Capítulo 7: Lo de Túnez
1534 fue un año de descanso para don Fernando Álvarez de Toledo. Que ya fue considerable la paliza que se metió para el cuerpo en los anteriores con lo de Viena y demás. Entonces, ¿qué hizo el amigo? Calmar los ardores guerreros, como ya expliqué en la anterior entrega. Ese año nació su primera hija, Beatriz. Pero también el emperador Carlos V estaba por estos lares apagando sus ardores propios, y de ellos vino Juana. O sea, cuando no hay guerra los ardores se queman de otra manera más proclive a dejar rastro en este valle de lágrimas y no muerte y destrucción.
Pero…
Tanto va el cántaro a la fuente que terminó sacándose un abono transporte. O lo que es lo mismo: tambores de guerra. Barbarroja AKA el turco chico, recién nombrado almirante de la flota turca, estaba sembrando el terror por las costas italianas. Es decir: Roma estaba en peligro. Ojito con el colega, que no tiene buenas intenciones. Y para nada las tenía, pues Barbarroja puso su flota rumbo a Túnez, y con ella se quedó. Eeeh, Macarena, ¡aaaay!
A ver, lo explico porque la cosa era chunga de narices para los intereses del emperador Carlos V: si Barbarroja liaba las que liaba desde Argel, contar con una base en La Goleta, puerto principal de Túnez, suponía tener todo todito todo el Mediterráneo occidental a su disposición. O como bien dice Manuel Fernández Álvarez en su biografía del duque de Alba, «era ya una amenaza para el corazón de la Cristiandad». Porque no era sólo cuestión del turco chico, sino que también Francisco I, rey de Francia y sus franceses —encantado de la vida, enemigo irredento del emperador—, andaba tocándole los cojones con este asunto.
En resumen, vuelta a las hostialidades. Esta vez, con una diferencia: Carlos V tenía perras para aburrir. Cosas del oro y la plata procedentes de América. Para no aburrir más con el asunto, y como ya lo conté en la vida del emperador Carlos V, aquí os lo dejo para vuestro solaz.
Entonces, ¿qué tiene de interesante este capítulo en la vida de don Fernando Álvarez de Toledo? Que encontró los restos de su padre, don García, armadura incluida, fallecido como recordaréis en la batalla ocurrida en la isla de Djerba —también Túnez, por precisar— en 1510, en lo que se conoce como la jornada —o desastre— de los Gelves, recuperados en el arsenal de Túnez, como refiere William Maltby en su biografía de don Fernando Álvarez de Toledo. ¿Os parece poco?
Lo explica bien último duque de Berwick y Alba en palabras que reproduce Manuel Fernández Álvarez en su biografía del duque de Alba: «En la expedición de Túnez [don Fernando] supo recoger útiles enseñanzas para la guerra especial con los moros, vengando con la muerte de muchos la desastrada del duque don García y rescatar su arnés, acribillado de golpes «dados por la multitud en la espalda y recibidos en el pecho por el valor» según frase de un cronista».
¿Cuentas saldadas con el infiel? ¡Ay…! «Ello representaba un triunfo y Carlos V lo sabía, pues él mismo se las había ofrecido al duque ceremoniosamente, pero aunque la recompensa complació visiblemente a Alba, en nada mitigó su ardor. Sus cuentas con el infiel eran cuantiosas y nunca llegarían a quedar saldadas del todo», dice al respecto William Maltby.
Luego vendría Italia, Francia… Y momentos especialmente dolorosos para don Fernando Álvarez de Toledo. Muy dolorosos. Pero eso, ya si eso, para la próxima entrega.
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