Los domingos de este verano te propongo mi novela «El secuestro de la reina». Cada 7 días una nueva entrega que podrás leer o escuchar en ivoox.
Serán 8 semanas, espero no faltes a nuestra cita dominical.
Tecleando sobre cualquiera de las ilustraciones me conoces un poquito más
El secuestro de la reina
Primera parte
Capítulo 1: narra Nino
Seamos sinceros. El fin del mundo llegará cuando todos empecemos a decir la verdad.
Pero claro, ¿qué verdad?
¿La que nos decimos cada mañana frente al espejo o la que nace de nosotros de forma inconsciente? Quizás la primera esté razonada y se base en principios lógicos, pero la otra es la que siempre nos acechará cuando vayamos a dormir.
Hay verdades que se basan en intuiciones, a las que el estudio no sirve de mucho.
Te dicen que te informes, que contrastes, que te asegures de que no te estén mintiendo. Señores, ¿quién puede vivir así?, ¿y si todos están mintiendo?
De niño solían decirme que escuchase a todo el mundo, pero nadie recuerda que ese “todo el mundo” está sesgado. Incluso tus padres están sesgados, tus amigos están sesgados. Es más, tú estás sesgado. Y si aceptamos que todos estamos sesgados, significa que todas esas cosas de “objetividad” y “pensamiento crítico” no son más que patrañas. Puros cuentos, menos útiles que el de caperucita, para justificar que soy muy listo, que soy muy bueno y que mi versión, como soy objetivo y tengo espíritu crítico, a la fuerza tiene que ser la verdadera.
¿Y sabéis una cosa? Todo es mentira.
Yo lo aprendí de niño, cuando mis padres me llevaron a ver la coronación de la nueva reina.
—Vamos Nino —apremió mi madre—. Acábate el algodón de azúcar o llegaremos tarde a verla entrar en la catedral.
En aquel momento no me enteraba de mucho. Tenía poco más de ocho años y me limitaba a dar la mano a mis padres al caminar. Me llevaban entre los dos para evitar que me perdiese.
Recuerdo como si fuera ayer el movimiento de las calles. Todo era alegre en la ciudad. La dignidad de las banderas moviéndose al viento, el colorido de las guirnaldas florales que colgaban de los balcones y la belleza de los ropajes de la gente. Todos vestían sus mejores galas ya fueran recién compradas o reparadas con cuidado de que no se notara. La capital quería dar la bienvenida a su nueva soberana como lo merecía después de los trágicos asesinatos de su padre y su abuelo.
Se montó un desfile con música que atravesaba las calles principales y mis padres corrieron a buscar el mejor sitio en primera fila, justo frente al gran portón de la catedral donde iba a celebrarse la coronación. Estaban presentes todos los estamentos, desde la nobleza hasta el campesinado, pasando por el clero, los comerciantes, manufactureros… todo el mundo estaba en la capital del reino.
—¡Miren por donde van! —les gritaron dos señoras mayores junto a ellos, armadas con bolsas llenas de pétalos de rosa para lanzar contra las carrozas de los nobles.
—Disculpen —se excusó mi padre, cuidando de que mi madre y yo no perdiéramos el puesto que tantos empujones, caminata y discusiones nos había costado conseguir. –Mi hijo es pequeño y le hace ilusión.
—Bueno —respondió una de las mujeres, arrugada y con aspecto molesto, pero no malvado—. Aun así, procuren controlar esas prisas —extendió ambas manos, señalando a todas partes—. Toda esta multitud tiene la misma ilusión que su hijo.
Mi padre nos miró un tanto sonrojado. Conociéndole, seguro que no se había dado cuenta de que el tramo del desfile y la totalidad de la plaza de la catedral estaban abarrotadas por gran parte de los ciudadanos del reino. Muchos ni siquiera residían en pueblos cercanos a la capital.
—¡Mira Nino! —me alzó mi madre, señalando una carroza forrada de rosas, coronada por el escudo real. Una golondrina dorada con cetro y corona—. ¡Ya viene!
Los retratos del difunto rey cubrían los edificios oficiales. El cambio de esos cuadros no empezaría hasta después de la coronación, por lo que casi nadie conocía el aspecto de su hija y sucesora.
En aquel momento de euforia colectiva, me acordé de los ojos afilados y la boca cruel que se reflejaba en aquellas pinturas y tuve miedo. Sentí que el antiguo rey se había hecho retratar así para enviar un mensaje a su pueblo. Un mensaje que no nos gustaría a ninguno. Parecía decir que no éramos nada para él.
Hoy por hoy, no sé si aquella sensación era una verdad objetiva, peor yo la sentí como tal en mi fuero interno. Igual que sentí como verdad la chispa de calidez que prendió en mi tierno corazón infantil cuando vi el rostro de la princesa por primera vez.
Ella no tenía nada de crueldad en sus rasgos, ni de altanería. Con aquel vestido blanco estampado con bordados de flores y el velo coronado por la tiara de princesa parecía un ángel. Un ángel que parecía cansado, triste. Pero sorprendido de tener ante ella a todos los súbditos de la nación dándole su bendición y deseándole los mejores deseos.
Las mismas señoras que antes reprendieron a mis padres por sus prisas nos extendieron la bolsa de pétalos para que tomásemos unos pocos. Imitamos el ejemplo de todos y los arrojamos a sus pies, al grito de “Viva la reina”.
—¡Qué hermosa es! —exclamé, feliz.
