Voy con el segundo relato de este verano, ya sabes primero lees y luego escuchas.
Eres tú
Le gustaba la soledad, sí, la soledad. No como algo definitivo, sino como una forma de escapar de su caótica existencia. Por eso adoraba el silencio de la sala donde desarrollaba su trabajo. Cuando la contrataron como bibliotecaria pensaba que iba a ser algo tedioso, sin embargo, se dio cuenta de que era el puesto ideal. En verano llegaba muy temprano, cuando el sol todavía no había mostrado su gesto amable y encontraba la paz que necesitaba para alimentar su espíritu.
Una de esas mañanas silenciosas, estaba frente a la estantería del fondo, colocando los libros infantiles, esos que todos los días acababan esparcidos sin orden ni concierto por toda la sala. Fue entonces cuando no solo lo oyó, sino que también lo sintió. Fue como si se cerrara la puerta del fondo de la biblioteca y un soplo de aliento acariciara su espalda.
—Has llegado pronto —le dijo, pensando que era su compañero.
Nadie contestó.
Se dio la vuelta porque sentía una presencia a su espalda. No había nadie.
Pensó que estaba paranoica.
Esa fue la primera vez que le sintió, la primera vez que entró en contacto con él.
Después de ese día, todas las mañanas notaba como su aliento la acariciaba. Ella no creía en fantasmas, al contrario, pensaba que eso era una tontería. Sin embargo, le gustaba hablar sola, así que se dirigía a él como si estuviera vivo, como si pudiera oír sus soliloquios.
Su compañero era más crédulo y le contó que esa biblioteca era un antiguo convento y que allí habían ocurrido cosas extrañas:
—No sé si lo sabes, pero aquí, en los sótanos, hay momias enterradas.
No podía hacer caso de las paranoias de los demás porque el trabajo le gustaba mucho y no quería salir corriendo por miedo a esa presencia. Así que hizo como si no ocurriera nada.
Al cabo de un año, había normalizado los encuentros con su amigo invisible, con ese ser que, a pesar de ser una presencia incorpórea, la comprendía mejor que nadie.
Luis, su compañero, decidió que era hora de catalogar todos los libros que estaban bajo la escalera, esos libros olvidados que nadie se había atrevido, ni siquiera a desembalar.
—No te preocupes que me encargo yo de ello. Tú te encargas de la gente, que se te da mejor que a mí —le dijo intentando mantener su preciada soledad.
Fue una tarea ardua y agotadora, no de forma física, sino mental. Al fondo de la caja, escondido entre los tomos de una enciclopedia, había un recorte de periódico que hablaba del fantasma de la biblioteca.
“Historias de ultratumba:
En el antiguo convento de Capuchinos, hoy convertido en colegio, se ha detectado la presencia de un ente de naturaleza desconocida que atormenta a los niños en sus clases. Según narran algunos de los que lo han visto, es un joven de unos veinte años con cara de ángel y mirada de diablo. Los padres no dan crédito a sus hijos pues piensan que es una forma de librarse de las clases, sin embargo, parte de este equipo de redacción se ha desplazado al lugar y ha podido constatar que los hechos son ciertos.
Dejamos una imagen que se pudo captar reflejada en un espejo.
11 de junio de 1970”
Se quedó mirando la imagen queriendo guardar en su memoria todos los rasgos.
Al día siguiente, acudió a la sala del fondo de la biblioteca, la sala donde había sentido por primera vez la presencia y vio el espejo al que nunca había dado importancia y que ahora había cobrado significado. Era el mismo espejo que aparecía en la imagen del artículo de prensa.
Se acercó con sigilo y miró con miedo.
Allí, dentro del espejo estaba el chico con cara de ángel.
—¡Eres tú!
Su sonrisa malévola la llenó de pavor.
Según dicen, al día siguiente, el cuerpo sin vida de la nueva bibliotecaria fue encontrado en la sala del fondo y lo más curioso es que en la misma, había un cuadro antiguo con la imagen de un chico con cara de ángel y una joven sosteniendo su mano, con la cara de la bibliotecaria.
Ahora dale a la ilustración si prefieres escuchar, siempre hay alguna variación.
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Te espero mañana con un nuevo relato, ¡no faltes!














