«El secuestro de la reina» parte 4, por Marta Caniego

Llegamos al cuarto domingo, al ecuador de la novela

Cuarta parte

Capítulo 8: narra la reina Helena

—Sucedió en tiempos de mi abuelo, el rey Umberto. Lo recuerdo como un hombre cansado que siempre estaba en la cama, pero que nunca paraba de trabajar. Vivía entre reuniones con sus secretarios, entrevistas con los representantes de los estamentos… ya sabes cómo es eso: iglesia, manufactura, campo, comercio y nobleza. Así es como nos organizamos en su día y así hemos seguido estando por mucho tiempo.

Nuestro mundo es sencillo, en ciertas cosas. No somos una tierra que cambie demasiado con el paso del tiempo y, las pocas veces que interactuamos con el exterior, es para comerciar.

—Fue tu abuelo quien puso esa absurda norma de que solo los comerciantes tenían permitido traspasar las fronteras —recuerda Nino.

Asiento con la cabeza y continúo mi narración. No me apetece seguir discutiendo.

—Mi abuelo intentó hacernos autosuficientes, pero no pudo lograrlo. Cuatro años después de su subida al trono, vino un temporal horrible que arrasó las cosechas. Fue la época de la gran hambruna que nos arrastró a todos.

—A unos más que otros —insistió él.

—Sí nos arrastró a todos. La cuestión es que, tal y como estábamos organizados, sin comida ninguno podemos alimentarnos, pero los campesinos tampoco tienen nada que vender para sacar dinero con el que pagar a los nobles por arrendarles las tierras. Y a su vez, si los nobles no tienen esos ingresos, no pueden comprar manufacturas, los comerciantes se quedan sin trabajo y los industriales sin materias con las que trabajar y sin ingresos para comprar. En resumen, una hecatombe.

—Y tu abuelo la empeoró.

—Eso sí que no es cierto —niego, ahora furiosa—. Mi abuelo quiso ayudar poniendo comedores benéficos y dando ayudas a quienes más lo necesitaban.

—¿Cobrando el doble de impuestos a una población arruinada?

—Los nobles también pagaron.

—Porque después de exprimir al pueblo vieron que no había nada.

Me quedo callada. No tengo por qué soportar esto. Es la historia de mi familia. Somos tan humanos como los demás. ¿Tanto nos odia todo el mundo?

—Si crees que es tan sencillo, ¿por qué no pruebas a gobernar tú?

Nino no se inmuta.

—Yo creo que se debe poder eliminar al que gobierna mal y sin embargo sigue presionando.

Me da un tic en el ojo. No aguanto a este hombre.

—Entonces deberías matarme a mí también.

—Probablemente —murmura Nino—. No me da lástima que una turba enfurecida apalease a tu abuelo durante un desfile real, ni que a tu padre le disparasen con una bayoneta, pero me llama la atención que intentéis tantas cosas para “ayudar a todos” menos abdicar cuando está claro que ni tú misma eres capaz de enfrentar el miedo que te da la gente —es duro, no le tiembla el pulso a la hora de ser cruel. Sabe que me hace daño y, sin embargo, lo disfruta—. Entiende, Helena, que me llame la atención que tu padre y tú tengáis un grupo de nobles para haceros el trabajo sucio mientras vosotros os escondéis.

—No lo entiendes —quiero golpearle. Mataría por golpearle—. Yo no estaba segura de su existencia hasta hace un momento.

—¿La existencia de quién?

Debo ordenar mis pensamientos antes de hablar. En realidad, lo he sabido siempre. Mi padre solía contarme cuentos sobre ellos cuando las pesadillas me afectaban por las noches. Veía a mi abuelo, una y otra vez, pisoteado por una multitud que se ríe, mira en mi dirección y susurra que yo seré la siguiente.

—Se hacen llamar “Los caballeros”. Son una orden discreta de la que poco se sabe, pero que siempre está al acecho —trato de recordar las palabras de mi padre al detalle—. Son un grupo de nobles que se unieron con el objetivo de cuidar de la vida del monarca, pase lo que pase.

