«La mujer de la dehesa» (I)

En el año 2023, Pilar Navamuel creó la obra Inertes. Un óleo de 150 x 116.

En el verano de 2024 cinco autores, Jorge de Leonardo, Estrella Vega, Carmen Navas Hervás, Víctor Fernández Correas y Galiana, decidieron introducirse dentro de la obra.

Se preguntaron quién es la mujer que yace delante de los animales. ¿Está adormecida o fallecida?

La respuesta a las preguntas las vas a ir desubriendo desde hoy hasta el viernes.

La mujer de la dehesa

El día de mi quinto cumpleaños sigue estando presente en mi vida a pesar del tiempo transcurrido.

Aquella tarde, mamá me llevó al claro de la dehesa como tantas otras veces. Allí jugábamos al escondite. Ella cerraba los ojos, soltaba mi mano, contaba hasta cincuenta y yo corría a esconderme, siempre tras el mismo árbol donde ella me encontraba y me decía:

—Te pillé. —Mientras me llenaba de besos.

En esa ocasión, esperé después de oírla contar, pero no apareció. Asomé la cara tras el tronco. Vi un grupo de animales, ciervos, conejos… formando un círculo a su alrededor. Me acerqué. Ella yacía sobre la hierba con un vestido blanco; sobre el mismo estaba apareciendo una mancha del color de sus labios. Me susurró al oído:

—Ronda, ronda, quien no se haya escondido que se esconda.

Volví tras el árbol, dejándola allí con los animales, como en aquella película donde el cervatillo perdía a su mamá.

Después llegó la oscuridad. Papá dejó por un tiempo la policía y yo viví en un mundo gobernado por lo que el psiquiatra denominó mutismo emocional postraumático hasta mi adolescencia, en concreto hasta la tarde en la que tuve un pálpito. El de regresar al claro de la dehesa, lugar al que no había vuelto desde lo de mamá. Sentí un irrefrenable impulso que me llevó hasta allí. 

Me esperaba el mismo grupo de animales en círculo, invitándome a unirme a ellos. Velaban el cadáver de una mujer. Vestía de blanco, con el cabello negro peinado sobre la hierba, los labios pintados de rojo y los brazos extendidos hacia arriba. Estaba fría, como todos los muertos.

Al verla, corrí, no a esconderme tras un árbol, lo hice en dirección a casa buscando a mi padre. Necesitaba respuestas:

—Papá, ¿qué sabéis en la comisaría del cadáver de la mujer que ha aparecido en el claro de la dehesa?

Él no pudo ocultar su sorpresa al escuchar mi voz después de tantos años sin haber pronunciado una sola palabra. Reaccionó como le había indicado el psiquiatra que debía hacer; de eso me enteré con posterioridad, no dando importancia al regreso de mi habla. Siguió la conversación con naturalidad.

—No me consta la aparición de ningún cadáver. Podemos ir a comisaría, si estás interesada, para preguntar. Y si lo hubiera, lo normal es que haya sido una muerte natural. En este pueblo nunca pasa nada relevante.

Aquella noche, la mujer que mi madre tenía contratada para las labores de nuestro hogar falleció de un infarto mientras dormía en su propia casa.

Dos veces más acudí, convocada por la llamada de aquel pálpito, al claro de la dehesa. Los animales velaban los cadáveres de dos mujeres, una por cada ocasión. Cada encuentro en el bosque coincidió con el fallecimiento de alguien cercano a mi familia: mi abuela materna que se había mudado a casa para acompañar a mi padre tras mi ingreso en la academia de policía y la hermana de mi madre, que vino a pasar un verano estando yo ya destinada aquí y decidió quedarse para escribir una novela sobre no sé qué de un misterio sobre mujeres.

Mañana continúara…

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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