Día de ruta por @AlexFlorentine

Día de ruta

Tenemos planeado un gran fin de semana.

Hace días que no nos vemos y las ganas que tenemos de hacerlo son animales.

De vernos. No vayáis a pensar otras cosas, aunque puede ser que tengáis razón.

Y aprovechando el verbo de nuevo, tengo que contaros una cosa.

Compré algo sin decirle nada a él.

El pobre tiene reparo en que lo someta. Cree que puedo volverme loca como la chica esa que lleva la cara pintada de payaso.

Yo no soy así…

No me dedico a hacer sufrir a la gente, todo lo contrario.

Os cuento a la vuelta.

Se suponía que el plan iba a ser hacer una ruta para descubrir nuevas zonas. Busqué, adrede, una con condiciones difíciles, que a la humanidad no le ofreciera casi interés.

Por suerte, el día ayudó y no hizo un sol de justicia.

Cuando está que las nubes grises no se sabe si se van a decidir a soltar su contenido, la gente en general no hace planes.

Yo los hago. Y como decía uno en una famosa serie: me encanta que salgan bien.

Así que aquí estoy, riéndome sola porque recuerdo su asombro cuando saqué de la mochila lo que había comprado.

Esperé el mejor momento. Cuando estaba con la mitad del bocadillo finiquitado.

Ya había comido bastante.

Yo no había comenzado el mío. Claro, sabía que iba a servir de alimento para las alimañas del monte o quizás lo comiera después del otro festín.

Cuando vio que tenía un arsenal de inmovilización, casi me quedo sin novio para el juego.

A ver, una cuerda, en un monte, no es descabellado.

Me puse delante de él dejando su cabeza casi en el centro de mis bronceadas piernas.

Miró hacia arriba y se encontró con la lazada de mi pantalón de deporte. Bueno, llamemos las cosas con propiedad: mi pequeño pantalón de deporte.

Tragó lo que tenía en la boca y estiró la cabeza sacando la lengua.

Comenzó el juego: me deshice de la lazada y con los dientes enganchó un extremo haciendo que yo me agachara un poco. Sus manos pasaron entre mis piernas y agarraron mis nalgas ocasionando que casi terminara sentada sobre él.

Ay, no. Eso no era lo que yo buscaba.

Me miró preguntándome qué narices quería hacer con la cuerda.

Con la mía (mirada), le respondí que ya lo sabía. Y le expresé con una gran y sutil comunicación no verbal, que estaba decidida a llevarlo a cabo.

En esta parte, os resumo.

Terminó atado a un árbol.

También sin ropa, pero eso después, porque antes no se iba a dejar.

Sigo resumiendo: se lo pasó de muerte porque aquí, la menda, recordad que no había comido aún el bocadillo. Y tenía hambre.

Después de aplacar mi hambre y sed, lo solté. Le tocaba recuperar minerales y sales y no se le ocurrió mejor modo que hacerlo saboreando mi órgano más grande.

Se lo permití, saciándome, y observando cómo también quedaban satisfechas las hormigas con los restos del bocadillo de él.

Mutuamente nos deshidratamos, hidratamos; saboreamos nuestros cuerpos haciendo ruta entre cúspides, entre montes, en llanuras, entre valles y zonas frondosas, y descubriendo ríos sin usar ningún mapa.

Nos detuvimos, descansamos. Y volvimos a repetir porque queríamos reconocer el camino para hacerlo más veces.

Por supuesto, no llovió. Lo bueno que la gente se quedó en sus casas y pudimos disfrutar de (y en) la verdadera y salvaje naturaleza.

Tengo que pensar en hacer más rutas de este tipo. Al final, como bien me suponía, quiere repetir.

Ahora le toca a él comprar la cuerda.

@AlexFlorentine

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