Vamos con el segundo episodio de la reina Juana.
Juana “La loca” 2
¿Quién sois?, me aventuré a preguntar.
Tenía la piel blanca y el cabello castaño. Los labios, sensuales pero pequeños, casi parecían dos pétalos delicados. Tenía el aspecto de un mozo angelical, de mentón prominente y mirada intensa. No pude evitar sonrojarme y bajé la mirada hacia el suelo. Él no dijo nada al principio. Únicamente pestañeó y me ofreció su mano. Cuando la tomé, se la llevó a los labios para besarla. Besarla a ella… tal y como me besaría a mí.
Noté el calor subir por mis mejillas una vez más, pero esta vez también me inundó la garganta y descendió por ella hasta alcanzar mi corazón. Lo estranguló con fuerza y por poco me hizo desfallecer. Afortunadamente, los brazos de aquella visión divina estaban ahí para atraparme a tiempo.
—Madame… —lo preguntó en francés. Pude entenderlo gracias a mi educación, aunque no me sería tan fácil acostumbrarme a hablar siempre en dicha lengua.
—¿Estáis bien?
Irradiaba calor, también ternura… pero creo, ahora que lo miro con ojos de mujer mayor, que en aquel tiempo no sabía nada de la verdadera ternura. Lo puedo decir ahora, que tengo la única compañía de Catarina, mi niña más pequeña. La ternura de ella es solo para mí. Pero la de Felipe…
La de Felipe era para todas las mujeres que quisieran aceptarla.
El inicio de aquella desgracia —la desgracia de descubrir que mi marido fingía amarme— comenzó el mismo día en que di a luz a una niña. Mal augurio para un primer vástago. Mi marido no quiso estar conmigo; no me besó, ni quiso coger en brazos a la pequeña. Leonor se limitó a fingir que no existía y a pensar en que debía quedarme embarazada pronto.
Pero una noche descubrí a otra mujer en su cama. Él tenía explicaciones. Me dijo que eso era lo natural.
Yo creí que, dando un hijo a Felipe, todo sería distinto. Pensé que regresaría a mí, abandonando al resto de furcias que lo perseguían. Puse todo mi empeño en quedar encinta de nuevo, lo prometo. Y lo logré. Pero, ¿qué más daba?
Al fin y al cabo, la historia mantendrá que lo tuve en una vitrina. Debo ser la única duquesa consorte de Borgoña a cuya llamada no acuden los sirvientes, demasiado ocupados en atender las fiestas de mi esposo con sus…
Pero al final tuve un niño.
—Carlos deberá llamarse —dijo Felipe—. Carlos, como su abuelo, el duque temerario de Borgoña.
Por supuesto, la tercera esposa de ese duque, la vieja Margarita de York —abuelastra, si es que existe esa palabra, de mi esposo— lo celebró. Pensó que era un nombre justo para el niño. Y si con ello me molestaba a mí, tanto mejor.
La hermana de quien habría de casarse con el hijo de quien usurpó el trono de Inglaterra a su familia. Qué complicada suena la política cuando no conoces a los jugadores.
Yo no hice caso de los comentarios maliciosos de aquella mujer, a la que solo le quedaban tres años de vida. Estuve de acuerdo porque quería ver feliz a Felipe.
Cuando al fin me recuperé del parto, tuvimos más noches de amor y pasión que nunca. Ya me daba igual el niño, la niña, si vendrían más o no. Yo sí los tenía: era solo por él.
Mi madre tuvo cinco hijos, pero solo un varón. Yo, en cambio, habría tenido cien varones con tal de que Felipe sintiera que su sucesión y su sangre durarían eternamente. Pactaría con el diablo si así lograba mi objetivo… pero que esto no lo escuchen los súbditos de mi madre, ni sus oídos.
—¿Me lo juráis por Dios? —me preguntó Felipe una noche, bajo las sábanas—. ¿Me juráis que tendremos mil hijos?
—Os lo juro por todos los santos.
Y me lancé a besarle con pasión. Pero también con ardor. Tenía sed de él, y él lo supo. Entendió bien mis ansias y las satisfizo gustoso… hasta que volvió a ver que nacía una niña.
—Ponedle el nombre que gustéis —murmuró, enfadado, mientras salía de la alcoba—. No me interesa. Juana no me interesa.
A él no le interesaba. Y a mí, mis hijos… tampoco me importaban demasiado. Nunca los crié en persona. Si no resultaban un orgullo para mi señor, para mí tampoco lo serían.
No obstante, no pude resistirme. Aquel día estaba cansada y desilusionada, tanto que los paisajes borgoñones se me hicieron fríos y distantes. Nada comparados con el calor de mi castillo natal.
En silencio, miré a mi hija. Estaba hinchada y aún algo sucia del parto, pero se abrazaba a la manta blanca con que la habían cubierto. Así vista, daba la impresión de querer esconderse, de que nadie advirtiera que bajo aquella tela yacía un cuerpecito inocente. Tenía carácter. Tenía fuerza.
—Os llamaréis Isabel —dije. Fue la primera vez que le puse nombre a uno de mis seis hijos.
Es curioso que ella vaya a ser la menos recordada por la Historia.
De mis otros dos vástagos, los que quedaban por nacer —el castellano y la niña húngara—, debería acordarme más, pero no es así. Apenas recuerdo al niño que tuve en Castilla poco antes de la muerte de mi madre.
Cuando vine a ser jurada como heredera por las Cortes de los Reinos de Castilla y Aragón, dejé a mi padre ponerle el nombre que gustase. Como no podía ser de otra forma, quiso nombrarlo Fernando. Su mismo nombre.
A mi madre le causó felicidad volver a ver a una de sus hijas en casa, más aún después de que mis hermanos —Juana, Isabel, los mayores— hubiesen muerto, y de que María y Catalina, mis hermanas pequeñas, ya no vivieran allí.
Ellas estaban en sus reinos, en Portugal y en Inglaterra. Pero yo no podía dejar de pensar en Felipe. En su amor perdido. Y en lo enferma que me ponía solo de imaginar que, por culpa de mi embarazo, no pude volver con él a Flandes, teniendo que esperar a dar a luz mientras él disfrutaba con todas.
—¿Con todas qué?
—No podéis marchar ahora —suplicó mi madre, la Reina Católica—. Vuestro hijo Fernando es muy pequeño. No sobrevivirá al viaje.
Me encogí de hombros.
—Podéis quedáoslo.
Así castigaría a Felipe, privándolo de su segundo hijo. Si quería tener otro más, tendría que venir a Castilla a por mí cuando fuese… o, al menos, dejarme encinta.
Una vez más, escogió lo segundo. Por supuesto. Al fin y al cabo, la reina iba a ser yo, y a él le gustaba más el tálamo que a la mismísima emperatriz.
—Me salina María —dijimos al unísono, por primera vez en nuestras vidas, cuando nació la pequeña, aquella que llegaría a ser reina de Hungría.
El evento, por supuesto, dejó sorprendida a la corte. Y a Margarita. Hermana de Felipe y viuda de mi hermano Juan —por edad, el de todos mis hermanos al que más unida me sentía.
—La nombraremos María —dije—. Así se llamaban su madre y mi hermana María.
Y debo dejar la pluma por unos instantes, pues mi pequeña Catalina me reclama aquí en Tordesillas, desde donde os escribo estas líneas. No hay nadie que nos cuide a ninguna en este territorio, pero tampoco quiero que nadie más la toque a ella.
Que Dios me perdone, pero mi pequeña Catalina es y será mi única hija. Lo único que me queda de Felipe.
¿Y lo único que no me ha abandonado jamás en estas tierras de Castilla?
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