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Recibió un latigazo de adrenalina, al comprobar que sus palabras eran contestadas con una actitud servil tanta gente enjabonándole, le hizo sentir el amo del mundo. Todas sus órdenes eran obedecidas sin rechistar y a pesar de todo, sus brotes de ira eran respondidos con total pleitesía.
Aquel universo creado ad hoc, le hacía hervir la sangre. Sus correligionarios aprovechaban una mínima ausencia suya, para expandirse lejos de él y de sus férreas órdenes, explicadas con deleite y fruición escuchadas con expectación y sin replicas.
Entonces, se empleaba a fondo, en dejar claro que era él quien mandaba. Premiaba con palabras de ánimo a los más adeptos y castigaba con chascarrillos y burlas a los rebeldes. Era entonces, cuando el chute de adrenalina rozaba sus máximos y casi le colocaba al borde del éxtasis. Por eso, él mismo provocaba discusiones entre las que emergía como un dios para poner a cada uno en su lugar.
Lástima, que aquello, solo fuera un juego.











