Hace tiempo que una no publica un relato en esta bitácora, hoy Medussa me ha dejado su hueco, gracias compañera.
Nuestros días suelen ser, en cuanto a la forma, más o menos repetitivos: nos levantamos, desayunamos y salimos a nuestros quehaceres habituales, sean lo que sean. ¿Qué sucede si una mañana algo cambiase nuestra rutina?
Una bala, un muerto
Jamás pensé que la vida me cambiaría en una décima de segundo; así son las cosas. Una se levanta pensando que su día va a ser normal, como todos: ni excesivamente aburrido ni todo lo contrario, todo en su justa medida. Nada más salir del baño fui a la cocina a prepararme un café, porque sin café no se puede empezar la jornada; es como las pilas, la energía, lo que te da la vida. Y ahí estaba: una bala sobre la encimera de la cocina, entre la cafetera y la vitrocerámica. Me quedé mirándola tranquilamente, consciente de que aquello no estaba allí por la noche. En un ejercicio tremendo de conjugar el verbo ignorar, decidí prepararme el café y no hacer caso; y entonces, al girar la península que tengo en mitad de la cocina —porque creía que le daba un toque chic, qué sé yo—, descubrí el cadáver de un tipo que miraba con ojos de muerto auténtico. Así es como dice el director de la obra de teatro que hay que mirar cuando tienes que hacerte la muerta; así es como nunca me sale poner los ojos sobre el escenario. Me acerqué, le toqué y estaba frío.
Lo primero que hice fue llamar a la policía, y entonces mi vida dejo de ser mía.
La casa se llenó de gente extraña: todos policías, todos tocándolo todo con las manos sucias y sin pedirme permiso, todos haciendo preguntas durante todo el tiempo, preguntas capciosas que no puedo contestar porque para mí ninguna de ellas tiene sentido, y lo que no se comprende no tiene respuesta lógica, mucho menos se puede esperar una respuesta coherente.
En mi cabeza sólo hay dos palabras: una bala, un muerto. Y así llevo desde las 6:00 de la mañana que me levanté a por el café.
Toda esta gente pululando no me deja siquiera coger a mi gato. No sé qué tiene que ver el pobre animal en todo esto, pero el caso es que ni siquiera puedo abrirle la puerta de la cocina para que salga al jardín, lo cual me lleva a preguntarme si es que consideran que el minino es sospechoso de haber organizado este descomunal lío en el que estoy metida. ¿Acaso él puso el cadáver en el suelo de mi cocina? ¿Tal vez la bala la trajo desde la armería hasta aquí? Es evidente que el finado no murió aquí porque no hay sangre, ni siquiera unas gotas en ningún lugar de la casa.
La primera pregunta, la más repetida, creo, ha sido si toqué la bala. ¿Acaso creen que estoy loca? Les he ratificado que palpé a la persona por razones de humanidad: simplemente le puse dos dedos en la yugular, no hice más. Esto último lo he afirmado con rotundidad, a ellos les da lo mismo.
Siento la mirada de toda esta gente que se mueve por mi casa como si fuera la suya: una mezcla de odio, admiración, rencor y culpabilidad. De sobra saben quién soy; algunos incluso tendrán algún autógrafo mío y otros se llevarán en sus bolsillos alguna cosa de recuerdo. La gente es así de mitómana. Hay uno de ellos, un tipo delgado como un junco, que no para de abrir y cerrar la nevera. ¿Pensará que dentro está la persona que ha provocado todo este caos?, ¿estará escondido detrás de algún Tupperware?
Han pasado horas y sigo sin saber qué hace una bala en la encimera de mi cocina y un muerto en el suelo de la misma. Para mí es evidente que alguien lo ha puesto ahí todo, para los policías que hay por aquí no tanto. El inspector ya me ha preguntado tropecientas veces si a mí se me ocurre de dónde ha podido salir la bala, y le he dicho que en mi casa no hay armas y que yo jamás he tenido ninguna; es más, no me gustan. También le he confirmado no sé cuántas veces que el tipo que yace en el suelo no es nadie que yo conozca.
En estas estamos cuando suena mi móvil. Un número oculto. El inspector me pide que atienda la llamada con el manos libres para que todos puedan escuchar la conversación. La voz de mi interlocutor parece camuflada con alguna especie de modulador. Solo me hace una pregunta: si me gustaba el regalito que me había dejado esta madrugada en mi cocina. Mi respuesta ha sido más que evidente; después se ríe de forma macabra y cuelga.
Los presentes en la sala nos quedamos en silencio: ese silencio que se puede cortar, ese que requiere de explicaciones que no tengo. Ignoro quién me ha llamado y sigo sin tener ni idea de qué significa esa bala sobre la encimera, entre la cafetera y la vitrocerámica, y sigo sin saber quién es el pobre desgraciado muerto en el suelo de mi cocina.
Tras el desconcierto provocado por la llamada, vuelven las preguntas y esta vez en forma de avalancha. Soy la pieza a abatir y el inspector parece decidido a arrinconarme con su batería de preguntas a cual más absurda. No entiendo muy bien por qué me ha lanzado un “señorita, no nos haga perder el tiempo”, como si yo fuera la culpable de todo lo que está pasando, y todo eso lo hace soltándome una bocanada de humo en mi cara, con el asco que me da el tabaco. Esta panda de… me lo están llenando todo de humo, nadie me ha pedido permiso para fumar en mi propia casa. El calvo, bajito y rechoncho no hace más que mirar mi cartel del estreno de Medusa en Broadway.
¿Medusa? ¿Broadway? ¡Cómo se me ha podido olvidar! La primera vez que interpreté ese papel fue hace 15 años. Dos días antes del estreno, alguien dejó una bala sobre mi mesa en mi camerino; en aquella ocasión no hubo muerto, tan solo una amenaza de muerte y, por supuesto, la oportuna investigación policial.
Ignoraba que mi exmarido hubiera salido de la cárcel, en aquella ocasión le enchironaron como autor de la amenaza y algún otro delito más que salió a la luz contra mí persona. Su cuerpo no es el muerto de mi cocina, le reconocería aunque le hubieran desfigurado el rostro tal y como tiene el susodicho cadáver, un tipo de la envergadura de mi exmarido no es fácil de olvidar.
Volviendo a Medusa, a Broadway, en dos días volveré a estrenar una nueva versión. No sé si referirle al inspector toda esta historia. Si lo hago todos saldrán de aquí directos a casa de mi exmarido, aunque dudo mucho que le encuentren allí. Tengo la sensación de que el tipo que yace muerto en la cocina de mi casa es el único que sabría localizarle y eso le ha costado la vida.
Puedes clicar en la ilustración y escuchar el relato con mi voz
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Gracias por permitirme colarme en tu vida así de improviso.
Galiana













