Capítulo 1: El nacimiento
Toda cosa tiene un principio, un inicio, un big bang. Lo que sea. El de Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel hay que situarlo el 29 de octubre de 1507 en Piedrahita (actual provincial de Ávila). Pero, vamos a ver, ¿me estás contando que es el duque de Alba, toda la vida que si Alba de Tormes para allá Alba de Tormes para acá, y ahora me sueltas esto de Piedrahita como lugar de nacimiento? Esto es lo mismo que lo que se dice de los de Bilbao: que nacen donde quieren. Pues lo mismo.
Digo Piedrahita porque a doña Beatriz de Pimentel, hija del conde de Benavente y nuera de II duque de Alba, le estaban entrando unos dolores que lo flipas por culpa del parto que se le venía encima, y decidió detenerse en aquella localidad y dar a luz allí a lo que viniera.
Y lo que vino fue un varón al que llamaron Fernando. Para empezar, lo del nombre tiene su miga; pues unos dicen que bien podría ser un homenaje a don Fernando Álvarez de Toledo y Sarmiento, señor de Valdecorneja, primer conde de Alba de Tormes —ojo, conde que no duque. El primer duque lo sería su hijo, don García, pues Enrique IV de Castilla elevó su título de conde a duque en 1472—. Otros, en cambio, sostienen que fue cosa del abuelo de la criatura recién nacida, o sea, don Fadrique; al que le hacían chiribitas los ojos cada vez que veía al rey católico, o sea, a Fernando. Aquello del gran José Luis López Vázquez —Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo—, pues lo mismo.
Que debía mucho a don Fadrique, dicho sea de paso, porque en buena medida gracias a su apoyo, Fernando había vuelto a Castilla para gobernar sus tierras en nombre de su “desventurada hija Juana”, como se refiere a ella el gran Manuel Fernández Álvarez. Además que, también, el católico y don Fadrique eran primos hermanos —aunque quince años mayor el primero—; y don Fadrique había intervenido en su apoyo en las últimas campañas contra el reino nazarí de Granada. O sea, triple admiración: como rey, como primo hermano mayor, y como capitán de los ejércitos.
Retoño que apenas conocería a su padre, don García, pues al rey católico se le había puesto en la entrepierna acometer una campaña en el norte de África por eso de seguir dándole leña al moro —con perdón— una vez expulsado de la península. La campaña, liderada por un notable soldado como Pedro Navarro, se saldó con la toma de Orán primero y más tarde de Trípoli. En 1510, aquel soldado asaltó la plaza de Bugía, lo que provocó una ola de pánico por todo el norte de África; y motivó que Argel enviara emisarios al católico en señal de vasallaje a la monarquía hispánica. Como suele ocurrir con estas cosas, al susodicho se le puso el culo como pesicola viendo todo lo que podría sacar de aquellas tierras, por lo que decidió mandar más tropas de refuerzo en apoyo de Pedro Navarro. ¿Y en quién pensó en comandarlas? En el padre del retoño, o sea, en don García.
Pero, ¿qué pasa? Que la flota preparada tendría que haber zarpado de Málaga en primavera rumbo al norte de África, pero por las razones que sean —algunos apuntan a que una epidemia de peste se había desatado en Bugía—, no lo hizo hasta tres meses después. O sea, en pleno verano. El destino: Trípoli; que fue tomada el 25 de julio. Cayó en apenas dos horas. Próxima parada, pensó don García, la isla de Yerba, en la costa oriental de Túnez, no muy lejos de Túnez —insisto: verano—. Aquello resultó un desastre. De los gordos. Entre el calor y la sed, se produjo tal desorden entre la infantería española —cuenta el cronista López de Gómara— que aquello acabó malamente no, lo siguiente; con miles de muertos, entre ellos don García.
«De esta manera, pasó la nombrada batalla de los Gelbes, en la cual mataron a don García de Toledo, por quien se dijo: «Los Gelbes, madre, malos eran de ganar», dejó escrito aquel cronista al respecto.
Así que, con apenas tres años, el pequeño Fernando se quedó sin padre. Aunque no fue el único, pues aquella derrota dejó a más de uno y de dos también sin progenitor al que agarrarse. Por ejemplo, al padre de Lázaro, el protagonista de El lazarillo de Tormes, pues así lo cuenta en ella. Ale, ya tenéis otro incentivo para leer esta obra si aún no lo habéis hecho.
Sin padre como referente, con un abuelo de armas tomar, y con la compañía de sus hermanas Catalina y María y de su hermano menor Bernardo, así es como crecería a partir de entonces el pequeño Fernando. Y todos ellos bajo el cuidado de doña Beatriz Pimentel, la hija del conde de Benavente.
Que promete emociones fuertes. Pero muchas.
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