—A cualquier coste —comprende Nino.

—Sí —afirmo—. A cualquier coste. Nadie sabe quiénes son, cómo se visten o cuáles son sus signos identificativos. Yo ni siquiera sabía que mi tío formaba parte de ella hasta que me has enseñado la carta.

—¿No sospechabas que tu familia cercana podía ser miembro?

Asiento con la cabeza.

—Lo supuse siempre, pero en estas cosas una nunca puede estar segura —me detengo, agotada de no poder decir nada más—. ¿Vas a matarme ya?

Pero Nino no responde. Está tan silencioso como yo.

Se toma un momento para mirarme de forma animalesca y, acto seguido, dejarse caer contra el muro. Estamos llenos de la asquerosa arcilla y exhaustos. Aquí abajo el tiempo se detiene. No me extraña que las mazmorras sean más un método de ejecución que de retención temporal. Ahora entiendo a mis antepasados.

—¿Estás bien? —pregunta de repente.

Me cubro más con la cazadora que me ha dejado antes. Me hace sentir un poco mejor, pero sigo sintiendo el cerebro colapsado de cosas.

—¿Me dejarías volver a leer la carta?

—¿De verdad no la leíste nunca?

Para nada.

—Sospecho que alguien la dejó en mis archivos para delatar a mi tío.

—¿Por un crimen que no ibas a denunciar?

Me encojo de hombros. Lo cierto es que no sé qué habría hecho. Mi tío murió hace años, pero podría haber hablado con mi tía Dorotea. Ella está al tanto de todo lo que ocurre en la corte. No me cabe duda de que está metida en la organización y, si es así, quizás es porque tiene demasiado poder.

Veo que Nino se pone en pie, se sacude trozos de barro húmedo de los pantalones y extiende hacia mí su enorme y callosa mano.

El gesto me deja descolocada.

—¿Ya no soy tu esclava?

—Eres mi prisionera —contradice—. Pero creo que no soy el único que te tiene secuestrada —se agacha y decide ponerme en pie él mismo, agarrándome de la cintura y tirando hacia arriba—. Vamos, el aire te sentará bien —y deja un beso en mi frente, descolocándome del todo.

Este hombre no es normal. Está traumatizado, no sabe de qué es jefe, ni por qué está aquí.

No le juzgo.

capítulo 9: narra Nino

Debo ser un líder para mi gente. Es lo que soy y lo que más me ha ayudado siempre a seguir vivo.

Me avergüenza decir que, por más que he entrado en peleas, robos y actos vandálicos de distinta gravedad, nunca he asesinado a nadie. No me gusta la sangre.

No soy capaz de olerla desde aquel día… Sé que los hombres que me han acompañado siempre piensan que soy un blando. Y probablemente tengan razón.

Soy el de aspecto amenazante, el jefe que ordena a otros que maten y que luego alardea delante de ellos, cuando no es capaz de mirar a una víctima a los ojos y cortarle el cuello.

Cuando planeamos el golpe contra el palacio real, prometí que cortaría la cabeza de la reina Helena y la clavaría en una pica como se hace con los criminales de guerra.

Debería haber supuesto que no soy capaz. Se me revuelve el estómago.

Por eso no juzgo a Helena. La diferencia entre ella y yo es que ella tiene un grupo que actúa a sus espaldas, mientras yo doy órdenes, hago acto de presencia y luego me escondo entre las sombras.

Este soy yo. El revolucionario que ahora camina junto a una reina a la que no sabe si ha destronado o no, camino a la superficie, fuera de las mazmorras.

—¿Qué hora será? —pregunta ella, en apariencia relajada.

Parece que le gusta mi cazadora. Debería quitársela antes de que mis hombres la vean.

—No lo sé, mi señora —reconozco—. Pero no hemos estado tanto tiempo allí abajo.

