‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «Dolores que matan»

Capítulo 8: Dolores que matan

«Hay dolores que matan, le grité dolorido», canta el Maestro Sabina en esa maravilla de canción titulada Pero qué hermosas eran dentro de esa obra de arte en forma de disco que es 19 días y 500 noches.

Tras la de Túnez, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel acompañó a su señor por tierras italianas para que todo Cristo —con perdón— lo vitoreara después de dar caña al turco chico —o sea, a Barbarroja—. Recepciones, banquetes, celebraciones por aquí y allá… Días de alegría que, ya en tierras italianas, tornaron en tristeza sin fin para el duque de Alba; pues su hermano Bernardino enfermó en Sicilia de un mal que se lo llevó por delante en un santiamén. El único hermano varón; con el que había jugado en la niñez y con el que había entrado en la adolescencia con ese gesto de a ver qué nos encontramos. Dolor, mucho dolor. Quien mejor lo supo poner en negro sobre blanco fue Garcilaso de la Vega, que describió el momento que vivía su íntimo amigo de esta manera:

«Así desfallecido en tu sentido

como fuera de ti, por la ribera

de Trépana con llanto y con gemido

el caro hermano que buscas, que solo era

la mitad de tu alma, el cual muriendo,

no quedará ya tu alma entera»

Italia, decía, porque la vida sigue igual, que canta Julio Iglesias; donde Fernando Álvarez de Toledo se reencontró con familiares, como es el caso de su tío carnal y virrey de Nápoles Pedro de Toledo; o la visita al papa Pablo III en abril de 1536. Allí, Carlos V realizó un discurso por entero en español para solaz de sus acompañantes y escarnio del embajador francés. Que no entendemos, oigan, y esas cosas; a lo que el emperador le respondió aquello de vas y lo aprendes. En ese discurso, afirmó desear la paz y nada más que la paz, pero el francés —en este caso su rey, Francisco I— no estaba por la labor y se la volvió a liar, por lo que determinó allá por el mes de mayo de ese mismo año darle en los dos carrillos a ser posible en una expedición que atravesó los Alpes para entrar en la Provenza. Como Aníbal siglos atrás, pero al revés. En palabras del marqués del Vasto que Henry Kamen recoge en su biografía del duque de Alba: “El emperador nunca ha reunido en el campo de batalla un ejército tan grande y bien equipado para luchar contra otra potencia cristiana”. Por resumir, dos mil españoles y quince mil lansquenetes, todos ellos al mando de Antonio de Leyva —que cerraría sesión en esta campaña— y del propio emperador. El objetivo era Turín. Demasiado atrevido, así que la cosa se quedó en La Provenza. No la pudo conseguir —tuvo que retirarse a Italia—, pero le bastó para soltarle eh, que cuando quiera vuelvo y te doy sopas con ondas. Que lo sepas.

Dolor, decía al comienzo de este capítulo. Tanto o más que el que decía ver José Luis Moreno en la segunda de Torrente; pues en uno de los episodios de esa acometida imperial, quizás el más absurdo de todos, perdió la vida el poeta, el soldado, casi el alma gemela del duque de Alba, Garcilaso de la Vega, en el asalto a una torre llamada Le Muy. Absurdo el asunto no, lo siguiente, insisto; pues en ella se habían refugiado unos campesinos tal y como cuenta Sir William Maltby en su biografía del duque de Alba. Garcilaso se hizo cargo del asunto y decidió ser él quien los desalojara. El duque dijo va, venga, dale. Aquéllos creyeron que era el mandamás de las tropas que los asediaban y lo hirieron en la cabeza. Total, que fue llevado deprisa y corriendo —siglo XVI, por recordar— hasta Niza, donde falleció.

Una muerte que el mismo Garcilaso había profetizado, pues en Túnez no perdió la mano derecha y parte de la cara porque no quiso la divina providencia. Eso le llevó entonces a escribir los siguientes versos:

«¿A quién de nosotros el exceso

de guerras, de peligros y destierro

no toca, y no ha cansado el gran proceso?

¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro

del enemigo? ¿Quién no vio su vida

perder mil veces y escapar por hierro?

¿De cuántos queda y quedará perdida

la casa y la mujer y la memoria

y de otros la hacienda despedida?»

Y, ¿para qué?

«¿Qué se saca de aquesto? ¿Alguna gloria?

¿Algunos premios o agradecimientos?»

Bernardino, Garcilaso… El duque de Alba se había quedado sin compañeros de infancia, pero también la vida le había enseñado que nunca hay que fiarse de nadie y menos de unos campesinos hostiles; y que la prudencia no es mala compañera a la hora de acometer según qué asuntos. Una enseñanza dolorosa pero fructífera de cara al resto de su vida.

Has leído y ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones.

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@VictorFCorreas

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