast

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Mañana te espero con la última parte

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About Galiana

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