—Yo siento que llevamos años —observo como se arremanga los pliegues del vestido de dormir para subir los peldaños.

—Yo lo que me pregunto es dónde se habrán metido Dimas y tu primito. Deberían haber bajado hace mucho.

Helena se encoge de hombros. No tiene la menor idea de qué responder a eso.

Por fin alcanzamos la superficie… y con ella una oscuridad mucho mayor que la de las mazmorras.

Justo al abrir la puerta que nos separa del mundo exterior, nos recibe la tétrica imagen de dos hombres sentados en el suelo, atados espalda con espalda… y con una larguísima espada sin empuñadura atravesando sus cuerpos. Los han ensartado

—¡Casio! —grita Helena. Acaba de reconocer a su primo.

Por mi parte, me horroriza ver que el otro chico es uno de mis hombres. El más joven de los reclutas del grupo BASTA. Creo que se llamaba Sebastián. Era un chico amable… gentil. No hacía daño a una mosca.

Observo como la reina se lanza a comprobar el estado de Casio. La sangre de ambos sigue brotando de sus cuerpos, líquida.

—Los han matado hace segundos —me percato, alerta—. El asesino puede estar cerca.

—Santo Dios Casio… —llora, abrazando su cuerpo muerto—. Es culpa mía…

—No digáis tonterías —me acerco a ver el aspecto del pobre Sebastián.

Por su mueca de espanto, está claro que sufrió mucho. Tiene las ojeras muy marcadas y la boca abierta de par en par. Me limito a cerrarle los ojos, pero estos vuelven a abrirse de par en par, quizá petrificados a causa del horror.

Él no debería estar aquí. Era Dimas quien debió presentarse en las mazmorras con el primo de Helena. ¿Dónde se ha metido esa sanguijuela?

—Nino… —me reclama Helena, que ahora mira al frente, a través de las cortinas del sauce que nos oculta de la vista ajena.

—¿Qué ocurre?

Entiendo perfectamente lo que ocurre en cuanto lo veo.

Tras las cortinas del sauce hay unos jardines de leyenda, manchados ahora por la sangre de mis hombres. Todos yacen masacrados sobre el césped, atravesados del mismo modo bárbaro que lo han sido Casio y Sebastián.

Sigue siendo de noche y no reconozco con claridad sus caras, pero las ropas con el nombre de nuestro grupo bordado en el pecho son inconfundibles.

Ninguno era experto, pero todos eran obstinados. Todos me siguieron cuando les convoqué para esta aventura y ahora estaban muertos.

—Supongo que “Los caballeros” te han salvado una vez más —pongo las manos sobre los hombros de la reina, de forma inconsciente.

—Me temo que no es tan bonito —se señala una oreja—. ¿No lo oyes?

Presto atención. Pero no hay nada. El silencio ha alcanzado hasta a los típicos grillos. No puedo oír ni las gotas de sangre resbalar por los cuerpos de mis amigos.

—¿Qué crees que significa?

Helena se encoge de hombros, pero se aferra todavía más a mi cazadora.

—Creo que alguien ha matado a tus hombres y luego a los míos.

—Y ahora os matará a vosotros también —se presenta una voz nueva, que emerge de entre las ramas del sauce.

Intenta disimular, pero reconocería esa voz en cualquier parte.

—¿Dimas?

Lo siguiente que ocurre es que me quedé en blanco. O, mejor dicho, en negro. Porque no recuerdo nada más.

Capítulo 10: narra Dimas

—Mata a tu sobrina antes de que se despierte —apremio a la dama Dorotea, que mira embobada, casi enternecida, al pelele de la reina.

Se ha quedado literalmente inconsciente. Está sucia como un cerdo, pero sigue teniendo aire de princesita. Me da grima.

Dorotea sigue ensimismada, acariciando el rostro angelical.

—Está fría —comenta.

—Corta su cuello y la sangre se ocupará de calentarla —me burlo—. No me digas que vas a flaquear.

Fascina el hecho de que esta mujer, de fama tan aterradora, no se haya parado a mirar el cadáver de su hijo. Se nota que solo lo quería como quien quiere a su caballo. Mientras te lleve donde quieres te interesará mantenerlo vivo. Si muere, puedes cambiarlo por otro.

—Era muy pequeña cuando presenció el asesinato de su abuelo —sigue Dorotea, pasando a acariciar el cabello de la chica—. Es el único familiar que me queda.

Lacrimógeno.

—No es de tu sangre —le recuerdo—. Lo mejor que puedes hacer es degollarla ahora y huir antes de que lo que sea que ha matado a mis compañeros y a tus amigos los conspiradores nobles venga a por nosotros —me cruzo de brazos, esperando a ver si reacciona—. Puedes matarla tú, dejar que la mate yo o abandonarla aquí y dejar que esa “cosa” se ocupe de ella. Pero quedarte quieta es una doble tontería.

—Pero es mi tontería —murmura—. Mi maravillosa tontería.

Desde luego, soy un imán para la gente traumatizada. Yo nací en la calle, me alimenté de agua de lluvia, moscas, rata cruda y lo que quiera que acabase en mis manos cuando tenía hambre, pero no me quejo tanto como esta gente que lo tiene todo.

Será que ellos, una vez cubierto lo básico, tienen tiempo para pensar en el honor, en el amor, en la familia, en la venganza y en todas esas tonterías que alaban poetas que, a menudo, acaban muertos por la sífilis. El exceso de sentimiento mata tanto como la carencia absoluta de él.

—Acordamos matar a Nino y a Helena —le recuerdo—. Tú te quedarías con el trono y yo con el mando de mi organización.

—Tú ya no tienes organización.

—Y tú podrías tener un reino, pero estás demasiado ciega para verlo.

—Quiero ser reina.

—¡Demuéstralo!

Está rígida. No creo que haya temblado en su vida, peor se comporta de forma extraña.

Capítulo 11: narra Dorotea

Los recuerdos tienden a presentarse en el peor momento posible. En momentos como este, cuando todo parece sencillo y mis manos tocan el final de mi larga carrera, recuerdo el día en que todo empezó.

—Los caballeros —anunció Rodolfo, mi marido y hermano del rey Ernesto—. Ahora somos el arma secreta de la corona —me tendió una pistola, objeto extraño en nuestra tierra que solo se puede conseguir en comercios de lujo—. Y debemos estar preparados para cualquier cosa.

Por fin una misión de verdad en esa aburrida vida de cortesana. Por primera vez me sentí capaz de influir, de algún modo, en el bienestar del rey. A veces la gratitud es más poderosa que el miedo.

Tomé el arma. Pesaba como un huevo de pato. Rodolfo tenía la suya, oculta entre los ropajes de terciopelo. Su cabello era más largo que el mío.

—¿Qué debemos hacer?

Rodolfo me suplicó discreción. Estábamos en un pasillo donde cualquiera podría vernos. Deberíamos haber esperado a estar solos en nuestras habitaciones.

—Solo hay tres normas que cumplir —extiende los dedos. Índice, corazón y anular—. Mantener vivo a Ernesto, proteger a Helena e intentar que ninguno se entere de que lo estamos haciendo.

Entrecerré los ojos. Ya teníamos una policía secreta que se ocupaba de redactar informes para la seguridad de la familia real, incluyendo también a ramas secundarias como la nuestra. ¿Qué sentido tenía ponernos en peligro para proteger a los reyes sin que sean siquiera conscientes de ello?

—Nunca sabrán que nos deben la vida —me quejé. Estuve tentada de apuntarle con el arma.

Rodolfo se llevó una mano a la cabeza, exasperado.

—Piensa por un momento en lo que estuvo a punto de pasar cuando mataron a mi padre —aquella revuelta trajo malos presagios—. Necesitamos reyes fuertes y eso, querida, no lo son ni Ernesto ni Helena.

—¿Y por qué no ocupas tú su lugar? —propuse, arrojándome a sus brazos para tratar de convencerlo—. Seguro que los nobles te reconocerán como líder.

Aquello no le gustó. Me apartó sin ningún cuidado, frío.

—No quiero volver a oírte decir eso. Yo no quiero ser el fantoche de nadie y como rey tendría que serlo de todos —su cabellera de guerrero se meció, peligrosa—. No te excedas en tu ambición Dorotea. Es el mejor consejo que puedo darte. Ten cuidado o algún día arrastrarás a Casio.

***

Lo peor es que tenía razón. Mi difunto esposo predijo lo que ha acabado pasando antes de que la organización de Los caballeros empezase a actuar. Antes de que fallásemos en la misión de proteger la vida de Ernesto.

Recuerdo que el día de su funeral, Helena se aferró a mí. Ya no tenía a su madre para consolarla y sus damas tenían la obligación de guardar las distancias con su señora. En aquel momento solo lo vi como una oportunidad de medrar. Incluso fantaseé con casar a Helena y Casio.

¡Qué mal ha salido todo!

Miro el cuerpo mutilado de mi pobre hijo. Era tonto como solo pueden ser los cobardes, pero no por eso se merecía este final, ni tampoco mi desprecio.

Acaricio las suaves mejillas de Helena. Tienen restos de tierra.

¿Cómo he podido creer siempre que el poder era la libertad? Ilusa de mí, ahora estoy pagando el precio.

—Apresúrate antes de que esa cosa regrese —me apremia el tal Dimas. Sin duda he vendido mi alma al diablo—. Hemos podido escondernos una vez en tus aposentos, pero no habrá una segunda.

El mango del puñal está frío. Igual de frío que Rodolfo el día que me advirtió, pero no tanto como Helena. Acerco la hoja a su delicado cuello, con la ilusión de que el simple contacto la matará sin que yo tenga que hacer nada.

No lo entiendo. Jamás me ha temblado el pulso para estas cosas. Siempre he deseado ser reina y ahora que Casio ha muerto, si fallece Helena también, seré la única sucesora válida. Yo, Teodora de Ica, la del cuervo coronado por espinas. Pasaría a tener una corona de oro.

Presiono un poco el cuchillo contra el cuello de mi sobrina. Un hilo de sangre resbala por su piel, ensuciando el vestido de dormir. Se remueve en sueños. El golpe que le he dado no tiene tanto efecto como esperaba.

—Te lo dije —se queja Dimas, dando una patada al césped. Un trozo de tierra compacto sale disparado—. Ahora ella sufrirá más por tu culpa.

—Tía… —susurra Helena. Acaba de abrir un poco los ojos.

Algo se remueve en mi estómago para subir disparado al corazón. No puedo hacerlo.

Aparto un poco el cuchillo, cortándole más por accidente.

Helena gime de dolor.

—Mi niña —quiero abrazarla—. Ya pasó. Ya se acabó todo.

La veo asentir, débil pero constante. No tiene dudas.

Ahora seguro que confiará en mí pase lo que pase. Solo tengo que mantenerla a salvo de Dimas y cuando todo esto pase ella…

—Asesina —las palabras de su boca ya no suenan tan inocentes como de costumbre.

Supongo que mi oportunidad ha acabado. Iba a decir que ella me adoraría para siempre, confiando quizá las labores de gobierno conmigo. Pero ya no podrá ser.

No debí soltar el puñal. Ella ha aprovechado mi descuido para tomarlo y apuñalarme con él. Lo ha clavado de lleno en el corazón.

Dolorida, me llevo las manos al pecho. Esto sí que no lo esperaba.

—Por mí —dice ella, terminando de hundir el pequeño objeto en mi pecho.

Parece que ya no será necesario que ninguna “cosa” venga a matarme a mí. La reina solita ha acabado con el último miembro de la orden de Los caballeros.

Tras leer toca darle al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones en relación al texto.

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Laki

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