Pero la princesa no se atrevió a acercarse a nosotros. Se apresuró a entrar en el templo, aparentando más miedo de nosotros que preocupación por el protocolo. Los ánimos de la masa bajaron un poco, pero no cesaron en sus intentos por animar a la hermosa princesa todo el tiempo que duró la sagrada ceremonia de coronación. Una ceremonia a la que solo podían asistir los más cercanos a la realeza y los miembros del clero encargados de guiar el acto.
Al cabo de una interminable hora donde las ganas de ir al baño empezaron a presionarme y el cansancio de los presentes no se dejó notar, las puertas del templo volvieron a abrirse y en primer lugar apareció ella. La nueva reina se presentaba a su pueblo con el nombre de Helena, portando la gran corona de oro con forma de espigas de trigo en vez del velo y la tiara de antes. Ahora dejaba ver el elegante recogido que formaban sus cabellos castaños y los blancos hombros que asomaban de su vestido. Era realmente hermosa. Y muy joven.
—¿Cuántos años tiene? —pregunté a mi madre.
—Dieciséis, querido —respondió—. Tiene ocho más que tú.
La cosa debería haber acabado ahí, pero, de la nada, la reina Helena comenzó a dar muestras de agobio, respirando de forma agitada y tambaleándose de forma que un sonoro “oh” se extendió por el público. Y más que aumentó la preocupación cuando los guardias tuvieron que ir a sostenerla, cada uno de un brazo.
He pasado mi vida preguntándome si se desmayó o si fue ella quien ordenó la salvajada que ocurrió a continuación.
Los dos guardias dieron la orden al resto de vigilantes encargados de escoltar a los nobles y de controlar que la población guardase las distancias de seguridad. Sin darnos tiempo de entender lo que acababa de suceder, tan preocupados como estábamos todos por el estado de la reina, los militares comenzaron a disparar contra nosotros. Contra el pueblo.
Fue una carnicería. Al principio todos se quedaron parados en el sitio, pero pronto comenzaron a intentar huir de forma patética, pues chocaban unos con otros y los que no morían por las balas, lo hacían por la asfixia de la multitud. No teníamos escapatoria. Estábamos acorralados formando un tapón humano que no conseguíamos deshacer.
—Quedaos atrás —ordenó mi padre, poniéndose delante de mi madre y de mí—. Intentad…
Un guardia se acercó a nosotros y le disparó en la cabeza. Tampoco él tuvo opción de entender lo que acababa de ocurrir.
—¡No! —gritó mi madre, soltando mi mano y corriendo a abrazar su cuerpo.
Yo no tuve tiempo de prevenirla.
—¡He dicho que atrás! —el mismo guardia disparó otra vez.
Ahora la que se derrumbó fue mi madre, herida en el pecho.
El mundo con todo lo que siempre me había rodeado, acabó en aquel preciso momento.
Me tiré al suelo, sin importar que los de atrás pudieran pisarme o que aquel monstruo disfrazado de autoridad pudiese hacer. Mis padres yacían uno en brazos del otro sobre un charco de sangre y yo solo quería unirme a ellos. Aferrarme a sus cuerpos para cuidar de que no les pasara nada o… ¡Yo qué sé! Actué movido por el instinto y ni siquiera la patada que me propinó el guardia pudo apartarme de ellos.
Dejé de oír ruido. Dejé de sentir. El amor de mis padres se apagó con sus vidas y, en su lugar, pensé en la hermosa reina Helena, su extraño comportamiento y el convencimiento de que, si alguna vez volvía a verla, le haría pagar por el daño que acababa de hacer a mi familia. El daño que acababa de hacernos a todos los de su pueblo.
¿Quién podría negar esa verdad? Cientos, miles de cuerpos pisoteados, personas desangrándose, armas disparándose como en una guerra y familias destrozadas. ¿Con qué cara nos mirarían los nobles a partir de entonces para decir que les debíamos algo? Nosotros les organizábamos aquella fiesta y ellos nos lo devolvían así. Asesinándonos.
Jamás habría piedad.
Mi caso solo fue uno de tantos que aquel día vio desparecer todo lo que amaba. Los supervivientes querían venganza y la reina solo nos envió un edicto que prohibía hablar de lo sucedido en la plaza de la catedral. Hablaban de “errores”, de “víctimas colaterales”, pero no contaban la verdad.
O, tal vez, ¿para ellos esa era la verdad? Si así lo sentían, no era menos cierto que para mí, la verdad era que ya no tenía libertad. Desde entonces fui una especie de molestia para todos. Un huérfano incapaz de adaptarse primero al orfanato y luego al trabajo porque no era capaz de olvidar. Y no es que el resto lo hubiesen hecho, pero aprendieron a callarlo.
Por eso acabé como acabé.
Aún no me he presentado. Me llamo Nino Arda, líder del grupo secreto para la disidencia “BASTA” y acabo de secuestrar a la reina Helena.
De hecho, estoy escribiendo estas líneas sentado en su escritorio, utilizando su pluma y el grueso papel blanco con bordes dorados que tanto gusta a los de su clase.
¿Cómo un sintecho como yo ha logrado semejante proeza? Me temo que no estoy solo, pues como ya he dicho, en este reino nuestro todos callan, pero nadie olvida.
Y hablando de callar u olvidar… ¿Qué tenemos aquí?
Tras leer toca darle al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones en relación al texto.
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