«Letras calientes» de @AlexFlorentine: «BDSM (1)»

En una pareja, hay que alimentar constantemente el deseo. Innovación sexual, la llamo yo. Todos tenemos algo escondido, que con la persona adecuada, podemos descubrir.

BDSM (1)

Está desnudo frente a mí y tendido en la cama, sobre la colcha oscura “de trabajo”.

Me mira asombrado, como si nunca hubiera visto a una mujer dominante.

Hablamos ayer, me dijo que le gustaba el rollo BDSM y quedamos. Sin ningún tipo de ataduras. En caso de que nos gustase mucho, pues repetiríamos, pero nada de pedir explicaciones.

Le dejé claro, que en absoluto, quiero una relación seria con nadie.

Ahora, lo que quiero, es divertirme y experimentar.

Tenía miedo que al comprar mi atuendo en una web “china” este no me quedase bien, pero es como una segunda piel.

Llevo una especie de mono ajustado: pantalón corto con camiseta “todo en uno” que se cierra con una cremallera delantera que va desde el escote al ombligo. El pelo lo llevo recogido en una cola alta, con una goma y un pompón. Mis ojos oscuros miran a través de los agujeros de un antifaz de gato, mis pies calzan unas botas ceñidas al tobillo con un tacón fino sobre el que a duras penas me mantengo.

El susodicho está sobre la cama, ya lo he dicho, y desde mi perspectiva veo su cara…

Bueno, no toda su cara, la zona de su nariz me es difícil de ver porque tengo, digamos, algo delante.

Estoy sentada en una silla, en los pies de la cama, látigo en mano y pensando qué y cómo hacer.

Le veo nervioso. Aunque el nerviosismo no impide que tenga una excitación más que apetecible.

Parece que quiere inclinarse, levantar el torso. La que se incorpora soy yo.

De la silla.

Contorneo mis piernas y cruzo un pie delante del otro. Me pongo al lado y él está de lado, sobre un brazo doblado. Lo que tenía antes delante de su cara, ahora no molesta para nada.

Es guapo, bastante.

Demasiado…

Y atento, porque en la vida me han obsequiado con algo así.

Sonríe, con picardía.

Entonces yo, en pie, abro las piernas y hago que el látigo bese el suelo.

Sus ojos se entrecierran.

¿Me está retando?

Ahora, el látigo chasquea delante de su cara. Ni un titubeo.

Su chulería me tiene cabreada. Me dijo que no tenía miedo… Y el cabrón lo está demostrando.

Me pongo de rodillas sobre el colchón. Sus ojos brillan, lascivos.

Cojo el extremo del látigo y me acerco a su pecho. Se lo coloco sobre el cuello dándole a entender que quiero rodearlo.

Por respuesta se acuesta boca abajo.

¡Vaya por Dios! Eso tiene que doler…

Me pongo a horcajadas donde la espalda pierde su nombre. Sin problema, deslizo el cinturón por su garganta y tomo cada extremo. Parece que montara un corcel.

Aprieto un poco, el animal protesta y parece que quiere tirarme de la cama.

Tiro hacia arriba y consigo que levante la cabeza. Se queja.

Me pregunté si nunca le habían hecho nada con lo que no diferenciase entre el placer y el dolor.

No, me dijo…

Pega un bote sobre la cama, creo que está sintiendo justamente eso.

Aflojo y veo que su cara está roja.

Levanto un poco mi trasero y casi me tira cuando se gira con otro salto.

Él toma el látigo mientras me empuja.

Todo sucede muy rápido y me encuentro atada por las muñecas con el mismo en segundos.

Sabía que había elegido un buen espécimen y doy fe cuando me comienza a bajar la cremallera.

Dios, por fin puedo respirar. Me oprimía el pecho.

Me gustaría saber qué está pensando, cómo lo vivió.

Nos vemos en siete días… Ya le pregunto.

@AlexFlorentine

Acerca de Galiana

Escritora, creativa
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