«Letras calientes» de @AlexFlorentine: «BDSM (2)»

Y tal y como ella me dijo: había visto en mí un talento oculto. No quería implicación sentimental… Podríamos repetir las veces que quisiéramos si nos gustaba. ¿Esto nos haría dependientes uno de otro?

BDSM(2)

Estoy tumbado en la cama. Intento estarlo relajado, pero no soy capaz. No sé qué me va a hacer.

Lo único bueno, es que creí que no iba poder demostrarle lo hombre que soy, y de momento no tengo queja.

Pero la postura en la que me encuentro es muy incómoda. No puedo elevar bien la cabeza y la veo fatal. Cuando entró en la habitación desde el baño, con ese mono corto, creo que de charol, con esos tacones de aguja, su piel brillante…

El látigo fue lo peor… Cuando lo vi…

Se rio y me prometió no pasarse. Me pidió que estuviera tranquilo, que controla y sabe cuándo puede causar dolor.

Pero ayer me preguntó si había disfrutado del sexo alguna vez sintiendo dolor.

Le dije que no; por supuesto, me excitó sobremanera la pregunta.

Nos conocimos hace unos días por una aplicación de esas para ligar.

Y ayer decidimos vernos.

Sin ninguna obligación después. Pasar el rato. Ella no quiere pareja estable. Yo… Yo no sé ni qué quiero, pero la mujer tan maravillosa que está a los pies de la cama me gusta en todos los sentidos.

Quiero verla y me incorporo.

Me mira mal, se levanta y viene hacia mí contorneándose.

El látigo restalla contra el suelo.

Estoy tumbado de lado, con la cabeza apoyada sobre el brazo.

Se pone en pie con las piernas abiertas y el látigo chasquea ante mis ojos. Ni pestañeo. La encabrona.

Coge y se pone de rodilla sobre el colchón, el látigo me acaricia el cuello; no sé lo que quiere, pero me giro y quedo boca abajo.

¡Maldición, me hago un poco de daño en la entrepierna!

Ella se sube como si montara un corcel sobre mi espalda y pasándome el cinturón alrededor del cuello, lo toma como si fuesen las bridas colocadas de un caballo y me hace sentir que no puedo tragar.

Por acto reflejo, mi pelvis se separa de la cama.

Noto calor salir de su entrepierna: la pone.

Pero de repente, la muy… tira hacia arriba.

¡Eso duele!

Pego un salto y casi la tiro. Pero me da el tiempo justo de girarme, tomar el látigo que se le cayó sobre la colcha y atarle las manos por las muñecas.

¡Se acabó!

Ahora soy yo quien está sobre ella. Los brazos inmóviles sobre la cabeza. Tiene la respiración agitada. Necesita respirar… Así que comienzo a bajarle la cremallera. Emergen, de golpe. Libres…

Tras una leve parada sigo bajando. Su ombligo es diminuto. Bien zurcido.

La miro… se arquea… ¿Sumisa? Vaya… se relajó…

Tiro de su pantaloncito y eleva la pelvis. Sigo bajándole la ropa. Le tengo que quitar las botas y voy dejando muestra de mi deseo sobre la colcha, entre sus piernas.

No lleva nada debajo. Su rosada piel entre las piernas hace que mi mano se dirija rauda hacia allí.

Con la otra, le sujeto las manos. Se arquea, gime, muerde los labios, cierra los ojos.

Me coloco más a su lado y comienzo a lamer sus montañas.

Sus manos pugnan por soltarse, pero ay… Soy mucho más fuerte.

Juego con su humedad hasta que creo conveniente.

Entonces, me detengo, con mis manos acaricio mi arma y le pregunto con la mirada.

—¡Pídemelo! —le ordeno.

@AlexFlorentine

Acerca de Galiana

Escritora, creativa
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