La aventura de @AnaCentellas: El domador de leones

Cuarta etapa de esta aventura, la hago en forma de relato

El domador de leones

Desde la niñez, Enrique había sentido una atracción especial hacia el animal más majestuoso y salvaje de la selva: el león. Lo fascinaba su porte, augusto y regio, que parecía querer demostrar a todos por qué lo llamaban el rey. También lo hacían su fiereza y sus rugidos, capaces de atemorizar al más valiente de los cazadores. Pero, sobre todo, le gustaba su nobleza.

Todo, absolutamente todo lo que tenía estaba relacionado con este animal. Desde los pijamas hasta la mochila, pasando por una amplia colección de peluches y figuritas que decoraron su habitación durante años y con los que pasaba largas horas jugando. Cuando se trataba de hacerle un regalo, todo el mundo tenía muy claro con qué tenía que estar relacionado. Los cuentos en los que el león era el protagonista abarrotaban sus estanterías, además de una infinidad de libros de fauna en los que podías encontrar las más excelentes ilustraciones. Y ya os podéis imaginar cuál era su película preferida, aquella que nunca se cansaba de ver una y otra vez.

Todos los meses, la visita al zoo era obligatoria. Allí pasaba las horas contemplando a los fastuosos animales en un hábitat lo más parecido posible al que les correspondía por naturaleza. Y, al menos un par de veces al año, tampoco podía dejar de visitar el safari que había en su ciudad. Pero, sin duda, lo que más le marcó fue la primera vez que sus padres lo llevaron a un circo y vio en acción, en vivo y en directo, a escasos centímetros de su butaca, a un domador de leones.

Quedó fascinado por la relación tan especial que parecía tener aquel hombre con las fieras que, en contacto con su mano, se volvían tan mansas como si fueran unos pequeños gatitos. Le sorprendió ver cómo obedecían sus órdenes con tanta sumisión, lanzándose a atravesar un aro rodeado por llamas, con tan solo escuchar su voz. Y quedó profundamente admirado con el cariño que le devolvían cada vez que rodeaba sus gruesos cuellos melenudos con un abrazo. Quiso sentir en sus propias carnes toda esa emoción y esa magia que parecían envolverlos a los dos, hombre y bestia. Desde aquel día, Enrique no tuvo ninguna duda. Sería domador de leones.

A pesar de la adoración que sentía por este animal, el paso de los años fue imponiendo otras necesidades en su vida. Siguió siendo un apasionado de la naturaleza leonina. De hecho, fueron muchos los viajes que realizó a la sabana para poder tener un contacto más estrecho con el animal objeto de su vehemencia y su álbum fotográfico era impresionante. Pero el destino lo condujo por un camino completamente opuesto a su deseo infantil: el de la docencia.

Ironías de la vida, terminó regalando su cariño y su sabiduría a los más tiernos infantes de un colegio público del extrarradio. La clase, con veinticinco pequeñas fieras ávidas de conocimiento, no podía llevar un nombre con más significado para él, humilde maestro por pura vocación: los leones. Desde entonces, Enrique proclama con orgullo a los cuatro vientos que ha logrado cumplir algo que muy pocos llegan a conseguir en la vida. Su sueño de la infancia: ser domador de leones.

@AnaCentellas

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Acerca de Galiana

Escritora
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