«La mujer de la dehesa» (III), relato basado en la obra «Inertes de Pilar Navamuel

Así terminó ayer el relato:

Lo callé llevándome el índice derecho a los labios.

—Lo que está claro es que nuestro asesino ha decidido plantearnos un juego…

Así arrancamos hoy:

La mujer de la dehesa

Regresamos a comisaría con un silencio espeso como testigo. No quise poner la radio del coche y Antonio respetó mi mutismo. El astro no acompañaba y un cielo plúmbeo se cernía sobre nuestro ánimo.

Y las nubes estallaron, arrojando miles de lágrimas transparentes.

Clap, clap, clap.

El movimiento hipnótico del limpiaparabrisas me arrastraba de las cruces a las muertes, y viceversa.

Al llegar a la comisaría, me encerré con Antonio en su despacho. Me ofreció un café de su cafetera Nespresso —ser inspector con habitáculo propio tenía sus privilegios— y, mientras degustábamos el líquido negro —solo, sin azúcar, para eso somos polis—, fue garabateando lo que yo le contaba sobre el caso en una pizarra.

—Hasta la fecha, he visto cinco cadáveres en la dehesa con un patrón similar. De hecho, parece la misma mujer falleciendo, una y otra vez, cinco veces.—Jarandilla se frotó los ojos, dando a entender que mi comentario sonaba ridículo en su cabeza.

—Y tras cada cadáver, como si existiese un virus que se expande por el aire y todo lo infecta, una mujer relacionada con mi familia fallece.

—No sé, Isa —Antonio era el único que acortaba mi nombre—, ya sabes que yo no creo en el más allá ni en espíritus ni en temas que tengan que ver con la ufología. Todas mis acciones se ciñen a lo racional, a lo tangible. La mujer de la dehesa es de carne y hueso; te lo puedo conceder por la similitud que recuerdas de tu madre, tendríamos que buscar su expediente, las otras solo están en tu cabeza.En cuanto a tus familiares, quizá sea fruto de la casualidad…

Me revolví incómoda. Una muerte podía ser fruto del azar, dos, incluso. Aquello era real.

—Antonio, hace ya mucho que dejé de creer en las casualidades. —Mi mirada se endureció como el acero—. Y ya puedes ir haciéndote a la idea de que este caso lo voy a resolver contigo o sin ti. Tú decides.

Dagas plateadas chocaban contra el cristal del despacho del inspector Jarandilla, pero la tormenta desatada en el exterior era un simple aguacero tropical en comparación con la tempestad que se había formado en el alma de aquel hombre de mirada limpia.

Clap, clap, clap.

Un amanecer teñido de rosa me despertó. Me acerqué al ventanal del salón con una taza de café en las manos, mientras observaba cómo la bruma se iba deshaciendo en hebras diminutas que se fusionaban con el alba. Esa imagen me tranquilizó. Volvería a la dehesa esa misma mañana y analizaría de forma pormenorizada los árboles que tenían las marcas de las cruces. No quería encontrarme con Antonio, así que decidí ir directamente desde casa.

El campo olía a tierra mojada, a flores, a vida. Cruel paradoja. Encontré la zona boscosa donde se hallaban los árboles marcados. Tuve una sensación rara y mi corazón inició una danza desbocada. Los pájaros no cantaban, las ramas no se movían. Todo era quietud, demasiada quietud. Saqué el móvil del bolsillo para llamar a Antonio, pero, inexplicablemente, no había cobertura. Cuando fui a guardarlo de nuevo, noté un pinchazo en el hombro y caí desvanecida.

Me costó abrir los ojos. Imaginé que seguía con los efectos de la droga que me habían suministrado. Niebla y manchas borrosas emborronaban mi visión. Todavía mareada, me levanté para estudiar la estancia. Las paredes eran de madera. Un cristal sucio impedía ver a través del pequeño ventanal elevado. Escapar por él era imposible ya que no tenía forma de trepar. Por la puerta habría sido más fácil si no fuese por las cuerdas que sujetaban mis muñecas a la pared, dejándolas enrojecidas.

El corazón dio un brinco al ver a mi lado un vestido blanco. La imagen de mi madre me vino a la mente. De un manotazo aparté de la cabeza la angustia y el miedo a ser la próxima habitante del claro de la dehesa.

Alguien daba pasos rápidos al otro lado. Un portazo retumbó, dándome el pistoletazo de salida. Estaba sola, aunque ignoraba por cuánto tiempo. Tenía el reloj en mi contra y necesitaba actuar rápido.

Mañana un pasito más ¡No te puedes perder!

Avatar de Desconocido

About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en "...Y Cía", Carmen Navas Hervás, Estrella Vega, Exposiciones, Ilustradores y arte, Galiana, Jorge de Leonardo, La mujer de la dehesa, La mujer de la dehesa, Literatura, Narrativa, Pilar Navamuel, Podcast Literarios, Relatos, Se lleva leerme, Víctor Fernández Correas y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario