Se despide Carmen Navas Hervás (@mcnavas1): «El mendigo»

Hoy me despido con este relato, espero que os guste, nos vemos prontito.

El mendigo

Como todos los días, me senté en el escalón de una tienda, aquella que mostraba, orgullosa, el cartel de Se Vende en pleno centro de Madrid.

Ese día hacía mucho frío, quizás demasiado. Era Nochebuena y las calles eran un hervidero de gente. Todos corriendo como locos y sin fijarse en nada ni en nadie. Todos yendo a lo suyo.

—¿Me pueden dar algo?

En el suelo coloqué un cartón con un texto manuscrito.

“Estoy solo y no tengo nada para comer ¡Ayúdenme!”

Era un grito de auxilio, un grito sordo para toda esa gente que pasaba a mi lado sin verme ni oírme.

De vez en cuando alguien me echaba un euro, más para acallar su conciencia que otra cosa.

Aquel día, una niña, con un abrigo muy gastado, se quedó mirándome en silencio.

—Mamá, ¿porque no le llevamos a casa y que cene con nosotros? Hoy es Nochebuena.

—No le conocemos de nada hija y ya sabes que tampoco tenemos mucho que compartir.

—Pero mira mamá, ¡Está tan triste! A mi no me importa darle mi sopa.

Levanté la mirada no pudiendo creer que esa niña hubiera visto lo que los demás no se atrevían a mirar.

La madre besó en la frente a la niña y, con amabilidad, me dijo:

—No tenemos mucho, pero si quiere puede pasar esta noche con nosotras en casa.

Me quedé mirándola emocionado. Al final había encontrado a alguien digno, a alguien dispuesto a compartir lo poco que tenía con una persona necesitada.

Me fui con ellas a un piso pequeño en las afueras de la ciudad. Vivían solas, con un gato negro y escuálido:

 —Este es Tornado —me dijo la niña tomándome de la mano —ven conmigo. Primero hay que lavarse y luego tenemos que ayudar a mamá a preparar la mesa.

—Laura, no atosigues a este pobre señor. Deja que se lave y se siente en el sofá mientras nosotras lo preparamos todo ¿Me puede decir su nombre?

—Soy Eduardo ¿y usted?

—Ana.

Cuando abrió la nevera para preparar la cena, me di cuenta de que no tenían casi nada.

Nos sentamos los tres alrededor de una mesa pequeña, con un mantel con adornos navideños, que había conocido épocas mejores. En el centro la madre colocó una vela:

—Es para pedir el deseo de Navidad —me explicó la niña.

Tomé la sopa como si fuera el mejor manjar del mundo y pasamos la noche cantando y riendo.

—Ha llegado el momento de pedir los deseos y apagar la vela — dijo la madre —comienzo yo. Para este año, quiero encontrar un trabajo mejor para así poder dar a mi hija todo lo que necesite.

—¡Me toca, me toca! —dijo la niña emocionada —yo quiero que el señor Eduardo deje de estar triste.

 Sonreí intentando satisfacer el deseo de la niña.

—Yo solo quiero daros las gracias por hacerme feliz esta noche ¡Ojalá hubiera mas gente como vosotras!

Al día siguiente la mujer recibió una carta:

“Mi querida Ana:

Llevo años buscando una persona humanitaria y al fin la he encontrado. Quiero darles las gracias por compartir su cena conmigo. Laura es una niña maravillosa y se lo merece todo.

 Mañana mi abogado se pondrá en contacto con ustedes. Dígale a su hija que sus deseos se han cumplido.

Un beso enorme de un hombre feliz”

Los periódicos publicaban la siguiente noticia:

“El multimillonario, Eduardo Marquina, deja todo su patrimonio a una niña, cuyos datos no han sido revelados para preservar su identidad. Según ha explicado a la prensa, fue la única persona que pudo tenderle una mano en la soledad”

Dale para escuchar a la ilustración

🎧🎙👇

😘😘😘😘😘😘😘😘😘

@mcnavas1

Avatar de Desconocido

About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en "...Y Cía", Carmen Navas Hervás, Empezamos contando en este 2024, Literatura, Narrativa, Podcast, Relatos y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario