El relato de hoy se lo dedicó a un lector del Blog de Galiana. Él me habló de Hoyalta y del amor por su tierra y yo quiero hacerle este pequeño regalo. Gracias por tu apoyo incondicional a la lectura y a este blog en el que podemos mostrar nuestro arte.
Hijos de la tierra
Fueron tiempos difíciles, ¡quizá demasiado!
Me crie en una familia de pastores en un pueblecito de Teruel.
Aún recuerdo a mi hermano Carlos. De los cinco hermanos, él y yo éramos los más unidos. Nos llevábamos tres años, sin embargo, parecíamos gemelos. Yo era el mayor, aunque él era más alto y fuerte.
Todas las mañanas, antes del amanecer ya sacábamos al ganado. Mis hermanos mayores se encargaban de las vacas y Carlos y yo, de las ovejas.
—¿Quieres que subamos a Hoyalta? —me preguntaba él cada vez que salíamos.
—No creo que debamos, anoche volví a oír aullar a los lobos.
—Vamos Ángel, no seas cagado.
Al final siempre subíamos. A mí me parecía un lugar mágico, un sitio que rezumaba paz.
Paz, ¡Cómo íbamos a echar de menos esa palabra! La guerra asoló todo el país sin darnos cuenta. Una cruenta lucha sin sentido, hermanos contra hermanos. En las cumbres de nuestra amada tierra se refugiaron muchos republicanos. Sin embargo yo no quería ser ni republicano ni fascista ni nada. Yo solo quería ser pastor y subir a Hoyalta con mis ovejas.
Yo solo tenía dieciocho años y Carlos, quince. Mis hermanos mayores se fueron a luchar y no volvieron jamás. Mi padre fue fusilado, no entiendo bien porqué y mi madre, según dicen, murió de pena.
El día que mi padre murió, mi abuela nos cogió a los dos y nos dijo:
—Subid al monte y no volváis. Escondeos en Hoyalta. Id a la gruta y no os dejéis ver hasta que esta locura acabe. Sabéis manejaros bien porque sois hijos de la tierra.
Y así lo hicimos, hasta que un día, Carlos, oyó ruido en el exterior:
—Voy a salir.
—No sabes lo que hay ahí fuera, espera a que anochezca —le supliqué.
—No voy a quedarme aquí encerrado otro año más.
Corrí tras él, aunque no conseguí alcanzarlo.
—¡Alto! —Le ordenaron —¿De dónde has salido?
—Vivo aquí en el monte —les dijo mi hermano, mirándoles sin miedo.
—Eres republicano —aseveró el jefe del grupo.
—¡No! —contestó Carlos con soberbia.
No pudo decir más, porque le pegaron un tiro en la cabeza.
Ahogué el grito que emergía de mi garganta, mientras lágrimas de impotencia corrían por mis mejillas.
Le registraron los bolsillos, le quitaron la pequeña navaja que siempre llevaba y se marcharon, dejándole allí, tirado, como si fuera basura.
Esperé hasta que se hiciera de noche y salí de mi escondite. Lo acuné entre mis brazos, lo besé en la frente y después, cavé una sepultura y, con todo mi amor, lo enterré.
Estuve allí los tres años que duró la guerra. Cuando acabó subió mi abuela a buscarme.
—¿Donde está tu hermano? —Me preguntó con temor.
—No pude hacer nada —le dije señalando el montículo que se había formado donde lo había enterrado.
Asintió con la cabeza:
—Vamos, hay mucha faena que hacer.
Y bajamos al pueblo en silencio.
Rehice mi vida junto a una muchacha de una aldea cercana y, siguiendo los consejos de mi abuela, jamás olvidé a Carlos.
—Ángel, sabes que eres un hijo de la tierra y nosotros perdonamos, pero jamás olvidamos, así que dale gracias al cielo por haberte salvado de la barbarie y jamás olvides tus raíces. Y si alguna vez vuelves a estar en peligro sube de nuevo a Hoyalta, que la madre tierra volverá a acogerte en su seno y jamás te abandonará.
Tras leer toca escuchar
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Con este relato me despido hasta el verano, ¡¡¡¡sed buenos!!!!














