Comenzamos un nuevo Oficio de tinieblas, esta vez con nombre de mujer, Inés.
Inés
Estella, 1855
Hernán supo que su madre había muerto antes incluso de que su hermana le tomase de la mano y le acompañase a ver el cuerpo.
No podía saber el niño que las sábanas empapadas en sangre habían sido cambiadas, que la habitación ardiente había sido ventilada, que el cuerpo de la mujer había sido acicalado con esmero. Cuando llegó a los pies del lecho, su madre descansada serena, su rostro dulce en calma. A su lado, un lienzo blanco envolvía el terriblemente diminuto cuerpo de la criatura muerta que le había costado la vida.
—Parece dormida —murmuró aferrando los dedos de Águeda.
—Dale un beso a madre y a nuestro hermano, Hernán —ordenó la muchacha, ignorando las palabras de su hermano.
Estaba fría. Madre nunca estaba fría: ella era cálida, olía a lavanda y le contaba las historias que el abuelo Jean, un antiguo soldado francés que jamás volvió a su tierra, le narraba a ella de niña. Se demoró el pequeño en la mejilla de su madre, buscando quizás templar con sus labios la piel helada.
—Hernán —avisó Águeda.
Debería odiar a aquel bulto informe que había destrozado las entrañas de la mujer que le diese la vida, que le había arrebato a los ocho años lo que más amaba en el mundo. Era demasiado niño aún para reconocer la pesadez de la melancolía por la vida que pudo haber sido.
—Madre cuidará de ti, hermanito —susurró suavemente sobre la gasa blanca.
¿Qué hacer ahora? ¿Cómo decir adiós por siempre a una madre? Se apartó a un lado mientras Águeda repetía el proceso: silenciosa y solemne, como era ella, sin más concesiones al dolor que las lágrimas temblorosas prendidas en sus pestañas. Hernán no dijo nada. Buscó la mano de su hermana y la apretó con fuerza. La niña le contempló: volvió a ser eso, una chiquilla de sólo doce años que acababa de perder a su madre, consciente de esos dedos cálidos y vivos que salvaban del dolor, de los ojos pardos de un niño llenos de amor y comprensión. Alzando la cabeza, con la mano libre, Águeda se limpió las mejillas.
—Vamos, cariño, hay mucho que hacer.
El capitán Beltrán de Soto llegó a casa un par de días después. No sabía Hernán dónde paraba, qué pendón defendía o qué batalla luchaba, sólo que traía la guerrera sucia y rostro y cabello cubiertos de polvo. Hombre recio y valeroso, el oficial se desplomó de rodillas ante el féretro de su esposa, profiriendo alaridos más propios de un animal herido que de un ser humano.
—Llévate al niño, Águeda —aconsejó una de las tías—, no es bueno que vea así a su padre.
—Sáquelo usted al patio, tía, que yo no voy a dejar a mi padre solo.
Hernán se dejó hacer. Al contrario que la mano de su hermana, los dedos de su tía se limitaban a tirar, no buscaban confortar o sostener.
—Te vas a quedar aquí, vas a ser bueno, ¿verdad, Hernán? — reconvino secamente la mujer.
El niño asintió. No quería problemas. Y le gustaba aquel lugar: un patio pequeño, pero adecuado a la morada de un capitán de infantería y de una aristócrata cuya única riqueza había sido su nombre. Con cuidado de no manchar los zapatos de domingo de polvo y barro, siguió el camino marcado por el enlosado de granito hasta la pequeña fuente que borboteaba en el centro del patio.
Hernán se detuvo con un respingo.
—¿Te he asustado, pequeño?
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
🎧🎙👇


La próxima semana descubre más sobre Inés.














